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	<title>Mariana Fernández Camacho &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
	<lastBuildDate>Mon, 16 Mar 2020 13:58:36 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Mariana Fernández Camacho &#8211; Marcha</title>
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		<title>Relatos del 9M: Marchar con un varón(cito)</title>
		<link>https://marcha.org.ar/relatos-del-9m-marchar-con-un-varoncito/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 15 Mar 2020 10:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[8M]]></category>
		<category><![CDATA[Mariana Fernández Camacho]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
		<category><![CDATA[relatos feministas]]></category>
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					<description><![CDATA[Marchemos también con nuestros hijos varones, porque (por suerte) de los feminismos no se vuelve.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>Marchar con nuestros hijos varones es también una práctica feminista. Una reflexión de los desafíos que se (nos) vienen.<br />
</em></p>
<p><strong>Por Mariana Fernández Camacho / </strong></p>
<p>“Me encanta tener una mamá demasiado feminista”. Exceso de feminismo que genera mucho gusto. Así vive mi hijo este camino violeta que empecé a recorrer precisamente hace una década, cuando él crecía en mi vientre. Deseado.</p>
<p>El deseo, sin embargo, no evitó malos tragos. Me incomodaron los cambios de ese cuerpo —mi cuerpo— que gestaba; no disfruté de dar de mamar —aunque con mi pezones pudiera alimentar a una sala entera de neo y por eso me latigaba la culpa—; y siempre sentí la necesidad de retomar pronto el ejercicio de mi vocación. El deseo de maternar no anuló otros deseos, y poder atravesar esos sentires contrahegemónicos sin hacerme cargo del mote de “mamá-mala” se lo debo a los feminismos.</p>
<p>No se nace feminista, se llega a serlo. Y mi llegada comenzó con la llegada de Martín. Por eso me parece justo vivir esta experiencia con él. Hacerlo parte. Compartirle algunas reflexiones, buscar juntxs alternativas a las pelis medio garrón o a los chiches que nos encajan en casilleros según nuestras genitalidades, liberarlo de todo “lo que hace falta” para ser un buen macho, y mostrarle antiprincesas astronautas, físicas y bomberas.</p>
<p>También lo llevo a nuestras marchas. Los 25 de noviembre y los 8 de marzo, por ejemplo. Este lunes, entonces, mi hijo y yo nos sumamos a la marea verde desde la Plaza hasta Congreso. Empuñamos los pañuelos, cantamos, y nos zarpamos de selfies. Ser parte de una movilización de mujeres cala hondo, se mete en la retina, se hace carne. Vale la pena.</p>
<p>“¿Qué son todos esos nombres, má?”. En un cartel gigante se leían los 68 femicidios de 2020. 68 mujeres asesinadas por ser mujeres, a tres meses de haber comenzado el año. El cartel dolía. Y es ese dolor el que toma forma y enseña a un nene en una marcha. Para Martín la violencia de género será ese cartel lleno de nombres que tanto le dolió leer antes de ayer.</p>
<p>Sin embargo, no se ven otros nenes en nuestras marchas. Marchamos con nuestras hijas. Disfrutamos de verlas llenas de purpurina, nos emocionan sus compromisos, las educamos para pasarles la posta. Empoderamos niñas para un mundo nuevo, pero dejamos a los varoncitos afuera de ese Edén feminista por el que tanto luchamos.</p>
<p>Nuestras consignas los incluyen, los cobijan, los hace más libres… pero tienen que conocerlas. Militemos para que haya más hijos tarareando nuestras canciones y menos las rimas misóginas y homofóbicas de la cancha. Dejemos que nos vean construir poder de manera colectiva, sorora, y no a los codazos. Que se diviertan con nuestros ritos, que nos reconozcan de fiesta, para que ningún Etchecopar del siglo 21 pueda hacerse eco tratándonos de insípidas y aburridas. Permitamos que se encuentren con otros nenes, y así las marchas serán un poco suyas. Criemos verdaderos aliados desde el vamos, en vez de futuros Raúles en eternos procesos de deconstrucción. Sumemos a nuestros hijos a nuestras marchas de colores, donde hay muchas (muchísimas) otras parecidas a mamá.</p>
<p>Marchemos también con nuestros hijos varones, porque (por suerte) de los feminismos no se vuelve.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/relatos-del-9m-marchar-con-un-varoncito/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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		<item>
		<title>Ponerle cara y nombre al cáncer de mama</title>
		<link>https://marcha.org.ar/ponerle-cara-y-nombre-al-cancer-de-mama/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Nov 2019 13:08:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[cáncer de mama]]></category>
		<category><![CDATA[feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Mariana Fernández Camacho]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
		<category><![CDATA[relatos feministas]]></category>
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					<description><![CDATA[En Argentina 18 mil mujeres al año son diagnosticadas con cáncer de mama. Sin embargo por detrás de las cifras, hay historias.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>En Argentina 18 mil mujeres al año son diagnosticadas con cáncer de mama. Algo así como pensar en dos nuevos casos&#8230; por hora. Sin embargo por detrás de las cifras, hay historias.<br />
</em></p>
<p><strong>Por Mariana Fernández Camacho / Ilustración: Tomatoe</strong></p>
<p>“Me dieron ganas de escribir. Capaz lo podés pulir”, escribió por whatsapp mi amiga Andrea, la doc del grupo, un viernes a las nueve de la noche. Y sin esperar su turno para seguir hablando, compartió una catarsis verborrágica, desordenada y con mayúsculas innecesarias. Andrea tuvo cáncer de mama. Todavía no cumplió 40, y ya pasó por punciones, biopsias, malditas confirmaciones y radioterapia. Zafó de la quimio, y quienes la adoramos agradecimos por eso a todas las fes mundiales que le encontraran el bulto a tiempo. Pero las marcas de tinta en la teta siguen ahí, y también las que se reviven cada mes de octubre (y varios días después) cuando estallan las campañas rosas sobre la segunda causa de muerte de mujeres en nuestro país.</p>
<p>Al cáncer de mama se lo suele analizar en números. Y no está mal, porque los números son espeluznantes: en Argentina se diagnostican 18.000 mujeres al año. Algo así como pensar en dos nuevos casos&#8230; por hora. Una enormidad que requiere de urgentes políticas públicas de salud y de géneros, porque aunque está recontra chequeado que la detección temprana a través de una mamografía anual nos puede definir entre contar o no la historia, las extenuantes sobrecargas laborales, domésticas y de cuidados desigualmente compartidas siguen ubicando la salud de las mujeres al fondo a la derecha.</p>
<p>Pero hay otra manera de hablar de cáncer, igualmente dolorosa: todos/as podemos ponerle cara y nombre al cáncer de mama, hasta más de una cara y un nombre quizás. Porque con seguridad quienes lean esta crónica conocen a, por lo menos, una mujer que tuvo o tiene la enfermedad.</p>
<p>El cáncer de mama podría llamarse Andrea, como mi amiga. O Laura, la paciente con su misma edad y diagnóstico que conoció hace unos días cuando la atendió en el control de ausentismo laboral post cirugía. La propia experiencia, reciente y cercana, le permitieron a mi amiga doctora no solo contener desde la medicina. Además le dio fuerzas, le contó lo que venía y la animó a no tirar la toalla. En el ascensor, la mamá de Laura abrazó y agradeció el “gesto humano” (dixit). “Esa señora me dio uno de los abrazos más genuinos que recibí. Tan auténtico, tan sentido. Ella entendía todo”. También era una sobreviviente del cáncer de mama. La historia se repetía.</p>
<p>Mi mamá se llama Susana y se curó hace poco más de un año, después de rayos y de una quimioterapia brava que la tuvo habitada por el tratamiento. Durante varios meses, ver a mi mamá fue ver y acompañar un cuerpo en lucha. Caída del pelo, hinchazón, cansancio, decaimiento, otros colores en su piel. Es que ganarle al cáncer no es disimulable. No es como tomar pastillas para la insuficiencia cardíaca y seguir. El cáncer se nota, hace gala, parece jactarse de su presencia. Y todo el proceso que hay que atravesar para matarlo o ralentizar queda indefectiblemente sobre la mesa.</p>
<p>El cáncer de mama podría sino llamarse como la extraccionista de la salita donde me saqué sangre la semana pasada. O como las compañeras de la escuela Normal 4 con las que mi tía sigue haciendo grupo: de seis, dos Gracielas y una Susana le sobrevivieron al cáncer de mama. O como Alicia, la suegra de una prima. O Gisela, la novia de un amigo. O Beatriz, que con kinesiología va aprendiendo a aceptar la cicatriz… el cáncer de mama se asocia con muchos rostros, nos recuerda demasiados nombres.</p>
<p>En el siglo 17, el filósofo holandés Baruch Spinoza tiró una frase que todavía seguimos rumiando: “Nadie sabe lo que un cuerpo puede”. A pasitos de comenzar el 2020, podríamos proponernos escuchar más seguido a ese cuerpo que no se sabe qué puede. Preguntarnos qué soportamos, por qué, qué hacemos y, sobre todo, qué no hacemos por nosotras. Qué no hacemos ni hace este sistema para que las mujeres nos dejemos de enfermar.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/ponerle-cara-y-nombre-al-cancer-de-mama/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Los feminismos y las luchas por el ambiente y la construcción de la ciencia</title>
		<link>https://marcha.org.ar/los-feminismos-las-luchas-por-el-ambiente-y-la-construccion-de-la-ciencia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Oct 2019 03:30:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[#34Encuentro]]></category>
		<category><![CDATA[disidencia]]></category>
		<category><![CDATA[La Plata]]></category>
		<category><![CDATA[Mariana Fernández Camacho]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[plurinacional]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
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					<description><![CDATA[Dos talleres para luchar contra la hegemonía del conocimiento y la dominación patriarcal sobre los cuerpos y territorios]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>Contra la dominación patriarcal y la hegemonía del conocimiento, dos talleres del 34 Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans y No Binaries en La Plata en los que tuvimos mucho que decir: “Ecofeminismos” y “Ciencia y Tecnología”.</em></p>
<p><strong>Por Mariana Fernández Camacho / Foto: Analía Cid</strong></p>
<p>A simple vista, estos dos temas solo tendrían en común haber formado parte de la lista de ochenta y tantos talleres que se organizaron en el 34 Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans y No Binaries. Sin embargo ─y a pesar de los distintos perfiles convocantes y de habitar territorios opuestos─ las reflexiones que las ecofeministas y las científicas problematizaron en la ciudad de La Plata se podrían resumir en una idea: ¿qué lógicas de los feminismos pueden enriquecer las luchas por el ambiente y por la construcción de otro tipo de ciencia?</p>
<p>Los feminismos como campos históricos de saberes, como caja de herramientas, como un reservorio dinámico de estrategias y accionares políticos (individuales y colectivos) a la mano de cualquier batalla. La confirmación de mancomunar fuerzas a partir de la transversalización feminista, de tomar “tips” para avanzar y ganar derechos en los laboratorios pero también en los campos de siembra, para hacer más equitativos los mecanismos de publicación de papers y las relaciones de poder en las huertas.</p>
<p><strong>Ecofeminismos</strong></p>
<p>“Se le puso mucho el cuerpo a este tema hasta que entró”, dijo Adriana Monzón, educadora ambiental de La Plata, en la primera cita del taller sobre “Mujer y ecofeminismos”. El 34 Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans y No Binaries inauguró los debates sobre la relación entre <strong>la dominación masculina y patriarcal hacia las mujeres y hacia la naturaleza</strong>. Tanto cuerpo se le puso que finalmente la propuesta estalló de gente y tuvo que desdoblarse en otras aulas de intercambios.</p>
<p>Mujeres que con tonada de Anillaco (La Rioja) compartieron sus vivencias en tierras fumigadas, con hijes que muchas veces vomitan sangre. Desde la otra punta del mapa, las chubutenses nos convencieron de que el extractivismo minero no es la solución aunque haya distribución. Saladillo, Boulogne, Vicente López, Luján, Quilmes y CABA arengaron por una alimentación soberana y otros modos de consumo. Misioneras contra represas que dejan a barrios enteros sin luz para abastecer a las grandes empresas. Ituzaingó y Traslasierra (Córdoba), Andalgalá (Catamarca), San Luis y Santiago del Estero… luchas colectivas contra un sistema. Necesidad de generar organización y de identificar un mismo enemigo: el capitalismo patriarcal. Pensar desde los feminismos cómo hacerle frente a la destrucción de la naturaleza y la desposesión de los pueblos.</p>
<p>Con el almanaque clavado en el 12 de octubre, la figura de Berta Cáceres y el indispensable reconocimiento a la defensa de la pachamama de las mujeres originarias sobrevolaron las discusiones: “Somos responsables del mundo que les dejaremos a nuestrxs nietxs. Va a llegar<br />
un punto de no retorno”.</p>
<p><strong>Mujer, Ciencia y Tecnología</strong></p>
<p>¿Qué ciencia queremos? Hacer ciencia desde los feminismos: ¿por qué? y ¿para qué? ¿Es lo mismo que una mujer o un hombre investiguen?&#8230; fueron algunos de los ejes disparadores que circularon en el taller “Mujer, ciencia y tecnología” que tuvo como sede dos aulas de la escuela Anexa de La Plata.</p>
<p>Mujeres que muestran eternas hojas de vida y títulos postdoctorales, pero a las que todavía les cuesta reconocerse como trabajadoras, con poder, para hacerse cargo de la urgencia de participar de la política pública científica, y acomodar sus conocimientos a la solución de<br />
problemáticas sociales y locales.</p>
<p>Más del 60% de las que participaban del taller eran primerizas en esto de encontrarse con otras para planear juntas, para consensuar, para no sentirse tan solas. La Plata fue su primer Encuentro.</p>
<p>“Mal de muchas no es consuelo de tontas. Mal de muchas genera consciencia, sororidad y fomenta la lucha”, dijo una y todas aplaudieron. Porque las presentes conocían las anécdotas repetidas: las becas que se pierden por decidir maternar, los obstáculos que debieron sortear desde niñas para sostener sus vocaciones científicas, los modelos de competencia, las incompatibilidades que se inventan entre ciencia y militancia, los chistes machistas, las ingenieras que además tienen que servir cafés en reuniones académicas, y las misóginas evaluaciones que puntúan en función de producción. “Una vez me preguntaron qué había producido en el año 2014, porque no figuraba ninguna publicación en mi CV. ῾Produje un hijo῾, tuve que contestar”.</p>
<p>Dos días para desacralizar y politizar la ciencia y la tecnología. Para pensar cómo hacer feminismo en términos de contenido, pero también en términos de metodologías, en la manera de construir saberes de diferentes disciplinas.</p>
<p>Entre otras propuestas surgieron las ganas de formarse en humanidades en todos los niveles ─muy especialmente en las mal-llamadas “ciencias duras” ─; militar cupos de discriminación positiva (y acordar respuestas para los inevitables rechazos); consolidar formas de doctorarse que no impliquen siempre cruzar fronteras; y recuperar trayectorias de colegas investigadoras.</p>
<p>“Esta es una batalla cultural que tenemos que dar entre todas en todos los espacios. Hablemos con nuestrxs alumnxs, en las facultades, en las comisiones evaluadoras, en el CONICET. El sistema científico también lo hacemos nosotras”.</p>
<p>Campesinas y científicas reunidas en distintas aulas pero dando los mismos debates y aprendiendo las mismas estrategias feministas de visibilización y de lucha. Convencidas de la importancia de hacer mucho ruido para lograr hendiduras en la agenda política. Investigadoras y ruralistas pregonando la historia de organización colectiva que ofrecen los feminismos, la generación de redes y lazos como el único camino para ir contra un sistema. La capacidad del movimiento de mujeres para hacer circular la palabra y cuestionarlo todo… incluidas la ciencia y el buen vivir.</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p><strong>Leé la cobertura del #34Encuentro en:</strong></p>
<p><strong><a href="https://www.marcha.org.ar/tag/34encuentro/">https://www.marcha.org.ar/tag/34encuentro/</a></strong></p></blockquote>

<p><a href="https://marcha.org.ar/los-feminismos-las-luchas-por-el-ambiente-y-la-construccion-de-la-ciencia/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Hoy, estamos re manija. Y el lunes, ya no seremos las mismas</title>
		<link>https://marcha.org.ar/hoy-estamos-re-manija-y-el-lunes-ya-no-seremos-las-mismas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 11 Oct 2019 14:01:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[#34Encuentro]]></category>
		<category><![CDATA[ENM]]></category>
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		<category><![CDATA[relatos feministas]]></category>
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					<description><![CDATA[Palabra clave: manija ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>Y vos, ¿cómo llegas al Encuentro? Lo personal es politico y colectivo y las reflexiones subjetivas y los recuerdos que deconstruimos rumbo a ser luchadoras y feministas son parte de la construcción de nuestro movimiento. Ya se siente: próxima parada, La Plata.  </em></p>
<p><strong>Por Mariana Fernandez Camacho / Foto: Nadia Petrizzo</strong></p>
<p>Hace una pila de años con una compañera de la facultad nos autoexiliamos en Miramar unos días de agosto. Fue el método masoca pero efectivo que encontramos para evitar distracciones y lograr estudiar para uno de los finales filtro de la facultad. Recuerdo que cuando llegamos al departamento Macarena quedó mirando los retratos sepia que mi mamá se empeña en dejar colgados, aun a sabiendas (o quizás por eso) de la panzada de risas que se deben dar los inquilinos del verano.</p>
<p>Un plano corto al lado del otro. Mi hermano chiquito, regordete y sonriendo (lo cual no ha vuelto a ocurrir muchas veces más), y yo un poco mayor, con flequillo lacio, corte de pelota y una cruz reposando en el cuello-babero del vestido.</p>
<p>Esperé el bullying merecido, las preguntas por mi pasado cristiano y mi presente rizado, los planes sororos para denunciar a la justicia los años de tortura de mi mamá. En cambio, al rato solo dijo: “Ya de pendeja te asomaba la pera enorme”. A partir de su comentario redescubrí mi cara en ese cuadro: eran claras las señales de un perfil en punta prominente, aunque nunca antes las hubiera registrado.</p>
<p>Otra pila de años después, mi amigo Sapo armó una charla con uno de los grupos de alumnxs revolucionarixs que solo él logra formar en colegios religiosos. La idea era que les contara en vivo la historia del machirulo que intentó robarme el celular en la calle. Casi al final del módulo una de las jóvenas quiso saber cuándo me reconocí feminista. Su pregunta fue el pie para empezar a filosofar sobre mis primeros tiempos de mamá Grinch. La díscola que se vuelve feminazi porque no disfrutó dar de mamar. Pero hace pocos días estas dos anécdotas se encausaron. El incipiente maxilar inferior no reconocido y mi salida del closet feminista se cruzaron en una misma idea: el feminismo formaba parte de mi vida aun antes de ponerle nombre y enmarcarlo en conceptos teóricos complicados, antes de redescubrirme como en el cuadro.</p>
<p>Porque aunque es cierto que me declaré feminista mientras aprendía a maternar, ahora encuentro tempranos spoiler alerts. Solo a modo de ejemplo: siempre adoré a Pipi Piernaslargas. Para mí, no había manera de competir con la colorada repleta de pecas. Mientras las bellas princesas de Disney sufrían y se aburrían, Pipi trepaba árboles, peinaba colitas separadas de la cabeza, y presumía fortaleza. Años después, morí con Dirty Dancing. Quería cargar la sandía que me llevara al mundo prohibido, bailar cachondo con Patrick en cuero, y ayudar a una amiga para que no se le fuera la vida en una decisión. O la vez que fuimos con las pibas a ver XXY y salí del cine sin entender nada pero fascinada con las explicaciones de Mavi, LA feminista (con mayúsculas) del grupo.</p>
<p>¿Por qué vomito estos garabatos sin sentido mientras viajo en el colectivo? Porque mañana nos vamos a vivir La Plata. Mañana le pondremos el cuerpo al que esperamos sea el Encuentro (Pluri)Nacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans y No Binaries, más masivo de sus 34 años de historia, quebrando así nuestro segundo record: ya inventamos el pogo feminista más grande del mundo.</p>
<p>Nos vamos a La Plata las encuentreras de siempre y las más novatas, las feministas vitalicias y las recién asumidas, las que quieren rebautizar la ceremonia y las que no agregarían ni una coma, las peronas, las coloradas, pero también las que preferían a Cenicienta, las que vienen de lejos y las que esta vez llegamos desde cerca. Comienza mañana. Hoy, estamos re manija. Y el lunes, ya no seremos las mismas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote>
<h3>Leé todas las notas en:</h3>
<h3><a href="https://www.marcha.org.ar/tag/34encuentro/">https://www.marcha.org.ar/tag/34encuentro/</a></h3>
</blockquote>

<p><a href="https://marcha.org.ar/hoy-estamos-re-manija-y-el-lunes-ya-no-seremos-las-mismas/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Intensamente &#8220;rompe huevos&#8221;</title>
		<link>https://marcha.org.ar/intensamente-rompe-huevos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 01 Oct 2019 03:05:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[#34Encuentro]]></category>
		<category><![CDATA[feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Mariana Fernández Camacho]]></category>
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		<category><![CDATA[relatos feministas]]></category>
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					<description><![CDATA["Machos, miren sus ombligos y dejen de exigirnos que nos clavemos la capa de Mujer Maravillosa"]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>Machos, abandonen sus privilegios y deconstrúyanse. Miren sus ombligos y dejen de exigirnos que nos clavemos la capa de Mujer Maravillosa. </em></p>
<p><strong>Por Mariana Fernández Camacho / Foto: Carmen Ortega </strong></p>
<p>“Compresión, mirada flexible, apoyo absoluto… si fueras así como pareja serías la mujer más maravillosa”. Me lo chantó por chat, encima, mientras hablábamos de trabajo. Y la frase cayó como un baldazo. Lo que para el fulano tenía intención de piropo, a mí me activó la alarma y, cual niñita Riley en “Intensa-mente”, distintas emociones se fueron haciendo cargo de mi panel de control.</p>
<p>Primero sentí tristeza, porque ¿cómo? ¿No me cree ya una mujer maravillosa el tipo que lleva cuatro años diciendo que me quiere? Después se me subió la gallegada y me recontra calenté: ¿con qué tupé dice tan a la ligera que no soy una mujer maravillosa? Finalmente, dejé lugar a la reflexión: ¿qué implica ser “la mujer más maravillosa” para este varón?</p>
<p>Parece que lo que me baja del podio es mi aparente facilidad para reclamar, para “romper los huevos”. Los bolonquis que armo porque se prende a un partidito de fútbol la única noche que nos vemos, porque se suma a otro partidito a la mañana siguiente y deja trunca la excepcionalidad de desayunar juntxs sin críos alrededor, por los eternos tercer tiempo que genera River y lo obligan a llegar tarde siempre a cualquier plan, por no preguntar si es mi deseo esperarlo un sábado mientras vuelve reventado de una joda. Soy una “rompe huevos” serial y por eso nunca podré vestir la capa de Mujer Maravillosa.</p>
<p>Pero entonces recordé que somos muchas las que saturamos las gónadas masculinas. Recordé amigas acusadas del mismo epíteto tras la milésima-millonada vez que tuvieron que pedir a sus marinovios/vínculos sexo-afectivos que bañen hijes, que retiren de danza o de pileta, que pasen por el súper a la vuelta de la cancha, que acomoden bártulos, que resuelvan la cena, que devuelvan un mensaje o se preocupen por lograr nuestros orgasmos.</p>
<p>No importa la enorme cantidad de veces que hablemos antes de llegar al grito, a la tensión, a la pelea. No importa que desde hace décadas nosotras paremos la olla codo a codo, aunque en peores condiciones laborales y con menores salarios por las mismas responsabilidades. Está instalado: para los varones, las mujeres rompemos los huevos sistemáticamente.</p>
<p>Pero esta no es historia vieja. Yo nunca escuché a mi mamá quejarse con mi papá. No se quejó cuando mi viejo se fue a buscar el mango a otro país y ella quedó a cargo de dos pibxs propixs y de decenas de pibes y pibas ajenxs en las escuelas donde daba clases. No la escuché jamás negociar salidas, tareas domésticas, ni exigirle atención o un rico beso. A mi tía nunca le hizo mecha que mi tío mandara a mis primas a ayudar a levantar los platos de la mesa, aun después de todo un día de horas-aula como profesora. Las mujeres que nos antecedieron le pusieron el cuerpo a otras luchas. A cara de perras tiraron abajo los barrotes de cristal que las pretendían encerradas maternando. Salieron a la calle, tomaron el “afuera”, pero sin soltar el mango de la sartén.</p>
<p>Nosotras fuimos/vamos/seguiremos yendo por más. Entre otras varias sapiencias, aprendimos que el príncipe azul destiñe y que el amor romántico nos caga las vidas, pero no por eso abandonamos el goce, las ganas de dar y recibir mimos, abrazos y cuidados. También aprendimos que muchas deseamos criar niñes, pero que implica un laburón extenuante únicamente llevadero (y sano) cuando se comparte.</p>
<p>En uno de sus últimos artículos, mi adorado Hernán Casciari nos pide paciencia, tiempo para que los varones entiendan las nuevas reglas, para aprender a jugar y dar una vuelta de página como sociedad. Coincido. En este barco entramos todes. Confieso que me apremia un interés muy personal: soy mamá de un varón y no quiero que lo silencien, que lo excluyan, que lo hagan a un lado solo por nacer con pito.</p>
<p>Sin embargo, como mujer feminista que batalla por un mundo más justo y lindo de habitar, me tomo el atrevimiento de exigirles a ustedes, varones del siglo 20, que SE DEJEN DE JODER. Que se callen un poco, que escuchen más y abandonen la comodidad de los privilegios patriarcales.</p>
<p>Urge que se repiensen como hombres, como parejas, como papás, como amantes, como cuidadores, como compañeros de una lucha diaria… y no solo el 8M mientras marchamos para que dejen de matarnos.</p>
<p>Revidindico el reclamo. Y levanto la bandera de la protesta, también puertas adentro. Porque no quiero ser la mujer más maravillosa, quiero seguir siendo la mujer que soy, aun si eso significa -para un imaginario macho que ya está muriendo-, ser una “rompe huevos”.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/intensamente-rompe-huevos/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Mi hijo bostero se hizo de River</title>
		<link>https://marcha.org.ar/mi-hijo-bostero-se-hizo-de-river/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 20 Aug 2019 03:05:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Boca]]></category>
		<category><![CDATA[feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[Mariana Fernández Camacho]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
		<category><![CDATA[relatos feministas]]></category>
		<category><![CDATA[River]]></category>
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					<description><![CDATA[Relatos feministas urgentes. Y la modestia, andá a buscarla al ángulo]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>Hoy, en relatos feministas urgentes, la crónica de un “borocotazo” anunciado.</em></p>
<p><strong>Por Mariana Fernández Camacho</strong></p>
<p>Mi hijo bostero se hizo de River. Y el tema se cerraría ahí, sin hacer espamento… si viviéramos en otro país, bajo otros códigos culturales, si el fútbol no le diera letra a muchas de las nefastas reglas de la masculinidad.</p>
<p>Para Martín fue una decisión más, de varias que va tomando a medida que crece: prefiere el jogging al jean, espaguetis con salsa rosa en vez de mostacholes, el rap al rock, la play a la tablet, la imprenta a la cursiva, y las vacaciones en el mar antes que el río.</p>
<p>Decenas de argumentos explican esta particular elección: un progenitor de Boca que da muestras de vida una vez al mes y por transferencia bancaria; poco y nada interés por la pelota; familiares maternos y amigos gallinas empecinados en recuperar al “perdido” cual estrategas de GOT; incipiente rebeldía pre-teen en puerta; y ganas de subirse al exitismo del Muñeco para alardear en el cole, entre otros. Así las cosas, que Martín decidiera hacerse de River fue casi la crónica de un “borocotazo” anunciado. Algo que terminó de decantar, y se consagró con una foto vestido de pies a cabeza de rojo y blanco.</p>
<p>Lo que no llegué a imaginar fueron las consecuencias de este salto en la paleta de colores. El magma de significaciones sociales que se pone en jaque cuando alguien decide no hacerse cargo de la (real) pesada herencia: padre-hijo/apellido camiseta.</p>
<p>Queridísimos compañeros de trabajo con caras preocupadas porque “con eso no se jode, negra” y dicen entender si el no-papá me manda a matar (como si yo fuera la responsable de cuidar su linaje futbolero). Un abuelo que imagina (y creo que justifica también) una próxima merma de la cuota alimentaria. Un ex novio que recibe orgulloso el volantazo del nene como el mayor logro de nuestro antiguo vínculo. Y hasta amistades que lo toman como la señal esperada de nuevos aires nac&amp;pop a partir de diciembre.</p>
<p>En el fondo la anécdota podría resultar graciosa, si no fuera porque la única verdad es la realidad. Y la realidad es que en la era de los feminismos y la deconstrucción del macho, el fútbol en Argentina sigue delimitando la subjetividad masculina y la vida cotidiana de los varones. Una carga tediosa para aquellos pibes a los que no les mueve la brújula correr detrás de la redonda o que no se sienten interpelados por los cánones sagrados: “se nace y se muere con la misma camiseta”, “podés cambiar de novia o de país, pero nunca de equipo de fútbol”.</p>
<p>La pasión por el fútbol no es innata y el amor por los colores no se hereda. Se heredan las orejas grandes, los ojos verdes, la anemia del Mediterráneo y la tendencia a desarrollar hemorroides. Pero el amor por los colores no es una unidad del cromosoma, hay que militarlo… ejerciendo la paternidad por ejemplo. Sino, a llorar a la Iglesia.</p>
<p>La remanida deconstrucción, además, debería “ir por todo”. No pueden existir temas sobre los que sí deconstruirse y otros con los que mejor no meterse. La cofradía masculina esquizofrénica que juzga con vehemencia al par que se borró de la crianza pero se solidariza con el mismo ausente cuando “le cambian” el cuadro ya recontra fue, muchachos.</p>
<p>Mi hijo bostero se hizo de River y yo, su mamá luchona, entiendo y abrazo esa decisión.</p>
<p>Machirulos del fútbol, los espero. Vengan de a uno.</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote>
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			</item>
		<item>
		<title>ME CAGÓ A TROMPADAS&#8230;</title>
		<link>https://marcha.org.ar/me-cago-a-trompadas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 17 Jul 2019 03:00:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Mariana Fernández Camacho]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
		<category><![CDATA[relatos feministas]]></category>
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					<description><![CDATA[Sencillamente estoy HARTA]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p>…y no es una forma de decir, es la pura literalidad. Rato eterno, a metros del centro comercial de Villa del Parque y a las seis de la tarde, momento del día en que las mamás nos transformamos en remiseras de hijxs que entran y salen de prácticas de fútbol, natatorios y clases de inglés. Justo ahí, en ese mismísimo ínterin, me quiso robar el celular.</p>
<p>Yo grababa un audio y lo vi venir hacia mí. Supe enseguida lo que pasaría. Adiviné el forcejeo, el griterío, los sopapos, el tackle, los raspones, la bronca. Lo que no imaginé fue lo que siguió. Porque me miró desde arriba, con mi celular en su mano, sonrió, dijo “lo necesito” y se fue caminando. CAMINANDO despacito. Muy despacito y tranquilo. Sin siquiera girar la cabeza. Sin preocuparse por si lo corría. Se sabía impune. Contaba con mi no reacción, porque está(n) acostumbrado(s) a nuestra imposibilidad de reacción.</p>
<p>Pero entonces exploté. En una fracción de segundo se me vinieron a la cabeza las infinitas apoyadas en los colectivos, los exhibicionistas masturbatorios que me fumo desde los 11, las tocadas de tetas, de culo, las obscenidades por la calle, en los taxis, las veces que dije no pero insistieron… y exploté otra vez. Y lo alcancé. Lo empujé de atrás, lo rasguñé, le arranqué la remera de un tirón y lo insulté con el odio acumulado de todas las veces que no me animé.</p>
<p>Pero aspirante a minimosca no vence a gallo en el ring, ni en una esquina. Me pegó. Me llevó a rastras media cuadra mientras me estrujaba el cuello. Me lastimó.</p>
<p>“Sos brava Camacho”, “Si así te quedaron los nudillos, con un guante lo desarmás”, “¡No te podés resistir! ¡Tenés un hijo! ¿Querés que te maten y se quede solo?” “Qué ovarios negrita”. Familia, amigas, amigos, compañeros y compañeras de trabajo festejaron y amonestaron con la misma intensidad. A todos y a todas repetí que no, que no soy brava, que no pretendí desarmar a nadie y mucho menos dejar huérfano de madre a un nene de nueve años. Sencillamente estoy HARTA.</p>
<p>Harta de que hagan con nosotras lo que se les canta. Me vi tirada en la calle, mientras el agresor volvía a casa caminando y me harté más. Me harté del miedo a defenderme, a mí y a lo que es mío. Me harté de la sonrisa altanera después del abuso. Me harté de saber que a un varón jamás lo van a ningunear así.</p>
<p>Como dice Malena Pichot… me enojé hermanas, aunque me haya cagado a trompadas.</p>
<p>…</p>
<p>Banqué la media cuadra con su mano apretujando mi nuez porque esperaba refuerzos. Esperaba que los (hasta el momento) pasivos espectadores de la violencia se acercaran para que en conjunto pudiéramos retener al agresor, evitar que se hiciera humo con el celular y mi impotencia.</p>
<p>Esperaba ayuda porque en mi cabeza imaginaba un contínuum de pasos a seguir: llamar a la policía, acercarme a una comisaría, dejar asentada la protesta que generó el abuso y bla. Claramente, mi horizonte de probabilidades no podría haber spoileado jamás ese final. El momento en que cuatro muchachotes bíceps-crossfit rodearon a mi agresor y, literalmente, le volaron la cabeza de un palazo.</p>
<p>Aun con el fulano en el piso, la escalada virulenta tardó en tocar techo: montones de patadas y de puños cerrados contra un cuerpo que se retorcía y rebotaba contra el pavimento, todo a la vez. El salpicón de sangre parecía, además, enardecer a esta versión humana de tiburones. Machirulos justicieros haciendo sonar al machirulo desobediente.</p>
<p>Yo esperaba que me ayudaran a retenerlo, no que lo mataran, no que lo dejaran inconsciente, hecho jirones. Esperaba transitar el agravio acompañada por una comunidad contenedora, no asesina; por una comunidad respetuosa del Estado de derecho, no una que se relame en la venganza. Esperaba no vivir una segunda violencia.</p>
<p>Encima, cuando (¡finalmente!) los hacedores del correctivo lograron saciarse, el cotilleo concurrente les achacó: “¿Cómo no lo mataron? ¡¿Lo dejaron ir para que siga robando?!!” Entonces no pude escuchar más. Sin que nadie lo notara (porque en realidad a nadie le importé en esa escena), agarré mi celular del piso, agradecí (¿?) y me fui… “en busca de la vereda del sol”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Por Mariana Fernández Camacho / Foto: Archivo Marcha</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote>
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			</item>
		<item>
		<title>La revolución de las abuelas</title>
		<link>https://marcha.org.ar/la-revolucion-de-las-abuelas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 11 Jul 2019 03:01:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos]]></category>
		<category><![CDATA[Mariana Fernández Camacho]]></category>
		<category><![CDATA[portada]]></category>
		<category><![CDATA[relatos feministas]]></category>
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					<description><![CDATA[Relatos íntimos de una red de generaciones unidas]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>Siempre admiré a las mujeres de los 60´s y 70`s, aun mucho antes de poder enmarcarlas desde la teoría feminista. De alguna manera me daba cuenta de que estaban haciendo algo nuevo. Mi hijo, mi sobrina, les hijes de mis amigues y familiares vivirán en un mundo mejor por lo que ellas nos legaron.</em></p>
<p><strong>Por Mariana Fernández Camacho </strong></p>
<p>Sábado 08.30 am. La tía Nora reenvía un video a un grupo de WhatsApp de la familia. Adelanta que son historias de mujeres españolas silenciadas por los libros. “Me lo mandaron mis amigas feministas de la serie La otra mirada”. La noche anterior había cenado en casa de mis viejxs. Mi papá contó que señaron un 0 KM y que pronto “podremos firmar la titularidad”. Habló en futuro, porque a los trámites siempre les falta un papel, pero sobre todo habló en plural. No alcanzó. Mi mamá interrumpió convencida: “Claro que voy a firmar la compra del auto. Si querés no vayas vos, pero yo voy a firmar”.</p>
<p>Mi papá habló en plural, y ni siquiera soslayó durante la charla (ni durante la vida tampoco) la posibilidad de que mi mamá no fuera parte de los bienes de la sociedad conyugal que construyen desde hace quichicientos años. Pero mi mamá necesitó decirlo. Fuerte y claro. Y su claridad no se sintió como grito de guerra, sino más bien como la satisfacción que da confirmar un montón de ideas, a las que ahora les pone un nombre: feminismo.</p>
<p>Mi mamá y la tía Nora cumplieron 65 años. Son primas políticas, pero sobre todo son amigas de toda la vida. Se conocieron en el Normal 4, siguieron juntas el profesorado de Letras, embellecieron montones de infancias narrando cuentos y le pusieron el cuerpo (también la mente y el corazón) a cargos directivos en escuelas que consiguieron por exceso de puntajes y trayectorias. Ellas son la generación que “salió de las casas”, las que a patadas ingresaron a esa metáfora interesada que es el mercado laboral. El mercado que no ofrecía frutas y verduras, sino trabajos más baratos, condiciones precarizadas, techos de cristal y pisos pegajosos para las mujeres.</p>
<p>Recuerdo a mi mamá recordando las quejas de su mamá (o sea, mi abuela materna): “¿Para qué trabajas tanto? ¿Para qué seguís estudiando?”. Mi abuela Lala no lograba concebir el “sacrificio” si existía un marido (o sea, su yerno/mi papá) capaz de proveer económicamente. También la recuerdo recordando los comentarios de su suegra (o sea, mi abuela paterna), en tono de súplica casi violenta: “No se te ocurra dejar de trabajar después de tener hijos eh. Mantené tu independencia”.</p>
<p>Siempre admiré a las mujeres de los 60´s y 70`s, aun mucho antes de poder enmarcarlas desde la teoría feminista. De alguna manera me daba cuenta de que estaban haciendo algo nuevo. Porque nuestras abuelas nunca habían trabajado afuera. Nuestras abuelas cocinaban rico, sabían tejer pulóveres de todos los colores y coser dobladillos casi sin mirar, pero jamás recibieron un salario (ni reconocimiento) por esas tareas. Mi mamá, la tía Nora, la tía Susi, algunas (no todas) mamás de compañeras y compañeros del colegio fueron las primeras que no se quedaron hasta el final de los actos porque las esperaban en sus trabajos.</p>
<p>Bastante tiempo después pude ubicar esas decisiones en un contexto histórico, entender el tupé<br />
que tuvieron de rebelarse contra lo doméstico como LA condición sine qua non femenina, pude desandar sus andares a tientas, sin muchos ejemplos para seguir en una tríada de prueba-error-y culpa. Las mujeres de los 60`s y 70`s nos la hicieron más fácil y naturalizaron nuestras iniciativas. La Bubu, por ejemplo, no creyó necesario seguir machacando con estudiar y trabajar cuando estrenó bisabuelazgo. Estaba tranquila: yo ya estaba seteada.</p>
<p>Nosotras subimos la vara: salimos a trabajar, pero también visibilizamos que ganamos menos que los varones en cualquier lugar del planeta, que nos hacemos cargo de extenuantes dobles (¡y hasta triples!) jornadas laborales, que hacen falta políticas públicas de cuidados pero no siempre hace falta jurar amor “hasta que la muerte nos separe”, que nos importa que las descendencias lleven nuestros apellidos pero tanto más que se críen en hogares libres de violencias…</p>
<p>La revolución de las hijas está en marcha y llega a la televisión, al cine, a la radio, al taxi y a la calle. De saberlo me estalla el cuore. Mi hijo, mi sobrina, les hijes de mis amigues y familiares vivirán en un mundo mejor. Pero me estalla el cuore por partida doble porque también es la revolución de las abuelas. De aquellas mujeres que hoy se reconocen feministas, se dejan crecer las canas, y pueden ponerle palabras, conceptos y fundamentos a todo lo que vivieron, a todo lo que desearon y se animaron a hacer en sus juventudes.</p>
<p>Luchamos contra el machismo, en sus múltiples variantes. Todavía no le ganamos. Pero cada vez somos más, en una red de generaciones unidas.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/la-revolucion-de-las-abuelas/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Vivas, sanas y libres del falso SAP nos queremos</title>
		<link>https://marcha.org.ar/vivas-sanas-y-libres-del-falso-sap-nos-queremos/</link>
					<comments>https://marcha.org.ar/vivas-sanas-y-libres-del-falso-sap-nos-queremos/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[lsalome]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 13 Jul 2016 03:02:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Violencias]]></category>
		<category><![CDATA[abuso sexual]]></category>
		<category><![CDATA[ASI]]></category>
		<category><![CDATA[géneros]]></category>
		<category><![CDATA[Mariana Fernández Camacho]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Mariana Fernández Camacho* / Foto por Nayko A poco más un mes de la marcha del “Ni una Menos”, repetimos la consigna. Porque vivas nos queremos, pero también sanas y libres de una Justicia que nos acusa de falso SAP. ¿Cómo explicar el Ni Una Menos a una persona extranjera? ¿Cómo poner en palabras [...]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Mariana Fernández Camacho* / Foto por Nayko </strong><em><br />
</em></p>
<p><em>A poco más un mes de la marcha del “Ni una Menos”, repetimos la consigna. Porque vivas nos queremos, pero también sanas y libres de una Justicia que nos acusa de falso SAP.</em></p>
<p class="western" lang="es-MX" align="justify">¿Cómo explicar el Ni Una Menos a una persona extranjera? ¿Cómo poner en palabras una marcha para que la entienda hasta un extraterrestre peludo como Alf? Complicado desafío que, en primer lugar, nos obliga a advertirle al forastero que lo que viene no es ciencia ficción… aunque se parezca bastante.</p>
<p class="western" lang="es-MX" align="justify">Es que en el reino del revés, las familias son los rincones más inseguros del planeta para las mujeres; los papás que asesinan mamás siguen siendo “aptos” de potestad sobre las criaturas huérfanas; y se inventan síndromes para que niños y niñas se vinculen con sus abusadores. El cuento —que no es cuento— sigue cuando a una nena la violan diez varones pero el fiscal habla de relaciones consentidas; o cuando condenan a Belén —que no es Belén— a ocho años de cárcel por un aborto espontáneo.</p>
<p class="western" lang="es-MX" align="justify">Infinita lista de disparates que nos empuja a las calles a gritar que nos están matando. De a una, cada 30 horas. Y de a centenas, cuando todos los días aplastan nuestros derechos.</p>
<p class="western" lang="es-MX" align="justify">Porque a Marcela Fillol no la mató un femicida. Tampoco esa leucemia que se ensañó con su médula. A Marcela Fillol la mató un Poder Judicial que recetó falso SAP y la separó de su Jazmín. Sin permitir siquiera un último beso de despedida.</p>
<p class="western" lang="es-MX" align="justify">Lo de Mayka tampoco fue un crimen de género. Con 17 años, Mayka decidió su propia muerte. Pero detrás de ese final aparece la misma Justicia diagnosticando el mismo SAP y obligándola a visitar al progenitor que casi mata a su mamá. En esos encuentros, Mayka fue violentada sexualmente. Y ya no lo pudo soportar.</p>
<p class="western" lang="es-MX" align="justify">O P.W., que sobrevive con estrés postraumático crónico —tras padecer también neumonías varias y una extirpación de glándulas suprarrenales— mientras batalla desde 2009 para que jueces y juezas obstinados/as no logren cruzar a sus tres hijas con el papá que las abusó física, psicológica y sexualmente.</p>
<p class="western" lang="es-MX" align="justify">“No solo exigimos que no nos maten. Nos queremos vivas, pero también sanas y libres. No vivas, pero encarceladas por un sistema judicial que libera a los femicidas, pedófilos, violadores y violentos. Porque al liberarlos, nos condenan a nosotras. Nos revictimizan, nos encierran, nos juzgan. Nos convierten en victimarias”, dice Feliciana Bilat. Otra mamá diagnosticada con el seudo Síndrome de Alienación Parental. Otra mamá que lucha contra la absolución de quien violó su hija.</p>
<p class="western" lang="es-MX" align="justify">El 03 de junio, miles de personas nos convocamos en Buenos Aires y en 80 ciudades del interior para volver a gritar “Ni una Menos”. Y lo seguiremos haciendo. Todos los años. Cada año. Porque vivas nos queremos, claro. Pero también sanas, libres, locas, felices, serenas, sin culpas, sin miedo, sin síndromes, rebeldes, respetadas, en paz. Nos queremos mujeres.</p>
<p class="western" lang="es-MX" align="justify"><strong>No al SAP, sí a los sinónimos</strong></p>
<p>En julio de 2013 la Comisión de Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia de la Cámara de Diputados de la Nación rechazó la aplicación del síndrome de alienación parental y su terapia como trastorno a ser diagnosticado en procesos judiciales de familia. En sintonía, en enero de este año la Junta Ejecutiva del Colegio de Psicólogos de la provincia de Córdoba declaró públicamente la ilegalidad del SAP en el ámbito clínico-jurídico por ser violatorio de varias leyes de rango constitucional.</p>
<p>Pero “hecha la ley hecha la trampa” describe un dicho argento muy popular. Y algo de eso hay cuando en las sentencias aparecen palabras que hablan de SAP pero sin nombrarlo. Esto cuenta María Beatriz Müller, presidenta de la Asociación Civil Salud Activa: “Últimamente comenzamos a encontrar sinónimos al SAP en las causas sobre abuso y maltrato infantil o en los puntos de pericia. Algunos son: co-construcción de memoria, implantación de memoria o de ideas, madre alienadora, disputa de adultos, divorcio controvertido, falsa denuncia, intereses económicos en juego, o madre alienada o trastornada mentalmente”.</p>
<p>Es que el objetivo es cambiar el foco para seguir sin hablar de abuso y mantener el orden social establecido. “Durante muchos años el maltrato infantil estuvo invisibilizado porque los niños y niñas mentían o fantaseaban, no eran creíbles. Esto se vio cuestionado con la Convención Internacional de los Derechos del Niño, quien pasó a ser un sujeto con derechos. Entonces, el único camino que queda para continuar invisibilizando las violencias contra los niños/as es atacando al adulto protector (madre, padre, abuela/o, psicóloga/o), que son quienes van a acompañar y validar los dichos del niño y la niña. Por eso, el ataque al adulto protector siempre debe ser considerado sospechoso”, recomienda Müller.</p>
<p>Se han logrado avances. De a poco comienza a correrse el velo de un tabú milenario. Pero es necesario frenar el proceder de una Justicia que parece ensañada en perpetuar la violencia infantil. Digamos basta. Con los chicos y chicas, no.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>*publicado originalmente en <a href="http://www.comunicarigualdad.com.ar/vivas-libres-sanas/">Comunicar Igualdad </a></strong></p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/vivas-sanas-y-libres-del-falso-sap-nos-queremos/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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