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	<title>Rimbaud &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
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	<title>Rimbaud &#8211; Marcha</title>
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		<title>Seguir viviendo sin Riquelme</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 05 May 2017 03:03:40 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[El enganche en el fúbol argentino]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Gonzalo Reartes &#8211; @reartes_gonzalo</strong></p>
<p><em>El cronista habla del enganche en el fútbol argentino. Del último enganche, Juan Román Riquelme. Y entre metáforas y comparaciones artísticas, nos habla del fútbol lírico y del fútbol negocio como oposición a lo que algún día fue. No es nostalgia lo que sigue en estas líneas, sí la certeza de no ver la razón de seguir viviendo sin Riquelme.</em></p>
<p>No existe en el fútbol jugada más bella que la de pasarle la suela a la pelota (toda la suela) para soltarla por entre las piernas de un rival, que debe pasar de largo, para volver a buscarla. Es un camino de reencuentro, la más suprema esencia de todo lo que el fútbol debe ser y representar. <em>“El arte no reproduce aquello que es visible sino que hace visible aquello que no siempre lo es</em>”, afirmaba Paul Klee, que parece dar en la tecla al recordarnos que el arte es un ejercicio de introspección, de búsqueda interna y búsqueda, a la vez, del lenguaje para expresar lo que se encuentra. Por supuesto que en el mundo del arte el lenguaje no siempre se reduce a palabras y letras. Todo lo contrario: la mayor parte del tiempo tiene que ver con un lenguaje que no remite a la escritura.</p>
<p>Pues bien, basta con ejercer la memoria para encontrar en diversas jugadas de Juan Román Riquelme el mayor entendimiento de lo que el fútbol tiene que transmitirle al hincha parcial y al espectador neutral. Claro que esa capacidad artística no es aleatoria, ni siquiera, quizás, consciente de sí misma: el poeta es poeta por más que no plasme su sensibilidad, y si no escribe, ya encontrará canal para expresar su arte. Esto es, así como el poeta no puede evitar ser poeta, el enganche no puede evitar su forma de leer el juego y ejecutar jugadas. Quizás hasta a pesar suyo y a riesgo de caer en las lagunas de los genios. En el “aparece y desaparece” o “juega muy bien pero es disperso” o en los murmullos de las plateas locales. En el enganche, el talento es, verdaderamente, su genio amor.</p>
<p><strong>Y si acaso no brillara el sol…</strong></p>
<p>Y es que: si todo fuera arte, ¿qué sería el arte? El enganche no precisa aparecer los noventa minutos. Sobre la necesidad de contrastar el talento y lo aguerrido, podemos volver a Kerouac: <em>“Si todo fuera verde, no existiría el color verde. Del mismo modo, los hombres no pueden saber lo que es estar juntos sin saber por otra parte lo que es estar separados. Si todo fuera amor, ¿cómo podría existir el amor? Por eso nos alejamos unos de otros en momentos de gran felicidad e íntima relación. ¿Cómo vamos a conocer la felicidad y la intimidad si no las contrastamos, como las luces?”.</em> La tarea del enganche es mágica e incisiva, no prolongada. Aparece para meter una asistencia inimaginable, para abrir las piernas y dejar mano a mano a un compañero, para ponerle la suela encima a la bocha y sacar con la cola al rival cuando hay que hacer pasar los minutos.</p>
<p>La posición del enganche está en peligro de extinción, si no es que ya está extinta. Ya no hay Riquelmes, ni Garrafas Sanchéz, Bochinis, Betos Alonsos, Rojitas, o más acá en el tiempo, y salvando las distancias, Pipis Romagnolis, Pochos Insúas, Magos Ramírez. Y los que desarrollaron esa tarea tuvieron que reinventarse para adaptarse a la exigencia de un fútbol que prioriza resultados por sobre el juego, táctica por sobre la estrategia, esfuerzo por sobre el talento. Así vemos cómo uno de los últimos enganches, Andrés D’Alessandro, se tuvo que acomodar como volante por derecha en su (demorado) regreso a River; volante por derecha no tradicional, es decir, no carrilero que hace la banda (ida y vuelta), sino suelto, arrancando de la derecha al centro, con cierta libertad, pero siempre volviendo a esa franja.</p>
<p><strong>Y quedara yo atrapado aquí…</strong></p>
<p>En un fútbol donde la selección nacional juega contra Chile como jugaría Arsenal de Sarandí contra el Real Madrid, nada puede ya sorprendernos. Asistimos a la debacle total del fútbol argentino, una debacle largamente anunciada y que comenzó hace tiempo en sectores administrativos y burócratas. Sin embargo, el juego siempre había intentado mantenerse limpio, algo airoso. Hoy quedan ya pocos potreros, y no hay enganches… El negocio del fútbol se comió al juego del fútbol. No es algo nuevo, es un proceso que se viene dando de un tiempo a esta parte.</p>
<p>Pero escuchar cómo en un equipo en el que juega Messi la mayor ovación es para Mercado, pinta de cuerpo entero el panorama.</p>
<p>A ningún entrenador le interesa el buen trato de la pelota y aquellos que priorizan el salir jugando son tildados de locos, fundamentalistas y hasta casi terroristas del Isis, como Darío Franco, el Tata Martino (en su momento), Jorge Almirón y (también con matices) Marcelo Gallardo. Bielsa y Menotti merecen párrafos y análisis aparte. Hoy seduce al hincha mucho más tener un técnico como Falcioni, que te hace doler los ojos pero de a puntitos y llegando tres veces por partido, saca resultados.</p>
<p><strong>No queda más que viento…</strong></p>
<p>Y en esa debacle, el enganche. El enganche trata a la pelota como el poeta a la pluma, el pintor al pincel o el músico a la guitarra. Román lo sabía: “Siempre espero que la pelota me haga caso. Cuando la tratás bien, hace caso”, decía<em>.</em> Pero de dónde viene el enganche también define sus acciones, porque lo que se aprende en el potrero ya no se puede aprender en la pensión del club.</p>
<p>“Donde yo nací se jugaba por plata. Muchas de las mañas que tenía en Boca las aprendí jugando en Don Torcuato. Los domingos jugaba en el barrio y el miércoles, la Libertadores. Si llegaba el lunes, y tenía un dolor, Bianchi me decía ‘si no jugás el miércoles es culpa tuya’”, contaba Riquelme y nos recordaba de dónde venía.</p>
<p>Pero más allá de algunos casos aislados, hoy es difícil encontrar enganches en el fútbol argentino. Los que podrían ejercer esa posición son puestos a jugar de doble cinco, o “volante mixto” que le llaman. Ya no son los diez que la aguantan de espaldas y hacen lo impensado. Hoy tienen la cancha de frente pero reciben la pelota a 50 metros del arco rival.</p>
<p>Entonces, no pueden hacer mucho más que tocar a los costados, darle buen trato a la pelota pero muy retrasados. Lo hace Gago en Boca, Rojas en River, Nacho Fernández, quizás hoy algo más adelantado, ya no compartiendo el medio atrás con Ponzio. El enganche se transformó en eso, la prioridad no es la creación, sino ayudar a contener al otro cinco, como Aued en Racing u Ortigoza estando al lado de Mercier hace algún tiempo.</p>
<p>Buscando, siguiendo con la poesía, Alejandro Dolina nos da algunas pistas sobre qué es el fútbol en <em>Las Crónicas del Ángel Gris</em>: “<em>En un partido de fútbol caben infinidad de novelescos episodios. Allí reconocemos la fuerza, la velocidad y la destreza del deportista. Pero también el engaño astuto del que amaga una conducta para decidirse por otra. Las sutiles intrigas que preceden al contragolpe. La nobleza y el coraje del que cincha sin renuncios. La lealtad del que socorre a un compañero en dificultades. La traición del que lo abandona. La avaricia de los que no sueltan la pelota. Y en cada jugada, la hidalguía, la soberbia, la inteligencia, la cobardía, la estupidez, la injusticia, la suerte, la burla, la risa o el llanto. Los Hombres Sensibles pensaban que el fútbol era el juego perfecto, y respetaban a los cracks tanto como a los artistas o a los héroes”</em>. De la misma forma podríamos afirmar que el enganche es aquel que se rebela contra la conformidad, la mezquindad de técnicos que priorizan el arco en cero.</p>
<p>“Lo que me pasa es que cuando yo fui futbolista sólo pensaba en el club y en disfrutar de mis hijos y de mis amigos. Ahora, que dejé de ser profesional hace más de un año, me pongo a mirar algunos videos. Estoy muy agradecido a todas esas personas que hacen esos videos tan lindos, con música, con goles, con jugadas. Pero te juro que cuando miro pienso que es otro. No soy yo. Yo no puedo coordinar así, siento que es otra persona. Es un lujo verlo. Y me digo: &#8216;¿Eso me salía?&#8217;”, vuelve a decir Riquelme.</p>
<p>El talento innato surge, se expresa con o sin el consentimiento del sujeto. El artista no es más que un envase, un medio, un canalizador de lo creativo. La magia tiene que salir por algún lado, aunque hay que medir las dosis. Rimbaud lo sabía. Román lo sabe, posee ese saber rimbaudiano, esa mirada que dice “yo sé algo que vos no sabés”. No necesita hablar, no necesita aclarar nada. Tiene razón cuando nos dice: Yo es Otro.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/seguir-viviendo-sin-riquelme/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Rimbaud, el gran maldito (II)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 10 Nov 2016 03:54:28 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[cultura]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Gonzalo Reartes Segunda parte del recorrido por la vida y obra del poeta Jean Nicolas Arthur Rimbaud, quien a 125 años de su muerte sigue siendo una referencia por su obra literaria.  Es el fin de la búsqueda de unidad, del desarreglo de los sentidos, las visiones y los vagabundeos. Los hijos del sol han [...]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>Por Gonzalo Reartes</strong></em></p>
<p><em>Segunda parte del recorrido por la vida y obra del poeta <span style="font-weight: 400;">Jean Nicolas Arthur Rimbaud, quien a 125 años de su muerte sigue siendo una referencia por su obra literaria. </span></em></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Es el fin de la búsqueda de unidad, del desarreglo de los sentidos, las visiones y los vagabundeos. Los hijos del sol han experimentado el infierno en carne y espíritu. Ya no habrá utopía. Rimbaud decide desahogar todo el dolor en su obra. Angustiado, regresa al hogar materno, en Charleville. La casa vacía, el fuego que se alza en su interior. Se atrinchera en la granja, y entre sollozos y gritos, da nacimiento a una de las obras más revolucionarias de la poesía moderna. El poeta visionario se adentra en su propio abismo para buscar respuestas a sus fracasos. En ocasiones, su pluma está cargada de violencia contra Verlaine (la Virgen Loca), contra Dios, contra él mismo. En voz de la Virgen Loca, dirá: </span><i><span style="font-weight: 400;">“Estoy en lo más profundo del abismo y ya no sé rezar (&#8230;) Si me explicara sus tristezas, ¿las comprendería mejor que sus burlas? Me ataca, pasa horas avergonzándome por todo lo que pudo conmoverme en el mundo y se indigna si lloro. (&#8230;) Un día quizás desaparezca maravillosamente; pero es necesario que yo sepa si ha de volver a subir a un cielo, ¡que pueda ver un poco la asunción de mi amiguito! ¡Extraña pareja!”</span></i><span style="font-weight: 400;">.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Esta relación se ve reflejada en el capítulo Delirios I (La Virgen Loca), una especie de confesión de Verlaine desde la pluma de Rimbaud. </span><i><span style="font-weight: 400;">“Soy esclava del Esposo Infernal. (&#8230;) Él era casi un niño&#8230; sus misteriosas delicadezas me habían seducido. Olvidé todo mi deber humano para seguirle. ¡Qué vida! La verdadera vida está ausente. No estamos en el mundo”</span></i><span style="font-weight: 400;">. </span><i><span style="font-weight: 400;">Une saison en enfer</span></i><span style="font-weight: 400;"> fue publicado en 1873, cuando Rimbaud tenía 19 años, único libro publicado por él. Su primera edición constó de 500 ejemplares. Las Iluminaciones, manuscritos que quedaron en poder de Verlaine, fueron publicadas (con prólogo de éste último) en 1886, no sabiendo Verlaine de su paradero o posible muerte. Lo cierto es que para ese entonces, Rimbaud se hallaba en Abisinia y había ya renunciado a la poesía. Por lo tanto, </span><i><span style="font-weight: 400;">Una temporada en el infierno </span></i><span style="font-weight: 400;">tiene en sí mismo el valor especial que le da haber sido publicado con el consentimiento de su autor. Es un texto oscuro, un sinfín de pensamientos y sensaciones cargadas de imágenes vivas. En él hay religión y ateísmo, ángeles y demonios. El mismo Rimbaud es a la vez santo y condenado, ladrón del fuego, como se llama a sí mismo. Nadie como él ha llegado a las profundidades del auto conocimiento, ardiendo en su propia hoguera, helándose con sus propias dudas. Es anárquico, brutal, sensible, sublevado. Es desgarrador, como un hombre que se mira al espejo y se dice a sí mismo que tiene miedo. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Decide publicar el libro, pese a que en aquellas páginas se encuentra todo su sufrimiento, su veta más íntima y personal. Se reserva para sí mismo muy pocos ejemplares. Envía uno a Verlaine, otro a Richepin, otro a Forain. Espera algún tipo de señal pero sólo se encuentra con un silencio hostil. Para fines de 1873, decide terminar con aquella etapa de su vida.</span><i><span style="font-weight: 400;"> “A veces veo en el cielo playas sin fin, cubiertas de blancas naciones jubilosas. Un gran navío de oro por encima de mí agita sus banderas multicolores bajo las brisas de la mañana. Yo creé todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. Traté de inventar flores nuevas, nuevos astros, nuevas carnes, nuevos idiomas. Creí adquirir poderes sobrenaturales. ¡Y ahora tengo que enterrar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Una hermosa gloria de artista y de narrador perdida! ¡Yo! ¡Yo que me llamé mago o ángel, dispensado de toda moral, soy devuelto a la tierra con un deber que buscar y la realidad rugosa por abrazar! ¡Campesino! ¿Me engaño? La caridad, ¿será para mí la hermana de la muerte? En fin, pediré perdón por haberme alimentado de mentiras. Y sigamos. ¡Pero ni una mano amiga! ¿Y dónde encontrar ayuda?”. </span></i></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Con sus 19 años, alcanza el silencio poético. Este silencio agranda más aun el misterio que gira en torno a su figura. Rimbaud jamás volverá a hacer público un poema y renegará de su pasado creador. Renuncia a la creación poética. Este silencio es el sello de su obra. Pero su vida continúa. Vuelve a París. Gira entre contradicciones mientras se pregunta qué rumbo darle a su vida. No quiere volver a tropezar con los fantasmas del pasado. Teme al desorden salvaje de su vida anterior, a la locura que lo acechaba. Vuelve a Londres, luego a Sttutgart, Suiza, Milán. Su inquietud lo pone en movimiento. Estudia idiomas: español, árabe, italiano, griego, holandés. </span><i><span style="font-weight: 400;">“Mi jornada está cumplida; abandono Europa. El aire marino quemará mis pulmones; los climas perdidos me curtirán. Nadar, triturar la hierba, cazar, fumar sobre todo; beber licores fuertes como el metal hirviente, – como lo hacían esos queridos antepasados alrededor de las hogueras. Volveré con miembros de hierro, la piel oscura, los ojos furiosos: por mi máscara, se me juzgará de una raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan a esos feroces inválidos que regresan de los países cálidos. Me mezclaré en los asuntos políticos. Salvado”.</span></i></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Navega  hacia la nada. Luego de errabundear por Bélgica y Holanda, firma un contrato por seis años con la tropa de Harderwijk. Se embarca rumbo al mar Índico y llega hasta el puerto de Batavia, en Java. Después de semanas de trabajos físicos forzados, deserta, siendo aún un misterio cómo logró escapar y evitar la cárcel. Tiene una obsesión: alcanzar el sol cálido de Oriente. Llega a El Cairo. Desde Alejandría parte hacia Chipre, donde se establece en un trabajo que lo encuentra a caballo, torso desnudo y fusil en la espalda, comandando obreros griegos, árabes, sirios, chipriotas y malteses, quienes trabajan en las canteras buscando piedras, cortándolas y tallándolas. Rimbaud vive en una barranca a orillas del mar, alimentándose de lo que caza y pesca. Luego, enferma de tifus. Después de deambular por el mar Rojo, llega al golfo de Adén (en el sudoeste de Arabia Saudita), donde, según la leyenda, se halla la boca del infierno. El destino lo encontrará en Harar, donde es empleado organizando caravanas. Sueña con partir hacia el Sur para toparse con las tribus que poseen marfil. Se vuelve un comerciante rico. Envía las ganancias a su madre y pide que las ponga en el banco para obtener renta. La aventura hacia lo desconocido y las expediciones lo mantienen vivo. Ya no hay rastros que lo unan a su vida anterior. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Sin embargo, cada tanto cae en tristezas y depresiones. En 1883 escribe a sus amigos: </span><i><span style="font-weight: 400;">&#8220;La soledad es una mala cosa. Por mi parte, siento no haberme casado y tener una familia. Pero ahora estoy condenado a errar, atado a una empresa lejana, y día a día pierdo el recuerdo del clima y la manera de vivir e incluso la lengua de Europa. Para qué sirven estas idas y venidas, estas fatigas y estas aventuras en lugares de razas extrañas, y estas lenguas que llenan la memoria, y estas penas sin nombre, si un día, después de algunos años, no puedo descansar en un lugar que me guste más o menos, y encontrar una familia, y tener por lo menos un hijo para pasar el resto de mi vida educándolo según mis ideas, dotándolo de la más completa instrucción que se pueda dar&#8230; Puedo desaparecer en medio de estas tribus sin que nadie tenga noticia&#8221;.</span></i><span style="font-weight: 400;"> Establece una relación con una abisina de la tribu de los Argobas. Convive con ella unos seis meses. Su vida va en declinación, se siente cansado. De cualquier forma, los negocios van viento en popa. La elevación de Menelick como Rey de Abisinia favorece su fortuna. Éste prolonga el itinerario de sus caravanas y aumenta el transporte de armas. Rimbaud se convierte en su proveedor oficial. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Pero un dolor punzante en su rodilla lo hace vibrar. Es una dolencia que primero se diagnosticó como artritis, cuyo tratamiento no dio resultado, y luego en una consulta posterior, fue diagnosticada como una sinovitis que degeneró en carcinoma. Esta dolencia lo forzó a regresar a Francia el 9 de mayo de 1891, donde días después le amputan la pierna. Para Rimbaud, la amputación de una de sus piernas equivale a matarlo. Insulta al personal médico, llora por las noches. Sólo quiere volver a Harar. Tres meses después, vuelve en muletas al lugar de su infancia. Isabelle, su hermana, da paseos con él y lo cuida. Ella le escribirá a su madre: </span><i><span style="font-weight: 400;">“La muerte llega a grandes pasos (&#8230;) Permanece despierto y su vida se va acabando con un sueño continuo, mientras dice cosas extrañas muy dulcemente, con una voz que me hubiera encantado si no me partiera el corazón. Lo que dice son sueños, pero no son los mismos que cuando tenía fiebre. Se dirá, y yo lo creo, que lo hace expresamente. Como él murmura esas cosas, la monja me ha preguntado en voz muy baja: ‘¿Cree usted que ha vuelto a perder la conciencia?</span></i> <i><span style="font-weight: 400;">’ Pero él entendió la pregunta y enrojeció; y cuando la monja se marchó me dijo: ‘-Me creen loco, ¿Y tú, lo crees tú?’. Es un ser casi inmaterial y su pensamiento se escapa a su pesar. Algunas veces pregunta a los médicos si ellos ven las cosas extraordinarias que él percibe, y les habla y les cuenta con dulzura sus impresiones, en términos que yo no podría reproducir; los médicos le miran a los ojos y se dicen entre ellos: ‘-Es singular’. Hay, en el caso de Arthur, algunas cosas que no comprenden”.</span></i></p>
<p><span style="font-weight: 400;">La muerte llega, a largas y veloces zancadas, sin pedir permiso, sin importarle qué tiene aún por decir aquel poeta, traficante de armas y marfil, buceador de la nada. Aquel niño ya es un hombre y sus facciones han cambiado. Sus mejillas se han ahuecado, dejando unos pómulos endurecidos, su piel se ha curtido con el fuerte sol de Oriente; asoma sobre su rostro una barba de un rubio leonino. Sólo sus ojos celestes permanecen inmutables.</span></p>
<p><i><span style="font-weight: 400;">“Visto lo justo. La visión se ha vuelto a encontrar en todos los aires. </span></i></p>
<p><i><span style="font-weight: 400;">Teniendo lo justo. Rumores de las ciudades, por la tarde, y al sol, y siempre.</span></i></p>
<p><i><span style="font-weight: 400;">Conocido lo justo. Las pausas de la vida. – ¡Oh Rumores y Visiones!</span></i></p>
<p><i><span style="font-weight: 400;">Partida en el cariño y el ruido nuevos”.</span></i></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Jean Nicolas Arthur Rimbaud, el ladrón del fuego, el gran maldito, el inquisidor de lo desconocido, muere el 10 de noviembre de 1891, a los 37 años. </span></p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/rimbaud-el-gran-maldito-ii/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<item>
		<title>Rimbaud, el gran maldito (I)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 09 Nov 2016 03:45:41 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Por Gonzalo Reartes @reartes_gonzalo A poco de un nuevo aniversario del fallecimiento de este poeta francés, Marcha lo recuerda con algunas de sus historias de vida y su obra.  El niño poeta yace acurrucado en un rincón, desnudo, con la mano izquierda vendada aun, producto del balazo recibido por su amante, el hombre poeta, parisino [...]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><b>Por Gonzalo Reartes @reartes_gonzalo</b></p>
<p><em>A poco de un nuevo aniversario del fallecimiento de este poeta francés, Marcha lo recuerda con algunas de sus historias de vida y su obra. </em></p>
<p><span style="font-weight: 400;">El niño poeta yace acurrucado en un rincón, desnudo, con la mano izquierda vendada aun, producto del balazo recibido por su amante, el hombre poeta, parisino distinguido, que abandonó a su mujer embarazada por seguir el vértigo de la búsqueda de su joven compañero. El niño de 18 años tiembla de frío; se encuentra refugiado en la granja de su madre, en Roche, un pueblo agrícola ubicado en la región de Vouziers, cerca de las fronteras de Francia con Suiza e Italia. Allí, padece en carne propia el proceso de desintoxicación de las drogas ingeridas poco tiempo atrás en grandísimas cantidades, mientras compone un libro cargado de una energía sin precedentes, vibrando ante cada verbo, procurando encontrar el lenguaje preciso que devele lo vivido, sin una letra, sin una coma de más.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Las primeras luces del alba lo encuentran agotado. </span><i><span style="font-weight: 400;">“El Poeta se hace vidente por medio de un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos&#8221;. </span></i><span style="font-weight: 400;">Concibe la razón de su vida en la creación de esa obra. Tiene que expresar en palabras su búsqueda vital, sus vagabundeos, el testimonio de su revolución poética. Sufre, grita, llora. Su madre siente los pasos de su hijo a lo lejos, encerrado, sus golpes contra la pared, aullidos que parecerían provenir de una criatura salvaje que se encuentra moribunda en las profundidades más oscuras de un bosque helado. Su salud mental está en jaque. No importa. Atrás quedaron las musas intocables, la frivolidad de los poetas parnasianos, aquel movimiento literario posromántico. Sin libertad sólo se pueden escribir cosas de salón. </span><i><span style="font-weight: 400;">“Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. – Y la encontré amarga. – Y la injurié”. </span></i></p>
<p><span style="font-weight: 400;">A sus 18 años, Jean Nicolas Arthur Rimbaud alcanza la cima de su vuelo poético. Su obra, revolucionaria, es tan breve como intensa y marcará un antes y un después en el mundo de las letras, aunque sólo logra reconocimiento pleno con el paso del tiempo y una vez que el niño poeta ya había transmutado en hombre maduro, traficante de marfil y explorador de terrenos desconocidos en África y el Medio Oriente. </span><i><span style="font-weight: 400;">Una temporada en el infierno</span></i><span style="font-weight: 400;"> es el único libro publicado bajo su consentimiento en vida. En él, queda demostrado que la poesía es la herramienta de introspección más profunda de las que dispone el hombre. El testimonio de los sentidos, tal como la definió Octavio Paz: </span><i><span style="font-weight: 400;">“un testimonio verídico: sus imágenes son palpables, visibles y audibles. Cierto, la poesía está hecha de palabras enlazadas que despiden reflejos, visos y cambiantes: ¿lo que nos enseña son realidades o espejismos? Rimbaud dijo: Et j&#8217;ai vu quelquefois ce que L&#8217;homme a cru voir. Fusión de ver y creer (&#8230;) La poesía nos hace tocar lo impalpable y escuchar la marea del silencio cubriendo un paisaje devastado por el insomnio”. </span></i></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Rebeldía. En Rimbaud todo es rebelión. Es el poeta de la rebeldía, como lo ha llamado Albert Camus. Se rebela contra Charleville, el pueblo en el que crece, contra sus habitantes y el tedio pueblerino. </span><i><span style="font-weight: 400;">“Me aburro torrencialmente&#8230; Ni un libro, ni un cabaret a mi alcance, ni un incidente en la calle. ¡Qué horror este campo francés! Necesito lo nuevo. Todo este mundo prolijo y antiguo va a estallar en poco tiempo. ¡Están todos muertos! Y les parece normal&#8230; ¿Será contagioso?”.</span></i><span style="font-weight: 400;"> Se rebela contra su madre, esa mujer austera y católica, contra su padre, capitán de navío aventurero y amante del vino y la libertad que parte hacia la guerra de Crimea y abandona a su familia un día antes del nacimiento de Arthur. Se rebela contra el hombre medio, pero, también, contra él mismo. El fuego de la rebeldía lo impulsa a perseguir la libertad a partir de los vagabundeos siendo muy niño aun, es un fuego sagrado que lo acompañaría en toda su travesía por Europa y por los caminos del dolor, del autoconocimiento, de las tinieblas, de las luces, de las sombras. Indaga en los aspectos menos convencionales de la condición humana. Quiere descubrir la chispa del fuego que yace oculta en cada hombre, en cada mujer, en cada niño. </span><i><span style="font-weight: 400;">“Los senderos son ásperos. Los montículos se cubren de retamas. El aire está inmóvil. ¡Qué lejos los pájaros y las fuentes! Tiene que ser el fin del mundo, si avanzamos”.</span></i></p>
<p><span style="font-weight: 400;">La palabra es el disparador para encontrar aquello que yace oculto. El niño prodigio de 16 años escribe su famoso poema </span><i><span style="font-weight: 400;">El barco ebrio</span></i><span style="font-weight: 400;">, con un lenguaje absolutamente novedoso. Rompe violentamente con las formas antiguas. El poeta debe verlo todo, sentirlo todo, experimentarlo todo. Lo envía al poeta parisino Paul Verlaine, quien le contesta con una invitación a París (</span><i><span style="font-weight: 400;">“Ven, querida gran alma. Te esperamos, te queremos”)</span></i><span style="font-weight: 400;">. Se desencuentran en la estación. Rimbaud acude a su casa, la cual pertenece al suegro de Verlaine y donde convive con su mujer. La cena transcurre con tensión. El niño poeta come golosamente, con malos modos, lanzando miradas desconfiadas. Las mujeres intentan conversar, él responde con un silencio insolente. Sólo abre la boca para pedir más vino. En los días subsiguientes, arrastra a Verlaine a bares y cafés, donde se dedican a emborracharse. Luego de un par de semanas, abandona aquella casa y se lanza a vagabundear hambriento por las calles. </span><i><span style="font-weight: 400;">“Sería gustoso el niño abandonado en el muelle que partió hacia la alta mar, el pajarillo que sigue la alameda cuya frente toca el cielo”.</span></i></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Rimbaud no encaja con la estética de los poetas parisinos. Los considera fríos, artificiales, banales. Se embriaga y los acusa, los confronta, los escandaliza. Verlaine va a su encuentro. Se siente fascinado por su personalidad salvaje. Se vuelven amantes. Desde el consumo de hachís y absenta pretenden alcanzar una sensación de unidad del espíritu, la carne y los sentidos, pasando por las visiones que luego devienen en inspiración poética. Al tiempo, Rimbaud decide volver a Charleville y luego partir hacia Bélgica. Verlaine, confesamente enamorado de él, lo sigue en su locura, abandonando a su mujer, a quien maltrata física y verbalmente (producto de su abuso del alcohol), y a su hijo recién nacido. Ella no se resigna y va a su encuentro. Verlaine duda, parece decidir poner fin a su aventura, pero acaba apostando el todo por el todo y sigue al niño poeta en su búsqueda de delirio. </span><i><span style="font-weight: 400;">“En efecto, con toda sinceridad de espíritu, me había comprometido a devolverlo a su estado primitivo de hijo del Sol,– y errábamos, alimentados del vino de las cavernas y la galleta del camino, urgido yo por encontrar el sitio y la fórmula”</span></i><span style="font-weight: 400;">. De Bélgica parten hacia Londres. Verlaine sufre el exilio, extraña la frivolidad de los cafés parisinos, no logra adaptarse a los pubs y a la niebla. Rimbaud, en cambio profundiza su concepción de desarreglo de los sentidos para encontrar otros estados de conciencia agregándole al hachís y la absenta las cervezas ale y stout, así como el gin y el whisky. Está convencido de que la verdadera vida no late en los ambientes literarios sino en el hombre de la calle. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Luego, el infierno. ¿O el infierno siempre estuvo allí? Como fuere, el capítulo más oscuro de esta historia llega luego de constantes rupturas entre ambos. En la instancia final, luego de uno de sus reencuentros, en Bruselas, Rimbaud comunica a Verlaine su decisión de regresar a Charleville para dedicarse a escribir su obra. Verlaine no soporta el abandono que supone esta decisión. Si bien se da cuenta de que se destruyen mutuamente, no puede concebir vivir sin su presencia. Ambos están alcoholizados, vuelven al hotel. Verlaine toma su pistola y dispara hacia la posición de Rimbaud. El primer tiro da en su muñeca y el segundo va a parar al suelo. Van hacia el hospital. La lesión no es de gravedad. Parten juntos hacia la estación de Midi. Verlaine aun lleva la pistola en su bolsillo. Rimbaud, temeroso de un nuevo exabrupto, o quizás, deseoso de venganza, lo denuncia ante un policía que detiene al parisino, quien luego es condenado a dos años de prisión, donde se convertirá al cristianismo. </span></p>

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