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    Sin categoría

    El lugar de la violencia

    1 marzo, 20267 Mins Read
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    Las recientes movilizaciones contra la Reforma Laboral y las modificación de la Ley de glaciares, reabrieron viejas discusiones sobre la respuesta organizada a la violencia policial. Del lado del arco opositor muchos medios denunciaron la presencia de “infiltrados”, una posición que en muchos casos invisibiliza algo que también existe: bronca, lucha y ganas de resistir.

    De ese momento quedan algunas escenas imborrables. Como la de ese grupo

    de estudiantes que saca de una sucursal bancaria fajos y fajos de billetes

    para quemarlos en la vereda, sin guardarse uno solo en sus bolsillos.

    O esos otros que buscan y queman pagarés y listados de morosos

    para que nadie deba nada”.

    En Agustin Tosco, el nombre del Cordobazo

    Por Pablo Nolasco Flores

    Hasta hace muy pocos años, cuando los grandes hechos históricos se convirtieron en efemérides, los 29 de mayo se recordaba la gesta histórica del Cordobazo. Una enorme cantidad de flyers circulaban celebrando la unidad obrero-estudiantil que dejó en tiempo de descuento a la dictadura de Juan Carlos Onganía. Partidos, movimientos sociales y sindicatos -de izquierda, de centro y progresistas- celebraban la enorme voluntad de un pueblo que se animó a enfrentar en las calles a uno de los gobiernos, hasta ese momento, más violentos de la historia. Lo mismo ocurrió con el 19 y 20 de diciembre de 2001: circulaban fotos y videos de cientos de personas -con sus rostros tapados- arrojando piedras, armando barricadas y enfrentando a la policía.

     En una nota publicada el año pasado en revista Crisis (“De violencias e infiltrados”), Pablo Solana escribió:

    “La sostenida violencia popular que protagonizaron las columnas sindicales y los estudiantes durante el Cordobazo, en 1969, puso en retirada nada menos que a una dictadura militar; durante diciembre de 2001, el desafío a la represión a fuerza de barricadas en los alrededores de la Plaza de Mayo provocó la huida en helicóptero de un presidente ajustador, inepto y represor, y abrió las posibilidades de un ciclo político más atento a los intereses del pueblo de ahí en más”.

     En los pasajes más significativos de la lucha de clases, la violencia popular tuvo un lugar central; pero, con el tiempo, se la fue corriendo del centro de la escena, mientras las grandes gestas comenzaban a reducirse a efemérides de redes sociales.

     Mientras circulaban estas efemérides bajo la forma de flyers, la movilización popular tenía otro color. La ocupación del espacio público no era concebida bajo la idea de conflicto y confrontación contra el orden y, en la mayoría de los casos, era pensada en tono festivo. Era una normalidad “ir a pasear” a concentraciones y marchas. Eran tiempos donde el conflicto estaba controlado desde arriba.

     Los tiempos habían cambiado. Miles de jóvenes -y algunos no tanto- aprendieron a movilizarse de esa manera. El problema es que, mientras la forma de ocupar el espacio público se daba de esa manera y, a la vez, se recordaban efemérides en forma de flyer (donde la violencia popular tenía un protagonismo central), se iba produciendo una desubjetivación de toda esa masa de personas que se iban politizando.

     Desde que gobierna Javier Milei y se aplica el protocolo antipiquetes creado por Patricia Bullrich, prácticamente todas las movilizaciones y concentraciones que no tienen un grado de masividad han sido reprimidas. Aún queda latente la violencia por parte del aparato represivo en la marcha de hinchas convocada el 12 de marzo de 2025, donde la Gendarmería le voló la cabeza a Pablo Grillo, quien por estos días continúa con su recuperación.

     No tiene sentido seguir lamentándose o indignarse por la represión del gobierno de Javier Milei. Dijeron que lo iban a hacer. Primero, que nos iban a ajustar; y luego, a reprimir si no nos dejábamos ajustar. Es preciso aceptar la realidad tal cual es. No esperemos menos. El ajuste va a seguir; las reformas y la represión -si es que elegimos salir a luchar- también.

     El problema está cuando, ante la cruel represión, vuela una piedra de alguien con la cara tapada o una molotov, y desde este lado se grita: “¡Infiltrados!”. Si la posición es esa, nos colocamos en el lugar de víctima y no estaría presente la posibilidad de defendernos. Es aquí donde se refleja esa desubjetivación como sujetos movilizados. Salimos a reclamar, nos gasean y nos vamos. Nos indignamos con la represión, sí; pero las discusiones giran en torno a si los que eligen tirar piedras, una molotov o prender fuego un patrullero son infiltrados o silvestres que solo quieren hacerse cagar a palos y luego justificar una represión. Por ese camino, la derrota subjetiva es un hecho. No habría posibilidad de resistir.

    En otra nota, publicada el año pasado en Diario Tiempo Argentino, Pablo Solana cita la intervención de Mario Santucho (h) en una conversación con Alejandro Bercovich – un periodista afín que desde hace tiempo pone el foco en “los infiltrados”- donde, haciendo referencia a los hechos de represión y resistencia en la marcha de los hinchas, sostiene:

    “Seguramente hay infiltrados. Pero si atribuimos cada hecho de violencia a supuestos infiltrados, lo que estamos cuestionando es la posibilidad de reaccionar cuando el poder te reprime. El otro día registramos otra actitud en la calle: menos miedo, menos sorpresa. Hubo una reacción espontánea, de hinchas. Lo que vi en la retirada, cuando nos cagaron a gases y balas de goma, es que fue la gente la que empezó a hacer barricadas”.

     En la situación actual, donde caracterizamos a este gobierno como antidemocrático y con características fascistas, lo mínimo es que, ante una situación de represión, algunos quieran hacer uso del ejercicio de la autodefensa. Pues entonces, bienvenida la discusión sobre la resistencia mediante la violencia popular.

     La violencia forma parte de la humanidad. Más aún cuando el sistema lleva en sus entrañas violencia. Quiénes somos conscientes de esto vemos a diario como se ejercita la violencia económica, política, ideológica, psicológica y hasta física. Este gobierno reúne estas cinco y más. No tiene sentido negar ni poner el foco en las movilizaciones pacíficas o que sean como un paseo. Pero tampoco -y a modo de alerta- hay que romantizarla como un acto individualista y voluntarista. Si apelamos a la historia, todo proceso de violencia de arriba encontró su respuesta, con el tiempo, en la violencia popular ejercida desde abajo.

     No somos nosotros quienes debemos poner el foco en la movilización pacífica. Repetimos que los derechos fueron conquistas, que formaron parte de luchas, de ocupación del espacio público y de enfrentamiento con el poder. Y en esos hechos, la violencia siempre tuvo un rol. Apelar al pacifismo no es más que darle vía libre al avance del fascismo.

     En un texto publicado hace semanas en ANRed, titulado “Los derechos no se consiguieron pidiendo por favor”, Ariadna Wdowiak se pregunta:

    “¿A quién le beneficia negar la violencia como una herramienta más de liberación?”. En el que también agrega: “Una cosa es no estar de acuerdo con la acción directa y elegir otros caminos de lucha y resistencia, pero otra muy diferente es criminalizar las resistencias populares”.

     No hay que subestimar la violencia, pero tampoco exagerarla. En 2001, la violencia popular sirvió para decir “basta” de ajuste y represión. Lo que sucedió el 19 y 20 de diciembre en el centro político del país fue un proceso que llevó años de maduración. Quizás el Santiagueñazo, en 1993, haya sido el prefacio. La historia ha demostrado que no ha existido -y es muy probable que ni existirá- ningún proceso de transformación de la sociedad que excluya la utilización de la violencia. Entonces, por cómo se presenta este presente, si queremos generar algo, la violencia va a tener lugar. Será cuestión de amigarse un poco con ella, alejarse de cierta moral progresista y entender que, tal como planteó hace más de una década Mario Soler Enriquez en un artículo publicado en Rebelión (“La violencia como herramienta de liberación) “la violencia no es una elección subjetiva y caprichosa, sino una herramienta que el sistema nos obliga a utilizar”.

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