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	<title>relatos feministas &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
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	<title>relatos feministas &#8211; Marcha</title>
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		<title>Cárceles, represión y una crítica feminista, ¿toda imagen vale?</title>
		<link>https://marcha.org.ar/carceles-represion-y-una-critica-feminista-toda-imagen-vale/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 29 Apr 2020 10:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Analía Cid]]></category>
		<category><![CDATA[antirrepresivo]]></category>
		<category><![CDATA[COVID-19]]></category>
		<category><![CDATA[Devoto]]></category>
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					<description><![CDATA[Cuando fotógrafos varones retratan a mujeres siendo reprimidas y esas imágenes circulan sin cuidado de su integridad, ¿es sólo un error?]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><em>Cuando fotógrafos varones retratan a mujeres familiares de privados de la libertad siendo reprimidas y luego suben esas imágenes a las redes que circulan sin cuidado de su integridad, ¿es sólo un error?</em></p>



<p><strong>Por Analía Cid* </strong></p>



<p>Los feminismos defendemos el cuidado de la vida. Luchamos por el reconocimiento de todas las vidas, por lograr que cada vida sea vivida con dignidad. Como fotógrafa feminista me pregunto en estos días: ¿qué cuidado de la vida existe cuando ponemos por encima de ésta la espectacularización de las imágenes? </p>



<p>Escena: protesta de personas privadas de su libertad en la cárcel de Devoto, la única que queda en territorio porteño. Prefiero hablar de protesta y no de motín, porque lo que los privados de su libertad estaban haciendo es lo que hacemos cada vez que salimos a la calle a hacer un corte, una movilización, un piquete: protestar por condiciones de vida. En un espacio que pareciera cuidadosamente diseñado para que los presos pierdan la poca humanidad que los noticieros aún les permiten tener, un grupo de ellos se rebela y exige que se los proteja de la pandemia de coronavirus que hoy pone en jaque a la normalidad establecida en nuestra sociedad capitalista. En ese contexto, familiares que se acercan al lugar asustadxs por la situación, en su amplia mayoría mujeres, son reprimidxs por la policía. </p>



<p>No estuve ahí, pero fui armando esta historia en base a testimonios, comunicados y, sobre todo, fotos. Porque quienes también estuvieron ahí fueron lxs fotorreporterxs. En las redes sociales quedó registro del hecho más allá del hecho mismo producto de las imágenes que lo retrataron. Entre ellas, varias encendieron la mecha de una furia que tiene larga data. ¿En qué momento la estética se devoró a la ética? De seguro no fue esa tarde de viernes en Devoto, no comenzó ahí.</p>



<p>Casi que diría que ese festín empezó al mismo tiempo que la historia del fotoperiodismo. Un fotoperiodismo que ha sido en su gran mayoría representado por lo que en las corrientes feministas denominamos el BBVAh: el sujeto blanco, burgués, varón, adulto, con una funcionalidad normativa, heterosexual. Como afirma Amaia Pérez Orozco, autora de la cual tomo esta definición: “en torno a él se concentran el poder y los recursos, se define la vida misma”; también en la fotografía. </p>



<p>Desde hace un tiempo fotógrafas y fotógrafes venimos cuestionando la centralidad de la mirada del BBVAh en los distintos campos que nuestra disciplina abarca, desde el periodismo hasta la moda, desde el “street photography” hasta la fotografía conceptual. Es muy opaco un mundo retratado siempre desde los mismos ojos, sin importar quien sea que porte esos ojos: nuestra educación fotográfica tradicional, basada en héroes y grandes acontecimientos históricos, lleva grabada a fuego esa mirada. Una mirada que reproduce estereotipos de clase, de género, de raza; que perpetúa las actuales relaciones de poder. Despojarnos de ella es un ejercicio de toda la vida y nadie se encuentra exento de hacer ese ejercicio &#8211; también podemos ser las mujeres quienes encaremos esa mirada. Yendo concretamente al fotoperiodismo y la fotografía documental, ríos de tinta se han escrito criticando imágenes icónicas que han marcado la historia de nuestra profesión. No todo es igual a cuando Capa tomó la foto del soldado republicano. Ahora más que nunca, la estética tomó el poder y hay, por ejemplo, fotógrafos de guerra con cámaras de placa creando imágenes en el campo de batalla de algún país en vías de destrucción para luego venderlas en renombradas galerías y pasar a integrar la colección de algún magnate o museo. Imagen individual mata historia, y hot news mata vida cotidiana; entre más embellecido, mejor.&nbsp;</p>



<p>Teniendo en cuenta todo esto, vuelvo al principio: varios fotógrafos hacen fotos de las mujeres siendo reprimidas y deciden publicarlas en sus cuentas personales en las redes sociales. Hacen su propia edición, escriben sus propios epígrafes. Esas imágenes llegan a mi monitor y al de otras compañeras, y no sé si apagar la computadora o romperla. Aún mejor, me encantaría rompersela en la cabeza a alguno de los que hicieron las fotos. Trato de calmarme, ejercicio que me cuesta bastante después de un mes de aislamiento social preventivo y obligatorio. Hablo con amigas, sigo mirando otras imágenes de ese día, me tomo unos mates, leo las reflexiones de otras colegas (como la de Lucía Merle, que puede leerse <a href="https://www.instagram.com/p/B_aSHWPA4Sy/?igshid=9fbrir46cywd">acá</a>), pienso mucho. ¿Qué es lo que me hace sentir así? Mientras trato de dormir empiezo a entender: lo que me molesta no son (sólo) las fotos. Son los comentarios de quienes las miran. La catarata de elogios hacia quienes realizaron esas imágenes me destroza. ¿Qué es lo que ven que yo no veo? ¿Qué es lo que yo veo y ellxs no? Y me surge otra pregunta, pensando en los colegas que pusieron a circular las imágenes en el ciberespacio: ¿de qué sirve matar al mensajero, cuando hay una audiencia fanática del mensaje, que permite que el mensajero sobreviva en una competencia feroz por los pocos puestos de trabajo que aún existen en la industria del fotoperiodismo? Ojo: no matarlo no significa quitarle responsabilidad y exigirle un llamado a la reflexión. </p>



<p>Quien porta la cámara no tiene todo el poder, pero en escenas como las de una represión de familiares de privados de la libertad tiene mucho más poder que lxs retratados, que no casualmente eran mujeres. Fotógrafos varones retratando mujeres no hegemónicas siendo reprimidas y después subiendolas a las redes sin un mínimo cuidado por su integridad, ¿es sólo un error? ¿O es que hay un chip funcionando en piloto automático en muchxs de nosotrxs que es necesario detectar para, acto seguido, empezar a desarmar?&nbsp;</p>



<p>Pongo el foco en la audiencia. ¿Qué es lo que está pasando para que tantxs lean una imagen violenta, que retrata la violencia más cruda, como una buena imagen? ¿Dónde está la voz de esas familiares? ¿Cuáles son sus historias? Corramonos 5 minutos del punitivismo suicida que nos lleva a murmurar en voz baja que, en realidad, esos hombres en el techo del penal merecen que el coronavirus los mate. Que por el sólo hecho de estar privados de su libertad quedan automáticamente excluidos de todo derecho, incluso del derecho a la vida. Hay sed de venganza, de linchamiento; los dedos apuntan contra los reos. Y en el medio, las mujeres. </p>



<p>¿Puede un comunicador clamar inocencia y decir “sólo estoy informando”, cuando la sociedad en la que vive utiliza esas imágenes para reafirmar su odio? En su libro La arqueología del saber de 1969, Michel Foucault presenta el concepto de formaciones discursivas para hablar de cómo un mismo enunciado puede significar cosas diferentes según el contexto en el que se presente. En este momento de digitalización casi total podemos incluir a las imágenes que producimos como enunciados que forman parte de formaciones discursivas. Las imágenes no se dan en el vacío: dialogan con el conjunto de imágenes y discursos en circulación en una sociedad y un tiempo determinados. Negar esto es negar la capacidad que tiene la fotografía de crear sentido. Las fotografías de esas mujeres se producen y circulan en un momento en que lxs militantes y organizaciones feministas clamamos que se declare la emergencia en violencia de género, en un país que sufre un femicidio cada 32 horas. En que la amenaza latente de un abuso de las fuerzas de seguridad, fogoneadas por la cuarentena, nos hace dudar si salir o no a comprar al almacén o pasear al perro. Como mujer, como feminista, me siento violentada por esas imágenes y exijo que al menos nos tomemos un rato para entender el por qué me siento, nos sentimos violentadas.</p>



<p>Las feministas queremos cambiarlo todo. Queremos transformar las relaciones humanas, desafiar los vínculos opresivos que el capitalismo heteropatriarcal y colonial nos imponen como única opción. La fotografía no es una disciplina que pueda quedar fuera de esa transformación. Cuando agarramos una cámara y decidimos poner a circular lo que producimos, no podemos permitirnos la ingenuidad. Ocupamos una posición en el mundo; lamentablemente, la de la mayoría de lxs fotógrafxs suele ser una de privilegio. Podemos equivocarnos porque de los errores se aprende, y lincharnos mutuamente no sirve más que para ejercer en otro la violencia que tememos que ejerzan contra nosotrxs. Pero cuando la respuesta a la crítica es la complicidad entre varones, el problema es mucho más profundo y penetra la imagen, la desarma. Repito: varones (probablemente blancos, probablemente de clases medias, seguramente precarizados pero con trabajo) fotografiando mujeres (que no son blancas, que no son de clase media, y que más que seguro tienen trabajo informal amenazado en su precariedad por la cuarentena) que están siendo reprimidas por la policía. Otros varones aplaudiendo ese trabajo, defendiéndolo usando las cartas gastadas de la “libertad de expresión” y el “derecho a informar”, a “mostrar la realidad”. ¿Por qué hay quienes creen todavía que <strong>su </strong>derecho a informar está por encima de la vida de las personas que protagonizan sus imágenes? No bajemos la guardia: “mostrar la realidad” sin analizar lo que estamos mostrando puede convertirse en una forma de legitimar la realidad que nos espanta.&nbsp;</p>



<p><strong>*fotógrafa, socióloga y activista feminista</strong></p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/carceles-represion-y-una-critica-feminista-toda-imagen-vale/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Estar sola con más de 65 (pero siempre lo he estado)</title>
		<link>https://marcha.org.ar/estar-sola-con-mas-de-65-pero-siempre-lo-estado/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 28 Mar 2020 10:00:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Colombia]]></category>
		<category><![CDATA[Florence Thomas]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
		<category><![CDATA[relatos feministas]]></category>
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					<description><![CDATA[Para lograr resistir a este covid-19 nos toca reaprender a estar solos, solas de verdad. Pero siempre lo hemos estado y no... ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>Para los que tenemos más de 65 años, esta crisis es, por supuesto, compleja y atemoriza. Pero si la soledad es el remedio y la cura, no hay problema: yo sé estar sola. Sabemos estar solas.<br />
</em></p>
<p><strong>Por Florence Thomas* / Foto: cobertura 8M 2017<br />
</strong></p>
<p>En estos días virales, mis hijos me exhortan a estar sola y no salir. Cancelar mis reuniones feministas, mis compromisos y algunas entrevistas. Que no baje al café de al lado de mi edificio a comer un buen croissant leyendo la prensa y saludando como casi cada mañana a una u otra amiga.</p>
<p>Y, pensándolo bien, nosotras las mujeres hemos tenido de alguna manera un largo aprendizaje de la soledad. De esta particular soledad que nos impuso una cultura de silencio y ocultamiento. Hemos aprendido a estar solas cuando estábamos (y aún estamos) rodeadas de hombres, cuando sentimos que hablamos otro idioma, cuando nos niegan la palabra. Y recordamos nuestra infancia, esta infancia y sus momentos difíciles cuando nos llegaban de lejos las voces de nuestros padres, quienes pronto se separarían.</p>
<p>En mi caso tuve dos hermanos mayores que, por supuesto, no jugaban conmigo; terminaba entonces inventándome juegos y personajes ficticios para acompañarme. También, estas muy extrañas soledades de la adolescencia con sus desconciertos y sensaciones de pérdida que siguen siendo para muchos y muchas un infierno.</p>
<p>Algo después, y en mi caso, cambiar de país fue también un aprendizaje de la soledad. El español, que no hablaba, fue durante un tiempo una brutal barrera que, de nuevo, me aislaba. Y, por supuesto, el amor es una gran lección de soledad. Suena paradójico porque todas las canciones populares y los imaginarios románticos nos cantan que el amor es el remedio para la soledad, una verdadera salvación, el milagro del amor, como dicen por allá. Y, claro, no hay nada más falso.</p>
<p>Cuántas soledades cargamos casados, o con muchos años de pareja. Hace poco oí decir a alguien que para tomar la decisión de casarse era indispensable amar mucho la soledad. Por no hablar de las inevitables rupturas, donde caemos al abismo más negro hasta que nos volvemos capaces de domarla y hacer de ella nuestra más dulce compañía.</p>
<p>Entonces, para lograr resistir a este covid-19 nos toca reaprender a estar solos. Solos, solas de verdad.Y digo solos o solas de verdad porque, como lo acabo de aclarar, la vida es, de hecho, un largo sendero de soledad, pero de soledades acompañadas, de soledades habitadas.</p>
<p>Claro, hablo para los de más de 65 años porque son, dicen todos los especialistas de este coronavirus, los más vulnerables. Hoy tenemos que poner a marchar nuestros propios mecanismos de supervivencia. Quizás entonces sea momento de volver al pasado, hojeando un viejo álbum de fotos, recurriendo a la lectura de buenos libros que son mil ventanas abiertas al mundo y, claro, también a lo que nos ofrecen algunos programas de televisión.</p>
<p>Para los que tenemos más de 65 años, esta crisis es, por supuesto, compleja y atemoriza. Pero si la soledad es el remedio y la cura, no hay problema: yo sé estar sola. Sabemos estar solas.</p>
<p>Además, quizás este extraño virus llegó para recordarnos que de pronto no es demasiado tarde para que este mundo de la insolidaridad, de las brutales e inhumanas economías de mercado, de la ceguera ante el significado de las migraciones del mundo y de las aún insoportables violencias ante la pobreza y el hambre, nos ponga a reflexionar. Quizás como en &#8216;La peste&#8217;, del gran escritor francés Albert Camus, lograremos redescubrir el significado de la solidaridad humana, que lleva en sí misma una inmensa carga moral. Ojalá sea así.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><a href="https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/florence-thomas/estar-sola-pero-siempre-lo-he-estado-columna-de-florence-thomas-474070?fbclid=IwAR0nF1SpIwk3TVKNDibE5g7JUjAzm5Enoz7lmLKklEjHZCABhCh05QAoCe0">*original en El Tiempo</a></strong></p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/estar-sola-con-mas-de-65-pero-siempre-lo-estado/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Ahora que no nos ven… ¿Qué hacemos las feministas populares?</title>
		<link>https://marcha.org.ar/ahora-que-no-nos-ven-que-hacemos-las-feministas-populares/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 27 Mar 2020 10:10:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[claudia korol]]></category>
		<category><![CDATA[COVID-19]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
		<category><![CDATA[relatos feministas]]></category>
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					<description><![CDATA[Ningún virus romperá los lazos políticos y culturales de la revolución feminista.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>Las feministas populares hemos vuelto al tejido clandestino de nuestras esperanzas. Es un llamado: ¿cómo estás?, ¿qué necesitás? Se trata de volver al origen de nuestro andar feminista, acompañar. Ampliar el socorrismo hacia todas las dimensiones de la vida. Porque ningún virus romperá los lazos políticos y culturales de la revolución feminista.<br />
</em></p>
<p><strong>Por Claudia Korol / Foto: Analía Cid para cobertura 28S 2017</strong></p>
<p>Las feministas nos hemos acostumbrado a encontrarnos en las calles, en las plazas, en danzas y cantos colectivos. Somos nietas de las brujas, de las ancestras, de las machis que no pudieron quemar, y también de las que ardieron en hogueras. Somos hijas de las Madres de la Plaza, de las Madres del Dolor. Somos hermanas de las compas detenidas desaparecidas, asesinadas, presas, en todas las dictaduras del Abya Yala. Con ellas hemos aprendido a caminar, a ejercer nuestros derechos, a saber quiénes somos y con quiénes somos manada.</p>
<p>El virus, la llamada pandemia, nos volvió bruscamente a las casas, con el carácter agobiante del encierro y el aislamiento no elegido. Como sabemos desde hace siglos esta tarea de cuidar, muy a regañadientes aceptamos la lógica obligada de la cuarentena. A regañadientes, porque el modelo que nos toca de amas de casa, es más duro aún que aquel frente al que algún día nos rebelamos. A regañadientes, porque aprendimos que confiar el cuidado en el Estado y en las fuerzas represivas, es una invitación a que la violencia institucional controle –aunque sea momentáneamente- la vida social. Eso significa que las y los más vulnerables queden desprotegidas, desprotegidos, especialmente las y los jóvenes, las y los ancianos, las y los habitantes de territorios empobrecidos por el sistema que jerarquiza y discrimina.</p>
<p>Sabemos que como resultado de este aislamiento, las mujeres que sufren violencia en las casas, pasarán los días más horrendos. Sabemos que las personas que sufren los ultrajes cotidianos del sistema carcelario, hoy están viviendo el mayor abandono y la más grande violencia. Sabemos que las trabajadores precarizadas jefas de hogar, hoy desesperan para alimentar a sus hijas e hijos. Sabemos que quienes realizan sus trabajos en las calles, no tienen cómo sobrevivir.</p>
<p>Al mismo tiempo, la fuerza de la lucha colectiva, de la marcha del 24, de los abrazos que hace años nos permiten recuperar energías, quedaron en suspenso.</p>
<p><strong>¿Qué hacemos ahora que no nos ven?</strong></p>
<p>Las feministas populares, hemos vuelto al tejido clandestino de nuestras esperanzas. Es un llamado. ¿Cómo estás? ¿Qué necesitás?… Y las redes empiezan a moverse de modo delirante para dar respuesta a la urgencia. Están las cooperativas textiles que cortan y cosen barbijos para los barrios donde la protección nunca llega, o para los hospitales donde el personal de salud se juega cada día en la primera línea. Están las compañeras de los comedores y merenderos que se las van arreglando para hacer llegar viandas de comida a quienes viven de ello. Están quienes ofrecen su apoyo como médicas o enfermeras más allá del horario de hospital, para que no se saturen los centros de salud. Hay quienes se ofrecen para hablar con las mujeres que sufren violencias, y ayudarlas a salir de ese lugar si hay riesgo de vida, o a contenerlas, si es posible. Escuchar, compartir una información necesaria, hacer llegar el mensaje fundamental: “no estás sola”.</p>
<p>Volver al origen de nuestro andar feminista, que es precisamente, acompañar. Ampliar el socorrismo, hacia todas las dimensiones de la vida.</p>
<p>Ahora que no nos ven, llenamos de pañuelos blancos nuestras casas el 24 de marzo. Ahora que no nos ven, cruzamos la línea de la soledad, para reinventar los mil modos de enamorarnos en la distancia. Ahora que no nos ven, denunciamos a la policía abusadora, a su desparramo de violencia. Ahora que no nos ven, respiramos, recuperamos fuerzas, pensamos colectivamente a través de distintas redes, no nos callamos. Ahora que no nos ven, creamos comunidad. En silencio. Sin grandes declaraciones públicas.</p>
<p>Ahora que no nos ven, anudamos la trama de nuestros feminismos con firmeza. Ningún virus romperá los lazos políticos y culturales de la revolución feminista. Desde la clandestinidad y el aislamiento, aprendemos a querernos, a sostenernos, y a cuidar nuestras rebeldías. En todas las casas, inauguramos y habitamos nuevas plazas.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/ahora-que-no-nos-ven-que-hacemos-las-feministas-populares/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Relatos del 9M: Marchar con un varón(cito)</title>
		<link>https://marcha.org.ar/relatos-del-9m-marchar-con-un-varoncito/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 15 Mar 2020 10:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[8M]]></category>
		<category><![CDATA[Mariana Fernández Camacho]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
		<category><![CDATA[relatos feministas]]></category>
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					<description><![CDATA[Marchemos también con nuestros hijos varones, porque (por suerte) de los feminismos no se vuelve.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>Marchar con nuestros hijos varones es también una práctica feminista. Una reflexión de los desafíos que se (nos) vienen.<br />
</em></p>
<p><strong>Por Mariana Fernández Camacho / </strong></p>
<p>“Me encanta tener una mamá demasiado feminista”. Exceso de feminismo que genera mucho gusto. Así vive mi hijo este camino violeta que empecé a recorrer precisamente hace una década, cuando él crecía en mi vientre. Deseado.</p>
<p>El deseo, sin embargo, no evitó malos tragos. Me incomodaron los cambios de ese cuerpo —mi cuerpo— que gestaba; no disfruté de dar de mamar —aunque con mi pezones pudiera alimentar a una sala entera de neo y por eso me latigaba la culpa—; y siempre sentí la necesidad de retomar pronto el ejercicio de mi vocación. El deseo de maternar no anuló otros deseos, y poder atravesar esos sentires contrahegemónicos sin hacerme cargo del mote de “mamá-mala” se lo debo a los feminismos.</p>
<p>No se nace feminista, se llega a serlo. Y mi llegada comenzó con la llegada de Martín. Por eso me parece justo vivir esta experiencia con él. Hacerlo parte. Compartirle algunas reflexiones, buscar juntxs alternativas a las pelis medio garrón o a los chiches que nos encajan en casilleros según nuestras genitalidades, liberarlo de todo “lo que hace falta” para ser un buen macho, y mostrarle antiprincesas astronautas, físicas y bomberas.</p>
<p>También lo llevo a nuestras marchas. Los 25 de noviembre y los 8 de marzo, por ejemplo. Este lunes, entonces, mi hijo y yo nos sumamos a la marea verde desde la Plaza hasta Congreso. Empuñamos los pañuelos, cantamos, y nos zarpamos de selfies. Ser parte de una movilización de mujeres cala hondo, se mete en la retina, se hace carne. Vale la pena.</p>
<p>“¿Qué son todos esos nombres, má?”. En un cartel gigante se leían los 68 femicidios de 2020. 68 mujeres asesinadas por ser mujeres, a tres meses de haber comenzado el año. El cartel dolía. Y es ese dolor el que toma forma y enseña a un nene en una marcha. Para Martín la violencia de género será ese cartel lleno de nombres que tanto le dolió leer antes de ayer.</p>
<p>Sin embargo, no se ven otros nenes en nuestras marchas. Marchamos con nuestras hijas. Disfrutamos de verlas llenas de purpurina, nos emocionan sus compromisos, las educamos para pasarles la posta. Empoderamos niñas para un mundo nuevo, pero dejamos a los varoncitos afuera de ese Edén feminista por el que tanto luchamos.</p>
<p>Nuestras consignas los incluyen, los cobijan, los hace más libres… pero tienen que conocerlas. Militemos para que haya más hijos tarareando nuestras canciones y menos las rimas misóginas y homofóbicas de la cancha. Dejemos que nos vean construir poder de manera colectiva, sorora, y no a los codazos. Que se diviertan con nuestros ritos, que nos reconozcan de fiesta, para que ningún Etchecopar del siglo 21 pueda hacerse eco tratándonos de insípidas y aburridas. Permitamos que se encuentren con otros nenes, y así las marchas serán un poco suyas. Criemos verdaderos aliados desde el vamos, en vez de futuros Raúles en eternos procesos de deconstrucción. Sumemos a nuestros hijos a nuestras marchas de colores, donde hay muchas (muchísimas) otras parecidas a mamá.</p>
<p>Marchemos también con nuestros hijos varones, porque (por suerte) de los feminismos no se vuelve.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/relatos-del-9m-marchar-con-un-varoncito/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Ponerle cara y nombre al cáncer de mama</title>
		<link>https://marcha.org.ar/ponerle-cara-y-nombre-al-cancer-de-mama/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Nov 2019 13:08:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[cáncer de mama]]></category>
		<category><![CDATA[feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Mariana Fernández Camacho]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
		<category><![CDATA[relatos feministas]]></category>
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					<description><![CDATA[En Argentina 18 mil mujeres al año son diagnosticadas con cáncer de mama. Sin embargo por detrás de las cifras, hay historias.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>En Argentina 18 mil mujeres al año son diagnosticadas con cáncer de mama. Algo así como pensar en dos nuevos casos&#8230; por hora. Sin embargo por detrás de las cifras, hay historias.<br />
</em></p>
<p><strong>Por Mariana Fernández Camacho / Ilustración: Tomatoe</strong></p>
<p>“Me dieron ganas de escribir. Capaz lo podés pulir”, escribió por whatsapp mi amiga Andrea, la doc del grupo, un viernes a las nueve de la noche. Y sin esperar su turno para seguir hablando, compartió una catarsis verborrágica, desordenada y con mayúsculas innecesarias. Andrea tuvo cáncer de mama. Todavía no cumplió 40, y ya pasó por punciones, biopsias, malditas confirmaciones y radioterapia. Zafó de la quimio, y quienes la adoramos agradecimos por eso a todas las fes mundiales que le encontraran el bulto a tiempo. Pero las marcas de tinta en la teta siguen ahí, y también las que se reviven cada mes de octubre (y varios días después) cuando estallan las campañas rosas sobre la segunda causa de muerte de mujeres en nuestro país.</p>
<p>Al cáncer de mama se lo suele analizar en números. Y no está mal, porque los números son espeluznantes: en Argentina se diagnostican 18.000 mujeres al año. Algo así como pensar en dos nuevos casos&#8230; por hora. Una enormidad que requiere de urgentes políticas públicas de salud y de géneros, porque aunque está recontra chequeado que la detección temprana a través de una mamografía anual nos puede definir entre contar o no la historia, las extenuantes sobrecargas laborales, domésticas y de cuidados desigualmente compartidas siguen ubicando la salud de las mujeres al fondo a la derecha.</p>
<p>Pero hay otra manera de hablar de cáncer, igualmente dolorosa: todos/as podemos ponerle cara y nombre al cáncer de mama, hasta más de una cara y un nombre quizás. Porque con seguridad quienes lean esta crónica conocen a, por lo menos, una mujer que tuvo o tiene la enfermedad.</p>
<p>El cáncer de mama podría llamarse Andrea, como mi amiga. O Laura, la paciente con su misma edad y diagnóstico que conoció hace unos días cuando la atendió en el control de ausentismo laboral post cirugía. La propia experiencia, reciente y cercana, le permitieron a mi amiga doctora no solo contener desde la medicina. Además le dio fuerzas, le contó lo que venía y la animó a no tirar la toalla. En el ascensor, la mamá de Laura abrazó y agradeció el “gesto humano” (dixit). “Esa señora me dio uno de los abrazos más genuinos que recibí. Tan auténtico, tan sentido. Ella entendía todo”. También era una sobreviviente del cáncer de mama. La historia se repetía.</p>
<p>Mi mamá se llama Susana y se curó hace poco más de un año, después de rayos y de una quimioterapia brava que la tuvo habitada por el tratamiento. Durante varios meses, ver a mi mamá fue ver y acompañar un cuerpo en lucha. Caída del pelo, hinchazón, cansancio, decaimiento, otros colores en su piel. Es que ganarle al cáncer no es disimulable. No es como tomar pastillas para la insuficiencia cardíaca y seguir. El cáncer se nota, hace gala, parece jactarse de su presencia. Y todo el proceso que hay que atravesar para matarlo o ralentizar queda indefectiblemente sobre la mesa.</p>
<p>El cáncer de mama podría sino llamarse como la extraccionista de la salita donde me saqué sangre la semana pasada. O como las compañeras de la escuela Normal 4 con las que mi tía sigue haciendo grupo: de seis, dos Gracielas y una Susana le sobrevivieron al cáncer de mama. O como Alicia, la suegra de una prima. O Gisela, la novia de un amigo. O Beatriz, que con kinesiología va aprendiendo a aceptar la cicatriz… el cáncer de mama se asocia con muchos rostros, nos recuerda demasiados nombres.</p>
<p>En el siglo 17, el filósofo holandés Baruch Spinoza tiró una frase que todavía seguimos rumiando: “Nadie sabe lo que un cuerpo puede”. A pasitos de comenzar el 2020, podríamos proponernos escuchar más seguido a ese cuerpo que no se sabe qué puede. Preguntarnos qué soportamos, por qué, qué hacemos y, sobre todo, qué no hacemos por nosotras. Qué no hacemos ni hace este sistema para que las mujeres nos dejemos de enfermar.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/ponerle-cara-y-nombre-al-cancer-de-mama/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Ni el terrorismo frenará la insurrección del pueblo chileno</title>
		<link>https://marcha.org.ar/ni-el-terrorismo-frenara-la-insurreccion-del-pueblo-chileno/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 25 Oct 2019 03:00:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Chile]]></category>
		<category><![CDATA[María Brun Lubatti]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[neoliberalismo]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
		<category><![CDATA[relatos feministas]]></category>
		<category><![CDATA[Sebastián Piñera]]></category>
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					<description><![CDATA[ Un relato urgente con antecedentes cercanos y una solidaridad que traspasa la cordillera]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><i>Otra jornada de repudio a la decisión de Sebastián Piñera de declarar Estado de Emergencia y dejar la calle a los militares. Mientras se difunden las cifras de personas asesinadas y violentadas, el pueblo chileno construye memoria para la resistencia. </i><em>Un relato urgente con antecedentes cercanos y una solidaridad que traspasa la cordillera.</em></p>
<p><b>Por María Brun Lubatti</b> <strong>/ Foto: Migrar Photo<br />
</strong></p>
<p>Lo que está pasando en Chile nos moviliza. Los motivos sobran: la cercanía geográfica y el accionar que nos recuerda a un pasado no tan lejano son algunos de ellos. Para entender lo que está pasando en Chile es necesario corrernos del horror que nos producen las imágenes y videos que están circulando a toda hora por las redes.</p>
<p>Las movilizaciones del pueblo chileno -bajo la consigna #ChileDespertó- buscan visibilizar un malestar político y social sintomático acumulado por años y gobiernos de injusticia social. En este momento, es importante resaltar la dignidad del pueblo chileno que está recuperando las calles -a pesar de la violencia estatal- para hacerse escuchar con la intención de generar un cambio en el sistema económico y político. La violencia del gobierno de Piñera no logra silenciar aquel malestar. En Valparaíso, no alcanzan “los pacos” -como se llama a los Carabineros, su policía- para reprimir todos los puntos de manifestación en una ciudad de 300 mil habitantes.</p>
<p>A diferencia de las versiones que buscan instalar medios masivos y oficiales, las movilizaciones no tienen como leitmotiv crear caos: son sus integrantes quienes han frenado en varias ocasiones algunos intentos de saqueo. No hay total desabastecimiento, y, al menos en Valparaíso, los pequeños locales, o despensas están abiertos y brindan servicio.</p>
<p>Hasta el momento fueron varias las marchas de asistencia masiva organizadas en la ciudad portuaria: en reclamo de la salud, movilizaciones pacíficas reclamando el cese de la presencia militares en las calles, improvisando carnavales y una marcha hacia Viña del Mar donde se realizó una fiesta. También se están organizando mesas de debate para visibilizar reclamos específicos acorde a los distintos territorios. Son muchas las acciones de protesta: pequeños cacerolazos, concentraciones en la Plaza Aníbal Pintos -plaza neurálgica de Valparaíso- hacia Plaza Victoria, la cual es sede de los inicios de las manifestaciones, concentraciones en Plaza Italia. gente desde los balcones gritando y acompañando la marcha, micros y autos tocando bocina.</p>
<p>Las casas son como pequeños bunkers: grupos de amigues o familias se reúnen para pasar este momento en comunidad. No es un momento para estar en soledad. La gente está habitando la calle en disputa por el espacio público negado por la derecha. La violencia del Estado chileno aparece muchas veces como algo impensado desde una lectura argentina.</p>
<p><b>Antecedentes cercanos</b></p>
<p>La actual constitución chilena fue promulgada por la misma dictadura que derrocó el 11 de septiembre de 1973 a Salvador Allende. Allí se declara inconstitucional “todo acto u organización que propugnara una concepción contraria a la familia o fundada en la lucha de clases”. Al igual que en nuestra dictadura, la violación a los Derechos Humanos, la represión y la anulación de derechos civiles fueron las bases de este sistema. En Chile se instaló el modelo neoliberal -tanto en lo económico como en lo ideológico-; que implicó la reducción del gasto público, la privatización de las empresas públicas y los recursos naturales, así como también la promoción de la libre empresa. Fue esta la usina de producción de las grandes desigualdades sociales que hoy afectan a la sociedad chilena.</p>
<p>El pasado miércoles 16 de octubre, frente al aumento de la tarifa del metro, les estudiantes comenzaron a organizarse para hacer una <i>evasión masiva</i>: rompieron los molinetes para pasar y dejar pasar gratis a otras personas. La respuesta fue una represión muy violenta. Piñera quiso cortar de raíz la problemática y le creció un bosque: frente a la represión en Santiago, la gente comenzó a salir a las calles. Tanto que hoy, les chilenes están habitando las calles, en muchos lugares de manera pacífica y legítima, con mucha adrenalina generada por la posibilidad de hacerse oír activamente frente a un Estado neoliberal y represor.</p>
<p>El <b>sistema de salud </b>es una de las instituciones del Estado más desfinanciadas junto al educativo y el previsional. La salud en Chile está repartida en dos tipos de sistemas: las Instituciones de Salud Previsional (ISAPRE) -privadas, las cuales cuentan con profesionales de las universidades más prestigiosas de Chile, una mejor infraestructura y equipamiento, y también son más costosos- y el Fondo Nacional de Salud  (FONASA), único de carácter público.</p>
<p>Les chilenes perciben atención médica por sus ingresos y no por su estado de salud.  Este año, la situación llevó a una crisis sanitaria: el Estado no destina el presupuesto que hace alta para abastecer condiciones mínimas en los hospitales públicos. Esta situación  es consecuencia de la privatización de los servicios y derechos por parte de la dictadura de Pinochet y los gobiernos neoliberales consecuentes.</p>
<p>Por su parte, <b>el sistema educativo </b>también fue otra víctima de la neoliberalización, que en la actualidad se rige bajo la lógica de bien de consumo, de carácter mercantil. La educación en Chile estuvo mucho tiempo “municipalizada” y es privada. Cada municipio administraba con sus recursos la infraestructura y los recursos humanos. Aquellos municipios con menos recursos son más vulnerables, ya que no pueden brindar el acceso a una educación de calidad, lo cual genera gran desigualdad social e imposibilita el acceso a formación superior y trabajos calificados. En el mandato de Bachelet se realizó una reforma a modo de parche, creando instituciones regionales para administrar la educación, que no significaron ningún cambio estructural. Los servicios locales de educación se agrupan por barrios o zonas, los cuales quedan igualmente marcados por la desigualdad.</p>
<p>Por último, el <b>sistema previsional actual</b> -también privado- de Chile fue orquestado en plena dictadura por José Piñera, hermano del actual presidente. Este sistema privado de pensiones es denominado AFP: Administradoras de Fondos de Pensiones.</p>
<p>Las AFP recaudan un 10% del salario de les trabajadores, y utilizan esas sumas para inversiones en el sistema bancario y financiero nacional e internacional. El aporte es de aproximadamente del 10% del salario de las instituciones que luego les cobran altos porcentajes de interés por créditos. Asimismo, los bancos utilizan lo recaudado para realizar inversiones en el sistema bancario y financiero nacional e internacional. Quienes no pudieron realizar aportes a las AFP tienen la posibilidad de solicitar una pensión mínima al Estado, que actualmente es de de $110.200 pesos chilenos (U$S 150), es decir, un tercio del sueldo mínimo.</p>
<p>Hoy, les chilenes están habitando las calles, y en muchos lugares está siendo de manera pacífica y legítima, con mucha adrenalina generada por la posibilidad de hacerse oír  activamente frente a un Estado neoliberal y represor. Es importante difundir la represión, pero también es importante dar a conocer el trasfondo del reclamo y de una situación que era inminente que sucediera por la historia chilena.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*<i>Esta nota fue realizada con información brindada principalmente por Julieta Mazzoni, argentina que actualmente reside en Valparaíso, Chile. </i><i>Julieta, junto a amigues de ese país, realizaron un informe para difundir por distintas redes, con el objetivo de  generar una síntesis del panorama chileno y brindar un poco de claridad a quienes desconocen la realidad presente y pasada de este país. Si bien este no tiene rigurosidad académica, está basado en fuentes de información legítimas de que dan a conocer  las principales problemáticas denunciadas por el pueblo chileno. Las fuentes fueron sistematizadas en paralelo a la información de las calles, las protestas y la policía y militares en las esquinas, helicópteros en el aire y el ruido de gente gritando, caceroleando, reclamando.</i></p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/ni-el-terrorismo-frenara-la-insurreccion-del-pueblo-chileno/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Hoy, estamos re manija. Y el lunes, ya no seremos las mismas</title>
		<link>https://marcha.org.ar/hoy-estamos-re-manija-y-el-lunes-ya-no-seremos-las-mismas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 11 Oct 2019 14:01:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[#34Encuentro]]></category>
		<category><![CDATA[ENM]]></category>
		<category><![CDATA[feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[La Plata]]></category>
		<category><![CDATA[Mariana Fernández Camacho]]></category>
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		<category><![CDATA[relatos feministas]]></category>
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					<description><![CDATA[Palabra clave: manija ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>Y vos, ¿cómo llegas al Encuentro? Lo personal es politico y colectivo y las reflexiones subjetivas y los recuerdos que deconstruimos rumbo a ser luchadoras y feministas son parte de la construcción de nuestro movimiento. Ya se siente: próxima parada, La Plata.  </em></p>
<p><strong>Por Mariana Fernandez Camacho / Foto: Nadia Petrizzo</strong></p>
<p>Hace una pila de años con una compañera de la facultad nos autoexiliamos en Miramar unos días de agosto. Fue el método masoca pero efectivo que encontramos para evitar distracciones y lograr estudiar para uno de los finales filtro de la facultad. Recuerdo que cuando llegamos al departamento Macarena quedó mirando los retratos sepia que mi mamá se empeña en dejar colgados, aun a sabiendas (o quizás por eso) de la panzada de risas que se deben dar los inquilinos del verano.</p>
<p>Un plano corto al lado del otro. Mi hermano chiquito, regordete y sonriendo (lo cual no ha vuelto a ocurrir muchas veces más), y yo un poco mayor, con flequillo lacio, corte de pelota y una cruz reposando en el cuello-babero del vestido.</p>
<p>Esperé el bullying merecido, las preguntas por mi pasado cristiano y mi presente rizado, los planes sororos para denunciar a la justicia los años de tortura de mi mamá. En cambio, al rato solo dijo: “Ya de pendeja te asomaba la pera enorme”. A partir de su comentario redescubrí mi cara en ese cuadro: eran claras las señales de un perfil en punta prominente, aunque nunca antes las hubiera registrado.</p>
<p>Otra pila de años después, mi amigo Sapo armó una charla con uno de los grupos de alumnxs revolucionarixs que solo él logra formar en colegios religiosos. La idea era que les contara en vivo la historia del machirulo que intentó robarme el celular en la calle. Casi al final del módulo una de las jóvenas quiso saber cuándo me reconocí feminista. Su pregunta fue el pie para empezar a filosofar sobre mis primeros tiempos de mamá Grinch. La díscola que se vuelve feminazi porque no disfrutó dar de mamar. Pero hace pocos días estas dos anécdotas se encausaron. El incipiente maxilar inferior no reconocido y mi salida del closet feminista se cruzaron en una misma idea: el feminismo formaba parte de mi vida aun antes de ponerle nombre y enmarcarlo en conceptos teóricos complicados, antes de redescubrirme como en el cuadro.</p>
<p>Porque aunque es cierto que me declaré feminista mientras aprendía a maternar, ahora encuentro tempranos spoiler alerts. Solo a modo de ejemplo: siempre adoré a Pipi Piernaslargas. Para mí, no había manera de competir con la colorada repleta de pecas. Mientras las bellas princesas de Disney sufrían y se aburrían, Pipi trepaba árboles, peinaba colitas separadas de la cabeza, y presumía fortaleza. Años después, morí con Dirty Dancing. Quería cargar la sandía que me llevara al mundo prohibido, bailar cachondo con Patrick en cuero, y ayudar a una amiga para que no se le fuera la vida en una decisión. O la vez que fuimos con las pibas a ver XXY y salí del cine sin entender nada pero fascinada con las explicaciones de Mavi, LA feminista (con mayúsculas) del grupo.</p>
<p>¿Por qué vomito estos garabatos sin sentido mientras viajo en el colectivo? Porque mañana nos vamos a vivir La Plata. Mañana le pondremos el cuerpo al que esperamos sea el Encuentro (Pluri)Nacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans y No Binaries, más masivo de sus 34 años de historia, quebrando así nuestro segundo record: ya inventamos el pogo feminista más grande del mundo.</p>
<p>Nos vamos a La Plata las encuentreras de siempre y las más novatas, las feministas vitalicias y las recién asumidas, las que quieren rebautizar la ceremonia y las que no agregarían ni una coma, las peronas, las coloradas, pero también las que preferían a Cenicienta, las que vienen de lejos y las que esta vez llegamos desde cerca. Comienza mañana. Hoy, estamos re manija. Y el lunes, ya no seremos las mismas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote>
<h3>Leé todas las notas en:</h3>
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</blockquote>

<p><a href="https://marcha.org.ar/hoy-estamos-re-manija-y-el-lunes-ya-no-seremos-las-mismas/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Uno, dos, ultraviolento</title>
		<link>https://marcha.org.ar/uno-dos-ultraviolento/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 01 Oct 2019 03:07:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[#34Encuentro]]></category>
		<category><![CDATA[Ana Paula Marangoni]]></category>
		<category><![CDATA[feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
		<category><![CDATA[relatos feministas]]></category>
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					<description><![CDATA[¿Quién determina las políticas de los afectos en plena ola feminista?]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>¿Quién determina las políticas de los afectos en plena ola feminista? Mientras lo definimos, sacar el tema del clóset bien puede ayudarnos. </em></p>
<p><strong>Por Ana Paula Marangoni / Ilustración: Maru Ca</strong></p>
<p>Por dentro y por fuera; en la política de los cargos y en la de los afectos. Buscamos una agenda desde el feminismo que nos vaya ayudando a ganar legitimidad en las distintas esferas. Y mientras que algunas ya van siendo palpables, otras parecen no llegar nunca.</p>
<p>Vivimos una época dónde las formas afectivas entrecruzan lo neoliberal y lo patriarcal. ¿No será que todo parte de un modo de ser neoliberal? ¿Acaso confundimos ambas instancias? El enigma parece intrincado. Pero cuando empezás a desglosarlo, aparecen uno por uno los pelitos patriarcales.</p>
<p>Salen los hilos del patriarcado cuando mujeres y disidencias experimentamos una y otra vez la misma sensación de no poder elegir cuando nos vinculamos con varones. Seguramente haya que seguir hilando y desovillando para evidenciar la trama. Y tal vez, hablar de lo difíciles que se tornan los vínculos sexuales o afectivos (ante la duda, los separo) en las ya añejas relaciones heterosexuales.</p>
<p>Definamos a la sujeta en conflicto: sos mujer, travesti, trans. Te gustan los chabones. Sabés que eso no va a cambiar por ahora. Te calienta un cuerpo, una forma anatómica en la sexualidad, te atraen los ellos. Pero hay una infinidad de cosas que ya no te bancás más. Querés ir por tu deseo, querés coger bien, tener un amigarche o la pareja con ravioles y paseo de domingo incluido. Abierta, semi abierta, o ultra monogámica; vale más el deseo genuino que la aspiración de la norma. Garpa más sincerarse con lo que nos hace más felices que con lo que nos hace políticamente más correctas. Pasa en el plano sexual algo parecido: ¿qué querés, hacer cucharita en la siesta, la orgía de tu vida, armar el trío que te dispara todos los ratones, darle sin parar toda la noche, o un misionero cortito y al pie? ¿Querés tironcitos de pelo, el sexo de Conoces a Joe Black, jornada a pura soga y fusta, vibras, dildos, dedos, disfraces o no decir (ni que te digan) ni una palabra? La clave no está en la forma, sino en el consentimiento. Cuando empezás a censurarte, te empezás a convertir en tu propia cárcel.</p>
<p>Parece que tenemos tabúes también dentro del feminismo. Denunciar el abuso del cuerpo masculino es un camino ya andado, al menos en lo discursivo. Ejercer el deseo es todavía un campo minado. Y la prueba es que cuando nos juntamos las chicas y terminamos de hablar de aborto, del último libro que leímos, o de alguna rosca entretenida, y vamos al tema chongos, pareciera que volvemos a ese espacio estanco donde todavía estamos inseguras, dónde las barreras de empoderamiento se achican y las certezas desaparecen.</p>
<p>En el fondo lo sabemos: ellos siguen manejando la agenda afectiva. Y mientras vamos ganando una que otra batalla, pareciera que lo más difícil es bancarse el dominio del destrato, del freezer, de la distancia y del ghosting. Que exista una palabra para nominar el acto de desaparecer sin dar explicaciones, es una pauta de que hay una lógica de época. Que sea el tema recurrente de las chicas, da cuenta de que la trama, no por neoliberal, es menos patriarcal.</p>
<p>El asunto es complejo porque cuando el otro no está, no hay posibilidad de plantear absolutamente nada. El acto de distancia (temporal o permanente) implica una violencia extrema, en cuanto una de las partes niega la posibilidad del vínculo a su antojo y capricho. En la negación extrema de la libertad de la otra persona, el vínculo se imposibilita y se restaura el poder sobre los demás autoritariamente. Alguien decide cuando se habla, cuando se responde, cuando es conveniente verse. Si te maneja la agenda permanentemente con dolor, no es un chongo; es un dictador. Someterse a un vínculo así, es aceptar un sometimiento psicológico que no deja moretones, pero es ultraviolento. Se esconde allí una crueldad disciplinadora que, mientras nos tortura emocionalmente, tapamos y escondemos con la excusa de creernos, de decirnos fuertes.</p>
<p>Es urgente repensarnos en este plano, que en algún punto es el todo, porque es el principio vinculante. Si perdimos el debate ahí, lo perdimos en todos lados. Y repensarnos implica una vez más dejar de hacernos las superadas, asumir la violencia de esa forma vinculante, y las consecuencias que conlleva en el plano emocional. No salimos ilesas de la fiesta del ghosting.</p>
<p>Se suma un segundo problema. Y es que, cuando la performance se convierte en historia conocida, comenzamos a desarrollar como defensa el ejercicio de la misma práctica. Nos volvemos frías, hirientes, calculadoras. Cruellas de Vil que asesinamos expectativas ni bien las vemos asomar. Es nuestra revancha: nosotras también.</p>
<p>No sé qué es más doloroso, si el hecho de que nos inferioricen por no creernos merecedoras de dos o tres palabras, o de una charla de diez minutos donde simplemente se comparta lo que pasa o ya no pasa; o el hecho de comprender que, a fuerza de conocer el juego, nosotras también empezamos a jugarlo. Vivir siendo lastimadas es insoportable, y es enormemente tentador hacer carne ese resentimiento, y comenzar a herir con una frialdad gozosa, aunque para nada deseante.</p>
<p>Por eso, volvamos a nuestros deseos. Y desde ahí preguntémonos cómo construir nuevas políticas afectivas, sin adoptar formas tradicionalmente masculinas, que son en sí mismas violentas y colonizantes. Es difícil pretender resoluciones en el corto plazo. Pero, mientras pensamos en cómo gestar lo nuevo, va a ser de enorme ayuda sacar el tema del clóset.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/uno-dos-ultraviolento/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Intensamente &#8220;rompe huevos&#8221;</title>
		<link>https://marcha.org.ar/intensamente-rompe-huevos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 01 Oct 2019 03:05:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[#34Encuentro]]></category>
		<category><![CDATA[feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Mariana Fernández Camacho]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
		<category><![CDATA[relatos feministas]]></category>
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					<description><![CDATA["Machos, miren sus ombligos y dejen de exigirnos que nos clavemos la capa de Mujer Maravillosa"]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>Machos, abandonen sus privilegios y deconstrúyanse. Miren sus ombligos y dejen de exigirnos que nos clavemos la capa de Mujer Maravillosa. </em></p>
<p><strong>Por Mariana Fernández Camacho / Foto: Carmen Ortega </strong></p>
<p>“Compresión, mirada flexible, apoyo absoluto… si fueras así como pareja serías la mujer más maravillosa”. Me lo chantó por chat, encima, mientras hablábamos de trabajo. Y la frase cayó como un baldazo. Lo que para el fulano tenía intención de piropo, a mí me activó la alarma y, cual niñita Riley en “Intensa-mente”, distintas emociones se fueron haciendo cargo de mi panel de control.</p>
<p>Primero sentí tristeza, porque ¿cómo? ¿No me cree ya una mujer maravillosa el tipo que lleva cuatro años diciendo que me quiere? Después se me subió la gallegada y me recontra calenté: ¿con qué tupé dice tan a la ligera que no soy una mujer maravillosa? Finalmente, dejé lugar a la reflexión: ¿qué implica ser “la mujer más maravillosa” para este varón?</p>
<p>Parece que lo que me baja del podio es mi aparente facilidad para reclamar, para “romper los huevos”. Los bolonquis que armo porque se prende a un partidito de fútbol la única noche que nos vemos, porque se suma a otro partidito a la mañana siguiente y deja trunca la excepcionalidad de desayunar juntxs sin críos alrededor, por los eternos tercer tiempo que genera River y lo obligan a llegar tarde siempre a cualquier plan, por no preguntar si es mi deseo esperarlo un sábado mientras vuelve reventado de una joda. Soy una “rompe huevos” serial y por eso nunca podré vestir la capa de Mujer Maravillosa.</p>
<p>Pero entonces recordé que somos muchas las que saturamos las gónadas masculinas. Recordé amigas acusadas del mismo epíteto tras la milésima-millonada vez que tuvieron que pedir a sus marinovios/vínculos sexo-afectivos que bañen hijes, que retiren de danza o de pileta, que pasen por el súper a la vuelta de la cancha, que acomoden bártulos, que resuelvan la cena, que devuelvan un mensaje o se preocupen por lograr nuestros orgasmos.</p>
<p>No importa la enorme cantidad de veces que hablemos antes de llegar al grito, a la tensión, a la pelea. No importa que desde hace décadas nosotras paremos la olla codo a codo, aunque en peores condiciones laborales y con menores salarios por las mismas responsabilidades. Está instalado: para los varones, las mujeres rompemos los huevos sistemáticamente.</p>
<p>Pero esta no es historia vieja. Yo nunca escuché a mi mamá quejarse con mi papá. No se quejó cuando mi viejo se fue a buscar el mango a otro país y ella quedó a cargo de dos pibxs propixs y de decenas de pibes y pibas ajenxs en las escuelas donde daba clases. No la escuché jamás negociar salidas, tareas domésticas, ni exigirle atención o un rico beso. A mi tía nunca le hizo mecha que mi tío mandara a mis primas a ayudar a levantar los platos de la mesa, aun después de todo un día de horas-aula como profesora. Las mujeres que nos antecedieron le pusieron el cuerpo a otras luchas. A cara de perras tiraron abajo los barrotes de cristal que las pretendían encerradas maternando. Salieron a la calle, tomaron el “afuera”, pero sin soltar el mango de la sartén.</p>
<p>Nosotras fuimos/vamos/seguiremos yendo por más. Entre otras varias sapiencias, aprendimos que el príncipe azul destiñe y que el amor romántico nos caga las vidas, pero no por eso abandonamos el goce, las ganas de dar y recibir mimos, abrazos y cuidados. También aprendimos que muchas deseamos criar niñes, pero que implica un laburón extenuante únicamente llevadero (y sano) cuando se comparte.</p>
<p>En uno de sus últimos artículos, mi adorado Hernán Casciari nos pide paciencia, tiempo para que los varones entiendan las nuevas reglas, para aprender a jugar y dar una vuelta de página como sociedad. Coincido. En este barco entramos todes. Confieso que me apremia un interés muy personal: soy mamá de un varón y no quiero que lo silencien, que lo excluyan, que lo hagan a un lado solo por nacer con pito.</p>
<p>Sin embargo, como mujer feminista que batalla por un mundo más justo y lindo de habitar, me tomo el atrevimiento de exigirles a ustedes, varones del siglo 20, que SE DEJEN DE JODER. Que se callen un poco, que escuchen más y abandonen la comodidad de los privilegios patriarcales.</p>
<p>Urge que se repiensen como hombres, como parejas, como papás, como amantes, como cuidadores, como compañeros de una lucha diaria… y no solo el 8M mientras marchamos para que dejen de matarnos.</p>
<p>Revidindico el reclamo. Y levanto la bandera de la protesta, también puertas adentro. Porque no quiero ser la mujer más maravillosa, quiero seguir siendo la mujer que soy, aun si eso significa -para un imaginario macho que ya está muriendo-, ser una “rompe huevos”.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/intensamente-rompe-huevos/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>No me acostumbro al femicidio, pero menos al silencio</title>
		<link>https://marcha.org.ar/no-acostumbro-al-femicidio-pero-menos-al-silencio/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 21 Aug 2019 15:00:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[#NiUnaMenos]]></category>
		<category><![CDATA[femicidios]]></category>
		<category><![CDATA[Luciana Mignoli]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
		<category><![CDATA[relatos feministas]]></category>
		<category><![CDATA[wichi]]></category>
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					<description><![CDATA[María Magdalena fue asesinada por Facundo Narciso en el Chaco. Y por eso gritamos. Y nos abrazamos]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>Hoy le tocó a una joven wichí. María Magdalena Moreira de 16 años, asesinada por Facundo Narciso, su ex pareja en </em><em>Miraflores, Chaco. Por ella m</em><em>e enciendo de indignación y sigo gritando ¡vivas y libres nos queremos! </em></p>
<p><strong>Por Luciana Mignoli / Foto: Lucas Vallorani (manifestación &#8220;ni una menos&#8221; 2015)</strong></p>
<p>Yo no me acostumbro al femicidio. Sí, ya sé. Hay uno cada día o más. Y ni hablar de los travesticidios, que apenas llegan a la prensa. Hoy le tocó a una joven wichí. María Magdalena Moreira, 16 años, Miraflores, Chaco. Hermana de Ariel Sánchez, enorme luchador indígena del Consejo de Recuperación Territorial (CRT).</p>
<p>Me enciendo de indignación al ver los medios que publican con mucho cuidado la cara tapada del femicida confeso, Facundo David Narciso, de 20 años, criollo. “Femicida detenido” escriben, pero cuidan con recelo su imagen y borronean su rostro. En cambio, no demoran ni un segundo en estigmatizar a la familia de la víctima que -según los medios- demoró en hacer la denuncia.</p>
<p>Claro -pienso yo-, si la familia wichí va a confiar en las mismas fuerzas que día a día los hostiga, demarca, encierra, desaloja y reprime. El propio Ariel nos contaba hace unos días en un seminario sobre Genocidio Indígena en Resistencia cómo era ser indígena y vivir constantemente amenazado.</p>
<p>“Hace cinco meses Facundo Narciso pegaba y arrancaba dos dientes de la boca de María y se sacaba fotos golpeándola. Nadie hizo nada. La denuncia de nada sirvió”. Así de crudo es el comunicado del CRT de Miraflores, que ayer difundía la búsqueda de la joven que hoy apareció enterrada en el fondo de la casa de su ex pareja.</p>
<p>¿Qué más van a hacer los medios? ¿Van a investigar también la vida de la víctima? ¿Dirán que era una fanática de los boliches? No creo. Ella es una indígena de monte adentro, así que ni siquiera merecerá de esos tratamientos periodísticos detestables.</p>
<p>“¿Será noticia de primera plana? No. ¿Se la llorará, se la pensará, se la sentirá dolor? No. No porque es aborigen y wichí. Porque cuando oscura es tu piel, oscura parece será tu muerte, tu dolor, tu historia”, dice el Consejo de Recuperación Territorial en un desgarrador comunicado.</p>
<p>Miro la imagen de María Magdalena, sus rasgos, su piel, sus ojos&#8230; Pienso en sus sueños que ya no podrán ser. Pienso en ese territorio que ya no habitará.</p>
<p>Me duele la panza. Y sé que a muchas personas también. Aquel genocidio indígena negado que se actualiza y se cruza con la cara más brutal del patriarcado. Yo no me acostumbro al femicidio. Y al racismo, tampoco.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/no-acostumbro-al-femicidio-pero-menos-al-silencio/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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