Les voy a contar lo que estuvimos viendo las feministas de Argentina aunque no les importe:
Muchas de nosotras entramos tarde al mundial, descreídas de la capacidad de darnos una alegría que desde el imperio las masculinidades hegemónicas podían darnos. Agobiadas por un contexto económico que apenas nos deja respirar y sonreír.
En la previa, nos sentimos orgullosas por la visibilidad de las Madres Buscadoras en México, del debate sobre la apropiación fascista de los símbolos nacionales a partir de la camiseta de Colombia y de la trivia sobre fútbol y política que nos interpeló. Porque sí, lo politizamos todo.
Con el correr de los días, vimos niñeces, jóvenes y personas mayores emerger desde los rinconcitos de esta tierra, del barro y del barrio, con la sonrisa hacia el sol patrio. Fue lo que nos contamos entre nosotras: el cartonero cantando canciones de aliento en las calles del Conurbano bonaerense mientras revolvía la basura, juventudes cantando “abuela lalalalala” abrazando a una jubilada, en el tren que vende empanadas porque la jubilación no alcanza ni para pagar el gas que ni abriga.
A la par, quienes leemos críticamente la creación de contenido en las redes sociales. Comenzamos a preocuparnos por una tendencia que se denunció, intentamos frenar con diálogo, pero que sin embargo prendió sobre el prejuicio que ya existía. Que si somos racistas, que si somos sionistas, que si nos manifestamos lo suficiente por el genocidio en Palestina. Se sumaron amigues, compas de militancia de años, internacionalistas, dirigentes de partidos de izquierdas, artistas que se ponen remeras del EZLN para cantar ante multitudes.
Mientras, llegó el partido contra Inglaterra. Y no, no lo pueden entender. No saben lo que significa para quienes nos criamos con el dolor del terrorismo de Estado en el corazón. Que jugadores de fútbol criados en las mismas escuelas públicas que nosotras levanten un trapo ideado por el ingenio y la creatividad popular es una representación digna. Es lo que nos enseñaron Madres y Abuelas cuando transformaron la Plaza de Mayo en una cancha y es lo que hicimos con los pañuelos verdes cuando los transformamos en un símbolo que recorrió el mundo a la par de nuestra rebeldía.
Confundir al pueblo con sus gobernantes, olvidar las luchas, sus padecimientos materiales y sucumbir ante una operación que pretendió poner a una Selección de fútbol conformada por plebeyos a la altura o por encima de la responsabilidad histórica de los imperios saqueadores de los recursos en nuestra región es el mayor éxito de la cultura del fascismo.
Este Mundial también dejó una enseñanza para nuestra región: leer lo que ocurre desde el Sur y no desde las categorías que impone el poder. Cada vez que aceptamos esas miradas, terminamos reproduciendo fronteras, rivalidades y prejuicios que nos alejan de quienes comparten nuestras mismas heridas históricas. La solidaridad entre los pueblos exige reconocer esas trampas, no alinearse con quienes nos han saqueado y defender la posibilidad de encontrarnos en la memoria, la resistencia y la alegría popular.
Nos vieron sonreír en las calles y nos odiaron. Nos vieron abrazar a todo el mundo y nos criticaron alentando la desinformación. Nos vieron perder en la cancha como luchamos día a día para comer y dar de comer y se burlaron. Miles de personas que se juntaron en la Ciudad de Buenos Aires para aprovechar el ratito de felicidad con lxs otrxs fueron ferozmente reprimidas tras cada partido (inclusive en la final) y lo invisibilizaron. Se pusieron del lado del conquistador y de eso no se vuelve. Pero acá estamos, estallando en mil pedazos por el fascismo interno y externo. Ni olvido ni perdón: seguiremos sosteniendo popularmente las banderas de la liberación. Porque las mareas descansan, pero siempre vuelven.
Con hambre, sin llegar a fin de mes, con deudas y desamor acá estamos: apuntando la sonrisa desordenada al sol, que a veces ni siquiera se digna en abrazarnos. Guardar silencio no es lo mismo que callar. Orgullosa de la rebeldía de esta tierra.
La alegría popular es antifascista.
Foto: Dronera / Lucía Hernández

