Tras el bombardeo a Caracas y el secuestro a su presidente Nicolás Maduro por los Estados Unidos, las palabras feministas. “Tenemos el derecho a nuestro propio alumbramiento”, dicen nuestras hermanas, que acompañaron cada lucha regional por el derecho a decidir. Feministas en Venezuela, ¡no están solas!
Por La Araña Feminista desde Venezuela | Foto:
Despertamos con un estruendo de hierro que no pertenece a nuestro cielo caribeño. El 3 de enero de 2026 la madrugada se volvió una herida abierta cuando los misiles de la hegemonía de Trump pretendieron dictar, con el lenguaje del fuego, el final de nuestra historia. Te escribo a ti, hermana que habitas otras latitudes y que quizás miras nuestra tierra como un enigma o un caos lejano, para pedirte que por un instante sientas este suelo bajo tus pies y este aire que, a pesar de las bombas, sigue oliendo a resistencia y a café compartido.
Lo que ocurrió anoche no fue una operación táctica ni una búsqueda de libertad. Fue un acto de violencia patriarcal en su estado más puro. Es la vieja historia del macho que, incapaz de doblegar la voluntad de quien decidió ser dueña de su propia casa, decide prenderle fuego a la vivienda. El imperialismo es eso: un deseo de posesión que no admite el “no” como respuesta, una masculinidad de acero y drones que intenta violar la soberanía de un pueblo porque nos atrevimos a soñar con un destino que no lleva su firma.
Sé que nos miras y ves las grietas. Sé que este proyecto nuestro, este socialismo que hemos intentado parir con tanto dolor y esperanza, es profundamente imperfecto. No somos una estatua de mármol terminada; somos barro húmedo, somos un cuerpo lleno de cicatrices y de deudas que todavía nos queman la piel. Hay derechos que en el feminismo son de cajón y que aquí todavía estamos pulseando en la calle, en la asamblea y en la cama. Pero esa imperfección es nuestra, es el rastro del esfuerzo por inventar algo nuevo mientras nos asfixian las cuentas y nos persiguen los pasos.
No hemos pasado hambre porque nos hemos negado a morir. Hemos convertido el “rebusque” en una danza colectiva de supervivencia. Aquí el cuidado tiene un ritmo caribeño que se desborda de las casas para inundar las aceras. Es la mano de la vecina, es la red de la comuna que sostiene la vida cuando el capital intenta detenerla. No es el cuidado romántico de los libros, es un cuidado sudado, terca y ruidosamente alegre, que pone la dignidad de los cuerpos por encima de cualquier ganancia.
A ti, que sientes el dolor de Gaza como propio y que sabes que ninguna mujer es libre mientras haya un territorio ocupado, te pido que no nos mires con la distancia de quien juzga un modelo político. Míranos como a hermanas que están defendiendo su derecho a ser, a equivocarse y a sanar sin el permiso de un tutor extranjero. No te pedimos que nos dejes solas en el abandono, sino que nos dejes decidir y construir desde lo que somos, desde nuestra propia identidad y nuestras propias búsquedas.
Necesitamos tu voz multiplicando la nuestra. Así como nosotras hemos acuerpado cada lucha feminista en el mundo, hoy te pedimos que seas nuestro eco. Defender a Venezuela es defender el derecho de todos los pueblos a no ser borrados por el capricho de una hegemonía que solo entiende de muerte. Ayúdanos a decir que nuestra soberanía no es una mercancía y que este parto nuestro, con toda su dificultad y su belleza inacabada, merece el respeto de la luz.
Desde el corazón de la comuna, con la ternura de quien sabe que la vida siempre se abre paso entre los escombros.
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