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	<title>Perón &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
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	<title>Perón &#8211; Marcha</title>
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		<title>Evita y el deporte nacional</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 16 Jan 2017 03:03:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Deportes]]></category>
		<category><![CDATA[Pinceladas]]></category>
		<category><![CDATA[Agustín Cassano]]></category>
		<category><![CDATA[Evita]]></category>
		<category><![CDATA[Juegos Nacionales Evita]]></category>
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					<description><![CDATA[Los Juegos Nacionales]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Agustín Cassano</strong></p>
<p><em>Una mirada por los Juegos Nacionales Evita y su influencia en el desarrollo del deporte nacional. </em></p>
<p>“Cumple la subsecretaría de Informaciones de Presidencia de la Nación, el penosísimo deber de informar al pueblo de la República que a las 20.25 horas ha fallecido la señora Eva Perón, jefa espiritual de la Nación”. Con este comunicado el 26 de julio de 1952, hace más de 64 años, las argentinas y los argentinos se enteraban del fallecimiento de Evita.</p>
<p>Eva Perón tuvo un rol intenso y decisivo en el peronismo, hasta mucha más influencia que la que tenía Juan Domingo Perón ante el pueblo “su” pueblo, sus descamisados. Eva era la interlocutora perfecta entre el gobierno y la gente. Gracias a ella, Juan Domingo Perón tuvo el apoyo popular y fue reelecto en 1952.</p>
<p>Entre muchas políticas públicas que sucedieron en el país durante el peronismo, se le dio una fuerte importancia al deporte argentino y “el deporte se volvió cuestión de Estado”, cuenta el periodista Juan De Biase en el libro <em>Deporte Nacional: dos siglos de historia,</em> que escribieron Ariel Scher, Guillermo Blanco y Jorge Búsico en 2010.</p>
<p>Varios deportistas se vieron favorecidos por el peronismo debido a que fue la primera vez en el país que un gobierno apostaba tanto a sus deportistas. De hecho, en los Juegos Olímpicos de Londres 1948 Argentina llevó la delegación más grande de toda su historia con 199 atletas (la cual será superada en Río 2016).</p>
<p>Patrocinados por Eva Perón, a través de su Fundación (que funcionaba en Paseo Colón, donde actualmente se encuentra la Facultad de Ingeniería), se lanzaron en 1948 los Juegos Nacionales Evita a través de las secretarías de Deporte y Cultura de la Nación Estos torneos contaban con la participación de damas y caballeros de entre 12 y 18 años que competían en distintas disciplinas como básquet, vóley, fútbol y atletismo.</p>
<p>Enrique Omar Sívori, crack de River en la década del ´50, participó en esos juegos y detalló que aquella iniciativa gubernamental le dio una identidad relacionada con Perón y con el peronismo que jamás se fisuraría. Un matador de Boedo como Alberto Rendo (jugador de San Lorenzo y Huracán en las décadas del ´60 y ´70), también contó que los Campeonatos Evita le dieron su primera indumentaria deportiva completa.</p>
<p>Pese a que quienes no simpatizaban con el peronismo acusaban a los torneos Evita como una manera de captar adhesiones al partido justicialista, el Ministro de Salud de la Nación, Doctor Ramón Carrillo, por ese entonces aprovechó la ocasión para realizar un reconocimiento médico integral a todos los jóvenes participantes.</p>
<p>En 1955, cuando Juan Domingo Perón fue derrocado por la autodenominada Revolución Libertadora, los Juegos Evita dejaron de realizarse y volvieron de forma esporádica entre 1973 y 1974 aunque dejaron de realizarse hasta el año 2004 cuando se comenzaron a desarrollar ininterrumpidamente.</p>
<p>Evita falleció mientras se disputaban, en la capital de Finlandia, los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952. Reinaldo Gorno (ganador de la medalla de plata) y Delfo Cabrera admitieron que habían competido contra sus rivales, contra las tentaciones del agotamiento y, en especial, contra la tristeza disparada por la muerte de Eva Perón, ocurrida un día antes de la prueba.</p>
<p>Extraído del blog <a href="https://politicaydeporteblog.wordpress.com/">https://politicaydeporteblog.wordpress.com</a></p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/evita-y-el-deporte-nacional/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>El peronismo como revancha plebeya (I)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 24 Jul 2015 03:01:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Culturas]]></category>
		<category><![CDATA[Cultura Historia]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Perón]]></category>
		<category><![CDATA[Peronismo]]></category>
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					<description><![CDATA[La Historia popular argentina y el capítulo de la afirmación artística.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><b><i>Por Ezequiel Adamovsky</i></b></p>
<p><em>Las clases populares y su visibilidad adquirida con el surgimiento del peronismo trajeron nuevas costumbres, cambios en la vestimenta, expresiones artísticas novedosas y discusiones varias. Un recorrido por algunos de estos efectos.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La irrupción del movimiento peronista no solo provocó cambios en el ámbito de trabajo y en la relación entre patrones y asalariados. Afectó también profundamente las jerarquías sociales y algunos de los valores que la élite venía inculcando desde el siglo XIX. Las masas que apoyaron a Perón aportaron al movimiento una serie de rasgos plebeyos que no habían estado hasta entonces presentes en la política argentina. De pronto, todo aquello que había sido invisibilizado, silenciado o reprimido por la cultura dominante se había hecho presente y, para colmo, se había vuelto <i>político</i>. Los hombres y mujeres pobres que vivían en los márgenes de la coqueta Buenos Aires habían invadido la ciudad. El 17 y el 18 de octubre de 1945 habían conquistado sin pedir permiso esa ciudadela blanca y de “buena presencia” que de mil maneras les hacía sentir que no era suya. Llegaron con sus ropas pobres y sus modales groseros y, contra todas las reglas de urbanidad y buenas costumbres, retozaron en las plazas con sus cuerpos sudorosos a la vista y refrescaron sus pies en el agua de las fuentes. Y como ese día la victoria fue suya, en adelante ya nunca más pidieron permiso. El mero hecho de ocupar la Plaza de Mayo y otras zonas céntricas con sus humanidades pobres y despreciadas se convirtió para ellos en un gesto <i>político</i>, un ritual que repitieron una y otra vez en los años siguientes.</p>
<p>La misma actitud desafiante se reiteró con todas y cada una de las normas de respetabilidad y “decencia” que venía inculcando desde hacía décadas la cultura dominante. La plebe las puso en cuestión una por una, haciendo de cada desafío un gesto político. Tomemos por ejemplo la vestimenta y el aseo personal. Durante años los pobres habían tenido que escuchar sermones sobre la limpieza y la forma correcta de vestirse; una tras otra habían padecido las imágenes de la publicidad que reflejaban cuerpos y ropas que no eran ni podían ser los suyos. Tras los sucesos del 17 de octubre, los antiperonistas señalaron la vestimenta de los manifestantes como signo de su bajeza y empezaron a hablar con desprecio de esos “descamisados” que habían desfilado por la ciudad. Pero rápidamente los peronistas recuperaron esa expresión dándole un sentido positivo. La falta de esa prenda se convirtió en un símbolo del carácter verdaderamente popular del movimiento. Poco más tarde Perón mismo se referiría afectuosamente a sus seguidores como sus “descamisados”. Incluso el ser una “chusma maloliente” y “pobre como las ratas” fue asumido con orgullo por algunos peronistas como el poeta Juan Oscar Ponferrada. “Mis grasitas”: la recordada manera en que Evita –esposa de Perón y referente fundamental del movimiento– se dirigía a los más humildes también era una forma de invertir el insulto común, para convertirlo en un desafío político contra la supuesta “limpieza” de los que los despreciaban.</p>
<p>La educación también fue terreno de este tipo de disputas. Desde la época de Sarmiento, el ser “educado” se oponía a la supuesta “barbarie” de las clases bajas. Durante el año 1945, a medida en que el conflicto social se fue haciendo cada vez más abierto, la relación entre las definiciones de “lo educado” o “lo culto” y los intereses de cada clase se volvieron más visibles. El mundo de la “cultura” en general, y el ámbito de la universidad en particular, fueron sitio del más activo antiperonismo. Desde el lugar de autoridad que les daba el saber, por todas partes estudiantes, académicos e intelectuales se pronunciaban contra Perón, a quien acusaban de manipular a sus seguidores aprovechándose de su “incultura”. Respondiendo a esta actitud, algunos peronistas corearon entonces el famoso “Alpargatas sí, libros no”. Durante la jornada del 17 de octubre, en La Plata y en Córdoba hubo manifestaciones de hostilidad hacia la universidad. En los años siguientes, en el peronismo habría otras muestras de antiintelectualismo.</p>
<p>Los ideales de decencia también fueron en alguna medida puestos en cuestión. Los jóvenes peronistas colmaron el movimiento de ese espíritu festivo, irreverente y soez que desde entonces le es tan típico. Las burlas que propinaban no respetaban ni a propios ni a ajenos: la fórmula Tamborini-Mosca, que compitió contra Perón en 1946, se transformó en “Tambo, Orín y Mosca”. A los carteles opositores, encabezados por la consigna “¡Basta!”, les agregaban a mano “¿Te duele?”. Pero quizás lo más revulsivo fue el modo para nada recatado en que se presentaban las mujeres, que en las manifestaciones de apoyo a la candidatura del coronel coreaban impúdicas: “Sin corpiño y sin calzón/ somos todas de Perón”. ¿Y qué decir del lugar que fue adquiriendo Evita como mujer política, ella, que era hija ilegítima, actriz (una profesión nada “decente” por entonces) y que para colmo convivió con Perón sin estar casados? ¿Qué decir de la satisfacción que las masas sentían más tarde al verla portar esas joyas y vestidos carísimos sin ninguna modestia? Parecía una revancha de las mujeres pobres frente a tanta ostentación de los ricos y tanta moralina.</p>
<p>La plebe también politizó con sus gestos la cuestión del origen étnico y el color de piel. De pronto allí estaban algunos de ellos, exhibiendo sus pieles oscuras o atreviéndose a hablar en “quichua o guaraní” en la europea ciudad porteña, como notó con asombro un articulista del diario <i>Clarín</i> en 1945. Sus manifestaciones con bombos –que se transformarían en un ingrediente infaltable de la liturgia peronista– parecían salidas del carnaval de los negros. “Cabecitas negras”, les decía con desprecio la gente “decente” a todas estas presencias inesperadas. Pero los argentinos morenos existían: allí estaban, reclamando un lugar en la política y en el espacio público, negándose a seguir siendo invisibles.</p>
<p>Aunque hay pocas evidencias de que hubiera alguna defensa abierta de “los negros” como grupo particular de la sociedad, la autoafirmación de los argentinos que no se reconocían en la imagen de esa Argentina inmigrante y europea dejó rastros interesantes en el plano de la cultura popular. Un ejemplo importante es el de la música de consumo masivo. El tango, que poco antes había alcanzado su edad de oro, comenzó a fines de los años cuarenta una fase de lenta decadencia. Las razones de este ocaso fueron múltiples. Seguramente sufrió por la competencia de la rumba, el bolero y la música melódica norteamericana. Pero también hay motivos relacionados con la política y con la cuestión étnica que hicieron que perdiera algo de su contacto con las masas. Ni el lunfardo ni la mayoría de las letras tangueras tenían demasiado que ver con las vivencias de los trabajadores de Corrientes, Santiago del Estero o Salta que habían arribado hacía poco a Buenos Aires, ni con la manera en que hablaban. La distancia se agudizó durante el primer gobierno de Perón: en la nueva situación de prosperidad que vivían las clases populares, y con la alegría que significaba un gobierno al que por fin podían reconocer como propio, la tristeza y la melancolía del tango parecían estar fuera de lugar. Si hasta Enrique Santos Discépolo, devenido ardiente defensor del peronismo, llegó a decir que el momento del tango había pasado. El mundo, para él, ya no era “una porquería” (como había escrito en “Cambalache” en 1935), sino un “presente vibrante y lleno de realizaciones”.</p>
<p>Pero lo más interesante es que, paralelamente a la decadencia del tango, se produjo el ascenso de otro tipo de ritmos que comenzaron a ganar el favor de las masas. Un cantante de la música ciudadana como Alberto Castillo, por ejemplo, alcanzó su máxima popularidad luego de 1944 incorporando candombes a su repertorio. El éxito no se lo ganó solo por interpretar ese ritmo festivo de origen africano, o por su propia imagen de cantor populachero, chabacano y “grasa”. Seguramente sus letras, con constantes referencias a “los negros”, y sus espectáculos en vivo con bailarines de color y tamboriles, tenían resonancia con el momento político. Otro ritmo que ganó enorme popularidad entre las clases bajas fue el chamamé. Había llegado a Buenos Aires con los migrantes correntinos ya en la década de 1930. En los años cuarenta logró un lugar en la programación de las radios y pronto un cantante como el mendocino Antonio Tormo batió todos los <i>records</i> de ventas con su “El Rancho’e la Cambicha” (1950). Como el candombe, los chamamés como el de Tormo, además de ser de ánimo festivo, incorporaban elementos étnicos hasta entonces ausentes en la música de difusión masiva, como palabras en lengua guaraní y referencias a la vida de los sectores populares de su región de origen. La dimensión política de esta música, aunque no fuera explícita, no pasaba entonces inadvertida: aunque no era peronista, a Tormo lo llamaban “el cantante de los cabecitas negras”. Con la aparición del Cuarteto Leo por primera vez en las radios en 1943, Córdoba tuvo su propio ritmo festivo. Fundado por un trabajador ferroviario que trabajaba como músico en las noches, el Cuarteto Leo pronto fue imitado por otros y para fines de la década la “música de cuarteto” ya hacía furor en los barrios obreros. Despreciada por las clases “decentes”, su pegadizo ritmo (el famoso tunga-tunga), se acompañaba de letras que referían de modo picaresco a la vida cotidiana de las clases populares.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Fragmento del libro <i>Historia de las clases populares en la Argentina: desde 1880 hasta 2003</i>, Buenos Aires, Sudamericana, 2012. NB: Algunos de los datos de este fragmento están tomados de investigaciones de Félix Luna, Pablo Vila y Fabiola Orquera.</p>
<p>&nbsp;</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/el-peronismo-como-revancha-plebeya/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Las elecciones del ´46: de la apuesta laborista a la pérdida de autonomía de la CGT</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jun 2015 03:00:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Culturas]]></category>
		<category><![CDATA[cultura]]></category>
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		<category><![CDATA[Perón]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Ezequiel Adamovsky El surgimiento del peronismo y sus implicancias sobre la clase obrera. La política en su máxima expresión: alianzas, traiciones, acuerdos, estrategias, olvidos, abandonos y privilegios que se hicieron Historia. &#160; En parte el proyecto político de Perón, en parte hijo del interés propio de los dirigentes obreros, en parte el aporte plebeyo [...]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>Por Ezequiel Adamovsky</strong></em></p>
<p><em>El surgimiento del peronismo y sus implicancias sobre la clase obrera. La política en su máxima expresión: alianzas, traiciones, acuerdos, estrategias, olvidos, abandonos y privilegios que se hicieron Historia. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En parte el proyecto político de Perón, en parte hijo del interés propio de los dirigentes obreros, en parte el aporte plebeyo y revulsivo de las masas: todo eso fue el peronismo en sus orígenes. Como movimiento social y político, surgió de la conjunción impensada y no siempre cómoda entre un dirigente, que no esperaba contar con esa masa plebeya como su (casi) único apoyo, y una masa trabajadora que tampoco había previsto ser liderada por alguien como Perón. Esa tensión entre la voluntad del dirigente y los deseos que sus seguidores depositaron en él es lo que hizo del peronismo un movimiento tan contradictorio.</p>
<p>No estuvo claro en un principio, sin embargo, quién conduciría a quién. Liberado Perón gracias a la iniciativa popular, y apenas terminada la exitosa huelga del 18 de octubre de 1945, los dirigentes sindicales que la habían propiciado se sintieron dueños de la victoria. Concibieron entonces el proyecto de crear un partido propio que fuera el brazo político del movimiento obrero. Sin demoras pusieron manos a la obra y en noviembre más de 200 delegados sindicales llegados de todo el país fundaron el Partido Laborista (PL), presidido por Luis Gay, dirigente telefónico de larga trayectoria. En su seno habría afiliados individuales pero los sindicatos contarían también con una representación colectiva. La nueva agrupación se concebía como una fuerza de centroizquierda reformista y aspiraba a atraer no solo a los trabajadores sino también a los sectores medios progresistas. La idea era llegar al poder en las elecciones previstas para febrero, llevando a Perón como candidato.</p>
<p>Si quería ganar la elección, Perón, que carecía de un partido propio, necesitaba contar con el apoyo decisivo de los sindicatos. Pero no quería quedar atado de pies y manos a ellos. Desde muy temprano se notaron los síntomas de tensión que esta situación provocaba entre los aliados. En verdad, los tironeos venían de mucho antes. Desde 1944 todos los sindicalistas se vieron, en mayor o menor medida, en la necesidad de hacer malabares para mantener su autonomía, aprovechando al mismo tiempo las ventajas que ofrecía Perón, que venían frecuentemente a cambio de gestos de apoyo. Una negativa total podía traer consecuencias dramáticas, como pronto aprendieron los comunistas. Para quitarlos de en medio el coronel había creado o ayudado a afianzar sindicatos rivales, para canalizar los nuevos beneficios a través de ellos, desacreditando de ese modo a los gremialistas opositores. Algunas de estas nuevas entidades, como la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) o la Unión Obrera de la Construcción (UOCRA), llegarían a tener una enorme importancia. Este tipo de maniobras inquietaba no solo a los comunistas, sino también a los gremialistas moderados, que temían caer víctimas de ellas. Los eventos de octubre parecían haber dado vuelta la relación de fuerzas: ahora era Perón el que temía por su autonomía. Para no quedar preso de los dirigentes del PL, exigió que aceptaran una alianza con la UCR-Junta Renovadora, un pequeño grupo de políticos escindido del radicalismo. Los conflictos entre ambas agrupaciones no tardaron en aparecer, lo que dio mayor autoridad a Perón como mediador indispensable.</p>
<p>El PL puso toda su energía en asegurar la victoria en las elecciones y de hecho fue el que consiguió por lejos la mayor cantidad de votos para el coronel. Las fuerzas antiperonistas se habían unificado tras los candidatos de la Unión Democrática, una coalición que agrupaba no solo a la UCR y los demócrata-progresistas, sino también al socialismo y al Partido Comunista, que creían ver en Perón una amenaza “nazifascista”. La campaña estuvo marcada por una gran polarización y una intensa lucha social. Las manifestaciones y los militantes peronistas recibieron frecuentes balaceras. Por su parte, en su recorrida por el interior, el “Tren de la Victoria” de los antiperonistas fue constantemente apedreado.</p>
<p>A diferencia de sus rivales, que hablaron de ciudadanía, libertad y democracia, durante la campaña Perón utilizó un discurso popular con un tinte fuertemente nacionalista. En contraste con los políticos tradicionales, su estilo fue simple y campechano. Buscó identificarse con el bajo pueblo y con lo “criollo”. Además de mejoras para los trabajadores, prometió una reforma agraria que entregara “la tierra para quien la trabaje” (una promesa que nunca cumpliría). Fustigó a la “oligarquía” como enemiga de los intereses de la Nación y sacó provecho de las constantes intervenciones de Braden, el embajador norteamericano, para plantear la disyuntiva como una elección entre “Braden o Perón”. Se presentó así, a la vez como defensor de las clases bajas y de la argentinidad agredida por el imperialismo. Su discurso tenía resonancias con el que habían empleado en décadas anteriores algunos políticos provinciales. Con algunos de ellos Perón tuvo buena sintonía. Por ejemplo, el popular Miguel Tanco le brindó un apoyo decidido. Gracias a ello, al clima de grandes huelgas que agitaba por entonces a los trabajadores del azúcar y a las esperanzas que entre los indígenas habían despertado las promesas de expropiar los latifundios, en Jujuy –y en general en toda la región noroeste– el peronismo obtuvo victorias contundentes. En otros distritos los resultados fueron menos categóricos, pero aún así triunfó en la gran mayoría, incluso en la Capital. Perón logró una ajustada victoria en febrero de 1946, pero en elecciones que fueron récord en participación de votantes. Lo votaron no solo las clases populares sino incluso una porción importante de empleados, pequeños productores y otros sectores medios-bajos. Incluso algunas élites locales lo acompañaron (especialmente en Córdoba y Santa Fe), atraídas por su nacionalismo, por su clericalismo o por haberse declarado “un conservador, en el noble sentido de la palabra”.</p>
<p>Los laboristas tuvieron poco tiempo para festejar la victoria: a poco de las elecciones Perón inició maniobras para quitarles todo poder autónomo. Para erigirse como líder indiscutido del movimiento tenía que contar con un aparato político propio. En mayo ordenó la disolución del PL y del resto de las agrupaciones que lo habían apoyado y su fusión en un nuevo Partido Único de la Revolución Nacional, luego redenominado simplemente Partido Peronista, como para que no quedaran dudas. De esta manera, los miles de grupos de apoyo que habían surgido espontáneamente en todo el país pasaban a ser “Unidades Básicas” del PP. Algunos laboristas, sorprendidos, intentaron resistir. Pero las presiones y la fuga de dirigentes los fueron haciendo desistir y en junio, finalmente, acataron la directiva. Los que se negaron a hacerlo, como Cipriano Reyes –quien como referente del gremio de la carne había tenido un papel crucial para movilizar a los trabajadores el 17 de octubre–, terminarían presos. Así terminó el primer y hasta ahora último intento del movimiento obrero argentino de incursionar en política con un partido propio.</p>
<p>Para Perón, el siguiente paso era controlar la CGT, que seguía guardando celosamente su autonomía. De hecho, en su congreso de noviembre le “marcaron la cancha” al líder eligiendo a Luis Gay como Secretario General. En su primera reunión con el presidente, el telefónico le puso bien en claro que “a la CGT la dirigimos nosotros”. Las relaciones entre ambos fueron tensas, hasta que Perón consiguió desplazarlo en enero de 1947, tras una campaña de acusaciones infundadas. Junto con Gay renunció el resto de la conducción de la central obrera, que a partir de entonces quedaría en manos de dirigentes más afectos a la obediencia.</p>
<p>La mayor subordinación <em>política</em> de la CGT, sin embargo, no significó ni mucho menos el fin del poder del sindicalismo; por el contrario, su autonomía política nunca se extinguió del todo, mientras que su papel como agente de lucha <em>económica</em> se vio fortalecido. La central seguiría siendo el órgano privilegiado de representación de los trabajadores, aunque ya no funcionaría como una entidad que presionaba al Estado desde afuera, sino como un agente de presión <em>desde su interior</em>. La CGT sería desde entonces, en buena medida, una correa de transmisión del poder de Perón hacia abajo. Pero para ser efectiva en esa misión, debía seguir teniendo legitimidad entre los trabajadores, lo que le daba el espacio para ser también canal de las demandas que venían desde abajo.</p>
<p>De hecho, durante 1946 hubo una explosiva erupción de huelgas y conflictos en todo el país, que continuó hasta 1948. La clase obrera, a través de sus sindicatos, capitalizó entonces la victoria electoral, utilizando las medidas de fuerza para imponer y profundizar sus conquistas. En estos años hubo importantes y, en ocasiones, violentas huelgas en los frigoríficos, en la industria azucarera, entre los panaderos, textiles, metalúrgicos, petroleros, portuarios, municipales y otros gremios. Algunas de ellas fueron llevadas a cabo incluso contra la voluntad de Perón. De esta manera, los sindicatos metían presión en las vastas negociaciones colectivas que se llevaban a cabo con la patronal, en las que el Estado con frecuencia debía terciar a su favor. En efecto, se evidenció entonces una sutil transformación en el uso de las huelgas como herramienta de lucha: ya no estuvieron dedicadas solo a enfrentar a la patronal, sino también a reclamar al Estado que haga uso de su capacidad de regulación de los conflictos de modo que favoreciera a los trabajadores.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Fragmento del libro <em>Historia de las clases populares en la Argentina: desde 1880 hasta 2003</em>, Buenos Aires, Sudamericana, 2012.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Notas Relacionadas:</strong></p>
<p><strong><a href="http://www.marcha.org.ar/el-17-de-octubre-y-la-naturaleza-del-peronismo/" target="_blank">El 17 de octubre y la naturaleza del peronismo</a></strong></p>
<p><strong><a href="http://www.marcha.org.ar/el-golpe-de-1943-y-el-surgimiento-de-peron/" target="_blank">El golpe de 1943 y el surgimiento de Perón</a></strong></p>
<p><strong><a href="http://www.marcha.org.ar/la-gravitacion-del-comunismo-en-el-movimiento-obrero/" target="_blank">La gravitación del comunismo en el movimiento obrero</a></strong></p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/las-elecciones-del-46-de-la-apuesta-laborista-a-la-perdida-de-autonomia-de-la-cgt/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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			</item>
		<item>
		<title>El golpe de 1943 y el surgimiento de Perón</title>
		<link>https://marcha.org.ar/el-golpe-de-1943-y-el-surgimiento-de-peron/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Mar 2015 03:03:59 +0000</pubDate>
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		<guid isPermaLink="false">http://www.marcha.org.ar/?p=10432</guid>

					<description><![CDATA[Nueva entrega de nuestros Fragmentos de historia popular.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>Por Ezequiel Adamovsky</em></strong>.</p>
<p>En esta nueva entrega de los Fragmentos de historia popular argentina que publicamos mensualmente, nos dedicamos a los primeros pasos políticos de Juan Domingo Perón en la Secretaría de trabajo y Previsión luego del golpe de 1943 hasta el histórico 17 de octubre de 1945.</p>
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<p>Para el movimiento obrero, el golpe de Estado que en 1943 puso fin al régimen fraudulento de los conservadores no pareció traer en un principio demasiadas novedades. El nuevo gobierno fue encabezado por un grupo de militares de ideas nacionalistas que veían con preocupación la posibilidad de que, luego de que concluyera la Segunda Guerra Mundial, el comunismo hiciera grandes avances en todo el mundo, incluyendo la Argentina.</p>
<p>En su opinión, el carácter marcadamente antipopular de los conservadores no hacía sino llevar agua al molino comunista. Había que preparar al país para resistir ese avance –pensaban- y para ello era necesario un Estado que se ocupara mucho más de las demandas populares.</p>
<p>Por otro lado, también les preocupaba la debilidad militar de la Argentina frente a su mayor rival en la región, Brasil. Para estar en condiciones de defenderse si había una guerra con el vecino país, además de la unidad nacional, era preciso un desarrollo económico mucho mayor que el que había hasta entonces, particularmente en la industria pesada. Las políticas que los conservadores venían implementando no eran suficientes: era necesario un papel más activo del Estado en la economía.</p>
<p>Con esas preocupaciones en mente fue que se produjo el golpe de 1943. Su programa de gobierno era industrializar el país y restaurar la unidad nacional mediante políticas sociales más inclusivas dirigidas hacia los trabajadores. Con el mismo fin también otorgaron a la Iglesia un lugar central en la educación y en la vida pública, con la esperanza de que contrarrestara la influencia izquierdista. Entre las primeras medidas de gobierno estuvo el incremento en la persecución de los referentes comunistas en los sindicatos, pero incluso los sindicalistas moderados sufrieron acosos.</p>
<p>Mientras todo esto sucedía, el Departamento Nacional del Trabajo, ahora redenominado Secretaría de Trabajo y Previsión (STP), recibió mayores atribuciones y comenzó a tomar numerosas iniciativas a favor de los peones rurales, obreros, empleados, técnicos y profesionales asalariados. Al frente de la repartición se designó al coronel Juan Domingo Perón, por entonces un desconocido. En su paso por la STP, Perón promovió varias medidas que superaban las conquistas que el movimiento obrero había obtenido hasta entonces.</p>
<p>Los hostigamientos iniciales para con los sindicatos pronto terminaron (excepto para los comunistas, a quienes se siguió persiguiendo sin tregua). Se invitó a cada uno a enviar asesores que trabajaran de manera permanente en la STP, colaborando en la confección de las nuevas medidas y presentando denuncias de abusos patronales. La secretaría también benefició a algunos sindicatos con subsidios para la ampliación de sus programas de salud y sociales.</p>
<p>La acción decidida de Perón se tradujo asimismo en la expansión de beneficios jubilatorios, mejores indemnizaciones por accidentes de trabajo, aguinaldos, más cantidad de días de vacaciones pagas y nuevas cláusulas de defensa de la estabilidad para varios gremios. Por otra parte, se dispuso la creación de un nuevo fuero judicial, con tribunales del trabajo a cargo de jueces especialmente dedicados a proteger los derechos de los trabajadores.</p>
<p>Pero acaso la medida más importante fue el decreto que reglamentaba y extendía las negociaciones de convenios colectivos por rama de actividad. Este tipo de convenios había beneficiado hasta entonces a pocos gremios y tenía alcances limitados. La nueva disposición hizo obligatoria la mediación del Estado en caso de conflictos; los convenios firmados serían en adelante de cumplimiento forzoso y se dotó a la STP poderes de policía para garantizarlo. La Ley de Asociaciones Profesionales de octubre de 1945, que convirtió ese decreto en norma firme, otorgó también a los trabajadores amplios derechos de sindicalización, incluyendo la protección de los delegados y afiliados contra cualquier represalia de la patronal. Para los trabajadores rurales las novedades fueron incluso más importantes. El Estatuto del Peón promulgado por la STP extendía derechos básicos para un sector que había estado tradicionalmente desprotegido. El congelamiento de los arrendamientos dispuesto por Perón benefició también a los chacareros sin tierra.</p>
<p>Hoy recordamos un Perón fuertemente identificado con los trabajadores y enfrentado con las clases altas. Sin embargo, nada de eso caracterizó sus primeros meses en la función pública. La “justicia social” y la simpatía por los obreros eran motivaciones poco visibles entre quienes dieron el golpe de 1943. Las ideas iniciales del propio Perón comenzaron siendo poco más que las de una cooperación pacífica de los diferentes sectores sociales, sin que se percibiera una clara preferencia por las clases más bajas, ni un antagonismo respecto de las más altas. Todavía en agosto de 1944 se identificó como el mejor amigo de los empresarios en su famoso discurso en la Bolsa de Comercio. No tenía en ese entonces una formación política muy definida: su pensamiento tomaba elementos de su propia educación como militar, del catolicismo social y del nacionalismo.</p>
<p>La febril actividad que Perón desarrolló desde la STP fue inicialmente recibida por el movimiento obrero con desconfianza y frialdad. Los hombres de experiencia sindical ya conocían las prácticas divisorias que otros nacionalistas, como Manuel Fresco, venían explorando desde hacía algunos años. Sabían que muchos de ellos habían aprendido del fascismo italiano la estrategia de conceder algunas mejoras y presentarse como si fueran adalides de las clases bajas, con el único fin de aislar y desactivar las demandas más radicalizadas del movimiento trabajador. Aunque con el correr de los meses Perón conseguiría hacer pie en varios sindicatos, todavía en 1945 estaba lejos de haberse ganado el apoyo de la mayoría del movimiento obrero, muchos de cuyos dirigentes seguían observándolo con desconfianza.</p>
<p>De hecho, para fines de septiembre de ese año la carrera política de Perón y su paso por la STP parecían haber llegado a su fin. En su afán por congraciarse con los trabajadores, el coronel había cosechado un furioso desprecio entre las clases altas y buena parte de los sectores medios. Había fracasado en su intento de conseguir una alianza con los radicales y, aunque apreciara las mejoras obtenidas, la CGT no se decidía a apoyarlo activamente.</p>
<p>A instancias de las entidades patronales y con la ayuda de la embajada norteamericana y de los principales diarios y partidos políticos, durante ese mes la oposición a Perón ganó las calles en manifestaciones multitudinarias. La situación finalmente llevó al presidente de facto, el general Edelmiro Farrell, a prescindir de sus servicios. El 9 de octubre de 1945 Perón fue forzado a renunciar a todos sus cargos y a recluirse en la isla Martín García. Nadie previó entonces (ni siquiera él mismo) que un nuevo actor político irrumpiría en la escena nacional pocos días después para traerlo de vuelta a Buenos Aires, abriendo un curso histórico inesperado que transformaría hondamente la sociedad argentina.</p>
<p>El 17 de octubre de 1945, detenido en la isla Martín García, Perón estaba convencido de que su carrera política había terminado y se preparaba para volver a dedicarse a sus asuntos privados. En Buenos Aires avanzaba la formación de un nuevo gabinete con la tarea de organizar una rápida retirada para los militares que dos años antes habían ocupado el gobierno. Todo parecía indicar que muy pronto se celebrarían elecciones democráticas, que seguramente darían la victoria a la UCR o a alguna coalición de partidos que la incluyera. Sin embargo, ese día la multitud actuó por cuenta propia y cambió el curso “normal” y esperable de la historia.</p>
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<p><strong>Fragmento del libro <em>Historia de las clases populares en la Argentina: desde 1880 hasta 2003</em>, Buenos Aires, Sudamericana, 2012.</strong></p>
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<p><strong>Nota Relacionada:</strong></p>
<p><a href="http://www.marcha.org.ar/la-gravitacion-del-comunismo-en-el-movimiento-obrero/" target="_blank">La gravitación del comunismo en el movimiento obrero</a></p>

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