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    Home»Sin Fronteras»Territorios»Venezuela: cuando la tierra tiembla, los pueblos se abrazan
    Territorios

    Venezuela: cuando la tierra tiembla, los pueblos se abrazan

    10 julio, 20268 Mins Read
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    El 24 de junio dos terremotos afectaron a Venezuela, en lo que se convirtió en una de las tragedias más grandes que recuerda el país en décadas. Pero detrás del dolor, la solidaridad popular e internacionalista se hizo presente. Porque cuando la tierra tiembla, los pueblos se abrazan.

    Redacción del Cuerpo de Evacuación y Primeros Auxilios de Argentina (CEPA)

    Mientras la tierra todavía tiembla, comienza una carrera contra el tiempo. Cada minuto puede significar una vida rescatada. Entre quienes eligen enfrentar la incertidumbre y el riesgo existe una convicción que guía cada decisión: “una vida hace la diferencia”.

    En Venezuela, esa frase dejó de ser una consigna para convertirse en una urgencia. El 24 de junio, dos terremotos consecutivos golpearon el norte y centro-norte del país, con especial impacto en La Guaira, Caracas y otras zonas densamente pobladas. La emergencia encontró a comunidades enteras entre edificios colapsados, hospitales tensionados, familias desplazadas y barrios organizándose para sostener lo inmediato: buscar sobrevivientes, asistir a personas heridas, conseguir agua, comida, medicamentos y un lugar seguro donde pasar la noche.

    Esa certeza sostiene el trabajo de los equipos de rescate, que avanzan entre los escombros sin perder la esperanza de encontrar a alguien con vida o, en su defecto, traer algo de paz a las familias que hoy no encuentran consuelo ante la tragedia. En ese escenario, la respuesta humanitaria deja de ser una opción para convertirse en un compromiso con la vida.

    Pero antes de la llegada de los equipos especializados, la primera respuesta estuvo —como ocurre en tantas catástrofes— en manos de la propia población venezolana. Vecinas y vecinos removieron escombros con sus manos, organizaron ollas, abrieron casas, acompañaron duelos y sostuvieron búsquedas en medio de réplicas, miedo e incertidumbre. Esa trama comunitaria es el punto de partida de cualquier reconstrucción posible.

    Con ese espíritu, el 3 de julio de 2026 un contingente integrado por 60 socorristas y profesionales de la salud del Cuerpo de Evacuación y Primeros Auxilios (CEPA) Argentina emprendió una misión de asistencia humanitaria con destino a la República Bolivariana de Venezuela.

    Junto al equipo de CEPA Argentina viajaron voluntarias y voluntarios pertenecientes a distintas filiales de la organización desplegadas a lo largo del país, integrantes de la Brigada CER, el Grupo Fénix Unit Rescue y médicos pertenecientes a la Asociación de Médicos Venezolanos en Argentina, quienes sumaron sus conocimientos, experiencia y compromiso para fortalecer la respuesta humanitaria ante la emergencia.

    La misión partió a bordo de una aeronave facilitada por la ONG Solidaire, gracias al compromiso y la colaboración de Enrique Piñeiro, haciendo posible el traslado del contingente hacia la zona de emergencia.

    Su llegada se inscribe en una respuesta internacional más amplia, pero también en una historia regional de solidaridad entre pueblos. En situaciones de desastre, la cooperación se expresa en la capacidad de reconocer que una tragedia ocurrida del otro lado de una frontera afecta a toda la región. Venezuela no necesita ser mirada únicamente desde la disputa política, sino desde la vida concreta de sus comunidades, de sus familias y de quienes hoy intentan reconstruir lo perdido.

    En esta etapa, los equipos desarrollan tareas de búsqueda y rescate, apoyo sanitario y asistencia humanitaria, bajo protocolos y estándares internacionales para operaciones en estructuras colapsadas y respuesta a desastres. Su labor se integra al trabajo coordinado con las autoridades y las organizaciones intervinientes, priorizando la protección de la vida y el acompañamiento a las comunidades afectadas.

    En los territorios golpeados, la emergencia no termina cuando se apagan las cámaras ni cuando finaliza la etapa más intensa de búsqueda. Después llegan los días de duelo, los refugios provisorios, el riesgo sanitario, la necesidad de reconstruir viviendas, escuelas, centros de salud, redes de cuidado y espacios comunitarios. Para muchas familias venezolanas, la pregunta ya no es solamente cómo sobrevivir al terremoto, sino cómo volver a habitar un territorio marcado por la pérdida.

    Una misión humanitaria comienza mucho antes de llegar al lugar de la emergencia. Se construye durante años de capacitación, entrenamiento y participación en distintos operativos donde la comunidad necesita una respuesta. En CEPA Argentina, la fuerza del equipo nace de la diversidad de sus integrantes: una médica, un electricista, un rescatista, profesionales de distintas áreas, voluntarias y voluntarios con vocación de servicio, todos aportando sus conocimientos para un mismo objetivo: proteger la vida.

    Cada integrante representa una parte fundamental de una organización que entiende que la respuesta ante una emergencia no depende de una sola disciplina, sino de la capacidad de trabajar de manera conjunta. Por eso, durante todo el año, sus voluntarias y voluntarios se preparan, se capacitan y participan en distintos dispositivos de asistencia, fortaleciendo una herramienta que se activa cada vez que una persona, una comunidad o un pueblo necesita ayuda.

    Sin embargo, en Venezuela la escena más potente no está solo en quienes llegan desde afuera, sino en quienes ya estaban allí. Madres, jóvenes, trabajadores de la salud, bomberos, rescatistas locales, organizaciones comunitarias y familias enteras fueron parte de una respuesta marcada por la urgencia y la solidaridad. En cada barrio afectado, la organización popular apareció como una forma concreta de cuidado colectivo.

    En la gestión del riesgo de desastres existe una premisa tan simple como profunda: el primer respondiente es el vecino. Es quien escucha el estruendo, quien aparta los primeros escombros, quien contiene, organiza y auxilia cuando todavía no han llegado los recursos especializados. Esa primera respuesta, nacida del compromiso con el otro, suele ser decisiva para salvar vidas.

    En Venezuela, esa premisa se volvió imagen: manos levantando piedras, personas llamando por nombres propios entre los restos de edificios, comunidades improvisando centros de acopio, familias esperando noticias y equipos locales e internacionales trabajando sobre una misma prioridad. La catástrofe dejó al descubierto la fragilidad de las infraestructuras, pero también la fuerza de los vínculos comunitarios.

    Hace más de dos siglos, Simón Bolívar imaginó una América Latina unida por un destino compartido. Aquel ideal de integración encontró obstáculos políticos y nunca llegó a consolidarse plenamente. Sin embargo, las emergencias recuerdan que existe una forma de unidad que trasciende gobiernos y fronteras.

    Cada vez que un equipo humanitario cruza un límite geográfico para asistir a otro pueblo; cada vez que el conocimiento, la experiencia y la solidaridad se ponen al servicio de quienes más lo necesitan; cada vez que una comunidad se organiza para cuidar a quienes quedaron más expuestos, ese ideal encuentra una nueva expresión.

    Los terremotos no distinguen nacionalidades, credos ni ideologías. Frente a ellos, la cooperación deja de ser un concepto político para convertirse en una necesidad profundamente humana. Allí, el socorrista, el profesional de la salud, el voluntario y cada ciudadano que decide ayudar representan una misma convicción: proteger la vida.

    Quizás por eso, hablar hoy de Venezuela exige correr el eje de la polarización y mirar la emergencia desde quienes la atraviesan en primera persona. No se trata de negar los conflictos ni las responsabilidades estatales, sino de recordar que, en medio de una tragedia, el centro debe estar en las personas afectadas: en sus nombres, sus historias, sus pérdidas y su derecho a recibir asistencia digna, oportuna y sostenida.

    Quizás el ideal bolivariano no encuentre hoy su expresión más auténtica en los discursos ni en los tratados, sino en aquellas acciones que ponen en el centro un principio esencial: la vida del otro también nos interpela.

    En una América Latina atravesada por tensiones, por nuevos proyectos de fragmentación y por miradas que muchas veces priorizan el individualismo por sobre la construcción colectiva, la solidaridad entre pueblos aparece como una decisión profundamente política. Porque elegir acompañar, cooperar y tender una mano más allá de una frontera no es solamente un gesto humanitario; es también una forma de entender el mundo.

    Frente a la indiferencia, quienes llegan para asistir no preguntan de qué país nació quien necesita ayuda. Reconocen, antes que nada, a una persona. Y allí, en esa acción concreta, quizás encuentre una nueva expresión aquel viejo anhelo de una América Latina capaz de reconocerse como comunidad.

    Venezuela enfrenta ahora una etapa larga: la de buscar, sanar, alojar, reconstruir y acompañar. La ayuda internacional puede ser decisiva, pero la reconstrucción también dependerá de escuchar a las comunidades afectadas, fortalecer las redes locales y sostener la asistencia cuando la emergencia deje de ocupar los titulares.

    Porque cuando todo parece derrumbarse, entre los escombros de una tragedia emerge también aquello que define a los pueblos: la capacidad de organizarse, acompañarse y sostenerse mutuamente.

    Argentina CEPA destacadas solidaridad Venezuela

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