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	<title>Martín Di Lisio &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
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	<title>Martín Di Lisio &#8211; Marcha</title>
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		<title>Hablar en alemán, pensar en alemán, vivir en alemán, amar en alemán</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 29 Sep 2018 03:30:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Julieta Mortati]]></category>
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					<description><![CDATA[Un reseña sobre “La lengua alemana”, la primera novela de Julieta Mortati, editada este año por Emecé / Notanpüan.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por <a href="http://www.marcha.org.ar/tag/martin-di-lisio/">Martín Di Lisio</a></strong></p>
<p><em>Un reseña sobre “La lengua alemana”, la primera novela de Julieta Mortati, editada este año por Emecé / Notanpüan.</em></p>
<p>Terminé de leer <em>La lengua alemana </em>de noche, casi de madrugada, en la guardia de una clínica. De un momento a otro, la calma de los médicos y enfermeros se podía ver afectada por la llegada de una ambulancia, de una urgencia. La analogía con la relación que cuenta la primera novela de Mortati es obvia. El romance entre la estudiante de literatura porteña y el jovencito alemán pende de un hilo desde la primera oración: “<em>abro la carpeta de fotos para saber cómo éramos”.</em></p>
<p>O más atrás, el epígrafe de Anne Carson: “<em>me fui de viaje a un lugar en ruinas”.</em></p>
<p>Eso es la novela: puro pasado, un viaje en segunda persona por una ruta que arrastra desde el encuentro en una noche de verano porteña hasta los últimos correos electrónicos, que son documentos de una ciudad abandonada, restos humeantes que ya no queman.</p>
<p><em>La lengua alemana</em>, digámoslo de una vez, es una <em>biopic</em>. Hay material autobiográfico. Si hasta la podemos imaginar: Julieta enamorándose de un alemán nacido en un pueblito de nombre raro, que alquiló un PH en Palermo para venir a estudiar español. Es ella yéndose a vivir a Berlín, al barrio Kreuzberg, es ella tomando un cappuccino en una esquina de Prenzlauer Berg, visitando museos, buscando trabajo. Se la puede imaginar odiando el frío gris de Berlín, extrañando el calor y la luz de Buenos Aires, tratando de descubrir al <em>ser alemán, </em>la <em>Alemanía </em>con acento en la i<em>, </em>tratando de entender sus modos, sus rutinas, sus silencios, sus celebraciones.</p>
<p>En ese tratar de entender, Mortati intercala citas etnográficas de Tácito, de su libro <em>Germania, </em>escrito en el año 98, y tomado por Hitler como emblema. Son citas oscuras, de fuentes secundarias ya que Tácito no los conoció, una visión extrema de los pueblos que habitaban esas tierras. Dice: “<em>Tienen </em>o<em>jos crueles y azules, cuerpos enormes y solo aptos para la violencia, no habitan ciudad alguna, no toleran siquiera que las casas estén unidas entre sí, solo cereales le exigen a la tierra”. </em></p>
<p><em>¿</em>Quién intercala esas citas? Esa es la Julieta que pasó por la experiencia de <em>La lengua alemana</em>. Dicen que la primera novela es un escupitajo de todo lo que alguien lleva dentro, un manojo que hay que expulsar de alguna manera. Al estilo de Kreplak en Confluencia (Ed. Alto Pogo, 2017), lo que impacta de <em>La lengua alemana </em>es el coraje de contarlo todo, y contarlo bien.</p>
<p>La exposición a la que someten las redes sociales va alcanzando niveles insostenibles, el reino de decir lo que no importa. Pero en estas novelas, la frescura de esta nueva narrativa que asoma con las Mortati y las Kreplak, estas biografías, estos pedazos de vida editados a la luz y a la sombra de la ficción, dan una muestra de que se podemos mostrarnos, podemos desnudarnos en cien, doscientas, trescientas páginas, podemos trazar un camino que aún llevándonos a una ciudad en ruinas, vamos a querer transitar una y otra vez como lectores.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/hablar-en-aleman-pensar-en-aleman-vivir-en-aleman-amar-en-aleman/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>A través de las hendijas</title>
		<link>https://marcha.org.ar/traves-de-las-hendijas/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 22 May 2018 02:28:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Alto Pogo]]></category>
		<category><![CDATA[Córdoba]]></category>
		<category><![CDATA[Martín Di Lisio]]></category>
		<category><![CDATA[Nadie extrañaba la luz]]></category>
		<category><![CDATA[Reseña]]></category>
		<category><![CDATA[Sergio Gaitieri]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Martín Di Lisio. “Alto Pogo editó Nadie extrañaba la luz, cuarto libro de cuentos de Sergio Gaiteri.” Gaiteri tiene nuevo libro, y eso significa volver a su centro del universo. Es un viaje riesgoso, los barrios de Córdoba capital y poblados aledaños, el núcleo inamovible de sus relatos, se pueblan de personajes tan parecidos [...]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Martín Di Lisio.</strong></p>
<p><em>“Alto Pogo editó Nadie extrañaba la luz, cuarto libro de cuentos de Sergio Gaiteri.”</em></p>
<p>Gaiteri tiene nuevo libro, y eso significa volver a su centro del universo. Es un viaje riesgoso, los barrios de Córdoba capital y poblados aledaños, el núcleo inamovible de sus relatos, se pueblan de personajes tan parecidos a nosotros que asustan. Se amalgaman con nuestra rutina doméstica, algo de todo eso puede pasarnos tarde o temprano: infidelidades, separaciones, tenencias compartidas, ex suegros, ex cuñados, ex esposas que aparecen y reaparecen en la trama.</p>
<p>En estos cuentos, la primera persona en un tono sosegado, sin estridencias, es un pequeño halo de luz que alumbra las tramas párrafo a párrafo y nos acerca a la intimidad de los personajes. Las páginas que dejamos atrás vuelven a la oscuridad, las certezas de recién ya no lo son tanto. Pienso en las secuencias nocturnas de Proyecto Blair Witch, esa mano temblorosa que sostiene una linterna, y busca alumbrar con desesperación la penumbra del bosque inabarcable lleno de peligros, reales y de los otros.</p>
<p><em>            Le conté mi historia con Natalia un lunes a la mañana, a las siete y cuarto, la hora en que la dejo en el portón de entrada de su colegio. (Quince paladas de nieve)</em></p>
<p>La ilustración de tapa de <em>Nadie extrañaba la luz, </em>acertadísimo diseño de Mariana Uccello, es un resumen de los nueve cuentos: hendijas que solo dejan ver una parte de las imágenes, fragmentos que no alcanzan. Los personajes, aún cuando se confiesan, lo hacen a medias. Siempre ocultan algo, sus círculos íntimos desconocen ese pequeño horror cotidiano.</p>
<p><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-39912" src="http://www.marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/05/Nadie-tapas-1-06-1-287x410.jpg" alt="" width="287" height="410" srcset="https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/05/Nadie-tapas-1-06-1-287x410.jpg 287w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/05/Nadie-tapas-1-06-1-716x1024.jpg 716w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/05/Nadie-tapas-1-06-1-425x607.jpg 425w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/05/Nadie-tapas-1-06-1.jpg 824w" sizes="(max-width: 287px) 100vw, 287px" /></p>
<p><em>            Yo me fui de casa a principios de marzo y cuando pasó lo que pasó estábamos en noviembre y la pileta seguía tal cual yo la había dejado:llena hasta el borde, claro que con el agua más oscura y, por lo que se olía desde la vereda cada vez que buscaba a Eric, cada día más podrida. (La pileta de lona) </em><em> </em></p>
<p>Gaiteri nos pasea por Córdoba, se preocupa por la precisión de la geografía donde se mueven los hombres y mujeres de sus historias: Villa Allende, avenida Colón, barrio Müller, barrio Panamericano, Alta Córdoba, dique San Roque, Malagueño, La Calera, barrio Alberdi. Con el paso de los relatos, se vuelve nítido el mapa definitivo: dónde están los ricos, dónde están los pobres, dónde los comercios, las fábricas, los countries, las rutas y las autopistas.</p>
<p><em>Me impactó la historia de Juan Carlos, por supuesto, pero no para tanto, no para eliminar de mi vida el placer del humo saliendo de los labios entrecerrados, la sensación de tener algo caliente, vivo entre los dedos. (Tres etiquetas y media)</em><em>                        </em></p>
<p><em>            Nadie extrañaba la luz</em> es una muralla compacta, sin cuentos ni párrafos de sobra. Cuando terminamos la lectura y cerramos el libro, debemos sobrellevar la parte que nos toca: soledad, pesimismo, y la pulsión de repasar aquello que nosotros ocultamos. ¿Qué nos queda por decir? ¿Qué nos oculta, qué secretos y miserias se guarda la persona que duerme al lado nuestro?</p>
<p><em>Esa pequeña euforia por el paisaje, para Renata, fue un hecho momentáneo, una rareza. El frío en pleno invierno, cierta soledad en las noches y los ochenta kilómetros que nos separaban de Córdoba forman parte del largo inventario de realidades a las cuales, según Renata, jamás me podría acostumbrar. (Marcianos)</em></p>
<p>Podemos dormir tranquilos con nuestros pequeños engaños: Gaiteri nos demuestra libro tras libro que no hay civilización ni familia posible sin secretos bien guardados.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Nadie extrañaba la luz,</strong></p>
<p><strong>Sergio Gaiteri,</strong></p>
<p><strong>(Alto Pogo, 2018)</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/traves-de-las-hendijas/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Catástrofe y poesía (o las muchas maneras de morir)</title>
		<link>https://marcha.org.ar/catastrofe-y-poesia-o-las-muchas-maneras-de-morir/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 25 Apr 2018 03:03:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Editorial Conejos]]></category>
		<category><![CDATA[Hojas que caen sobre otras hojas]]></category>
		<category><![CDATA[libros]]></category>
		<category><![CDATA[Martín Di Lisio]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Miguel Sardegna]]></category>
		<category><![CDATA[Nueva narrativa argentina]]></category>
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					<description><![CDATA[Reseña del Libro “Hojas que caen sobre otras hojas” de Miguel Sardegna]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Martín Di Lisio</strong></p>
<p><em>Sardegna nos fue acostumbrando a Japón: durante años susurró secretos de Mishima y Kawabata por los rincones de Buenos Aires. Un loco que hablaba de tierras lejanas, un antropólogo fuera de época que insistía con historias de emperadores, geishas y samurais. </em></p>
<p>Sardegna nos fue acostumbrando a Japón: durante años susurró secretos de Mishima y Kawabata por los rincones de Buenos Aires. Un loco que hablaba de tierras lejanas, un antropólogo fuera de época que insistía con historias de emperadores, geishas y samurais. Mucho antes del boom actual, de este japonismo que está en boga en Argentina, hablaba de la muerte y los suicidas, del Monte Fuji y los monasterios, del honor japonés, la ausencia de culpa, del silencio de Hiroshima y la catástrofe de la Rendición. Cada susurro suyo se multiplicó, porque dicen que Sardegna al fin viajó dos veces a la tierra del Sol Naciente, a la isla, su isla. Y volvió renovado, lo que nos había estado contando de a poco se hizo carne: fabricó diez cuentos exquisitos.</p>
<p>Dicen que los relatos fueron apareciendo de a uno. Tomaron forma y con el tiempo se convirtieron en este corpus de 141 páginas con rasgos orientales que editó Conejos. El todo, <em>Hojas que caen sobre otras hojas</em>, es más que la suma de sus diez partes.</p>
<p>Terminar el libro nos deja sabores dispersos de <em>lo japonés</em>: recostados en el respaldo de la silla, con un escarbadientes asomando de nuestra boca, miramos los restos del banquete que acabamos de comer durante las últimas horas. Así como lo vemos, los restos de las comidas se mezclan sobre la mesa. ¿Cuál fue la entrada, el postre o el plato principal? En el estómago todo se combina en un desorden. Lo que comimos se vuelve homogéneo, una sola cosa, y nos llena por un largo rato: no nos hará falta comer lo mismo por un tiempo, Sardegna nos deja más que satisfechos con sus relatos de Japón.</p>
<p>¿Qué hay sobre esa mesa? ¿Qué cocinó Sardegna para semejante banquete?</p>
<p>Si arriesgo, el tema central de <em>Hojas que caen sobre otras hojas</em> es la muerte. Desde el cuento que abre el libro, <em>Fría luz de luciérnagas</em>, un relato sobre lo que la bomba de Hiroshimá dejó a treinta años de la Segunda Guerra, hasta la batalla final de <em>Declinación y belleza</em>, la muerte forma parte de la trama, se enreda en los recuerdos o inclu<img loading="lazy" class="size-medium wp-image-39535 alignright" src="http://www.marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/04/Hojas-276x410.jpg" alt="" width="276" height="410" srcset="https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/04/Hojas-276x410.jpg 276w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/04/Hojas-409x607.jpg 409w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/04/Hojas.jpg 612w" sizes="(max-width: 276px) 100vw, 276px" />so en el presente de los personajes. La muerte al alcance, en una ladera escarpada de montaña, la muerte de una adolescente en el bosque de los suicidas, la búsqueda de la muerte en la ceremonia del té, la muerte, un hermano muerto, que reaparece como una estatua bajo la nieve, la muerte bajo los escombros de uno o más terremotos.       Sardegna, a veces, gambetea con habilidad ese tema, el central, y nos distrae. Prueba con un maestro de Go imbatible, que se sienta a tomar el té en un barcito de Palermo, y después espera en silencio a sus rivales cada domingo, y los humilla frente al tablero. O se mete de lleno -no me digan que <em>ese</em> Miguel, no es el mismísimo Miguel- en las dos historias que se animan a colar un poco de humor entre tanta muerte. Cuando Sardegna, digo Miguel, el de los cuentos, aparece, su compañera de vida, Mariana, se obsesiona con el papel de origami, o un japonés con una cámara le saca fotos sin parar, lo sigue a todas partes. Es decir, cuando Miguel se vuelve personaje toma distancia, se occidentaliza a tal punto que de Japón emergen los diacríticos que nosotros, los que no sabemos nada de esa tierra, repetimos: hacen origamis y sacan fotos sin parar. Son respiros que el libro necesita.</p>
<p>La pregunta: ¿Habrá dejado algo de Japón sin mostrarnos? Yo creo que sí, me la juego: Sardegna guardó secretos japoneses, y sospecho que se los guardó para él.  Porque como dice Mizuki en el cuento que abre el libro: <em>hay temas que no deben hablars</em>e. Y Sardegna demostró que sabe bien de qué hablarnos, y de qué no, incluso lo aclara cuando se convierte en personaje: <em>El Japón entero es peligroso</em>.</p>
<p>Miguel nos cuida, desmenuza a Japón en pequeñas partes para aliviar la digestión, y nos lo sirve en un banquete bello e imperfecto. Imperfecto, aclaro, como un elogio, prolongando la vida de este puñado de relatos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Hojas que caen sobre otras hojas,</strong></p>
<p><strong>Miguel Sardegna,</strong></p>
<p>(Conejos, 2017)</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/catastrofe-y-poesia-o-las-muchas-maneras-de-morir/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>En el bote</title>
		<link>https://marcha.org.ar/en-el-bote/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 11 Jun 2012 21:03:51 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Culturas]]></category>
		<category><![CDATA[Martín Di Lisio]]></category>
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					<description><![CDATA[<!-- F2CTemplate -->    <p><em><strong>Por Martin Di Lisio*.</strong> </em>La noche era oscura, varios nubarrones bloqueaban sin esfuerzo la luz desvaída de la luna. Hacía un rato que Melina había apoyado sus codos en la proa del bote, con sus manos se sostenía el mentón. Una de sus posturas clásicas al enojarse.</p> <br />  <!-- {lofimg src="http://marcha.org.ar/1/images/stories/com_form2content/p1/f621/4.jpg"} -->  ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><!-- F2CTemplate --><img src="https://marcha.org.ar/1/images/stories/com_form2content/p1/f621/4.jpg" alt="En el bote" /></p>
<p><em><strong>Por Martin Di Lisio*.</strong> </em>La noche era oscura, varios nubarrones bloqueaban sin esfuerzo la luz desvaída de la luna. Hacía un rato que Melina había apoyado sus codos en la proa del bote, con sus manos se sostenía el mentón. Una de sus posturas clásicas al enojarse.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;" align="center">Miraba adelante, adivinaba qué cosas eran las sombras a los costados del agua: imaginaba cocodrilos de muchos tamaños, plantas gigantescas, bestias como el monstruo con el que soñaba cada noche,  elefantes buenos como los que la salvaban de las garras del monstruo en aquellos mismos sueños cíclicos. De a ratos, Melina bostezaba, el cansancio aparecía de nuevo a pesar del viaje imprevisto de esa noche. La brisa fresca no la despabilaba del todo. Su padre remaba en silencio y fumaba sentado en el medio de la embarcación. Avanzaban con el bote delta adentro, por uno de los riachos que surcan ese laberinto de islas.</p>
<p style="text-align: left;">De pronto, entre el ruido del oleaje que se estrellaba en ambas costas, Melina sintió el perfume que quebró el olor amargo y húmedo del riacho. Se acordó de la idea que tuvo antes de dormirse: rociar las mangas del pijama nuevo con el perfume que le había regalado la abuela para su cumpleaños. Así podría irse a la cama con los dos regalos, el perfume y el pijama de elefantitos rosas que le trajo la tía de la Capital. El elefante era su animal favorito, su tía sabía bien lo que a ella le gustaba y al menos en esa noche, después de su cumpleaños, podría dormir así, contenta y a salvo del monstruo con sus cosas nuevas.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Cuántos cumpliste?- le preguntó el padre, era la primera vez que le hablaba desde que habían subido al bote.</p>
<p style="text-align: left;">-Seis- respondió Melina, que ahora seguía atenta el eco del oleaje y los ruidos entre la vegetación.</p>
<p style="text-align: left;">Se oyeron biguás y benteveos, revolotearon entre las ramas, cruzaron el agua por sobre el bote a baja altura, perdiéndose entre la espesura de la otra orilla. Melina siguió los movimientos de los pájaros. Su padre tosió dos o tres veces, se repetían los accesos de tos como los que lo atacaban en la época en que vivían todos juntos. Melina se acordó también de los gritos de su padre, que tan poco hablaba, de cómo le gritaba a su mamita, de cómo la empujaba y la tiraba al piso, y hasta a veces la pateaba. Y ella, Melina, corría a su habitación y esperaba a que todo sea silencio para después salir. Salir a ver qué pasaba en la casa, encontrar a su madre llorando sentada en el piso o apoyada en la mesada de la cocina, escucharla murmurar: está loco, el hijo de puta está loco. De eso se acordó Melina sin moverse, manteniendo esa postura de enojo sentada en la proa del bote. Escuchó otra vez el ruido de un fósforo al encenderse: un cigarrillo más.</p>
<p style="text-align: left;">-Me molesta el humo, papi- dijo Melina en voz baja, y su padre tal vez la escuchó y tal vez no, pero siguió fumando como si nada-. Me molesta un poquito…</p>
<p style="text-align: left;">Melina no miraba hacia atrás, no quería. En el medio de la noche había sentido unos brazos que la alzaban de la cama y un susurro, soy papá, no te asustes, y su papá la llevó a upa atravesando la casa sombría, aunque la luz de luna se colaba apenas por las ventanas. Melina pudo ver el comedor todavía decorado con los globos y las guirnaldas de su cumpleaños, los platos sucios con restos de torta sobre la mesa, las puertas abiertas de las habitaciones de su mamá y de su abuela. La tía y los primos se habían vuelto temprano a la Capital.</p>
<p style="text-align: left;">Antes de atravesar la puerta de entrada y de bajar la escalera del palafito hacia el parque, su papá la paró en el suelo. Le habló: tranquila, vamos de paseo por tu cumpleaños. Melina estaba tan dormida que no dijo nada. No se sorprendió ni se alegró al ver de nuevo a su papá, no la había visitado en su anterior cumpleaños, hacía mucho que no aparecía por la casa. Melina sólo miró las puertas de las dos habitaciones abiertas, ¿Tanto ruido no despertaría a su abuela y a su mamá? También vio la puerta de su propio cuarto entornada, su lámina de elefantes despegada de una punta, colgando como si estuviera encorvada, mirando el piso. Su papá la alzó otra vez. Tras cruzar la entrada, el padre cerró la puerta empujándola con una pierna. Por arriba de los hombros de su padre, camino al muelle, Melina vio los dos globos flacuchos colgados en la puerta de entrada. Eran los globos de bienvenida de su cumpleaños, todavía resistían con un poco de aire adentro.</p>
<p style="text-align: left;">Apoyada en la proa, la niña se acordó de la escena y le preguntó al padre sin mirarlo.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Estaban durmiendo, papá?</p>
<p style="text-align: left;">Hubo un silencio largo, quebrado tan solo por el ruido rítmico de los remos en el agua y el oleaje.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Por qué no las despertaste, papá?</p>
<p style="text-align: left;">Silencio de nuevo.</p>
<p style="text-align: left;">¡Seis años, Meli!, está grandota mi nieta preferida, le había dicho la abuela la mañana anterior, la de su cumpleaños, mientras le daba el paquete con el perfume. Le gustó el regalo pero se alegró más cuando la tía le trajo el pijama de elefantes. Un pijama de elefantitos para la Meli, dijo la tía, sus primos miraban boquiabiertos, es que a todo el mundo le gustan los elefantes. ¡Qué lindos animales! Elefantes enormes que la salvaban del monstruo cada noche en el sueño.</p>
<p style="text-align: left;">Algún día va a volver, estoy segura de que va a volver, había escuchado a su madre, se lo decía siempre a su abuela, va a volver de las islas y ese es capaz de cualquier cosa. En la tarde de su cumpleaños su mamá le dijo esas palabras también a su tía, justo antes de despedirla en el muelle y abrazarla. Se lo dijo bajito, pero Melina escuchó, y también escuchó a la tía que le hablaba a su madre muy cerca del oído, andate de acá, ¿qué esperás? Melina preguntó: ¿Quién va a volver, mami?, se lo preguntó tironeándola de una manga.</p>
<p style="text-align: left;">Melina miró de reojo el piso del bote, a un costado de sus pies vio el machete de su papá, ese machete de isleño que se usa para despejar los terrenos de matorrales y plantas gigantes, como las que hay a montones en las dos orillas del riacho. La hoja del machete no brillaba sobre el charco oscuro que ensuciaba la madera. Melina levantó la mirada y cerró un poquito los ojos.</p>
<p style="text-align: left;">-Papi, decime por qué mami y la abuelita no vinieron con nosotros- Melina despertaba de a poco y dudaba, pero fue girando lentamente, dándose vuelta. Su duda podía más que su enojo y ante el silencio del padre quiso mirarlo. Con los ojos todavía entrecerrados, escuchando el oleaje que seguía siempre igual, Melina preguntó de nuevo.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Por qué no las despertamos para que ellas vengan también a pasear?</p>
<p style="text-align: left;">Y cuando Melina giró del todo, el bote entraba en un recodo del río, la luna se había librado de los nubarrones y ahora alumbrada débil. Pero al menos alumbraba. Melina abrió los ojos para mirar a su padre, los abrió del todo. La luz daba de lleno en la cara del hombre, el padre sostenía el cigarrillo con sus labios y miraba impasible hacia una de las orillas. La niña se estremeció, un escalofrío la recorrió como una cosquilla interminable: en la cara de su padre reconoció al monstruo con el que soñaba cada noche. Era él.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Cuántos años me habías dicho que cumpliste?- le preguntó el padre.</p>
<p style="text-align: left;">Melina cerró los ojos una vez más y giró hacia adelante.</p>
<p style="text-align: left;">-Seis- respondió temblando.</p>
<p style="text-align: left;">Apoyó los codos en la proa, acercó las mangas del pijama a su nariz, olió el perfume. Hizo fuerza para acordarse de los elefantes, para atraerlos, para pedirles que la salven esa noche también. Para que todos los elefantitos rosas de su pijama, que eran muchos, cobren vida y empujen al padre, al monstruo. Y que lo tiren al agua.</p>
<p style="text-align: left;">Así, con ropa, con cigarrillo y todo.</p>
<p style="text-align: left;">
<p>(*) &#8220;En el bote&#8221; forma parte del libro <em>Hacerse agua</em>, publicado por la Editorial Municipal de Córdoba (2011)</p>
<p style="text-align: left;">
<p>&nbsp;</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/en-el-bote/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Redoble por Espinar: el afán de masacrar en los Andes</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 Jun 2012 03:16:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<category><![CDATA[Manuel Scorza]]></category>
		<category><![CDATA[Martín Di Lisio]]></category>
		<category><![CDATA[Redoble por rancas]]></category>
		<category><![CDATA[Xstrata]]></category>
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					<description><![CDATA[El redoble de campanas en Perú sigue dando cuenta de nuevos muertos para frenar protestas en contra de la minera Xsrtata]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><!-- F2CTemplate --><img src="https://marcha.org.ar/1/images/stories/com_form2content/p1/f574/4.jpg" alt="Redoble por Espinar: el afán de masacrar en los Andes" /></p>
<p><em><strong>Por Martín Di Lisio</strong></em>. Durante los últimos días, las balas de las fuerzas policiales asesinaron a cuatro pobladores de Espinar, en Cusco, en protestas contra la corporación Xstrata.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El redoble de campanas en Perú sigue dando cuenta de nuevos muertos. La represión, seguida de la declaración de un estado de emergencia, se desató para desarticular las protestas en contra de la minera <em>Xstrata</em>. Otra vez minería y muerte junto a la disputa entre el oro y el agua. En este caso se trató de la provincia de Espinar, en el Departamento del Cusco.</p>
<p>Un poco más al norte, en el departamento de Cerro de Pasco, Andes centrales del Perú, aconteció una masacre en mayo de 1960: en la pampa de Huayllacancha las fuerzas del ejército masacraron a los campesinos que luchaban por sus tierras usurpadas. Esas tierras comunales habían sido cercadas por la minera <em>Cerro de Pasco Corporation</em>, que las utilizaba para el pastoreo de su propio ganado de alta calidad. Los comuneros recuperaron esos terrenos luego de los levantamientos históricos, estableciendo un hito en el movimiento campesino peruano. Manuel Scorza inmortalizó esa lucha en la novela <em>Redoble por Rancas</em>, dotando de un discurso mágico a los personajes, protagonistas reales de esas luchas, quienes forzaron una reforma agraria posterior.</p>
<p>Durante el último mayo, los pobladores de Espinar iniciaron una huelga por los impactos de la minería en los ríos y las tierras de la zona. Esta provincia convive con multinacionales mineras desde hace más de tres décadas. La población empobrecida de las alturas del Cusco -Espinar se encuentra a 4 mil metros de altura, un páramo seco y helado con caseríos de tanto en tanto- alzó la voz ante el despojo territorial de sus comunidades, y en defensa de sus aguas y de sus terrenos.</p>
<p>En los Andes del Perú, a pesar de la historia de luchas y de masacres de sus comuneros, no hay orden ambiental ni económico alguno para los proyectos de minería. Desde aquel último período presidencial de Manuel Prado Ugarteche -llamado período de la “convivencia”, donde hubo entendimientos entre el aprismo y el pradismo- hasta la actualidad de Ollanta Humala y su partido “Gana Perú”, la represión fue el método. No importa el modelo político: el modelo económico es el mismo y la minería es parte del núcleo injusto de saqueo y usurpación. Los muertos de Espinar y el arresto de sus dirigentes, acusados de “extremistas”, son producto de la histórica sumisión del Estado peruano a las corporaciones.</p>
<p>La memoria de los cerros andinos, la memoria no oficial del Perú, se refresca masacre tras masacre. Pero no se borra. En los años de Prado Ugarteche, la comunidad campesina San Antonio de Rancas vivía cercada por la minera <em>Cerro de Pasco Corporation</em>, que la asfixiaba entre alambradas dejándole las tierras pobres. Aquel mayo del 60, las comunidades tomaron sus tierras usurpadas por la minera y esperaron a las fuerzas del Estado que llegaron a caballo. La lucha fue desigual y dejó comuneros muertos. Organizadas detrás del personero Gabriel Gora y del alcalde Genaro Ledesma, las comunidades atravesaron la pampa hacia la ciudad capital de Cerro de Pasco para reclamar justicia por los asesinatos. Durante el camino se les unieron incluso trabajadores de la propia minera que terminaban su jornada laboral. En ese largo recorrido por el páramo, esquivaron las chozas quemadas por el ejército, casuchas instaladas por las comunidades en la misma tierra que querían recuperar. Y que recuperaron.</p>
<p>En <em>Redoble por Rancas</em><em> </em>cuenta el narrador que la minera pretende cercar el mundo. Crece más y más por los Andes peruanos, sin Estado ni nada que la detenga. Esa expansión contamina las aguas, estropea las tierras, deja ruinas a su paso. La antigua pampa sin cercos se transforma en un sitio vedado, intransitable para los campesinos pobres. Lo que en un principio los comuneros se lo atribuyen a un castigo divino, va mutando de a poco hasta conocerse su verdadera causa. Incluso el padre Chasán revela en el libro que el cerco <em>“no es obra de Dios, hijitos. Es obra de los americanos. No basta rezar. Hay que pelear […] Con la ayuda de Dios todo se puede”.</em> Los personajes de la novela mezclan la política con su discurso mágico, matizado tanto de cristianismo como de cosmovisiones andinas, y hacen frente al poder que los oprime y los domina.</p>
<p>La reciente masacre en Espinar me trajo el recuerdo de otras tantas palabras. Unas, las del propio Manuel Scorza, aunque no quiera hacerme eco de semejante afirmación: <em>siempre las rebeliones</em> <em>han acabado en masacres</em>. Otras, las del viejo Fortunato, personaje sustancial de <em>Redoble por Rancas</em>. El viejo testarudo asume el liderazgo de la resistencia y desafía al juez Montenegro, hombre tenebroso y de poder que maltrata a todos por igual. Fortunato incita a su comunidad a la lucha y repite a cada rato la misma frase que aún resuena y que valió tanto en el Rancas de los 60, como en el Espinar de hoy: <em>retroceder es tocar el cielo con el culo.</em></p>
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