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	<title>relaciones intergeneracionales &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
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	<title>relaciones intergeneracionales &#8211; Marcha</title>
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		<title>PEDAGOGÍAS CUIR. O Sobre la posibilidad de que los monstruos vivan en las aulas</title>
		<link>https://marcha.org.ar/pedagogias-cuir/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 23 Mar 2023 13:49:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Educación]]></category>
		<category><![CDATA[Niñez]]></category>
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		<category><![CDATA[Paula Nurit Shabel]]></category>
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					<description><![CDATA[Lxs estudiantes son el acontecimiento de la existencia encarnado en cada cuerpo frente al pizarrón. ¿Y el cuerpo docente? ]]></description>
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<p></p>



<p><strong>Por paülah nurit shabel</strong></p>



<p class="has-text-align-right">Sendak, Dónde viven los monstruos</p>



<p class="has-text-align-right"><em>Y ahora, ¡que comiencen los festejos!</em></p>



<p>Rubí empieza la primaria en unas semanas. Va a conocer el edificio el primer día de clases, no creo que haya estado nunca en un lugar tan grande. En su timidez, probablemente no quiera hablar demasiado y se guarde unas cuantas preguntas sobre las funciones de cada uno de los cuadernos que ya tiene en la mochila esperando el primer timbre que anunciará su propia llegada. No está asustada, no le molesta madrugar y es hábil para las letras. Es más bien su práctica permanente de la cautela lo que la hará andar de un modo peculiar en la escuela. Para una institución que tiene doscientos años ella es lo inesperado y no al revés.&nbsp;</p>



<p>Priscila va a hacer cuarto año por tercera vez, dice que es su último intento. Ya tiene el instagram de varixs compañerxs de curso y creo que están planificando una rateada masiva para el primer viernes de clases. También se compró sus carpetas y útiles con la plata que hizo en la changa que agarró durante el verano. Le fue bien vendiendo porque es conversadora y puede hacer diez cosas a la vez, siempre y cuando ninguna sea quedarse en silencio. La escuela, que ya la conoce, no sabe muy bien qué hacer con ella.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Y la cuestión no es la escuela, sino lxs estudiantes. Cada persona que entra al aula es una criatura única en su especie, siempre anómala, siempre insólita en un aspecto diferente a lxs demás, y esa es una de las muchas definiciones de monstruo, justo la que me gusta. Cualquiera que haya visto una buena cantidad de películas sobre el tema sabe que los buenos monstruos vienen de a uno, que no hay dos iguales y que a lxs humanxs les es difícil entrar en diálogo con ellos tanto como a los monstruos les cuesta entenderse entre sí. Y esta es exactamente su magia, la de monstruos y estudiantes: siempre son el desorden que trae la novedad, la posibilidad de fuga de lo existente que interrumpe la reproducción de la mismidad. Cuando entran al aula, ya nada será como lo planificamos.&nbsp;</p>



<p>Entonces, ¿cómo se hace una sola escuela para tanta variedad de criaturas? O al revés, ¿por qué la escuela es ese lugar fantástico donde es posible el encuentro con lo inédito de cada monstruosidad? Las prácticas de la pedagogía cuir tienen algunas cosas para decir al respecto, haciendo de la desviación una decisión contra la homogeneidad que daña y habilitando alianzas inesperadas en el espacio escolar, de esas que hacen la vida más amable para alumnxs y docentes.&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p><strong>NIÑX, OTRX, MONSTRUX</strong></p>



<p>Para quienes trabajamos en las aulas con niñxs y adolescentes, su comparación con los monstruos no es especialmente novedosa. La literatura sobre el tema lxs ha puesto en el lugar de animales, demonios y salvajes tanto como se lo ha permitido el discurso civilizatorio de una educación para domar a las fieras (*Sarmiento intensifies*). En este relato desarrollista quienes resulten moldeables por la instrucción estarán listos para una vida <em>correcta</em> en la casa y el trabajo, y quienes se resistan demasiado deberán ser encerradxs en granjas o cárceles para menores, sino muertos por las fuerzas de seguridad (*Berni intensifies*). Quizás suena un poco a siglo XIX la clasificación, pero las cosas no han cambiado tanto desde entonces para el grupo poblacional más joven, que además ha sido la variable de ajuste económica de la crisis pandémica mundial: son lxs más empobrecidxs y lxs más pobres en todo el planeta. Lxs niñxs han resultado ser todo menos privilegiadxs.&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Ya habían aparecido lxs pibxs zombie en la escena neoliberal del paco y la pauperización de la vida, frente a lo cual se practicó la reapropiación de la injuria desde una Pedagogía Mutante que hizo de la palabra zombie una la posibilidad de nombrar otros modos de existir que requieren de una profunda creatividad educativa para acompañar el crecer. Al final, lxs niñxs eran criaturas, pero somos lxs adultxs quienes damos miedo en nuestro intento por normalizar todo lo que tocamos y hacer encajar la multiplicidad en un par de casilleros. No educamos en la diversidad de una publicidad de Benetton, sino en el tacho de basura de un sistema global que sigue viendo en América Latina el subdesarrollo humano. Por suerte, no queremos ser más esa humanidad.&nbsp;</p>



<p>Si bien es cierto que las vidas cotidianas de las infancias no pueden cristalizarse en un par de imágenes –algunxs niñxs deben estar disfrutando de sus vacaciones en el cristalino mar del Caribe y otrxs trabajando en la cosecha bajo el abrumador rayo del sol- probablemente todxs quieran comprarse algo que no tengan y sí tengan muchas dudas sobre cosas como el sexo y la muerte. En Argentina, todxs irán a la escuela. Y eso es hermoso y difícil.&nbsp;</p>



<p>Las pretensiones universalizantes de la cultura occidental nos han costado varios geno/eco-cidios, pero ningunx docente va a renunciar a la idea de que en las aulas entramos todxs. La pregunta es, una y otra vez, cómo son esas aulas donde lo que crece es la monstruosidad que porta cada unx en su singularidad, mientras todxs mutamos como producto de las recíprocas afectaciones. Quizás, la propuesta cuir es por la radicalización de la extrañeza intergeneracional habilitando pedagogías de la calidez para quienes siempre serán lo distinto a nosotrxs.&nbsp;</p>



<p>En definitiva, cuando hablamos de las infancias lo hacemos desde el exilio, desde lo que no somos, pero con lo que establecemos una relación apasionada. Esa extranjeridad a la que nos obliga el paso del tiempo nos da, sin embargo, la posibilidad de gestar el <em>entre</em> desde donde pensarnos y narrarnos, en diferencia pero en comunidad. Derrida habla de la hospitalidad como una forma de bienvenir a lo desconocido en el hogar y ofrecerle una taza de té con galletitas para que se disponga a intercambiar historias de los dos mundos. Suelo pensar en eso cuando me toca el desayuno en la escuela, ese ritual maravilloso que sólo puede darse con alguien que no es igual a mí, sino con una otredad opaca, que siempre se me escapa. Es en esa ininteligibilidad que radica el interés de la charla, que tiene sentido mientras se sostenga lo imposible de una traducción exacta y no en un progresivo mimetismo, o peor, fagocitación de una parte por la otra. Para prestarnos atención mutua es importante que existan incongruencias en los modos de hacer y entender las cosas. O sea, que haya conflicto y desacuerdo.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Esto quiere decir que tomar el té con los monstruos conlleva sus riegos. Son impredecibles los efectos de nuestros relatos sobre cada una de esas criaturas, que a veces gritan, muerden, revolean útiles por los aires y nos miran con un desprecio que duele. Ningún acuerdo de convivencia puede prevenir el desorden inherente a la vida en comunidad –aunque un buen trato puede resultar una efectiva política de reducción de daños. Y si conversar ya tiene sus complejidades, imagínense tener que aprender algo nuevo, una tarea en general esforzada y frustrante, que da bronca un buen rato hasta que algo se acomoda (¿los esquemas?) y ¡ah! La profunda satisfacción de entender algo. Pero casi todo el tiempo es confusión, no vamos a engañar a ningún monstruo con eso.</p>



<p>Compartir el aula con la alteridad etaria significa tener mucho para contarles a lxs recién llegadxs al mundo acerca de cómo es que funciona todo esto que ya estaba cuando nacieron y, a la vez, entregarse a la certeza absoluta de que ese mismo mundo es un lugar diferente porque ellxs existen en él como una primicia. Niñxs y adultxs nos desconocemos cuando llegamos a la escuela, pero elaboramos estrategias de aproximación con el conocimiento en el centro del vínculo. Lxs estudiantes son el acontecimiento de la existencia encarnado en cada cuerpo frente al pizarrón. ¿Y el cuerpo docente?&nbsp;</p>



<p><strong>MAESTRXS MONSTRUXS&nbsp;&nbsp;</strong></p>



<p>Las pedagogías cuir también nos permiten pensarnos a lxs docentes como monstruos y, en nuestra mejor versión, somos la pesadilla de la educación neoliberal. Profanamos, conjuramos y despabilamos sublevaciones, somos buenxs conspiradorxs y sabemos hacer mucho enchastre. val flores juega con la figura del vampiro para urdir una pedagogía de la mezcla que desestabilice el binarismo de las ideas, mordiendo aquello que se considera absoluto y claro para contaminarlo con preguntas, hibridarlo con otros conceptos y forzar su mutación. En los afilados colmillos de esta maestra tortillera la educación es una traición a cualquier pureza, en tanto enseñarle algo a alguien es afectarlo e incitar lo sorprendente, tratar de provocar que pase algo diferente a lo que hubiera ocurrido sin ese aprendizaje. Así que educar es, necesariamente, torcer el desarrollo.&nbsp;</p>



<p>Un monstruo clásico del campo educativo es Frankenstein, pero no me interesa aquí volver sobre la propuesta de Meirieu, sino prestarle atención al sobrenombre que la propia Mery Shelley le dio a su criatura-creador: el moderno Prometeo. Este titán griego, que le robó el fuego a los dioses para ponerlo a disposición de la humanidad, tiene mucho de profe en la escuela. Creo que parte de la monstruosidad docente está en nuestro acto permanente de profanación, en sacar el conocimiento de los templos exclusivos de su producción y hacer de la información un bien plebeyo, embarrado, para todxs, pegado con figuritas del mundial sobre una planilla de notas viejas. Blasfemamos sobre las verdades absolutas en una irreverencia que no es solamente la de irrumpir en espacios sagrados (como el laboratorio o el poder judicial) y robar la data para exhibirla en el centro de la plaza pública, sino la de quedarse al lado de quienes van llegando para compartirles el sentido que supimos conseguirle a cada cosa.&nbsp;</p>



<p>La educación no es una revelación divina de saberes definitivos, es todo lo contrario a una práctica santa. Es más bien un hacer irregular del desbarajuste porque no enseñamos definiciones ni fechas, sino aquello que hemos hecho lxs humanxs con eso que existe, que es necesariamente confuso y perfectible, atravesado a su vez por la historia de todo lo que no es humano. Lxs docentes somos el Frankenstein de cada día y llevamos adelante una monstruosa ética de la profanación sin más finalidad que contagiar el placer por aprender y animar a cada estudiante a deformarse/nos/lo todo lo que exponemos, que es en la erosión de lo existente se van abriendo ventanas para salir juntxs en el recreo a tomar un poco de aire y sol.&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Otras criaturas terribles que se nos parecen a lxs educadorxs son las brujas, porque practicamos la hechicería y evocamos lo que no existe. La puerta del aula es el umbral hacia la dimensión desconocida y la tiza la llevamos de amuleto de la suerte para extender nuestras capacidades físicas con la técnica de la escritura y multiplicarnos en discurso y marca gráfica sin demasiado esfuerzo. Con pócimas desplegadas en secuencias didácticas hacemos aparecer números imposibles –piensen en las cifras negativas- y le damos vida a objetos absurdos como el planeta júpiter o un átomo.&nbsp;</p>



<p>Mi magia favorita de bruja-profe es la del tiempo que trastocamos en, por lo menos, dos sentidos. Uno, porque hacemos del aula un espacio de encuentro entre generaciones donde las edades se miran a los ojos y el cuidado mutuo centellea las palabras que retumban en la cartulina mal pegada frente al pizarrón, burlando el adultocentrismo heredado. Conjuramos lo intergeneracional conectando de modos inesperados lo existente, haciendo arder en la puerta de la clase los libretos etarios predeterminados mientras un par de estudiantes tratan de hacer andar el proyector que acaba de comprar la cooperadora y otrx me disculpa el mate que volqué en su examen mientras lo corregía.&nbsp;</p>



<p>El segundo desvío temporal lo invocamos en nuestras aulas cuando logramos una fantasía de aprendizajes sin apuro, inventando una hora cátedra donde siempre hay un rato más para volver a explicar lo que haga falta. Hechizamos los minutos para que “sin correr” no sea una orden de quietud sino un llamamiento a la pausa como apuesta pedagógica. Nos inventamos los mil trucos para combatir la ansiedad de la respuesta correcta, la buena nota inmediata y la permanente evaluación de cada gesto. Y hasta convertimos el “no lo entiendo” en una cuestión temporal haciendo aparecer al final la palabra un “todavía” mientras obligamos al curso entero a repetir en voz alta el encanto de la educación pública: ¡abracadabra, todxs pueden aprender todo!&nbsp;</p>



<p>El último monstruo que quiero traer a esta genealogía cuir de la docencia es el de Medusa. Su historia resuena en nuestra condición de trabajadorxs de la educación. Como tales, nos han bastardeado, despreciado, ultrajado, denigrado. Nos castigan a diario por cumplir una función social creada por el falogocentrismo occidental, como fue castigada Medusa ante la violencia ejercida por otro sobre ella. Nos han dicho que debemos permanecer silenciosxs fuera de las aulas, obedientes a los directivos e intelectuales endiosados del poder de la verdad pedagógica. Medusas decapitadas como ejemplo perfecto de la neutralidad que deberíamos portar frente a todos los temas.&nbsp;</p>



<p>Pero de nuestro cuello lastimado brota la solidaridad de clase y la sororidad feminista y ahora estamos enojadas, llenas de ira por el maltrato de los sucesivos gobiernos que odian nuestro trabajo porque le temen al pensamiento crítico del que somos guardianas. Alimentadas del espíritu desobediente de Medusa, nos hicimos docentes incumpliendo el mito patriarcal de la maternalización de nuestra profesión e incomodando a los supuestos héroes con nuestros cuerpos –lesbianos, maricas, gordos, marrones, demasiado jóvenes y demasiado viejos- y con las palabras que usamos para nombrar el mundo. Rugimos contra las narrativas de la vocación y la miseria de nuestros sueldos. Contrabandeamos deseo en las aulas habilitando una disponibilidad física para la contingencia del encuentro con lo inesperado de cada una de las infancias, que nos interpelan en nuestras propias deformidades para forjar un mutuo entendimiento. Somos un sindicato de medusas y haremos piedra a quienes vulneran nuestros derechos.</p>



<p><strong>LA PEDAGOGÍA CUIR NO EXISTE</strong></p>



<p>Lo cierto es que nadie sabe muy bien qué son las pedagogías cuir y cualquier definición atentaría contra su propuesta, que procura atentar contra sí misma para no volverse receta ni verdad. Quizás, como dice Britzman, conviene pensarla como una serie de prácticas y estrategias del hacer para oponerse a la normalización de lo existente en cada caso y es en este sentido que la figura de monstruo puede sernos útil. Cada criatura áulica tiene sus mutaciones, algunas dan ventajas y otras complicaciones a la hora de cumplir con el currículum, pero todas producen dolor si esperamos que la escuela reproduzca las personas que ya somos o las haga <em>mejores</em> en la lógica de la acumulación de este sistema. O sea, más competitivas y productivas, con más diplomas y medallas apiladas, necesariamente más ansiosas y angustiadas, probablemente no más enriquecidas por ello (vieron que la meritocracia es la estafa piramidal definitiva del capitalismo).&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Hace más de 200 años que la escuela existe como el espacio otro de la casa y la familia, y esto lo subrayan educadorxs de las más diversas tradiciones y tendencias. Ir a la primaria y a la secundaria es interrumpir la continuidad de lo conocido y exponerse a lo incierto, también para quienes somos docentes. No se me ocurre una mejor explicación de lo cuir que la radical otredad a la que nos empuja una tarde en un aula, si logramos suspender el pánico por lo distinto y la tendencia a su destrucción –que también enseña la escuela- y entregarnos a la fiesta de los monstruos que, con tanta belleza, convida Sendak en su libro.&nbsp;</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/pedagogias-cuir/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Enchastres vinculares, la amistad y el tiempo</title>
		<link>https://marcha.org.ar/enchastres-vinculares-la-amistad-y-el-tiempo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 28 Jun 2022 13:48:42 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Niñez]]></category>
		<category><![CDATA[Protagonismo]]></category>
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					<description><![CDATA[Contra el ritmo frenético del capital y la productividad desarrollista, los movimientos feministas y cuir nos invitan a desafiar la normatividad del tiempo y tejer afectos donde quisieron imponer jerarquías de crueldad.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><em>Contra el ritmo frenético del capital y la productividad desarrollista, los movimientos feministas y cuir nos invitan a desafiar la normatividad del tiempo y tejer afectos donde quisieron imponer jerarquías de crueldad.</em></p>



<p><strong>Por Paula Nurit Shabel | Ilustración: Señora Milton</strong></p>



<p>Sentadas en la plaza del barrio conversan una mujer y una nena mientras toman alguna bebida fría directo de un termo plateado lleno de calcos viejos. Se amparan del sol, pegadas a la sombra de un árbol, pero el calor igual les golpea la piel y ellas transpiran sobre el pareo que las contiene. La charla parece ir en cámara lenta. Se ríen un rato, hacen silencio, van despacio para resguardarse de los sofocos de este verano en llamas.</p>



<p>A unos metros se sienta en el banco de madera una señora de pelo blanco y movimientos calmos. Apoya el bastón a un costado y se acomoda la blusa, arrugada en el trajín de agacharse hasta el escaño. También está cubierta en sudor y se la ve fatigada, pero conserva un gesto alegre en la mirada, que tiene clavada en una joven que camina hacia ella con los brazos cada vez más abiertos para darle un abrazo.&nbsp;</p>



<p>¿Es posible que estos encuentros excedan los lazos familiares?, ¿nos imaginamos una situación en la que aquella mujer no sea la mamá de la nena, ni la tía, ni la hermana mayor?, ¿hay chances de que la joven no sea la nieta de la señora con bastón?, ¿pueden todas ser ellas amigas, compañeras, confidentes?&nbsp;</p>



<p>Las formas de la proximidad entre generaciones tienen impuestos guiones estrictos, que recortan los modos de ser con el resto y nos empujan hacia la repetición de un sistema que nos quiere aisladas, subsumiéndonos las unas a las otras. Cuando se trata de grupos de edades, hay algunas clasificaciones que se ponen en juego de un modo jerárquico y así se nos va instalando una distancia abismal entre infancia, adultez y vejez. Nos cuesta pensar relaciones entre estos grupos que no sean de parentesco, no porque no existan, sino porque se acallan.</p>



<p>No quiero con esto negar los efectos que tiene el paso del tiempo en nuestros cuerpos, sino volver a ellos desde un materialismo de la carne que abandone lo preestablecido para cada momento de la vida y para los vínculos que entre ellos se dan. Compartimos el mundo con las otras generaciones, que no son las pasadas ni las futuras, sino nuestras contemporáneas, y todas vivimos lo mismo desde la particular perspectiva que nos da los años.</p>



<p>La negación de esa contemporaneidad nos ancla al&nbsp;<a href="https://www.pikaramagazine.com/2016/06/adultocentrismo-y-feminismo/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">adultocentrismo</a>&nbsp;como sistema de dominación de las personas adultas hacia las niñas y jóvenes. Una norma que procura ordenarlo todo teniendo al modelo adulto como referencial de perfección y complitud humana capaz de tomar todas las decisiones públicas con hambre de dueño de todo lo demás, incluso de los cuerpos de las edades anteriores, concebidas siempre desde la falta porque&nbsp;<em>aún no</em>&nbsp;están lo suficientemente desarrolladas.</p>



<p>Y lo mismo sucede con quienes vienen después de la adultez, eso que llamamos vejez y que suele caracterizarse como una edad que&nbsp;<em>ya no</em>&nbsp;puede (nada) y que debe aceptar lo que las personas adultas le ordenen para no convertirse en un estorbo. A esta forma de la opresión se la suele nombrar como viejismo y el concepto edadismo o etarismo reúnen ambas partes de la cadena de violencias (para saber más sobre estos conceptos pueden consultar los textos de Robert Butler y Allison James). El enjambre de conceptos no se refiere a cómo vos y yo nos manejamos con las personas en términos personales, sino a un sistema organizado para que las cosas salgan siempre de un modo y nos acostumbremos a maltratar y que nos maltraten.</p>



<p>La adultez, ese tiempo aproximado que hoy se estira entre los veintis y los sesentis, es el momento de mayor productividad en los términos del capital y, por ello, el mundo se ordena según su forma y criterio. Las herramientas están hechas para ser usadas por cuerpos adultos (piensen en la altura de los timbres en las casas o del banco de plaza que tanto trabajo le costó a la señora de pelo blanco), y sus mentes se suponen más lógicas y lúcidas que las demás. Con esto se asume que son las personas adultas quienes deben decidir sobre sus vidas y las de los demás grupos etarios y que estos últimos están más próximos a la naturaleza que a la cultura porque se encuentran todavía crudos o ya podridos para ser considerados personas. &nbsp;</p>



<p><strong>A lo que nos obliga el tiempo</strong></p>



<p>En la plaza la mujer se hace un rodete con sus rulos y se recuesta. Dormita, cansada quizás del trabajo y del calor que no baja. La nena se queda a su lado jugando con dos muñecas, un balde y varias piedras que recolectó hace un rato. Se le nota en los gestos esa energía de vacaciones del jardín que suelta en voz baja, para no despertar a su acompañante.</p>



<p>Cruza la escena la joven, que va en busca del puesto donde venden agua. Mientras, responde mensajes en el teléfono y manda un audio diciendo “en una hora llego”. Está ofuscada, pero se le va yendo la tensión en el camino de vuelta hacia la señora de pelo blanco, que revisa unos papeles de su cartera, de esos que llegan por correo y tienen indicaciones y plazos. La joven se sienta en el banco y comparten la frescura de la bebida conversando sobre una película cuyo nombre no pueden recordar. Se ríen de su desmemoria, hasta que suena una alarma en el celular de la señora y ella explica que es hora de volver a casa.&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>El modo en el que organizamos el tiempo en nuestras vidas no tiene que ver con nosotras, que maniobramos la libertad como podemos entre calendarios, agendas y la absurda idea de que los aniversarios de nacimiento dicen algo sobre lo que somos en cada momento. Y nada en el tiempo es auto-evidente. Sus unidades y sus normas son artificiales y se consolidaron de este modo en un momento histórico determinado para aumentar la productividad del capital moldeando nuestros cuerpos de cierta manera. Esta crononormatividad repetitiva y agobiante nos exige ajustar la vida a lo largo de un tiempo enfermo que nos daña y que produce la ilusión de que este nos pertenece, como cuentan&nbsp;<a href="https://publicaciones.sociales.uba.ar/index.php/ebdld/article/view/2431" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Mariela Solana</a>&nbsp;y&nbsp;<a href="https://www.eldiario.es/pikara/enchastres-vinculares-amistad-tiempo_132_9104337.amp.html#" target="_blank" rel="noreferrer noopener">val flores</a>. Pero somos nosotras las que le pertenecemos al tiempo progresivo.</p>



<p>Mamando evolucionismo nos convencimos de que existe algo llamado desarrollo y de que eso nos lleva de menos a más en todas las dimensiones de nuestra existencia individual y social, algo que ya criticó Walter Benjamin cuando propuso&nbsp;<a href="https://www.elviejotopo.com/topoexpress/tesis-de-filosofia-de-la-historia/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">un freno de mano al tren de la historia</a>. Para Occidente esto fue un llamado de atención sobre las supuestas maravillas del progreso que todo lo domina, y hoy lo recuperan varios movimientos anticapitalistas que gritan que no todo se resuelve con más producción y más tecnología (ni tampoco con menos). Pero es difícil que los oigan cuando el principio que rige el planeta es la acumulación. &nbsp;</p>



<p>Para nuestra cotidianeidad, este imperativo del incremento significa que si en algún momento de nuestra historia individual no tenemos más éxito que antes, ni más belleza, ni más seguridad o mejor remuneración, entonces estamos fallando. Hay una imagen que se volvió viral en las redes que lo explica muy bien, es un pasacalles escrito en letras inmensas que dice: “Jorge sos un fracasado. Todos progresan menos vos”. Pero el progreso no existe. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Es cierto que el tiempo es irreversible, pero eso no significa que siempre vaya para adelante. Ni, mucho menos, que tengamos que actuar de cierta manera en cierto período de nuestra existencia y de otra después o que nos veamos en la obligación a hacer determinadas cosas antes de cierta edad. Romper esas crono-expectativas es importante para repensar las relaciones entre los grupos de edad y para combatir la permanente frustración a la que nos obliga tanto mandato. Sobre esto también hay muchos memes que comparan lo que nuestras madres y padres hacían a los treinta (como comprarse una casa) y lo que hace nuestra generación (memes, básicamente). Es un chiste, pero nos creímos el cuento de que íbamos a crecer y tener cada vez la vida más resuelta y después nos angustiamos porque no pasó.</p>



<p>En las biografías cuir la explosión del tiempo normado es un punto central, porque los comienzos y las transformaciones no siguen una línea recta. Cambiar los pronombres, hormonarse, salir a la calle vestide de cierta manera, son cosas que pueden pasar en cualquier momento de la vida o varias veces con interrupciones cortas y largas, y que además pueden pasar en muchas direcciones.</p>



<p>Y no hay momentos correctos para las decisiones, siempre son incómodas y siempre hay alguien que abraza del otro lado. Una persona que se nombra trans a los cuarenta es nueva en un mundo donde alguien de veintisiete ya tiene cierto recorrido para acompañarla, y las alianzas entre generaciones son más comunes que en las versiones heterocapitalista de la realidad. En estas trayectorias lo importante no es el número de DNI, sino la experiencia de cada quien y los puentes que podamos tendernos para apañarnos de la intemperie a la que nos empuja la normatividad.&nbsp;&nbsp;</p>



<p><strong>La resistencia de querernos tanto</strong></p>



<p>Hace ya más de dos años, en otra plaza, nos encontrábamos para celebrar una ley que costó mucho. Y, cuando salió, la celebración fue inmensa, con llantos y abrazos que se extendían a lo largo de numerosas cuadras. Invadimos la ciudad con nuestros cuerpos en modo aguante y ahí estaban la nena, la mujer, la joven y la señora de pelo blanco. Estaban las pibas de los secundarios que descubrían por primera vez el calor de la calle y las que ya en los setentas criticaban la idea de una revolución sin igualdad de géneros. Fue un abrazo de lucha sin tiempo y fue hermoso.</p>



<p>Si el poder opera obstaculizando el intercambio entre las personas a las que oprime, reunirnos, escucharnos y acompañarnos es una forma de la resistencia, que además suele salir bien. Pero se supone que las niñeces hablan solo en la casa y en la escuela, siempre para pedir y preguntar algo a una persona adulta o para responder a sus directivas. De las personas mayores se espera cierto anecdotario de mero valor sentimental y una vuelta al espacio privado para no molestar a nadie con opiniones ya acartonadas. ¿Cómo nos acercamos?, ¿qué formas del decir nos inventamos para arrimarnos y escucharnos mejor?, ¿qué afinidades crecen a la sombra del canon?</p>



<p>Desde los movimientos cuir y transfeministas se viene gestando una revuelta contra las estandarizaciones afectivas, tejiendo alianzas justo ahí donde nadie se lo esperaba. La posibilidad de esta revuelta se abre desde muchos rincones. Y uno es la fragilidad como condición humana, un combate feroz contra el ideal moderno de autonomía desde la exposición de la vulnerabilidad a la que nos someten nuestros cuerpos tan llenos de necesidades que nos empujan siempre hacia las demás (una idea que yo leí por primera vez en Judith Butler, pero que está presente en muchas otras autoras). No importa la edad que tengamos, siempre necesitamos de alguien que nos cuide y nos sostenga, y eso no nos quita valor ni le da a esa otra persona la potestad de tomar decisiones sobre nosotras. Si querer no es poseer, como aprendimos criticando al amor romántico, cuidar tampoco.</p>



<p>Además, todo el mundo podemos querernos con el resto. Abandonar los moldes vinculares no es solamente cuestionarnos con quién queremos tener sexo, sino dar vuelta todo el enjambre de relaciones que somos para volvernos hacia ellas con menos mandatos. No tengo por qué querer a nadie aunque sea de la familia, ni tengo por qué descartad de mi red afectiva a alguien por haber llegado al mundo antes o después que yo. Estoy hablando de hacer amistades con quienes nos dijeron que no valdría la pena, erosionando los bordes de lo posible, en un contrabando de vínculos capaz de ensanchar nuestra proximidad con la alegría.</p>



<p>Tomo la amistad porque creo que contiene prácticas de cuidado que se escapan de la lógica del compromiso y el favor, que desconocen el imperativo de la deuda en el dar(se) y apelan a un compartir por el disfrute mismo de hacerlo. Nombro la amistad, no para remplazar todo lo demás, sino para apreciar su forma particular, como una ligazón sin sujeción ni obediencia, como un encuentro con un otra persona que nos compone de un modo inesperado, porque en cada charla compartimos algo de lo que somos y eso nos vuelve transformado por el resto. No sé qué estaban conversando en aquella plaza la señora y joven, o la mujer y la niña, pero el mundo se volvía más amable cuando se sonreían, eligiéndose en esa compañía. Y cuando nos juntamos todas, hicimos tronar algunos cimientos. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Hay una frase de marcha que lo dice con claridad: “Me cuidan mis amigas y no la policía”. Me gusta porque grafica muy bien esa entrega hacia las demás y esa confianza en su accionar que no se confunde con propiedad ni sumisión, y que tampoco espera la perfección del otro lado. Refiere, al contrario, a una forma del cuidado no prestablecido, que se reedita en cada acontecimiento sin volverse ejemplo ni norma camuflada del hacer y el querer.&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Creo que la amistad nos invita a buscar un modo alternativo de organizar los afectos entre grupos de edades, nos convoca a un amor político y una política de la alianza que nos permita romper distancias impuestas y conversar más entre quienes solemos ser silenciadas. Traigo la amistad como un llamado a amasar lo común que genera comunidad y hace florecer subversiones del lazo desde donde resistirle a la violencia y al abuso al que este sistema nos quiere acostumbrar. Lo que quiero decir, en definitiva, es que la amistad entre generaciones es parte de una sublevación afectiva en marcha, y que nos hace de refugio y de trinchera de contrataque. Vení, hacete amigue.</p>



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<p>* Publicado originalmente en <a href="https://www.eldiario.es/pikara/enchastres-vinculares-amistad-tiempo_132_9104337.amp.html">Revista Píkara</a></p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/enchastres-vinculares-la-amistad-y-el-tiempo/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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