Por Joshi Leban desde El Salvador | Fotos: RMAAD
“Tenemos la obligación —en honor a todos, todas y todes quienes nos precedieron y nos trajeron hasta aquí— de resistir, seguir adelante y transmitir esa responsabilidad a quienes vengan después de nosotros, hasta que seamos verdaderamente libres”. Sueli Carneiro
Puedo decir con certeza que a mis 34 años entendí lo que significa construir a viva voz, desde la colectividad.
Este año cumplí 34 años, al igual que la Red de Mujeres Afrolatinoamericanas, Afrocaribeñas y de la Diáspora, la RMAAD.
Las dos nacimos en 1992. Yo, en enero; ella, un 25 de julio, cuando yo apenas llevaba seis meses en este mundo complejo. Así que, sin saberlo, crecimos a la par: mientras yo aprendía a dar mis primeros pasos en el, unas mujeres poderosas, bravas y aguerridas (a las que hoy tengo la dicha de conocer y de llamar compañeras) estaban abriendo un espacio para narrarse y construir desde lo afro, desde la negritud.
Ellas sin saberlo, estaban construyéndome un lugar donde algún día me iba a reconocer y aunque nuestros caminos tomaron un tiempo en cruzarse, quiero pensar que llegaron cuando más lo necesitaba. Desde pequeñx me enseñaron a dudar de mí. Me dijeron que mi “color” era malo. Crecí pensando que estaba mal ser quien era, ese “color y ese cabello” habían sido motivo de burlas y exclusión de múltiples formas. Aprendí por fuera de la teoría sobre racismo, sobre violencia por me cruzo mi cuerpa.
Llegué buscando entender quién era, y sobre todo buscaba reconciliación con mi identidad como une persona negrx . La migración me hizo desconectarme de mis raíces nicaragüenses. Y como la vida es un pañuelo, un día conocí a Lídice, una compa nicaragüense que me dijo: “mirá, está la Red de Mujeres Afro, inscribite”. Así, sin más, empezó todo.



Integrarme a la RMAAD me significó llegar, por fin, a un espacio afrocentrado. Un espacio de aprendizaje y de auto reconocimiento. Ahí entendí que no era solo yo: que había muchas más como yo, con cabellos grandes, rizados, libres. Referentas, pensadoras, ancestras, mayoras, y que, así como sus cabellos, también eran libres sus voces. Mujeres que no temen hablar, que se toman la palabra, que van abriendo brecha para las que venimos detrás.
Verme en ellas fue como aprender a caminar por primera vez. A mirarme con cariño, fue entender que eso que durante tantos años me enseñaron a despreciar, no estaba mal que no había nada malo conmigo. Que crecí creyéndome sola y, sin saberlo, tenía una Red entera esperando que me sumara.
El año pasado fue sumamente especial. Viajé a Brasilia, a mi primera asamblea de la RMAAD, y fui a la segunda marcha de las Mujeres Negras. Mientras recorríamos la avenida, sin darme cuenta, se me salían las lágrimas de alegría. Era la emoción de sentirme en casa. Conocía a unas pocas y, aun así entre miles de mujeres negras marchando, entendí que ese lugar también era mío.
Hoy que la Red cumple 34 años, lo digo con todo el corazón: larga vida a la Red. Larga vida a seguir disputando espacios, a seguir construyendo pensamiento negro, afrocentrado y feminista, a seguir impulsando los cambios necesarios para nuestro anhelado buen vivir.
Gracias, RMAAD, por permitirme seguir creciendo con todas. Gracias por enseñarme reconocerme y a luchar a viva voz junto a ustedes. Feliz cumpleaños querida Red, sigamos ennegreciendo los feminismos.

