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	<title>Juan Francisco Olsen &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
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	<title>Juan Francisco Olsen &#8211; Marcha</title>
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		<title>Son(g)s of Fela</title>
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		<pubDate>Wed, 22 Apr 2020 12:00:03 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Por Juan Francisco Olsen / Foto por David Corio Hace tiempo tenía ganas de escribir algo que no se tratara de pandemias, de pobreza, de heridas abiertas, de futuros distópicos, ni de sufrimientos varios. Es difícil porque, obviamente, todxs estamos imbuídos en un insoportable encierro. En una trampa de pensamientos que ya no es sólo [...]]]></description>
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<p><strong>Por <a href="https://twitter.com/JuanFraXeneize">Juan Francisco Olsen</a></strong> / Foto por David Corio</p>



<p>Hace tiempo tenía ganas de escribir algo que no se tratara de pandemias, de pobreza, de heridas abiertas, de futuros distópicos, ni de sufrimientos varios. Es difícil porque, obviamente, todxs estamos imbuídos en un insoportable encierro. En una trampa de pensamientos que ya no es sólo la restricción material de movimientos, sino la sensación de que no se puede hablar de otra cosa`, imaginar otra cosa. De que el comienzo y el fin de todas nuestras conversaciones, incluso en las que intentamos evadirnos, vuelve al mismo punto. Este mismo texto hace eso: Comienzo hablando de lo que no quiero hablar porque siento que es la forma más profiláctica de dejar de lado algo que, sin dudas, está en mí (en nosotrxs) todo el tiempo.</p>



<p>Hace días me confirmaron que no iba a volver a mi casa por mucho, mucho tiempo. Y eso genera que todos los mensajes que recibo son, al final, siempre con el mismo objetivo: “¿estás bien? ¿qué te dijeron del consulado? ¿te van a repatriar? ¿y tu trabajo? ¿y tu casa?”. Todas excelentes preguntas para las cuales no tengo prácticamente ninguna respuesta. Lo único que sé es que no voy a volver en un buen rato y que no quiero devenir en espera.</p>



<p>Andrew Sullivan decía hace unas semanas que vivir en una plaga es sólo una forma intensificada de vivir. Sólo revela la incertidumbre radical de la vida que ya está aquí, y nos enfoca en ella. Vivir en incertidumbre democratiza de forma radical nuestras expectativas. Ya que nos corre de la patética sensación de que está todo premeditado. La historia siempre siembra el devenir, pero es, justamente, ante esa incertidumbre donde se pueden imaginar futuros necesarios. Donde se ponen en movimiento las fuerzas de la historia y las esperanzas de cambio.</p>



<p>Ahora sin fecha de regreso, veo con mayor claridad aquella quimérica ilusión en la cual todos los blancos progresistas nos imaginamos salvadores de éste continente. Pero hay jóvenes en África que conocen mucho mejor cómo dibujar su destino. Jóvenes que habitan una tierra desgarrada, pero que son muchísimo más que las fotos del National Geographic. Que se permiten, aun en los marcos más desoladores empujar futuros nuevos. De eso quiero hablar un poco hoy.</p>



<p><strong>Tujiangalie</strong></p>



<p>El 30 de octubre de 2017, Uruhu Keniatta fue reelecto presidente de Kenia por el 98% de los votos. La cifra ese día no sorprendió a nadie, ya que el único candidato medianamente opositor había llamado a boicotear las elecciones. Estas habían surgido como resultado del escandaloso fraude cometido por el partido de gobierno, apenas dos meses antes, y que obligó, fallo del Supremo Tribunal de Justicia mediante, a realizar dos llamados electorales el mismo año para definir quién ocuparía la presidencia.</p>



<p>Como en otras partes del mundo, aquí no es extraño que se hagan elecciones amañadas. Uruhu ejerce el cargo que creó su padre, Jomo Keniatta, luego de la independencia de Kenia en 1964 y que hasta el día de hoy sólo ha tenido 4 ocupantes. Fraude electoral, violencia política, magnicidios y represión, han sido los mecanismos predilectos para mantener en pie esta, digamos, curiosa forma de vida democrática.</p>



<p>Sin ir más lejos, el propio Jomo Keniatta, un furibundo anti comunista, se encargó de desaparecer cualquier tipo de oposición política, muchas veces regando sangre sobre la tierra colorada de Kenia. Hasta morir en el cargo puesto, en agosto de 1978.</p>



<p>Keniatta padre también fue autor de algunas de las grandes desigualdades de la Kenia independentista. Como sucedió en muchos otros procesos de descolonización africanos, después de la salida de las autoridades europeas, las comunidades originarias más cercanas al régimen heredaron la administración republicana. Así, Keniatta distribuyó tierras, negocios y puestos de poder entre los suyos, favoreciendo fundamentalmente a la comunidad kikuyu, unos de los más de 30 pueblos que habitan esta tierra.</p>



<p>Pero los kikuyu son casi un tercio de la población de Kenia y jamás se logró tan nivel de distribución de la riqueza. Más bien, hay un grupo selecto de ésta comunidad, que se conformó al calor del poder y las armas de Jomo, y que se reparte el Estado y las dádivas sin despecho. Todo esto legitimado por una senda representatividad comunitaria y un fuerte rol de las iglesias, sobre todo pentecostales, para contener a las masas y repartir bienes de salvación a cambio de favores políticos y prebendas monetarias.</p>



<p>Con una élite tan aferrada al poder, el Estados es, entonces, también cosa de viejos. En un país donde fuera de la capital la edad promedio es de 15 años y la expectativa de vida es 59, asombra (o no tanto) ver como los cargos públicos se los reparten entre hombres octogenarios, algunos con carrera ininterrumpida desde la presidencia de Jomo.</p>



<p>Así, luego del alevoso fraude electoral de agosto del 2017, era de esperar que hubiera una reacción. Que la movilización tomara carácter destituyente y, a su vez, que fuera brutalmente reprimida. Tanto los analistas internacionales como los lugareños imaginaban escenas similares a las de los comicios del 2007, que terminaron con más de mil doscientos muertos. Pero esto no sucedió así. La estrategia de boicot de la oposición fue exitosa en su modalidad, ya que participó menos de la mitad del electorado en octubre, mientras que el llamado anterior había estado casi el 80%.</p>



<p>Sin embargo, con ese 38% del electorado, Keniatta ganó y a eso sobrevinieron algunos reclamos aislados, protestas donde se pudo expresar algo de bronca, pero, sobre todo, desazón. La sensación de que nada cambia, de que al final siempre gana el orden más injusto y de que, aún así, era preferible a la muerte. De allí, de esa fatal desilusión, surgió <em>Tujiangalie</em>.</p>



<p>Tujiangalie en swahili significa “autoreflección” y es el título, como mantra y grito rebelde, de la canción que meses después de las elecciones del 2017 decenas de miles de jóvenes comenzaron a hacer sonar por toda Kenia. Un llamado a la reflexión introspectiva de una generación a la que puso voz Sauti Solo, una de las bandas más populares del Este africano.</p>



<p>“En Kenia, tenemos un desastre” y la democracia “es sólo una palabra que decimos por diversión”, así exultan las primeras frases de Tujiangalie, compuesta por Bien-Aimé Baraza y el rapero, también keniata, Nyashinski, escrita en Sheng (mixtura entre inglés y swahili). Pero entra aún más profundo. La corrupción, la deuda, las desigualdades económicas, la relación entre el clero y la clase política, toda esa carga política y social que la Argentina de los 90 supieron encarnar bandas como Las Manos de Filipi, acá se muestran con un abanico de voces precioso, un sonido moderno aprehendido del pop y un ritmo cálido y afectuoso que hunde sus raíces en el reggae.</p>



<p>Otros grupos y cantantes comenzaron a hacer sus versiones de Tujiangalie, a traducirla a otras lenguas de Kenia, a mezclarla con otras composiciones y a ponerle imágenes para ilustrar el relato. Pero, sobre todo, esa autoreflexión hizo explotar un sentimiento generalizado.</p>



<p>“karibu to the Kenya, Republic of China”, vomita <em>Wajinga Nyinyi</em>, una de las primas de Tujiangalie, compuesta por el rapero King Kaka. En ésta canción de unos 7 minutos, ya no hay casi instrumentos, sólo un violín que apenas corta la oscuridad y nos acompaña en la agonía de sentir que hay muchas cosas que son una mierda y que necesitamos decir basta. Wajinga es cruda, mala onda, irónica en el tono y rabiosa en sus palabras. No apta para personas que les guste Celia Cruz.</p>



<p>Pero ni Tujiangalie ni&nbsp; Wajinga Nyinyi son canciones que invitan a la desobediencia desorganizada, sino a salidas políticas. En esta región no es raro que el descontento social termine en serias situaciones de violencia. Las tensiones entre grupos étnicos y los fundamentalismos religiosos son muchas veces los canales de conducción del odio y la impotencia ante las desigualdades estructurales. Lo que pide esta generación es una salida africana que supere las encerronas históricas.</p>



<p>King Kaka, Bien-Aimé Baraza, Xenia Manasseh, son sólo algunos de los nombres de artistas jóvenes que cantan contra la situación actual en Kenia y en todo el continente, pero que también en su música pugnan por la construcción de nuevos liderazgos políticos y proyectos colectivos que rompan con la herencia colonial, la dependencia económica, la opresión religiosa, las divisiones comunitarias, las espirales de violencia y las desigualdades sociales.</p>



<p>Este movimiento recuerda a otras oleadas artísticas que en distintos tiempos y lugares le dieron imagen y sonido a un viento de cambio que estaba por venir. Tienen nexos directos con artistas jóvenes negrxs de otras partes del mundo, sobre todo en EEUU. Como Childish Gambino, Common, Christian Scott, Robert Glasper, Jorja Smith, entre muchxs otrxs. Pero, quizás lo más distintivo, sea justamente la conciencia histórica y regional del proyecto que empujan.</p>



<p>“To understand Nigeria you need to appreciate where it came from” (“Para entender Nigeria, debes apreciar de donde viene”), comienza la canción central del último disco de Burna Boy y sigue: “so let´s establish a simple truth: the british didn´t travel halfway across the world just to spread democracy. Nigeria started off as a business deal for them, between a company and a government” (Así que establezcamos una verdad simple: los británicos no viajaron al otro lado del mundo solo para difundir la democracia. Nigeria comenzó como un negocio para ellos, entre una empresa y un gobierno”). Un crudo manifiesto que, bajo el nombre de <em>Another Story</em>, empuja a la actualidad un deseo de liberación pan-africano y retoma las banderas del Black Power, del Black Panther Party, de Patrice Lumumba, de Carmichael, de Angela Davis.</p>



<p>Pero no es gratuito tender un puente hacia esas ideas y ponerles música. Lxs jóvenes músicxs africanxs continúan un camino comenzado hace tiempo por Miriam Makeba, Fela Kuti y Nina Simone, entre muchxs otrxs enormes artistas. Reivindican que ellxs son la base de su música, pero también de sus ideas y de muchos de sus proyectos. A su vez, también son conscientes de que en muchos casos fueron proyectos políticos y artísticos cortados de forma violenta u hostigados hasta su extinción o marginalidad.</p>



<p>Burna Boy dio una respuesta bastante sintética sobre todo esto hace unos meses: “Todos tienen sus ídolos, él mio era Fela Kuti. Por eso su música es la base de todo y por eso mi misión es unir a África. Recién cuando tengamos una sola moneda, un solo pasaporte y seamos libres, estará cumplida”.</p>



<p>Sauti Sol /&nbsp; Tujiangalie <a href="https://www.youtube.com/watch?v=gnt10R89W74">https://www.youtube.com/watch?v=gnt10R89W74</a></p>



<p>King Kaká / Wajinga Nyinyi <a href="https://www.youtube.com/watch?v=WIuMZmagvUk">https://www.youtube.com/watch?v=WIuMZmagvUk</a> </p>



<p>Burna Boy / Another Story <a href="https://www.youtube.com/watch?v=JXbWwR4rSmY">https://www.youtube.com/watch?v=JXbWwR4rSmY</a></p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/songs-of-fela/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
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		<title>Vigilar y Castigar: Los hechos de Mombasa</title>
		<link>https://marcha.org.ar/vigilar-y-castigar-los-hechos-de-mombasa/</link>
		
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		<pubDate>Thu, 02 Apr 2020 12:00:32 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[La pandemia del COVID-19 y sus consecuencias impactan de la peor manera. Cómo se vive en África, en esta segunda entrega.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>Luego de que el gobierno keniano declarara el Estado de sitio  por el avance del COVID-19, en el estado de Mombasa se desató la represión en las calles. Un recorrido críticos por los hechos que dejaron imágenes que ocurrieron en Kenia, pero que se repiten en otras latitudes.</em></p>
<p>Por <a href="https://twitter.com/JuanFraXeneize"><span style="color: #6600cc;">Juan Francisco Olsen</span></a> desde África / Fotos por Citizen TV</p>
<p>ADVERTENCA: Antes de comenzar, vale una aclaración que quedó pendiente en mi última nota para Marcha noticias: <u>África no es un país</u>. Es importante explicitar esto porque, aunque parezca una verdad de perogrullo, África es un continente, con millones de personas, decenas de países, lenguajes, texturas, realidades e historias. En este sentido, los hechos que serán narrados a continuación refieren a una de esas historias y a uno de esos territorios. Sin embargo, cualquier similitud con lo que pueda pasar en otras partes del continente, en países de Medio Oriente, Colombia, Hong-Kong o la estación Varela, puede que no sea pura coincidencia.</p>
<p align="LEFT"><b>Los antecedentes</b></p>
<p align="LEFT">El día 11 de marzo arribó a Nairobi el padre Richar Onyango Oduor, un sacerdote católico oriundo de Ambira, en el estado keniata de Saiya. El clérigo había estado realizando una estadía en Roma, al final de la cual regresó al país donde realiza tu tarea confesional. Pasó unos días en Utawala (Nairobo), donde visitó dos conventos, y el día 13 marchó a Saiya, para ofrecer servicio en el entierro de un pariente cercano.</p>
<p align="LEFT">Tras aquella misa, el padre comenzó a presentar malestar físico, dolor muscular, fiebre muy alta y problemas respiratorios. Como se podría esperar, luego de serle realizado el test, el comisionado de Saiya, Michael Ole Tialal, informó que le padre Oduor era la primera víctima de coronavirus en Kenia y que no menos de 200 personas que habían tenido contacto con él ahora tenían que entrar en cuarentena obligatoria. Automáticamente, el Gobierno de Kenya activó las mismas medidas de cerramiento del resto de los países del mundo donde: Suspendiendo los vuelos, reduciendo en tránsito interno, ordenando el cierre de todas las instituciones educativas y recomendando no participar de ceremonias religiosas.</p>
<p align="LEFT">Tras conocerse el caso del padre Oduor, los enfermos de COVID-19 comenzaron a reproducirse en dos áreas particulares: El Estado de Saiya, donde había transitado el cura, y la costa de Kenya, donde hoy se encuentra el principal brote. Sin bien aún no hay una gran cantidad de caso en el país (50 al momento de escribir esta nota), la situación en esta última preocupa especialmente al ser una de las regiones más pobres del país y por la velocidad con la que se ha detectado transmisión local.</p>
<p align="LEFT">Sumado a éstas particularidades, Mombasa se caracteriza, al igual que los demás Estados costeños, por ser una zona con alto porcentaje población islámica. Un colectivo que en Kenya representa casi al 11% de la población total (alrededor de 5 millones de personas), pero que no suele mantener una buena relación con el Gobierno Federal, ni con la sociedad más al interior del territorio, debido a la asociación que éstos hacen entre los keniatas islámicos y los grupos yihadistas de otras partes del continente.</p>
<p align="LEFT"><img class="alignnone size-medium wp-image-48250" src="http://www.marcha.org.ar/wp-content/uploads/2020/04/IMG-20200401-WA0059-273x410.jpg" alt="" width="273" height="410" srcset="https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2020/04/IMG-20200401-WA0059-273x410.jpg 273w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2020/04/IMG-20200401-WA0059-682x1024.jpg 682w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2020/04/IMG-20200401-WA0059-640x960.jpg 640w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2020/04/IMG-20200401-WA0059.jpg 853w" sizes="(max-width: 273px) 100vw, 273px" /></p>
<p align="LEFT"><b>Los hechos</b></p>
<p align="LEFT">Debido al ineludible avance del coronavirus en Kenya y en la región, el jueves 26 el presidente Uruhu Kenyatta (Si, el presidente de Kenya se llama Kenyatta) ordenó la cuarentena obligatoria para todas las personas que hubiesen ingresado al país desde el 13 de Marzo en adelante y el toque de queda para toda la población a partir de las 19hs del día siguiente.</p>
<p align="LEFT">El viernes 27 a las 17hs el escenario en las principales ciudades del país swahili ya era de caos. La gente corría desesperada, los negocios se apuraban a bajar sus persianas, los agentes de tránsito tiraban la toalla ante el inmanejable desastre vehicular y los “matatus” (una suerte de transporte público local) aprovechaban para aumentar el precio del boleto, gracias a la disposición del Gobierno de bajar la cantidad de pasajeros y la necesidad de las personas de llegar a su casa antes de que empiece a regir el nuevo decreto. En ese mismo momento, en Mombasa, centenares de personas comienzan a agolparse en las puertas de ferry de Likoni que conecta el área urbana continental con la Isla de Mombasa.</p>
<p align="LEFT">El trasbordador tiene horario de cierre programado para las 6 de la tarde. Quien no esté arriba para ese momento, no sólo quedaría imposibilitado de volver a su casa, sino que sería presa de las fuerzas de seguridad del Estado, dispuestas a cazar a quién no pueda o no quiera incumplir la cuarentena. El resultado fue un desastre.</p>
<p align="LEFT">Los militares comienzan a disparar gases lacrimógenos a la gente que intenta subir al ferry. Algunos corren, otros no pueden escapar y comienzan a vomitar. La represión avanza y empiezan a repartir bastonazos.</p>
<p align="LEFT">Las imágenes de la brutalidad militar y policial son registradas con celulares y algunos medios de comunicación. En pocas horas todo el país ve casi en directo como golpean a mujeres que sólo intentan levantar del piso lo que queda de sus puestos de “ugali” y pescado frito. Para las 7 de la tarde, ya nadie se atreve a salir a la calle.</p>
<p align="LEFT"><b>Las razones</b></p>
<p align="LEFT">Las escenas de represión en Mombasa, en principio, no se distinguen mucho de las que llegan de otras latitudes. Basta con recordar los hechos de represión en Sudáfrica, donde la policía de Johannesburg despejó el centro de la ciudad de personas sin hogar repartiendo bastonazos y el tiroteo con balas de goma contra un supermercado en Cape Town. También los dos hombres fusilados en Kigali (Rwanda), luego de que se dictara un toque de queda similar al de Kenya. Pero esto no es patrimonio exclusivo de los países africanos.</p>
<p align="LEFT">En Colombia, ya una decena de dirigentes sociales han sido emboscados en sus casas mientras cumplían la cuarentena y asesinados por grupos paramilitares que responden al presidente Iván Duque y a su mecenas político, Álvaro Uribe. A su vez, hechos similares se registran en lugares tan lejanos como Perú, El Salvador, República Dominicana, Grecia y hasta en Italia, el centro europeo de la pandemia, sólo por nombrar algunos casos.</p>
<p align="LEFT">En un reciente artículo el filósofo surcoreano Byung-Chul Han plantea que con la pandemia estamos siendo testigos de un desplazamiento de la autoridad de los Estados nacionales. Para Han, la soberanía ya no reside en quien es capaz de levantar fronteras sino en quién controla los datos y, por medio de ellos, a su población hasta los más íntimo. Algo así como una pesadilla foucaulteana, donde la microfísica del poder pasaría a ser una nanofísica del control. Sin embargo, los ejemplos antes citados no son, precisamentes leviatanes informáticos como se ha dicho (y sobre lo cual se ha atribuido el éxito en controlar la pandemia) de China, Japón o Corea del Sur.</p>
<p align="LEFT">Los Estados latinoamericanos, africanos y del sur de Europa están tremendamente lejos de ser soberanos en materia informática. De hecho, como si fuera un <i>deja vú</i> de la Guerra Fría, estos Estados son territorio de disputa tecnológica de potencias como China y Estados Unidos. Por el contrario, lo que vimos en Mombasa fue la teatralización de la represión. Una reescenificación del control del Estado, a través de las redes sociales y medios, para advertir, no sólo a la sociedad por éste contenida, sino para otras latitudes también.</p>
<p align="LEFT">La represión de los elementos disruptivos o contestatarios para cualquier Estado puede tomar muchas formas. La clandestinidad, por ejemplo, tan conocida en Argentina y que podemos identificar hoy en países como Colombia, es sólo una forma de trasmitir el terror, funcional a determinados objetivos.</p>
<p align="LEFT">Mombasa, probablemente, haya sido un lugar proclive a desmadrarse. Ya lo mencionábamos antes, es una zona de las más pobres del país, donde se concentra una minoría religiosa a la cual se manifiesta hostilidad permanente desde el Estado y el Gobierno Federal y que, además, funciona como referencia local de un enemigo externo: Somalia.</p>
<p align="LEFT"><b>El poder en escena</b></p>
<p align="LEFT">El Gobierno de Kenya y el Gobierno de Somalia tienen una relación conflictiva, cuando menos. Ambos están trenzados en varios frentes de disputa territorial. Fundamentalmente, por la división de aguas, donde ambos Estados reclaman el control de un área donde presuntamente hay recursos hidrocarburíferos; y por tierra, en la frontera norte de Kenya y sur de Somalia, donde el primero pretende anexar territorio somalí, en una zona donde ambos tienen problemas con las fuerzas yihadistas de Al-Shabbaab (filial de Al Qaeda para el Este de África).</p>
<p align="LEFT">Una de éstas disputas, la marítima, tiene fecha de “resolución” para junio de éste año, cuando un tribunal internación decida sobre la correcta delimitación de la frontera. Sin embargo, la tensión entre ambos Gobiernos fue escalando, hasta el 2 de marzo cuando una llamada telefónica entre el presidente Uhuru Kenyatta y su homólogo Mohamed Abdullahi, supuestamente, aflojó las cosas. Pero Mombasa es un excelente objetivo si se quiere demostrar beligerancia al Gobierno somalí, sin pagar costo político.</p>
<p align="LEFT">Kenya es un país abrumadoramente cristiano y, mayormente, protestante. Esa una de las marcas coloniales más fuertes. Casi el 90% de la población pertenece a una iglesia de origen europeo, sea católica, lutherana, calvinista, pentecostal, ortodoxa, metodista o cualquier otra variante que reconozca a Cristo como máxima representación de Dios en la tierra. Entonces, apuntar contra la población islámica, no sólo no está mal visto, sino que, en algunos sectores, puede ser hasta deseado.</p>
<p align="LEFT">Es por ello, que el Gobierno de Kenia podría haber negado los hechos, intentado aislar a los oficiales involucrados o, incluso, haber perseguido a quienes difundieron las imágenes (algo que ha ocurrido recientemente, durante esta misma crisis sanitaria). Sin embargo, no lo hizo. Puso de manifiesto la violencia y convocó voceros para defenderla. Y allí entra un segundo factor: la espectacularización de la masculinidad.</p>
<p align="LEFT">Rita Segato llama “espectacularización de la masculinidad” a esos hechos en los que la hombría, la masculinidad cis-hetero-patriarcal, se exhibe como un baluarte y como una amenaza. Es una advertencia de uso de la fuerza y de sometimiento al orden sistémico patriarcal. Eso es lo que vemos en las reiteradas declaraciones presidenciales de Macron, Trump, Alberto Fernández y Piñera, entre otros, cuando se refieren a la lucha contra la pandemia como una “guerra”.</p>
<p align="LEFT">Una guerra es el lugar por excelencia para escenificar y espectacularizar la masculinidad. Les permite a los hombres tomar para sí todas las fuerzas del Estado con fin de proteger y vencer al enemigo. Por eso la utilización de la fuerza no puede ser clandestina. Tiene que ser explícita, tiene que ser visible y magnificada. Tiene que demostrar que hay un macho que está en control.</p>
<p align="LEFT">De allí que en la represión en Mumbasa sea tan explícita hacia las mujeres. Mujeres cocineras, mujeres musulmanas, mujeres pobres. Porque éstas son usadas para decirle a otros machos “aquí estoy yo y aquí mando, sobre éstos cuerpos y sobre éste territorio”.</p>
<p align="LEFT"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-48251" src="http://www.marcha.org.ar/wp-content/uploads/2020/04/IMG-20200401-WA0058-615x410.jpg" alt="" width="615" height="410" srcset="https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2020/04/IMG-20200401-WA0058-615x410.jpg 615w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2020/04/IMG-20200401-WA0058-1024x682.jpg 1024w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2020/04/IMG-20200401-WA0058-640x427.jpg 640w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2020/04/IMG-20200401-WA0058.jpg 1280w" sizes="(max-width: 615px) 100vw, 615px" /></p>
<p align="LEFT"><b>Algunas conclusiones.</b></p>
<p align="LEFT">En mi nota anterior decía furiosamente que necesitamos de la acción épica y heroica de pensar futuros nuevos para aquellxs que ya vivieron demasiada realidad. Bueno, la verdad es que el sistema contra el cual combatimos, el sistema que nos oprime, tiene en sus entrañas la violencia como sistema pedagógico. Nos educa sobre el ejercicio, potencial o fáctico, de violencia sobre nuestros cuerpos, nuestras libertades, nuestras elecciones, nuestras esperanzas.</p>
<p align="LEFT">Es por ello que si queremos entender Mombasa como un hecho más de brutalidad africana, probablemente nos equivoquemos. O si, por el contrario, quisiéramos ver una particularidad local, seguramente también nos equivoquemos.</p>
<p align="LEFT">El asunto es ver y aprender cómo las acciones se concadenan como parte de un sistema. Que es necesario desprendernos, no sólo nuestras formas económicas, sino todas aquellas construcciones de valor y de poder, de todas aquellas marcas de violencia pedagógica que muchas veces nos vuelven indolentes o sumisxs. Como dice Walter Mignolo, des-aprehender para re-aprehender y re-existir.</p>
<p align="LEFT">La represión en Mombasa recibió un rechazo inesperado de gran parte de la sociedad keniata y una denuncia pública de Amnistía Internacional y otras 19 organizaciones de Derechos Humanos. Quizás ese sea el camino para empezar a perder el miedo. Quizás podamos comenzar a ver cómo des-aprendemos la violencia inscripta en nuestros territorios y nuestros cuerpos. Quizás podamos recuperar la empatía como forma educativa y poner a rodar de nuevo el amor revolucionario. <i>Inshallah</i>.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/vigilar-y-castigar-los-hechos-de-mombasa/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>África by the sea</title>
		<link>https://marcha.org.ar/africa-by-the-sea/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 28 Mar 2020 13:12:42 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Crónicas desde África, primer entrega]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>“Si Italia no pudo, que tiene los mejores médicos, los mejores hospitales, los mejores todo ¿Qué va a pasar con nosotros? ¿Qué va a pasar cuando llegue a Kenia?” </em></p>
<p style="text-align: right;"><em>John. </em></p>
<p><strong>Por Juan Francisco Olsen desde África | Foto Victoria Gunther para NPR</strong></p>
<p>Hace varios meses arreglé con lxs compañerxs de Marcha comenzar a escribir una serie de crónicas sobre África, a raíz de un viaje personal en cual pensaba recorrer el Este y el Sur del Continente.</p>
<p>Lamentablemente, mi viaje, así como mucha de las cosas que hasta ahora imaginábamos inalterables, se vió interrumpido por el coronavirus.</p>
<p>Hubiera preferido comenzar con algo más. Contar como es la sociedad etíope, relatar la lucha y resistencia en Rwanda, las marcas de colonialismo en Kenia o la reconstrucción de memorias olvidadas  en alguna parte de estas tierras. Sin embargo, el virus que trastocó nuestra vida y que nos hace abrazar cosas que detestábamos, como las llamadas por whatsapp o los saludos de cumpleaños, absorbió mis pensamentos, mis conversaciones, mis contactos a distancias, mis diálogos casuales, mis visitas a lugares y mis nuevas relaciones.</p>
<p>Ver la pandemia desde acá es como ver desde un penal como otros hablan de libertades. África supura dolor de enfermedades y tragedias humanitarias. África vive enterrada en “solidaridades” injustas, desechos de buenas voluntades, admiraciones inocuas y paternalismos coloniales. Te sacude permanentemente bajo la desesperante angustia de no encontrar buenos entre los malos, sino sólo malos peores.</p>
<p>Desde acá me resulta risible escuchar que para algunxs esta pandemia es surreal, es antagónica a la cotidianidad, a la vida concreta y material, que es una fantasía escapada de las manos Orwell o Saramago. No. Desde acá lo que parece que golpea a occidente no es más que la realidad, que la pura y dura realidad. La materialización inesperada de un fin de sueño que demuestra que vivíamos en la Matrix.</p>
<p>No hay nada más real que saber de la muerte y eso en éste continente nunca fue posverdad.</p>
<p>Se terminó hace días uno de los brotes más salvajes de ébola en África central. Se cobró la vida de miles de personas sin que a occidente le importara porque no era SU verdad, porque no era SU realidad. Porque si algún avezado miraba la página del día donde moría el desnutrido, éste ya era parte de otra realidad.</p>
<p>Una realidad de gobiernos ineptos y totalitarios. Estados serviles y organizaciones que vienen a lavar la culpa de lo que exfolian. Que, mientras estudiantes doctorales de Alemania y Dinamarca miran dichosos sus proyectos de posgrado sobre agua o salud reproductiva, lo que queda acá son los retazos plásticos del final de dicho emprendimiento. No hay quien pague los repuestos del panel solar cuando todo se termina.</p>
<p>“¿qué va a pasar con nosotros? ¿Qué va a pasar cuando llegue a Kenia?” nos decía John mientras no conducía a comer y disfrutar del cumpleaños de mi amiga. Su desesperación aún me resuena porque fue lo más real que oí en mi vida.</p>
<p>John compra el agua para una vaca y así garantizar la comida a su familia. John trabaja en la ciudad y lleva a turistas a lugares que probablemente nunca entre. John se abraza a la vida con la única vocación de saber que hay otras que de él dependen.</p>
<p>Frantz Fanon decía que los hombres en países así perciben la vida no como el florecimiento o desarrollo de una fecundidad esencial, sino como una lucha permanente contra una muerte atmosférica.</p>
<p>Esa muerte próxima que se materializa en el hambre endémica, la desocupación, las epidemias y la ausencia de futuro. Amenazas activas y obstáculos sensibles a la existencia de quien ha sido colonizado, que confieren a su vida una sensación de muerte incompleta.</p>
<p>Librarse del mal, entonces, es apenas la sombra de un realismo desgarrador. Una muerte aún más próxima que meramente potencial que subsume los imaginarios de futuro a un derrotero fatalista.</p>
<p>“¿Qué va a pasar con nosotros?” sigue repitiendo John adentro mío, aunque él ya no sepa cuanto han podido revotar éstas palabras.</p>
<p>Me frustra pensar que hay quienes que, ante esta increíble fatalidad mundial, piensan que un universo mejor, indefectiblemente, acontecerá. Como si los sistemas se suicidan por no dar de camas en los hospitales. Como si el humilde deseo sea suficiente para dar nacimiento a una nueva verdad. No.</p>
<p>No alcanza con ello y no es suficiente aguantar. No es justo vivir en la ensoñación de que los capitales del mundo al fin encontraron tope a sus apetitos y que vernos muertos o a terrados fue suficiente para cambiar. De ninguna manera.</p>
<p>El hedor putrefacto del sistema capitalista no se barre con alcohol al 70-30. Se necesita de cuerpos que abandonen la cuarentena del final de la historia y se agiten por deseos de transformación. Se necesita de la acción épica y heroica de pensar futuros nuevos para aquellos que ya vivieron demasiada realidad.</p>
<p>Dejar de compartir videos donde los médicos cubanos hacen lo que nosotros no nos atrevemos y ya no sabemos cómo exigirlo. Abandonar toda comodidad de sentido. Llorar a nuestros muertos como parte de colectivo y como rulemanes de una acción que debió haber sido dada hace mucho.</p>
<p>¿Qué hay de John que yo no tenga? Sin dudas esa sensación de que este tiempo no es irreal o una excepción, sino de que el mundo así como está es mayormente una mierda.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/africa-by-the-sea/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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