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	<title>Somos Multitud &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
	<lastBuildDate>Tue, 01 Dec 2020 00:32:29 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Somos Multitud &#8211; Marcha</title>
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		<title>Serrat, mi madre y el hilo que teje la música</title>
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		<dc:creator><![CDATA[César Saravia]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 23 Apr 2020 11:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Culturas]]></category>
		<category><![CDATA[Especiales]]></category>
		<category><![CDATA[César Saravia]]></category>
		<category><![CDATA[Joan Manuel Serrat]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
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					<description><![CDATA[Especial #SomosMultitud. Hay un hilo que une a lxs artistas con su público. Esta es una historia de sueños cumplidos y de hilos que duran para siempre.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><em>Especial #SomosMultitud</em>. <em>Hay un hilo que une a lxs artistas con su público. Ésta es una historia de sueños cumplidos y de hilos que se tejen para perdurar. </em></p>



<p><strong>Por César Saravia/ Foto</strong> <strong>DarbaCulture</strong></p>



<p>A mediados de los 90, San Salvador comenzaba a parecer lo más cercano a una ciudad normal. El sonido de las balas de finales de los 80, ya sonaba como un eco, como una pequeña brisa que sobrevivía en los ojos de sus habitantes. El toque de queda era sustituido por la hora de la fiesta. Los bares abrían para liberar expresiones culturales que habían estado amarradas. Ahí se trasladaban las utopías inconclusas, las narrativas que quedaban de una revolución que no llegó. Con la firma de los Acuerdos de Paz, nadie ganó la guerra, aunque muchxs la perdieron.</p>



<p>En ese entonces yo vivía junto a mi madre en el municipio de Mejicanos, en los alrededores del complejo habitacional de la Zacamil. En esos días lo que más se escuchaba en las radios era el pop mexicano y la salsa venezolana. Los círculos más “under” decantaban por la Trova y el rock alternativo. En casa, mi madre aprovechaba los ratos en que mis hermanxs y yo estábamos en la escuela para escuchar la música de Víctor Jaramillo, Mercedes Sosa, Pablo Milanés, y por supuesto Joan Manuel Serrat.</p>



<p class="has-text-align-center">***</p>



<p>La primera vez que Serrat llegó a El Salvador fue en 1975. El mismo año en que, entre otros, fueron asesinados el poeta Roque Dalton y el sacerdote jesuita, referente de la teología de la liberación, Rutilio Grande. Fue el año en que Serrat se tuvo que exiliar en México luego de que en una conferencia condenara al régimen de Franco y se solidarizara con la postura de México de solo reconocer a la Segunda República Española.</p>



<p>En ese entonces mi mamá tenía 19 años y vivía en la ciudad de San Miguel, a tres horas de San Salvador. Pese a que a esas alturas ya conocía la música de Serrat, eligió quedarse en su ciudad para celebrar el “Carnaval”. Unos años más tarde El Salvador entraría en un conflicto armado que duraría 12 años. Dicen que las segundas oportunidades tardan en llegar. Mi madre, tendría que esperar 36 años para poder ver en vivo a su cantante favorito.  </p>



<p class="has-text-align-center">***</p>



<p>A Pacita, mi mamá, siempre le gustó cantar. Cada tanto se ponía al frente de un mariachi para cantar en algún cumpleaños o en las celebraciones del Día de la Madre de la escuela. En los 90, algunas noches cantaba en bares junto a su amigo Max y en los encuentros familiares con mi tío Manuel. Nunca lo hizo profesionalmente, aunque seguro le habría gustado. Pero pasa algo diferente cuando canta la música de Serrat. Sus ojos se cierran y pareciera cantar con la intensidad de quien vive una pasión. Hay un hilo tenso invisible que junta a un músico con sus seguidores, deben combinarse varias cosas, el sentimiento, la época, las vivencias, todo eso une a un artista con su público. Entre Pacita y Serrat, siempre estuvo ese hilo.</p>



<p class="has-text-align-center">***</p>



<p>Cuando supe que Serrat llegaría a El Salvador en 2011 y que el concierto era en homenaje a los 100 años del nacimiento de Miguel Hernández, tomé los pocos ahorros que tenía y compré dos entradas de general para mí y mi mamá. No lo pensé mucho, supongo que no había mucho que pensar. El concierto fue en el teatro del Centro Internacional de Ferias y Convenciones, el equivalente a lo que sería la “Rural”, en Buenos Aires. Un anfiteatro con capacidad para unas 15 mil personas y con una acústica ideal para la orquesta que acompañó al cantante catalán. Contrario a lo que se podía pensar, respecto al rango etario del público, el concierto reunió a personas de todas las edades. Supongo que su llegada era todo un acontecimiento para un país que 20 años de derecha ultraconservadora habían privado de todo tipo de músicos, desde Silvio Rodríguez, pasando por Molotov, ¡y hasta Fito Paez y Julieta Venegas! Eso, o que ese hilo de Serrat llegó a más de una generación.  </p>



<p>Pacita y yo nos sentamos en el centro del anfiteatro, cerveza en mano, nos preparamos para escuchar un concierto que duraría casi dos horas. Ahí, Serrat presentó los temas de su disco <em>Hijo de la Luz y de la Sombra </em>con temas inéditos y poemas de Miguel Hernández musicalizados. También hubo tiempo para los clásicos, “aquellas pequeñas cosas”, “mediterráneo”, “pueblo blanco”, “Señora”, “La fiesta”, “Esos locos bajitos”, etc. No recuerdo otra vez que mi madre y yo estuviéramos en el mismo lugar disfrutando de la misma manera. Ahora, cuando un continente de distancia nos separa, y un virus nos mete a todxs en la casa, cierro los ojos y recuerdo ese día.</p>



<p>Muy elocuente en su presentación, Serrat contó la historia de un músico brasileño que se tomaba descansos cuando cantaba mientras el público se quedaba solo entonando a todo pulmón las canciones sin siquiera darse cuenta de que el cantante ya no estaba. Algo similar se repetiría en ese concierto. Serrat confesó que había ciertos temas que no incluía por miedo a olvidar la letra, mientras el público al fondo pedía “Penélope”. Tomó su guitarra y empezó a cantar, luces del escenario apagadas, orquesta en silencio y el anfiteatro entonando al unísono la canción. Como había anticipado, se le olvidó la letra, pero casi nadie lo notó. Volví a ver a Pacita cantando y fue como si fuera ella la protagonista y alrededor, un público extasiado, le hiciera los coros.</p>



<p>Cuando terminó el concierto, luego del clásico tema extra, Pacita aprovechó para ir del sector general a platea (que era más caro) y pararse frente al escenario. Yo la seguí un poco despistado. En ese momento, Serrat asomó la cabeza por el escenario, caminó con su guitarra y cantó “tu nombre me sabe a hierba” en un anfiteatro que se había quedado solo y frente a unas 30 personas. Ahí, mi mamá extendió su mano para saludar a Serrat y éste sujetó la suya. Hay un hilo que une a lxs artistas con su público. Ese día, Pacita, hizo ese hilo más fuerte.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/serrat-mi-madre-y-el-hilo-que-teje-la-musica/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>El éxodo sabalero: 39.999 y yo</title>
		<link>https://marcha.org.ar/el-exodo-sabalero-39-999-y-yo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Apr 2020 10:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónica]]></category>
		<category><![CDATA[Deportes]]></category>
		<category><![CDATA[Colón]]></category>
		<category><![CDATA[fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Paraguay]]></category>
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		<category><![CDATA[Waldemar Fink]]></category>
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					<description><![CDATA[Seguimos recordando multitudes. Esta vez, sobre partido más importante que jugó Colón de Santa Fe en Asunción. Una crónica que da cuenta del viaje, las ilusiones, la cancha, la gente&#8230; todo en marcha hacia Paraguay. Por Waldemar Fink Gestando un sueño 3 de diciembre de 1997: Ya hacía bastante tiempo que vivía en Buenos Aires, [...]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong><em>Seguimos recordando multitudes. Esta vez, sobre partido más importante que jugó Colón de Santa Fe en Asunción. Una crónica que da cuenta del viaje, las ilusiones, la cancha, la gente&#8230; todo en marcha hacia Paraguay.</em></strong></p>



<p><strong>Por Waldemar Fink</strong></p>



<p><strong>Gestando un sueño</strong></p>



<p>3 de diciembre de 1997: Ya hacía bastante tiempo que vivía en Buenos Aires, tenía 17 años. Colón le ganaba a Independiente el partido que definía el equipo que, junto a River, jugaría la Copa Libertadores del 98. 9.000 hinchas fuimos a la cancha de Lanús y varios miles terminamos festejando en el Obelisco a la salida del partido.</p>



<p>Tres días tardaba en llegar el diario <em>El Litoral </em>al kiosco de diarios de Retiro. Allí fui a comprarlo, por el sólo hecho de tener ese recuerdo histórico. Ël día que Colon festejó en el Obelisco”, tituló el diario. Yo estuve ahí, fui parte de esa historia, pero nada se compara con lo que viví&nbsp; casi 22 años después…</p>



<p>Todo comenzó el 26 de septiembre de 2019 en la definición por penales de la semifinal contra Atlético Mineiro en Brasil. Terminé abrazado en el piso del living de mi casa con Ricky y Obed, dos amigos hinchas de Boca que me hicieron el aguante. Eso generó Colón, que muchos y muchas hinchas de otros equipos siguieran su campaña. (Y ni hablar después de la banda de gente que llevamos a Paraguay y del himno sabalero de Los Palmeras). En ese momento, antes de levantarme del piso, ya estaba pensando en el viaje a Asunción.</p>



<p>A la mañana siguiente llamé a Santa Fe al “Sejo” (amigo sabalero). Él y la banda de La Píldora de la Vida serían los encargados de la logística y mis compañeros de viaje. Después de un mes de idas y vueltas, en las tantas llamadas, me confirmaron la entrada y los pasajes. Fue un alivio. En el medio cumplo 40 años, y tuve un regalo muy especial de mi familia, un sobre con plata que decía: “Esto no es solo tu regalo, es nuestra forma de ayudarte a cumplir un sueño”.</p>



<p><strong>El éxodo</strong></p>



<p>Partí a Santa Fe el jueves 7 de noviembre. Esa noche terminamos de definir qué llevaria cada uno, fundamental en un viaje que se esperaba que fuera largo: sanguichitos, tartas, bizcochos, facturas y mucha cerveza.</p>



<p>A la mañana siguiente ya estábamos en las afueras de la cancha de Colón mitigando la ansiedad y contemplando el hermoso espectáculo de la salida de cada micro entre aplausos y cerveza. Salimos a las 13 hs y llegamos a la frontera a las 5 de la mañana. Sí 808 km en 16 horas de viaje. ¿El motivo?: la ruta 11 era una caravana roja y negra interminable. Estuvimos 5 horas más esperando en un playón enorme, lleno de colectivos y gente de todas las edades: familias enteras, amigos, amigas, padres e hijos, madres e hijas….</p>



<p>Una vez que cruzamos a Paraguay nos guiaron hasta la costanera y desde allí saldríamos en tandas hasta la cancha. Esa espera con 40 grados y con poca sombra fue áspera. Los “trapos”, uno de ellos de uno de los pibes que ya no estaba y que sus amigos llevaron para tenerlo presente, nos sirvieron de refugio del cruel sol atados a los pocos árboles.</p>



<p>Dos horas después partimos escoltados hasta las afueras del estadio. A lo largo de los kilómetros de ciudad que recorrimos, cientos de banderas sabaleras colgaban de balcones y ventanas de casas. Asunción parecía Santa Fe una tarde de clásico; una hermosa locura.</p>



<p>Con la advertencia de que iba a haber controles de alcoholemia con tolerancia cero fuera del estadio, hacía varias horas que, con gran dolor, habíamos dejado algunas latas sin abrir en las conservadoras (jamás lo hubo, pero quedarse afuera de semejante evento por escabiar un poco demás hubiese sido un precio que nadie estaba dispuesto a pagar).</p>



<p><strong>El Partido</strong></p>



<p>Todo era una fiesta. La sensación una vez que traspasé el control de ingreso a la cancha fue indescriptible. Ya estábamos ahí, nada ni nadie iba a impedir que formara parte de la historia sabalera. Sí, uno de esas y esos 40.000 era yo; 39.999 y yo.</p>



<p>Fue increíble ver ese estadio todo pintado de rojo y negro, y todo tuvo sentido cuando Los Palmeras y 40.000 almas cantaron “Soy Sabalero”: tres generaciones se unieron en una sola voz.</p>



<p>De la fiesta y el calor agobiante a la lluvia y el frío implacables. Los nubarrones, que eran un hermoso contraste, terminaron castigándonos demasiado. La mayoría aguantó estoica, pero muchos de los abuelos y abuelas tuvieron que refugiarse o ser atendidos por el operativo de salud. &nbsp;Tres horas bajo el agua, 3 a 1 abajo.</p>



<p>Salimos de la cancha caminando despacio mientras nuestra sombra por los fuegos artificiales del festejo (que a nuestras espaldas no quisimos ver), se proyectaba ecléctica.</p>



<p>Apenas lloré, era demasiado grande lo que estaba viviendo como para que terminara mal. Lloré muchas veces por Colón, pero este acontecimiento no se merecía un final triste. Toda esa gente que vi durante kilómetros, en cientos de colectivos, autos y combis; a dedo y hasta en bicicleta con 53 años, pedaleando durante 4 días, jamás vamos a olvidar lo que vivimos.&nbsp; Pensé en la cantidad de abuelos y abuelas que vi que no van a llegar a ver a Colón campeón. Sí, sentí pena por ellos y ellas pero yo tengo la esperanza de poder vivirlo…</p>



<p>Antes de llegar al colectivo compramos cerveza, ahora sí tomaríamos sin restricciones.</p>



<p>Y mientras, pensaba que 22 años después no iría a comprar ningún diario. A los minutos de terminado el partido publicaron en las redes sociales de ESPN: “¿Cómo le explicás a estas 40.000 personas lo que consiguieron hoy, más allá de su dolor? Desde ahora cada equipo argentino va a ser medido con la vara de Colón. El 9/11/19 es una efeméride: El éxodo sabalero.”</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/el-exodo-sabalero-39-999-y-yo/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Los años kirchneristas: gestos efímeros de una felicidad compartida</title>
		<link>https://marcha.org.ar/los-anos-kirchneristas-gestos-efimeros-de-una-felicidad-compartida/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Ignacio Marchini]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 17 Apr 2020 11:55:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Yo estuve ahí]]></category>
		<category><![CDATA[Ana Paula Marangoni]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
		<category><![CDATA[Somos Multitud]]></category>
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					<description><![CDATA[Otra manera de acercarnos a las multitudes mientras las extrañamos, los años de militancia.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><em>A Naza, Mari Ro, Marian, Wally, la Pocha: cómplices de un momento lleno de frenesí</em></p>



<p><em>Otra manera de acercarnos a las multitudes mientras las extrañamos, los años de militancia. Una crónica que es mirada sobre los años kirchenristas pasados, pero es también una mirada sobre la acción propia y la felicidad de la inocencia perdida.</em></p>



<p><strong>Por Ana Paula Marangoni</strong> |<strong> Foto: Julieta Lopresto</strong></p>



<p>Fue por octubre de 2011. Cristina había ganado la reelección. Las movilizaciones en las calles que se habían sucedido desde el Bicentenario habían ido ocupando un lugar en mi corazón. Nos fuimos politizando de una forma adolescente. Nos parecía que encontrarnos en la Plaza era una manera de decir que apoyábamos que desde el gobierno se hablara de DDHH, que se reanudaran los juicios de lesa humanidad, que el Estado como garante de derechos cobrara importancia, y que las y los grasitas recuperaran su lugar en la fiesta.</p>



<p>Éramos ingenuas e ingenuos también. Vivíamos con frenesí el <em>revival</em> de toda una mística que iba desde Evita hasta Montoneros. En una movilización o fiesta, de repente se podía hablar con alguien que había sido militante de la JP, o que era amigo o familiar de desaparecidos. Cantar la marcha peronista era revivir años de utopías setentistas, o la época dorada del peronismo: la fundación, las pelotas para los pibes, conocer Mar del Plata por primera vez.</p>



<p>Hablábamos de las contradicciones, de lo que faltaba, de los problemas que seguían intactos. Pero sentíamos que había que seguir reivindicando y defendiendo a un gobierno que nos hacía sentir protagonistas, que nos unía de alguna manera a grosas y grosos como la Gaby Arrostito, Paco Urondo, Rodolfo Walsh, el gordo Coooke, Alicia Eguren, Agustín Tosco… y tantas y tantos más. Leíamos <em>La voluntad</em>, la revista <em>Lucha armada</em>, nos pasábamos libros como <em>El tren de la victoria</em>. Jugábamos a ver quién sabía más sobre peronismo y los setenta. Memorizábamos nombres, hablábamos de La Tablada, Monte Chingolo y otros eventos revolucionarios. Chamuyábamos con poemas de Gelman o Constantini. Mezclábamos una lectura histórica y crítica del pasado con un presente sin críticas ni objeciones. Alzábamos los dedos en V y nos sentíamos una nueva generación de montos. Recuerdo que a veces se me salía la cadena y, cuando discutíamos sobre algún tema, algunas amigas se reían y me decían que me subía el <em>troskómetro</em>. Para las y los convencidos, mis ideas generaban desconfianza. Me decían “inorgánica”, para marcar un defecto imperdonable, entre discursos sobre lealtades y prioridades. Para quienes miraban al kirchnerismo desde afuera, yo era una kuka consagrada. Parecía difícil ocupar un lugar moderado. Nos enterábamos de que eras kirchnerista, cuando alguien te decía: “vos, que sos kirchnerista…” o “vos sos re k”.</p>



<p>Pero las fiestas eran las fiestas. Se trataba de un ritual donde las definiciones y discusiones quedaban a un costado. Ahí, yo estaba adentro.</p>



<p><strong>Vivir las patas en la fuente</strong></p>



<p>Por esa época, gran parte de mi vida transcurría arriba de un tren que iba de Villa Luro hasta Moreno. En el Barrio Lomas, Moreno adentro, teníamos un centro cultural llamado La Olla. Ese lugar no fue una excepción a nuestras ingenuidades. Pensábamos que estando en un barrio íbamos a poder cambiar las cosas. Pero nos faltaba organización, criterio, planificación. Y convivíamos con la esperanza de que la revolución nacional llegaría algún día a Lomas, donde todo seguía igual. Donde éramos reinas y reyes del piberío, mientras jóvenes y personas adultas seguían con su vida habitual.</p>



<p>Y fue ese domingo, que las pibas se vinieron desde Moreno hasta el departamento que alquilaba en Villa Luro. Gritaban por el balcón, sacaban una bandera que una de las pibas había improvisado en su casa, la agitaban en un barrio que parecía no comprender nuestro frenesí. Incluso, la vecina de al lado empezó a llamarme para reclamar que dejáramos de armar bardo, pero no la atendí. Ya nos estábamos yendo, rumbo a la plaza.</p>



<p>No sé cuántas horas estuvimos. Pero llegamos temprano, con el sol, y nos volvimos a la noche. Nos reíamos, nos abrazábamos, cantábamos, nos emocionábamos. Nos metimos en una de las fuentes y nos empapamos, aunque hacía frío para mojarse. En un momento, Naza se subió a un poste para colgar la bandera, y nosotras desde abajo la ovacionábamos. Era nuestra heroína de la tarde.</p>



<p>Al rato, o a la hora, nos fuimos con Wally a buscar un lugar tranquilo para mear. Mientras caminábamos alejándonos de la plaza, le dije, convencida: “al primer chabón que me cruce le voy a dar un pico”. Wally me miró y me empezó a desafiar con que no me animaría. Y yo, exultante de adrenalina, “que sí y que sí”.</p>



<p>Caminamos diez metros y me enfrenté con el elegido. Le expliqué la propuesta, y le pregunté si aceptaba (porque, ante todo, esto de que el cuerpo es de cada quien, por más adrenalina que sintiera siempre lo tuve claro). Sin dudarlo, me respondió que sí. Nos dimos el beso, que no fue ni excesivamente breve y ni exageradamente largo. Sin lengua, pero afectuoso y sentido. Después, nos miramos, nos sonreímos, y seguimos caminando, cada uno en dirección opuesta.</p>



<p>Estaba contenta, y lo chicaneaba a Wally: “¿Viste que me animé?”, y comentábamos lo lindo que había sido el beso. Wally se reía y me retrucaba: “Se podrían haber pasado el teléfono”. Pero la magia había sido esa, precisamente: ese gesto efímero de felicidad compartida.</p>



<p>A veces pienso en ese día, en esa anécdota, y en lo bien que representa esos momentos de celebración durante los años kirchneristas. Había un deseo que se expresaba en lo colectivo, en esas multitudes que nos mezclaban a distintas personas y generaciones, tal vez cada una con una idea diferente de por qué estábamos ahí. Era fresco, era espontaneo, y también fugaz. Estaba ahí, aunque no podía traducirse en algo más duradero. Si lo queríamos capturar, se nos escapaba. Era <em>naif </em>también. Nos impedía imaginar, entre otras cosas, que, dentro de cuatro <a>año</a>s, muchos derechos ganados serían borrados de un plumazo.</p>



<p>Los años kirchneristas se fueron, y hoy, al revisarlos, pienso que fueron años de mucho idealismo, donde magnificamos de heroísmo algunas políticas, y donde confundíamos permanentemente nuestro rol en el Estado. Todas y todos hablábamos como presidentas, más que como laburantes, o militantes, o lo que cada quien era.</p>



<p>Eso sí, nos encontrábamos en la Plaza, y de una particular manera, éramos felices. Volvíamos a la inocencia de un beso adolescente, y de sentir que todo estaba y estaría bien. Sentíamos que algo invisible nos unía, y que todo era posible. Jugar en la fuente, colgar una bandera, abrazar a alguien que no conocíamos, y de paso, cambiar el rumbo de nuestra historia.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/los-anos-kirchneristas-gestos-efimeros-de-una-felicidad-compartida/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>El día después de la cuarentena: nunca menos que 10D</title>
		<link>https://marcha.org.ar/el-dia-despues-de-la-cuarentena-nunca-menos-que-10d/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Ignacio Marchini]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Apr 2020 04:04:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Especiales]]></category>
		<category><![CDATA[crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Matías Calvo Crende]]></category>
		<category><![CDATA[Nadia Petrizzo]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
		<category><![CDATA[Recordar la multitud en tiempos de aislamiento]]></category>
		<category><![CDATA[Somos Multitud]]></category>
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					<description><![CDATA[El cronista rememora esa plaza del 10 de diciembre que puso fin a 4 años de uno de los peores gobiernos desde el retorno de la democracia.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><em>El cronista rememora esa plaza del 10 de diciembre que puso fin a 4 años de uno de los peores gobiernos desde el retorno de la democracia. Memoria de un grito de desahogo: Somos Multitud.</em></p>



<p><strong>Por Matías Calvo Crende | Foto de Nadia Petrizzo</strong></p>



<p>Son ya 25 los días de aislamiento social, preventivo y obligatorio: tengo ganas de pisarla y encarar. ¿Para dónde? Para la Plaza. No cualquiera, sino la Plaza de Mayo, esa que es una mezcla rara de diamantes con basura, caja de resonancia de las grandes manifestaciones populares, escenario histórico de un cielo de oscuros aviones y punto de encuentro de los días más felices. Y, ajustando el reloj, quiero ser más específico en mi deseo: quiero volver a la plaza del 10 de diciembre de 2019. Y a su vez, sostener que para comprender esa fecha es condición de posibilidad entender los 4 años anteriores.</p>



<p>Cuatro años de trabajo y militancia en una universidad pública del conurbano (hermosa categoría de análisis, pero más hermoso proyecto político). Cuatro años previos que fueron fratricidas. Sin un mango para la educación, todos somos hijos de la necesidad. Y la peor necesidad es establecer prioridades en un contexto de restricción presupuestaria: toda nuestra miseria peleando por la misma moneda. Una leonera. Estudiantes peleando por el boleto y más becas. Docentes peleando por financiamiento para proyectos. No docentes pidiendo bonos de fin de año. En la calle, sosteníamos la misma bandera pero adentro de la universidad la prioridad había que hacerla y, en fin (en clave dantesca y jaurethecheana), estuvimos como los perros en los mataderos: peleándonos por las achuras mientras el abastecedor se llevaba la vaca. Un infierno.&nbsp; Pero el día después del infierno llegó: se llamó 10 de diciembre de 2019.</p>



<p>Ese día todo cambió. Tenía las mismas ganas, deseos, esperanzas que tengo ahora. (Créame: nunca hubo un escolar naranja tan bello en la historia de la condición humana como ese día).</p>



<p>¿Deseos de qué? Deseo de subir al crazy bus. Movilizar. Marchar. Oíd el ruido de rotas cadenas: bombos, redoblantes, arengas, manotazos al techo y trompetas que a todo ritmo nos apuran a limar los últimos detalles para partir del corazón de Polvorines a la fiesta popular más esperada durante mucho tiempo.</p>



<p>Subir a ese bondi y saber lo que viene: entregarme en cuerpo y alma. Mirar para el fondo, para los costados, para adelante, para todos lados y advertirlo: está lleno de alegría popular. Esa sin la cual nada grande puede construirse. Sonrisas que nos costó horrores encontrar durante cuatro años. Disfrutar ese paisaje como un niño en Disney World. Arrancar. Y grité: “¡EEEEEAAAAA!” Bailar. Murguear. Tirarte un paso. Agradecer al compañero que con una sonrisa te ayuda a ponerte de pie porque te caíste encima de él.</p>



<p><strong>Salimos.</strong></p>



<p>Disfrutar el bocinazo de bondi a bondi. Salir por la ventana en los semáforos y recibir con una sonrisa de oreja a orejas el amor, las rosas y los dedos en V que te tiran las viejas y las puteadas del medio pelo. Responder con besos y alegría en todos los casos. Parar a comprar alguna bebida, pues, es una fiesta larga. Beber de un tetra la bebida de los pueblos fuertes, el vino de los dioses del Gran Buenos Aires. Beber fernet de una canoa de Coca Cola hasta sentirme más cordobés que la Mona. Beber, siempre, beber. (También leer, siempre leer, porque la oligarquía nos quiere ignorantes de nuestra dignidad y derechos). Llegar a la Plaza. Disfrutar sus olores. Sus humos. Bajar las banderas. Armarlas. Marchar. ¿Dije bajar las banderas? ¡No! ¡Nunca se bajan! Desarmarlas y volverlas a armar. Empezar la peregrinación hacia nuestra misa con la mística argentina que nos nutre de vida: militante, futbolera, ricotera. Arengar. <strong>Marchar</strong>. Detenerse. <strong>Volver a marchar</strong>. Detenerse. Cantar. Mirar a los ojos a tus compañeros. Cantar mirándose a los ojos: disfrutar esa montaña rusa de emociones. Sacar lo que se puede afuera para que adentro crezcan cosas nuevas. Vencer las roscas. Las miserias. Los errores. Los propios. Los ajenos. La desesperación. La angustia. El orgullo del ego. En un mismo acto simbólico decir sin decir al compañero estudiante, docente y no docente: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Líbranos del mal. Abrazarte. Gritar hasta la afonía que no nos han vencido. Volver a abrazarte.</p>



<p>Así que las ganas de pisarla y encarar son un deseo colectivo.&nbsp;</p>



<p>Recuerde: la peor enfermedad se llama desesperanza.</p>



<p>Venceremos. Seguiremos marchando.</p>



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		<title>Avellaneda: Maradona, Darío y Maxi, y el primer campeonato de mi hija</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 14 Apr 2020 03:10:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Una crónica de los recorridos por Avellaneda. Estación, cancha de Independiente y recuerdos que aparecen en medio de la cuarentena. Y como siempre, la excusa del fútbol para hablar de los temas importantes de la vida. Por Nadia Fink  1993. El 10 de octubre de 1993 tomé por primera vez el Roca para ir hasta [...]]]></description>
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<p><strong><em>Una crónica de los recorridos por Avellaneda. Estación, cancha de Independiente y recuerdos que aparecen en medio de la cuarentena. Y como siempre, la excusa del fútbol para hablar de los temas importantes de la vida.</em></strong></p>



<p><strong>Por Nadia Fink</strong> </p>



<p><strong>1993.</strong> El 10 de octubre de 1993 tomé por primera vez el Roca para ir hasta Avellaneda. Tenía 16 años y la ilusión de ver el debut oficial de Diego Armando Maradona con la camiseta de Newell’s. El Diego volvía al fútbol argentino después de casi 9 años y con el repechaje para el Mundial 1994 por delante. Era la quinta fecha del Apertura 1993 y una tarde de sol que prometía. En ese entonces contaba con una sola camiseta, que me habían regalado mi vieja y mi viejo cuando cumplí los 15. Eran caras y no era tan común vestirse así para andar por la calle. Y estaban los cuidados: ostentar camiseta de cuadro ajeno era una “provocación”. Así que me calcé la camiseta (la que nos dio tantas alegrías con el Loco Bielsa como DT) y una remera negra arriba, y me fui.</p>



<p>La estación era aún “Avellaneda” y las cuadras que la separaban de la cancha eran varias. Todavía había una amistad que parecía inquebrantable con las y los hinchas de Independiente, así que todo parecía ser una fiesta. El partido fue malísimo para la lepra, perdimos 3 a 1 y entendimos que el Diablo, como tantos años después, era especialista en intentar aguarnos la fiesta. Pero no nos importó. Ya en la tribuna, con amigos rosarinos, cantamos hasta quedarnos sin voz. Sentíamos que Dios jugaba para nuestro equipo y entonamos mil veces una canción que no volvimos a cantar con el paso del tiempo: “Yo te daré, te daré, niña hermosa, te daré una cosa, una cosa que empieza con ‘D’, Diegó” (así, con acento en la “o”).</p>



<p>El partido tuvo a Independiente dominando desde el arranque. Y no cambió nada durante todo el encuentro. La Lepra venía de una pretemporada floja y de un inicio de campeonato poco prometedor. Lo sabemos, Dios no hace milagros colectivos. Y así fue. Pero no nos importó. Cantamos todo el partido y vimos algunos destellos maradonianos, como cuando eludió a Cagna y a Rotchen para asistir a Morales Santos en el único gol leproso a los 37 minutos del segundo tiempo. Y la foto indeleble: una rabona en el área, que no fue gol porque el arquero Islas mandó la pelota al córner. Esos son los recuerdos de aquella tarde. Y las lágrimas. Y nuestra felicidad.</p>



<p>A la vuelta sumé un par de nuevos amigos que se volvían a Capital, y una cerveza con un mendocino que insistió en que prolongáramos alegría y festejos.</p>



<p><strong>2004. </strong>Era 12 de diciembre. Lara había cumplido diez años cuatro días antes y nos subíamos al tren para ir a la (todavía) estación Avellaneda. No era la primera vez que Lara iba a la cancha, pero sí podía verlo campeón al equipo del que era desde el nacimiento. El apertura 2004 podía ser de Newell´s.</p>



<p>Era difícil conseguir entradas y se preveía una caravana increíble de hinchas desde Rosario. Un amigo de allá traía las entradas. Nadie tenía teléfono móvil (al menos, ningunx de nosotrxs), así que ya no recuerdo cómo pudimos encontrarnos con tres directivas que habíamos coordinado unos días antes por teléfono fijo y el mar de gente que eran las inmediaciones del estadio. Pero eso fue un rato después.</p>



<p><strong>2002. </strong>El 26 de junio de 2002 atravesó la realidad como un rayo. O al menos la de las personas que sufríamos las injusticias, militáramos o no. Darío Santillán y Maximiliano Kosteki eran fusilados por policías en la estación Avellaneda y, a pesar de que intentaron mostrarlo como un “se mataron entre ellos” (según las palabras de Aníbal Fernández, entonces secretario de la presidencia), las fotos de Pepe Mateos o el Ruso Sergio Kowalewski contaron la verdad. También generaron un sacudón a los medios hegemónicos, que intentaron ocultar los hechos y soslayar las responsabilidades de los entonces Presidente y Gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde y Felipe Solá. Darío y Maxi fueron muertos de todas y de todos. Esos pibes nos marcaron. Porque se coordinó una cacería con fuerzas de seguridad nacional y provincial, porque se atacó directamente a gente que reclamaba comida y vivir con dignidad (eran apenas unos meses después de diciembre de 2001, y los sectores más postergados la estaban pasando fiero), porque se atacó a los jóvenes, blanco fácil, blanco buscado, de oficiales y gendarmes, y porque se fusiló por la espalda a quien se agachó para asistir a un compañero. Nos quisieron, también, matar los sueños de un mundo mejor y más solidario.</p>



<p>La memoria insiste y esa estación hoy se llama “Darío y Maxi”, y los autores materiales están presos. Y volvimos a esa estación cada 26 de junio a recordarlos vivos y a pedir, todavía, que se juzgue a los autores intelectuales, a los políticos que dieron la orden de disparar.  Pero eso fue un poco después, porque aún se llamaba estación “Avellaneda”.</p>



<p><strong>Otra vez 2004. </strong>Le pregunté a Lara sobre los recuerdos que le quedaron de ese día. “Tengo algunos”, me cuenta. “En principio, que sólo iba a ver a Newell’s campeón, pero me tocó unas cuadras reponerme de la sensación y de lo que me contaste en la estación Avellaneda”. Ese día mi hija salió campeona, pero, también, conoció la injusticia con su mirada más fuerte. Había pintadas, flores, intervenciones, placas con los nombres de los pibes en los lugares en los que habían sido asesinados. Y charlamos sobre eso. Tal vez era la primera vez que oía sobre asesinatos por fuera de una peli, o al menos que estuviera tan a la vista el abuso por parte de las fuerzas policiales. A ella también la atravesó esa historia, y los nombres y las vidas de Darío y Maxi. También volvió tantas veces conmigo o con otra gente, y también viajó a otros lados donde la injusticia se hacía bala contra los más pibes, los más pobres.</p>



<p>“Me acuerdo de que era la primera vez que veía tanta gente con la camiseta de Newell´s. Miles de personas en las calles, cantando. Lo recuerdo como un mar de gente y que entramos por una especie de túnel”. Ese mar de gente eran 40.000 hinchas que no paraban de moverse. Elegimos el codo de la tribuna, donde se veía medio chanfleado pero había menos amontonamiento y se podía estar bien.</p>



<p>No parecía haber tribuna local porque todo era una marea rojinegra por donde se mirara. Una vez más, el rojo casi nos amarga la fiesta; en cierta medida, otro full del infierno. Un Newell’s con jugadores como Justo Villar, Fernando Belluschi, Guillermo Marino, “El Burrito” Ortega y un Nacho Sccoco que venía pidiendo pista no pudo dar vuelta el resultado.  Pero a pesar de la derrota por dos a cero había que esperar el final del partido que jugaba Vélez.</p>



<p>“¿Puede ser que recuerdo a un viejo con una radiecita atrás nuestra? Tengo la imagen de que todas y todos decían ‘shhhh’ porque él nos avisaba cómo iba Vélez”. Así era. Vélez Sarsfield estaba  segundo a tres puntos, jugaba contra Arsenal y la derrota propia nos dejaba en manos de resultados ajenos. Nuestra tristeza o nuestra felicidad dependían de esa radiecito, de que esas dos pilas chiquitas fueran medio nuevas, de que el “vejo” (que no lo debe haber sido tanto, pero eran ojos de niña de 10 años) escuchara bien para así poder avisarnos enseguida. Se nos jugaba el festejo o la derrota en esos segundos.</p>



<p>“¡Terminó! ¡Empató Vélez!”, gritó “el viejo” con todos sus pulmones y las lágrimas salieron solas. Las lágrimas, los gritos, nuestro abrazo. Abrazadas, y sin importar lo que pasaba en la cancha ya, lloramos y nos reímos. Todavía hoy nos dura ese abrazo, el del primer campeonato de ella. (Cuando escuchamos esa canción que dice “Soy leproso de pendejo… lo que me enseñó mi viejo…”, nos preguntamos cuándo cantaremos canciones donde estas historias tengan lugar).</p>



<p>La mayoría de los ecos de Avellaneda resuenan en nuestras vidas hasta hoy. Mi hija sigue pensando que Diego es el mejor jugador del mundo aunque no lo haya visto jugar; Darío y Maxi siguen siendo esos pibes a los que vamos a homenajear cada junio, con antorchas, con música y con el abrazo a la familia. A la cancha vamos, claro, ahora a Rosario porque Lara me invitó a sumarme a esas combis que son fraternidad, alegría y cantos. Campeonato también festejamos algunos años después, cuando ella era más grande y ya pudimos tomar una cerveza para prolongar, esta vez madre e hija, alegría y festejos.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/avellaneda-maradona-dario-y-maxi-y-el-primer-campeonato-de-mi-hija/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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