Por Leonardo Rodríguez. Una gota helada y gruesa, que cayó desde quien sabe cual de los limones rubios y carnosos del patio, resbala por mi nuca, me estremece un pequeño temblor involuntario. Humo de café en tazas retaconas. Las tostadas quemadas y la manteca derretida, condenadas de antemano, aguardan su turno. Porque ahora, vamos a jugar a la pelota. Redonda y desgajada, original de cuerina blanca, se tiñó de gris de besar el cemento.
