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	<title>Muhammad Alí &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
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	<title>Muhammad Alí &#8211; Marcha</title>
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		<title>Peronismo, chori y un santo negro. Cuando Muhammad Alí cruzó el Puente Alsina</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 04 Jun 2020 11:00:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónica]]></category>
		<category><![CDATA[Deportes]]></category>
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					<description><![CDATA[A cuatro años de la partida de Muhammad Alí recordamos la noche en la que comió un asado en Lanús. A mediados de noviembre de 1971, el boxeador había llegado al país para una exhibición, contratado por la Unión Obrera Metalúrgica y Canal 9. Los anfitriones de esa noche fueron con José Ignacio Rucci y Lorenzo Miguel.]]></description>
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<p><em>A cuatro años de la partida de Muhammad Alí recordamos la noche en la que comió un asado en Lanús. A mediados de noviembre de 1971, el boxeador había llegado al país para una exhibición, contratado por la Unión Obrera Metalúrgica y Canal 9. Los anfitriones de esa noche fueron con José Ignacio Rucci y Lorenzo Miguel.</em></p>



<p><em><strong>Por Juan Stanisci</strong></em></p>



<p>La multitud se tira encima del ex campeón mundial como una bandada de palomas sobre un pedazo de pan. Los tipos de seguridad arman un dique humano para subirlo al auto. El estadio de Atlanta ruge como el Madison Square Garden para acercarse al Hombre. Como si quisieran devorarlo. Guardarlo para siempre.</p>



<p>Argentina en 1971 es una soga apunto de cortarse, para formar dos nuevas sogas que quedarán colgando: una a la izquierda y la otra a la derecha. Esa tensión parece descargarse sobre Muhammad Alí mientras intentan sacarlo de la cancha donde acaba de ganarle a Miguel Ángel Páez. La organización vence a la locura del público sediento de un pedazo de Alí y logran meterlo en el vehículo.</p>



<p>En el auto que acaba de salir de la cancha van: un chofer, el ex campeón del mundo, un traductor y un delegado de la Unión Obrera Metalúrgica, elegido a dedo por Lorenzo Miguel y aprobado por José Ignacio Rucci y Lorenzo Spadone. El auto encara para el sudeste, no para el Alvear Palace donde se hospeda Alí. El boxeador está a punto de entrar a la Argentina. La de verdad.</p>



<p>El silencio se rompe por el sonido de un encendedor al que le dan mecha. <em>Alí mira para el lugar de donde viene el sonido.&nbsp;</em><em>“Excuse me, Do you</em><em> have a cigarette?”</em>,pregunta el ex campeón mundial. El Hombre de la UOM mira al intérprete. “Si le das un cigarrillo” traduce. Vuelve a sacar el paquete de la campera, lo golpea contra la palma izquierda de su mano y le alcanza el atado con un pucho que asoma hasta la altura del filtro. Alí lo agarra. El Hombre de la UOM retira el paquete para ofrecerle fuego.</p>



<p>El paisaje cambia sutilmente. De la Avenida Corrientes al cinco mil a Medrano no hay mucha diferencia. Edificios, árboles y muchos autos. Las calles se van pelando de vehículos a medida que avanzan directo al riachuelo por la avenida que ya no es Medrano sino Castro Barro. Sigue siendo clase media. La ventana atrae a Muhammad Alí cuando ya están cruzando Pompeya. El chófer habla con el hombre de la UOM. Alí presiente que están hablando de él. “Grandote el grone”, suelta el chofer. “¿Cómo grone pedazo de animal? Decí que no te entiende, sino seguro que te baja todos los dientes”, advierte el sindicalista. El boxeador mira por la ventanilla la noche de Pompeya,&nbsp;<em>“looks like home”</em>, dice. Como si alguien fuera a entenderlo.</p>



<p>Cruzan el Puente Alsina. “Bienvenido a la Argentina, papito” le avisa el chofer. Alí sale del paisaje y se tira para adelante en el asiento: “<em>What did you say</em>?” pregunta clavando la vista en el espejo retrovisor. Todos callan. El silencio sería total de no ser por la respiración de Alí. El sindicalista rompe la ausencia de sonido: “dale pelotudo, traducí”. El intérprete parece salir del grogi y traduce para el boxeador. Alí se sonroja. No esperaba una bienvenida. Está acostumbrado a que los hombres blancos se burlen de él, sin importar quién sea.</p>



<p>“<em>This really looks like home</em>”, repite el peso pesado. El sindicalista vuelve a mirar al intérprete: “¿Qué dice, che? Dale traducilo así charlamos un rato”. El intérprete mira a Alí, esperando un gesto, no sabe si la frase fue un pensamiento en voz alta o algo para sacar tema. Muhammad asiente. O al menos eso parece. “Dice que parece su casa” explica. “Qué bueno que se sienta en casa, che. Decile que se llama Valentín Alsina”. El intérprete traduce. “Es un barrio obrero. Todo lo que vamos a atravesar a partir de ahora son barrios llenos de fábricas y gente trabajadora.” Alí escucha, después asiente y sonríe. “Y todos te conocen acá.” Cuando escucha la frase pasada al inglés, el boxeador levanta la cabeza. Mira al intérprete y luego al sindicalista. “<em>Really?</em>”. El sindicalista no espera la traducción: “Sí, de la pelea con Ringo. Aunque muchos ya te conocían de antes. Nos gusta mucho el boxeo.” Alí no necesita traducción. Ringo. El intérprete cuenta que uno de los motivos por los que Alí quería venir a la Argentina era por las cosas que se enteró después de la pelea con Bonavena. “Está contento de estar en un lugar donde no hay discriminación ni problemas raciales”. “Quédese tranquilo, Muhammad, acá somos todos compañeros”. El auto frena. Llegaron.</p>



<p>El lugar es una fábrica de virulanas en Lanús, propiedad del empresario peronista Lorenzo Spadone. En ella hay aproximadamente cien tipos que esperan la llegada del gran boxeador musulmán. Todos ligados en mayor o menor medida al sindicalismo. Hay dos que sobresalen: José Ignacio Rucci, Secretario General de la CGT, uno de los nexos de Perón en el país; el otro es Lorenzo Miguel, Secretario General de la UOM.</p>



<p>Los cuatro tipos bajan del auto. El sindicalista los guía. Entran a la fábrica. Normalmente a esa hora están trabajando, pero esa noche es especial y los empleados tuvieron franco. Si estuviera a oscuras, la sensación no sería la misma. Alí mira el tamaño del galpón y se lo imagina lleno de gente que corea su nombre. Negros musulmanes gritando por sus derechos. Casi choca contra una máquina. El sindicalista le dice que tenga cuidado, no vaya a ser cosa que se lesione justo ahí. El intérprete traduce. Todos ríen.</p>



<p>Llegan al quincho ubicado al fondo de la fábrica. El olor a carne asada los recibe como un abrazo. Cuando Alí cruza la puerta se le viene encima un aplauso cerrado. Son varios minutos así. Sonríe y agradece. No imaginaba que en un país perdido lo pudieran respetar tanto. Terminan los aplausos y empiezan a cantar una canción. Primero una mesa. Después otra. Al llegar al estribillo, todo el quincho canta como si el mundo dependiera de eso. Alí los relaciona con sus compañeros, por la forma de cantar casi desesperada pero alegre. “Es la marcha peronista”, le susurra en inglés el intérprete.</p>



<p>Lo llevan a la mesa que está en el medio. A medida que avanza lo palmean, le dan la mano, le sonríen; alguno lo abraza. Un tipo de bigote se pone de pie y le da la mano, es Rucci. Lorenzo Miguel hace lo mismo. Les sacan una foto. Alí sonríe. Su dentadura parece la de un actor de Hollywood, no la de un boxeador. Le hacen seña para que se siente. El intérprete tiene un lugar privilegiado. Es, sin duda, el hombre más envidiado del quincho.</p>



<p><em>“How do you call this?”</em>, pregunta Alí como un niño ante una comida nueva. “Chorizo”, contesta el intérprete.&nbsp;<em>“Is it made out of pork?”</em>. El intérprete tiene el lugar privilegiado, pero a la vez el más peligroso: la velada depende de sus respuestas. “Discúlpeme, José, pero Alí pregunta si el chori tiene chancho”. Rucci interrumpe su charla con Lorenzo Miguel y Carlos Spadone. Lo mira como si le hubiera hablado un perro. “Me parece que su religión no le permite comer cerdo”, intercede Spadone. “Decile que está hecho con lo que él quiera”. El intérprete se vuelve hacia Alí para decirle que coma tranquilo, que tuvieron en cuenta su religión para armar la cena. Alí sonríe y le entra al chori. Lo miran comer, vuelve a parecer un niño, pero ahora hambriento. El intérprete traduce, dice que las peleas lo dejan con mucha hambre, que lo disculpen si come medio a lo bruto. “Decile que no pasa nada, que coma tranquilo, que hay comida para un batallón”. Al intérprete no le parece la mejor metáfora para decirle a un tipo que casi va preso por negarse a ir a la guerra.</p>



<p>Alí se suelta a medida que los cortes de carne pasan. El intérprete también. Sabe qué traducir y a quién, sin necesidad de que Alí le indique. Se acerca Carlos Spadone con una estampita en la mano. La apoya al lado del plato. El boxeador deja los cubiertos, bebe un sorbo de vino y la agarra. Pasan varios segundos sin que deje de observarla. El intérprete espera que el empresario sepa lo que hace, sino el que la va a pasar mal es él. Muhammad Alí sé para de golpe y tira la silla. En el quincho se hace un silencio parecido al del auto. Si bien todos lo respetan, tienen temor a hacer algo que no le guste. Es como acariciar un tigre. Alí abraza a Spadone.&nbsp;<em>“I didn’t know you’ve got black saints”.</em>&nbsp;Dice que no sabía que tenemos santos negros. “Decile que es San Benito de Palermo.” Alí se emociona. Vuelve a abrazar y a agradecer. Dice que va a buscar sobre su vida, traduce el intérprete, que aunque sea musulmán lo va a llevar siempre con él.</p>



<p>“Spadone me lo vas a hacer llorar. Dale che, que acá estamos para celebrar. Cuchame una cosa, decile que le juego una pulseada.” El intérprete mira a Rucci, no sabe si esta borracho o si es boludo. Alí acepta. Corren los platos para hacer lugar. Se acerca el fotógrafo para tomar la instantánea que nunca en su vida pensó que iba a sacar: Muhammad Alí y José Ignacio Rucci jugando una pulseada. Se toman las manos. Alí pone cara de estar haciendo mucha fuerza, Rucci sonríe. El fotógrafo dispara. “Dale, che”, grita alguien desde una mesa. Alí deja que Rucci tome la iniciativa. El hombre fuerte de la CGT transpira para torcerle la mano al ex campeón del mundo. Logra inclinar la negra muñeca de Alí. Muhammad sonríe. Respira hondo. La mano de Rucci toca la madera. El quincho se une en un aplauso cerrado.</p>



<p>“Estamos armando un sindicato de boxeadores”, le cuenta Rucci a Alí. El intérprete traduce. Alí se emociona&nbsp;<em>“that doesn’t exist in any part of the world”.&nbsp;</em>Dice que eso no existe en ningún lugar del mundo. “Como el peronismo”, remata Rucci sonriendo.</p>



<p>Le cuentan sobre el posible retorno de Perón. Sobre los fusilamientos de José León Suárez y la proscripción. Alí escucha concentrado sobre la resistencia peronista. Sonríe cuando le cuentan que una de las formas de llamar a los peronistas es “cabecitas negras”.&nbsp;<em>“I’m a black head”</em>, dice y muestra los dientes blancos. Todos celebran la ocurrencia y vuelven a cantar la marcha. Lorenzo Miguel le explica que ahora están en dictadura. El intérprete traduce que en su país nadie habla de eso, pero que en cambio cuentan que Perón era un dictador. “Yanquis hijos de puta”, se le escapa a Spadone.&nbsp;<em>“What did he say?”</em>, pregunta Alí. Que los blancos estadounidenses oprimen a los negros y latinoamericanos por igual, le responde el intérprete ya canchero en su función.</p>



<p>Los pocos privilegiados que quedan se llevan servilletas con la firma de Alí. El boxeador dice emocionado que espera volver pronto y poder conocer a ese tal Perón. “Él espera lo mismo”, contesta Rucci.</p>



<p>Rucci, Lorenzo Miguel, Carlos y Lorenzo Spadone acompañan hasta la puerta al boxeador, el intérprete, el sindicalista y el chofer. Se despiden como grandes amigos. Cuando el auto arranca, Rucci aplasta aplasta una colilla y dice: “piola el negrito, ojalá nos haga buena prensa”.</p>



<p>El auto atraviesa la Avenida Pavón con la misma libertad que Alí baila sobre el ring. Alí fuma y mira por la ventana. “Preguntale cómo la pasó” dice el sindicalista, otra vez sentado en el asiento de adelante. Dice que está muy agradecido, que no esperaba tanto afecto. “Así somos los argentinos, gente buena con los que son buenos que nosotros” responde el sindicalista.&nbsp;<em>“I hope i can come back soon and stay longer”.</em>&nbsp;“Dice que espera volver pronto y quedarse más tiempo”. “Contale que la próxima lo llevamos a Mar del Plata”.</p>



<p>Cruzan el puente Pueyrredón. La avenida 9 de Julio está desierta. El intérprete le cuenta a Muhammad Alí que en ese edificio que aparece en el medio de la avenida, Evita dio un discurso histórico. Rodean el Obelisco. Alí ya no mira por la ventana.&nbsp;<em>“It doesn’t feel like home anymore. It looks like any other big city in América”</em>&nbsp;dice el boxeador. “Dice que ya no se siente en casa, que parece cualquier ciudad grande yanqui”, traduce el intérprete, aunque ya nadie responde.</p>



<p>El auto frena en la entrada del Alvear Palace. “Ta luego, papito”, dice el chofer cuando baja Alí. El boxeador da la vuelta al auto. Le golpea la ventanilla. El chofer la baja y se dan la mano. Alí saluda al intérprete y le agradece. Se acerca al sindicalista y le estruja la mano. El sindicalista se sorprende ante lo insignificante de su mano cuando aprieta la del otro. Alí se aleja rumbo a la puerta, pero antes de entrar, frena.&nbsp;<em>“How is that thing that you say about Perón?”,</em>&nbsp;pregunta. El intérprete traduce sin entender. Mira al sindicalista esperando respuesta. El hombre piensa. “Ah, ya sé, ¡Viva Perón!”. El boxeador sonríe.&nbsp;<em>“¡Viva Perón!”,</em>&nbsp;grita en un pésimo castellano Muhammad Alí, ante el espanto de una pareja que entraba al hotel de la mano.</p>

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		<title>Muhammad Ali: hoy el cielo es un cuadrilátero</title>
		<link>https://marcha.org.ar/28154-2/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 03 Jun 2016 17:00:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Deportes]]></category>
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					<description><![CDATA[ Irreverente y solidario con los de abajo, su partida deja una estela de dolor]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Leandro Albani</strong></p>
<p><em>Se nos fue Muhammad Ali, uno de los boxeadores más reconocidos del mundo pero además un referente del pueblo afrodescendiente no sólo de Estados Unidos. Irreverente y solidario con los de abajo, Ali deja una estela de dolor con su partida hacia nuevos combates.</em></p>
<p>Creo que el boxeo me gusta porque lo leí en los cuentos de Julio Cortázar, Roberto Arlt, Abelardo Castillo y por ese boxeador derrotado pero siempre de pie que Osvaldo Soriano construyó en su novela <em>Cuarteles de invierno</em>.</p>
<p>Cuando puedo veo boxeo, aunque no soy muy disciplinado a la hora de seguir el día a día de los deportes. Tan es así que no tengo ni idea quién es el número cinco de Independiente, el club que mi abuelo Emilio me regaló para toda la vida.</p>
<p>En el boxeo -más allá de disfrutar la peleas de Nicolino Loche que se rastrean por internet y que me dejan pasmado por su rapidez de cintura y su defensa siempre abajo-, presto atención a la historia de los púgiles. Historias duras, de derrotas permanentes, de crueldades y vicios destructivos. La lista de boxeadores argentinos que llegaron a la cumbre de la gloria y en apenas un segundo cayeron en el abismo es extensa: Carlos Monzón, Ubi Sacco, César “La Bestia” Romero y tantos otros.</p>
<p>Conocí la historia de Muhammad Ali leyendo los discursos y hurgando en la historia de Malcolm X, ese revolucionario integral y radical que dio Estados Unidos. La relación de ambos se cimentó cuando Ali ingresó a la Nación del Islam, organización con un profundo desarrollo en Norteamérica y que, en un principio, se convirtió en refugio de la comunidad negra segregada y reprimida.</p>
<p>Las fotos de Muhammad Ali y Malcolm X son muchas. Sonríen, conversan, se hacen chistes. La relación entre ellos fue sincera y de hermandad. Pero cuando Malcolm X rompió con la Nación del Islam y con su líder Elijah Muhammad (un personaje controvertido y que no deseaba que la radicalización de sus seguidores se le fuera de las manos), ese vínculo se resquebró. Desde ese momento, Ali no escatimó palabras para golpear a su antiguo compinche. La historia de Malcolm X ya estaba echada: su camino político, la toma de consciencia urgente hacia posiciones de izquierda y la puesta en práctica de las autodefensas armadas para contrarrestar la represión policial marcarían los últimos meses de <em>Red</em>, como le decía de pequeño.</p>
<p>Alguien podrá decir que Muhammad Ali fue parte del espectáculo patético del negocio del boxeo. O que fue una simple pieza más en el engranaje que deja al descubierto las peores perversiones del capitalismo, porque el boxeo es eso, un espejo en el cual se reflejan las más crudas bajezas en que un sistema inhumano expone a las personas.</p>
<p>Pero Ali fue mucho más. El grandote y prepotente, nacido en la profunda Louisville en enero de 1942, también vivió el proceso de radicalización en Estados Unidos en la década de 1960. Su negativa a combatir en Vietnam, sus críticas al poder de los hombres blancos y su irreverencia constante lo transformaron en alguien molesto para el sistema. Por eso, pienso en Alí como una anomalía del sistema o, para decirlo en criollo, como “el hecho maldito” dentro del <em>show bussines</em>. Pero esa anomalía en que se convirtió Ali no es una hecho aislado, sino que es una de las puntas del iceberg que contiene la sostenida lucha del pueblo afrodescendiente de Estados Unidos.</p>
<p>“¿Por qué me piden ponerme un uniforme e ir a 10.000 millas de casa y arrojar bombas y tirar balas a gente de piel oscura mientras los negros de Louisville son tratados como perros y se les niegan los derechos humanos más simples? No voy a ir a 10.000 millas de aquí y dar la cara para ayudar a asesinar y quemar a otra pobre nación simplemente para continuar la dominación de los esclavistas blancos”, declaró con respecto a la invasión estadounidense en Vietnam.</p>
<p>Tampoco escatimó palabras para describir el mundo por el cual caminaba a diario: “El boxeo es un grupo numeroso de hombres blancos viendo cómo se pegan dos hombres negros”.</p>
<p>Y mucho menos se guardó palabras sobre sus contrincantes en el cuadrilátero: “He visto boxear a George Foreman contra su sombra. La sombra ganó” o “Joe Frazier es tan feo que cuando llora, las lágrimas corren a refugiarse en su nuca”.</p>
<p>El mismo hombre que decía ser “tan rápido que la noche pasada apagué la luz de la lámpara y ya estaba en la cama antes de que se desvaneciera”, también lanzaba denuncias que siguen vigente: “La palabra Islam significa paz. La palabra musulmán significa ‘aquel que se somete a Dios’. Pero la prensa nos hace ver como extremistas”.</p>
<p>Con 74 años, Muhammad Ali dejó el mundo de los mortales y en el lugar que haya elegido para transitar su nueva vida, ese niño inmenso que afirmaba poder “encerrar en la cárcel a los truenos”, seguramente estará flotando como una mariposa y picando como una abeja.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/28154-2/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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