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	<title>Intelectuales &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
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	<title>Intelectuales &#8211; Marcha</title>
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		<title>Último análisis de Martínez Heredia sobre el presente de Cuba y América Latina</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 16 Jun 2017 03:03:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Nuestra América]]></category>
		<category><![CDATA[Sin Fronteras]]></category>
		<category><![CDATA[Cuba]]></category>
		<category><![CDATA[Fernando Martínez Heredia]]></category>
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		<category><![CDATA[revolución cubana]]></category>
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					<description><![CDATA[Falleció Fernando Martínez Heredia, de los principales pensadores de Cuba y América Latina. Aquí su último análisis sobre el presente de nuestro continente.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>En la madrugada de este lunes falleció Fernando Martínez Heredia, profesor, ensayista e historiador cubano y uno de los principales pensadores latinoamericanos. A modo de homenaje, publicamos el artículo que enviara en marzo pasado para el libro “América Latina. Huellas y retos del ciclo progresista”, compilado por Pablo Solana y Gerardo Szalkowicz y editado por Sudestada en Argentina y La Fogata en Colombia. Allí elabora un agudo análisis de la etapa y los desafíos que atraviesa el proceso cubano en el marco del escenario continental.</em></p>
<p><strong>Por Fernando Martínez Heredia</strong></p>
<p><strong>La Revolución Cubana en el siglo XXI</strong></p>
<p>Como todos saben, Cuba es un país realmente singular. Solo mencionaré los cambios colosales de la vida de las personas, las relaciones sociales y las instituciones generadas por el proceso revolucionario, conquistadas y desarrolladas con la participación decisiva de las mayorías, codificadas por las leyes y convertidas en costumbres. El consenso por parte de las mayorías de que el poder político ha gozado durante más de medio siglo tiene bases muy firmes en el imperio de la justicia social, la redistribución sistemática de la riqueza del país en beneficio de esas mayorías, la identificación general del gobierno como servidor de los altos fines de la sociedad y administrador honesto -y no como una sucesión de grupos corrompidos que medran, engañan y lucran- y la defensa intransigente de la soberanía nacional plena.</p>
<p>La sociedad de justicia, bienestar y oportunidades para todos que se logró como saldo del proceso hasta 1990 ha sufrido deterioros y reducciones de esos rasgos en los últimos 25 años. No me detengo en la profunda crisis que vivió Cuba en la primera mitad de los años ´90, que originó esa tendencia negativa, solamente añado dos constantes que operan siempre y sistemáticamente en contra: la agresión permanente de Estados Unidos, desde 1959, que incluye el funesto estado de guerra económica del bloqueo; y las profundas y abarcadoras desventajas económicas que sufrimos, como la mayor parte de los pueblos del planeta, causadas por el sistema de financiarización, centralización, robo de recursos y exacciones parasitarias del gran capital.</p>
<p>La crisis pudo ser enfrentada y remontada porque se produjo la conjunción de una gran sagacidad, decisión de resistir, valentía y un apego estricto a los principios socialistas, combinados con una enorme flexibilidad táctica y con la abnegación, la combatividad y la pericia de las mayorías, franqueada por el extraordinario desarrollo que habían experimentado sus capacidades y su conciencia política en las décadas previas. Fue mucho más que el mantenimiento de un gran pacto social. No hubo ninguna rendición, ni apelación al repertorio neoliberal que era usual: la política social ejemplar cubana se mantuvo, aun en los peores momentos. La maestría y la firmeza de Fidel y la sabiduría política del pueblo, unidos, impidieron la caída del socialismo cubano.</p>
<p>Pero los efectos de la profunda contracción de la actividad económica y la calidad de la vida, y los de una parte de las medidas que fue necesario tomar, se hicieron sentir de manera aguda primero y, aunque pronto fueron atenuados, comenzaron a tener consecuencias que se han vuelto en parte crónicas, y que han recibido impactos muy diversos en las dos décadas que siguen hasta hoy.</p>
<p>En la actualidad se puede apreciar la consolidación de desigualdades ante el ingreso que percibe la población, que eran desconocidas antes de la crisis. Hay sectores empobrecidos, y esto es más agudo en grupos sociales que estaban en desventaja por razones históricas y/o territoriales, o a los que la evolución de la situación fue llevando a ese estado. De un nivel ínfimo de pobreza y cero pobreza extrema hace 30 años, hemos pasado a tasas de pobreza que para Cuba son notablemente altas. Las deficiencias más significativas se encuentran en vivienda, remuneración del trabajo, situación de comunidades y acceso a una parte de los consumos necesarios o deseados. De una sociedad en la que las relaciones entre los esfuerzos laborales y los consumos y la calidad de la vida eran muy indirectas, hemos pasado a una situación en la que los ingresos directos que se obtienen desempeñan un papel grande en esos consumos y en la calidad de la vida. El papel del dinero ha crecido muy sensiblemente en un gran número de campos.</p>
<p>Las remesas desde el exterior, importantes para la macroeconomía, pueden erosionar también las ideas socialistas. Es probable que una parte de ellas esté sirviendo para crear empresas pequeñas, pero privilegiadas en cuanto a operar y sostenerse.</p>
<p>Junto a esas realidades han sido impactadas las representaciones, los valores, la conciencia y las ideas, de manera paulatina pero que no puede subestimarse. Entre sus efectos está la existencia de una franja de población que es ajena a la Revolución, privilegia los asuntos personales y las relaciones familiares y de pequeños grupos, y suele creerse ajena a militancias y contaminaciones políticas. Ese apoliticismo convive en paralelo con las convicciones políticas y las costumbres socialistas arraigadas, como conviven en paralelo en nuestra sociedad un enorme número de relaciones sociales, representaciones y valores socialistas y capitalistas. Se está librando una guerra cultural abierta entre el socialismo y el capitalismo.</p>
<p>Agrego aún otro rasgo negativo que ha crecido: la conservatización de la vida social. Parece ser aún más neutra que la despolitización, y pudiera verse solamente como una portadora de modas, comportamientos, satisfacciones y normas que tienen su referente en algo que porta el aura de lo intemporal. Como una “vuelta a la normalidad” de la sociedad. Pero en realidad es un enemigo peligroso del socialismo, porque es una forma efectiva de desarmar la actividad política y promover la simpatía por soluciones conservadoras a los problemas de la sociedad.</p>
<p><strong>¿Avanzará el desarme ideológico? ¿Llegaremos a ser un país “normal”?</strong></p>
<p>Frente a esas realidades adversas, Cuba conserva fuerzas profundas y enormes para mantener su revolución socialista de liberación nacional, y un sólido potencial para desarrollarla hacia nuevas metas, ambiciosas pero necesarias. Ante todo, se ha mantenido la mayor parte de una política social que asigna recursos, brinda un enorme número de servicios sobre bases socialistas de gratuidad y universalidad, sostiene sistemas como los de salud, educación, seguridad social y cultura, y protege a los grupos humanos con necesidades especiales.</p>
<p>El acumulado con el que contamos es impresionante a nivel mundial. Un buen ejemplo de ello son los datos sobre las mujeres cubanas brindados por el presidente Raúl Castro en su discurso ante la Conferencia sobre Igualdad de Género y Empoderamiento de las Mujeres de la ONU, el 27 de septiembre de 2015. Las enormes capacidades de formación general, técnica y científica, que fueron un factor tan relevante para enfrentar la crisis, siguen siendo una gran ventaja permanente. La pacificación de la existencia personal y familiar garantizó y elevó la calidad de la vida, las posibilidades, los derechos, los nuevos problemas y los proyectos de las mujeres, los hombres, los niños y los ancianos. En Cuba no existen, desde hace más de 50 años, la violencia en la política, las ejecuciones extrajudiciales, las desapariciones forzosas ni las torturas a detenidos. Las tasas de homicidios y de consumo de drogas son bajas. No existe como problema de alguna entidad la seguridad de la población.</p>
<p>Tenemos, desgraciadamente, barrios marginales, pero no tenemos seres humanos marginales que hayan interiorizado su inferioridad y su destino. Nuestros investigadores estudian la pobreza en el país, pero no tenemos clases subalternas. No se ha producido, ni permitiremos que llegue a producirse, esa victoria de la dominación que es la naturalización de las relaciones sociales que producen la desigualdad, la explotación del trabajo, la exclusión, la opresión. Un escamoteo de lo esencial que es básico para la hegemonía del capitalismo.</p>
<p>Frente a los desafíos cruciales de la actualidad y el futuro cercano, es imprescindible conocer lo mejor posible los problemas, los límites y los retrocesos, identificar lo que nos perjudica, además de los enemigos externos y las insuficiencias estructurales, como son el burocratismo y la inercia, males muy graves, la falta de cumplimiento o el mal ejercicio de tareas que son indispensables, los errores, la formación de grupos conservadores o de intereses materiales y de poder social, y los manejos corruptos. Es decir, ganar conciencia de lo que necesitamos cambiar en nuestro propio campo.</p>
<p>Una forma eficaz de oponerse a la expansión de las desventajas y exclusiones, por ejemplo, es discutir y encontrar los modos acertados de combatir la reproducción de las desventajas de determinados grupos y áreas, incluyendo desatar las fuerzas unidas de especialistas y masas de población que poseen cualidades suficientes para hacerlo, y hacer los cambios institucionales que sean necesarios.</p>
<p>Desde 1959 hasta hoy Estados Unidos ha mantenido su objetivo estratégico de destruir el socialismo cubano y socavar nuestra soberanía nacional. A partir de diciembre de 2014 comenzó una etapa diferente dentro de la misma estrategia, mediante lentas y astutas negociaciones, gestos formales, algunas medidas según sus intereses y una “ofensiva de paz” que erróneamente nos supone ingenuos. Pero mantiene incólume el sistema ilegal y criminal de agresiones sistemáticas contra Cuba, a la espera de recibir concesiones y que nos dividamos, mientras intenta seducir a una suerte de nueva clase media con comercio, inversiones, consumos y “tecnologías”, y esperanzar a sectores menos conscientes de la franja de pobreza existente. Sin prescindir, naturalmente, de todas las formas de subversión que estén a su alcance. Así fue durante la presidencia de Obama. Es una incógnita –al momento de escribir estas líneas- si Donald Trump continuará esa fase o si le introducirá cambios.</p>
<p>Nadie puede ni podrá imponerle a Cuba cambios que no sean los que las cubanas y los cubanos quieran darse libremente, en el ejercicio de su cultura, sus intereses, sus ideales, sus proyectos y su soberanía.</p>
<p>No podemos separar las respuestas a la política imperialista de las acciones dirigidas a defender y profundizar nuestro socialismo: en realidad, estas últimas serán lo decisivo. La sociedad pasa al centro del combate político, y ella necesita que entre todos hagamos política social, y hagamos política. Un requisito básico será la activación de muchos medios organizados que no están siendo eficaces ni atractivos, y la creación de nuevos espacios y mecanismos para fomentar la actuación y la creatividad populares. Son innumerables los asuntos, los retos, las necesidades, los campos en los que podrían ejercitar su participación quienes sientan que deben hacerlo.</p>
<p>La economía es una dimensión estratégica que no tengo espacio para abordar aquí. Las referencias a ella han tenido un lugar central en los últimos años. Pero las relaciones y los problemas económicos son algo demasiado importante para reducirlos a invocaciones pragmáticas y medidas que involucren a unos pocos: tienen que ser campo de debates y de labores de todos. Por otra parte, necesitamos que la educación escolar se renueve y se desarrolle, pero ese objetivo es completamente factible, por el intenso amor a la educación que caracteriza a nuestra cultura, la multitud de personas muy capacitadas que hay en todas partes del país y la gigantesca cultura institucional que existe en ese campo.</p>
<p>Necesitamos más rescate en términos ideales y materiales de las relaciones y la manera de vivir socialista; mayor socialización dentro del ámbito y la gestión estatales; un impulso cierto de la municipalización y otras formas de descentralización que beneficien a empeños de colectivos, a las comunidades y al país, y no al individualismo y el afán de lucro; enfoques integrales de los problemas.</p>
<p>Se está produciendo un aumento de la politización en sectores amplios de población, que estimula al nivel inmenso de conciencia política que posee el pueblo cubano. Emergen sectores de jóvenes expresamente anticapitalistas. Ha crecido la expresión pública de críticas y criterios diferentes hechos por cubanos socialistas y dirigidos a fortalecer el socialismo. El pueblo cubano ha ejercido la justicia social, la libertad, la solidaridad y el pensar con su propia cabeza, y se ha acostumbrado a hacerlo. Tenemos conciencia política del momento histórico en que vivimos y lo que se juega en él.</p>
<p><strong>“Yo soy Fidel”</strong></p>
<p>Aquella consigna que salió a enfrentar su muerte fue inventada por la gente, no fue orientada por nadie, y se convirtió en la expresión nacional por excelencia, porque contiene homenaje, orgullo del que la pronuncia y determinación personal de continuar la causa revolucionaria, encarnada en el líder mayor y más amado. Fidel dio muchas lecciones en los nueve días del duelo, y ganó su primera batalla póstuma. El pueblo mostró abiertamente qué es realmente, y demostró que está dispuesto.</p>
<p>Durante más de 30 años, Cuba se vio prácticamente privada de tener relaciones económicas y estatales con la región. Pero en los últimos 25 esa situación se transformó radicalmente. Existe hoy una masa enorme de vínculos sociales, económicos, políticos y estatales, y por sus posiciones y su alto nivel de actividades internacionales, Cuba goza de gran prestigio en todo el ámbito regional. Al mismo tiempo, casi 60 años de solidaridad en ambos sentidos entre los pueblos del continente y el nuestro, y el ejemplo permanente constituido por la sociedad de justicia y libertad creada por la Revolución en la isla, su soberanía nacional plena y su antimperialismo e internacionalismo, configuran un hecho muy relevante entre las realidades latinoamericanas.</p>
<p>Eventos recientes adversos en Venezuela y algunos otros países latinoamericanos nos preocupan a todos y podrían indicar que el tipo de proceso que tuvo muchos logros en una parte de la región y generó tantas esperanzas está chocando con sus límites, y el imperialismo y sectores capitalistas locales han pasado a la ofensiva con el fin de liquidarlo y esparcir el derrotismo. Cuba mantiene su apoyo y acompañamiento a esos procesos, y lo expresa muy claramente. Si la tendencia actual avanza y se consolida, sin duda tendremos más dificultades y menos compañía, pero, como siempre, haremos causa común con nuestros pueblos hermanos y el país mantendrá la política de apoyo a las coordinaciones de América Latina y el Caribe, y al horizonte integracionista.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/35997-2/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Tarcus: “El FIT se convirtió sin quererlo en un polo de agregación de las izquierdas”</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 08 May 2015 03:00:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Especiales]]></category>
		<category><![CDATA[cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Intelectuales]]></category>
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					<description><![CDATA[Ciclo de entrevistas a intelectuales argentinos.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Florencia Puente y Facundo Martín / Foto: Pablo Carrera Oser</strong></p>
<p><em>Segunda y última parte de nuestra entrevista exclusiva con Horacio Tarcus, uno de los intelectuales indispensables para abordar la realidad desde una mirada universal, a la vez que profundamente latinoamericana.</em></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>En esta segunda y última entrega de nuestro extenso diálogo con el intelectual argentino Horacio Tarcus, el fundandor del CEDINCI centra su mirada en la actualidad de la izquierda argentina y en el proceso electoral en curso.</p>
<p><strong>-Respecto de la apertura del FIT, ¿qué tipo de relación pueden tener los movimientos sociales con la izquierda tradicional? ¿Cuál es tu valoración de la izquierda tradicional en este contexto de reactivación, con otro posicionamiento en el escenario político nacional?</strong></p>
<p>-Soy muy crítico de las microestructuras de poder y disciplinamiento de la izquierda tradicional. Esto no es un juicio de valor sobre sus miembros, gente valiosa, que dedica su vida a la militancia. Es una visión crítica sobre las formas de subjetividad (de sujeción, diría) que producen estas microestructuras, como el aislamiento respecto de lo social, la división del trabajo jerarquizante (la dirección piensa y el militante activa), el dogmatismo teórico, el catastrofismo en los análisis, el exitismo en sus balances… Son estructuras endógamas, que cocinan todo dentro de su microclima, que piensan la política en relación de exterioridad con lo social.</p>
<p>En los términos de su imaginario, sólo crecerán masivamente con la Revolución proletaria; entre tanto crecerán molecularmente, individualmente, captando cuadros del movimiento social (llámese sindicato, centro de estudiantes, piquete o asamblea barrial). Son estructuras pequeñas, muy sólidas (que tienden a su autoreproducción) y al mismo tiempo muy frágiles (cualquier disidencia deriva en fractura).</p>
<p>El FIT encierra una gran paradoja: nacido de un acuerdo de última hora entre el PO y PTS (de otro modo no superaban las PASO), se convirtió sin quererlo en un polo de agregación de las izquierdas. La coyuntura de <em>impasse</em> del kirchnerismo, heredado por candidatos de centroderecha, y de fragmentación del centroizquierda, le proporcionó una ayuda inesperada. La situación es interesante: esa izquierda radical sabe que no posee un voto cautivo, y tiene por primera vez la posibilidad de hacerse oir más allá de la pequeña orga, de llegar a ese votante eventual para ganarlo a su causa; tiene una voz no sólo en el periódico partidario o la asamblea estudiantil, sino en la gran prensa, los medios, el parlamento incluso. Una izquierda que hasta ayer sólo levantaba programas maximalistas con vistas a la revolución social, se encuentra de pronto pensando en tiempos de relativa estabilidad sobre políticas de salud, políticas educativas, urbanismo, seguridad&#8230; Ya tienen diputados, y después de las elecciones de julio y octubre podrían conquistar algunos más.</p>
<p>La gran pregunta es, entonces, si se limitarán a una mera adaptación propagandística a esta audiencia mayor, si se acotarán a la actividad parlamentaria como mera denuncia y propaganda partidaria, o si esta exigencia de producir discurso para amplias mayorías y sus prácticas parlamentarias tendrán efectos sobre estas férreas estructuras. Si estas experiencias empujasen a la izquierda radical a comprometerse en transformaciones reales en un municipio, una provincia, el parlamento, es posible que se produzca un cuestionamiento, al menos un cortocircuito en su modo de pensar la política en el que todo quedaba suspendido hasta el día de la revolución.</p>
<p>En otras palabras: el discurso del fin del capitalismo es para pequeñas minorías. Si la izquierda quiere salir de su pequeño gueto tiene que ir más allá del discurso denuncialista: debe acompañar la experiencia de los trabajadores y las grandes masas que alimentan expectativas de mejoras dentro del capitalismo. Si no las acompañan, ceden como hasta hoy el lugar a los partidos reformistas.</p>
<p>Ahora bien: acompañar estas luchas no es necesariamente reformismo. Reformismo es creer que aún las reformas más radicales pueden conquistarse en el marco del capitalismo. Y catastrofismo es, a la inversa, creer que el capitalismo es un sistema estructuralmente incapaz de garantizar democracia, salud, educación, vivienda… El sistema no va otorgar nada de esto por concesión graciosa, desde luego, pero son conquistas que, hasta cierto punto, pueden arrancarse al capitalismo, y que puede concederlas sin desmoronarse. Yo creo que las experiencias latinoamericanas de los últimos 15 años muestran que son posibles aún dentro del capitalismo conquistas importantes para los trabajadores y los sectores populares. Conquistas impensables para la izquierda radical apenas unos años antes: Guillermo Lora, por ejemplo, hablaba de la “inviabilidad de la democracia en Bolivia” en el marco del capitalismo, imposibilidad que la experiencia del MAS vino a desmentir.</p>
<p>El capitalismo se ha revelado mucho más flexible de lo que creyeron Marx, Lenin, Trotsky o Rosa Luxemburg: es un sistema con siglos de historia, sujeto a crisis periódicas pero también capaz de alimentarse de ellas. La experiencia de los socialismos reales mostró, por la negativa, que el mercado es una institución secular, que llevamos internalizada, que funciona con eficacia y que no puede abolirse por decreto el día después de la revolución. Entonces, es necesario preparar, en el seno mismo del capitalismo, experiencias que lo excedan, como espacios y experiencias de decisión colectiva a expensas de los automatismos del mercado. Para la izquierda leninista, esto es reformismo o utopismo. Creo que hay que dejar en suspenso esos motes, y acompañar, articular todas las experiencias que quieran explorar los límites del capitalismo. La revolución no es un hecho puntual, es un proceso de ruptura estructural, y también de transformación subjetiva. No habrá necesidad de revolución sin deseo de revolución. Un deseo que tiene que exceder a un centenar o a un millar de militantes profesionales, que no se puede imponer sobre quienes no lo tienen.</p>
<p>Respecto de la apertura del FIT a los movimientos sociales, soy algo escéptico, pero es posible que la experiencia de la que vengo hablando propicie transformaciones o grietas dentro del esquema de la izquierda radical. También la militancia compartida puede ayudar al diálogo. En principio, son formas muy distintas. Las organizaciones de tradición leninista piensan la política en relación de exterioridad con lo social. En cambio, experiencias como las del FPDS no sólo se diferencian por sus formas de militancia más horizontales, asamblearias y reticulares, sino que se constituyen como formas de organización social atravesadas por lo político pero ajenas a la política.</p>
<p>Esquematizando, podríamos decir que ellos quieren que la política capture lo social (basta recordar la experiencia de las organizaciones trotskistas en las asambleas barriales de los años 2002 y 2003); los otros, que lo político ponga en tensión la política, el orden. Ellos quieren construir poder desde la política, ellos poder popular desde lo social. Es posible que, en el contexto de una experiencia compartida, muchos de ustedes se asombren de la eficacia de las organizaciones leninistas, pero también muchos leninistas podrán descubrir formas más horizontales, menos burocráticas, más libertarias, de militancia.</p>
<p>Mi apuesta es por la nueva izquierda pero creo que el diálogo y los intentos de acción conjunta son positivos, pues la vieja izquierda no desaparecerá de improviso. Probablemente muchas de las pequeñas organizaciones o sus militantes se recompondrán y formarán parte de algún nuevo espacio, si logramos generarlo. No creo que haya que imitar modelos, pero hoy tenemos a la vista en los países más castigados de Europa que un frente de izquierda es una opción de poder viable (Grecia), o que una nueva izquierda es posible (Podemos, en España).</p>
<p>&#8211;<strong>¿Por qué crees que la “nueva izquierda” no pudo generar aquí ese tipo de opciones?</strong></p>
<p><strong>&#8211;</strong>Creo que el sistema político en general y el peronismo en particular han mostrado una capacidad de recomposición inesperada en plena crisis de 2001 o 2002. Ahora sabemos que esas grietas no quedan abiertas mucho tiempo, pero el movimiento social entonces no lo sabía. En su apuesta porque la crisis permaneciera abierta, los espacios de autonomía fueron sobrepasados por la enorme voracidad política del peronismo (el kirchnerismo en este caso). La nueva izquierda tiene además retos muy grandes. Por un lado, está el peso de la vieja izquierda. El comunismo ha desaparecido, pero el trotskismo sigue activo en una enorme cantidad de grupos y grupúsculos, y en buena medida obtura el espacio. Por otro, y más importante, está el peronismo con su enorme capacidad de adaptación a las más diversas circunstancias, afirmándose por izquierda o por derecha. Es más difícil la construcción para la izquierda argentina que para la chilena o la uruguaya, teniendo enfrente a un movimiento como el peronista que en sus momentos progresistas demuestra una gran capacidad de cooptación de lo social (Perón 1945-52, Cámpora-Perón 1973, Kirchner 2003-08), y en sus momentos regresivos revela su capacidad de control y represión (Perón 1952-55, Perón-Isabel 1974-76, Menem 1989-99).</p>
<p>&#8211;<strong>En relación con eso, ¿qué límites o potencialidades le ves a la idea de construcción de poder popular?</strong></p>
<p>-Lo que habitualmente se denomina poder popular es una forma de construcción hegemónica que tiene a lo social como escenario privilegiado; pero solo se termina de constituir en la medida en que se mide con el poder del Estado, y para eso es necesario que entre en la arena política. Esto significa intervenir también en el juego electoral, sin agotarse en él. Implica una intervención de lo político que se muestre capaz de poner la política en cuestión.</p>
<p>&#8211;<strong>¿Entonces, hasta que el poder popular no se expresa en una disputa de poder institucional, se trata de simple antagonismo?</strong></p>
<p>-Efectivamente, y un antagonismo que, como muestra la experiencia zapatista, si no encuentra las vías para retroalimentarse, también se puede debilitar. El otro riesgo es la cooptación: si estas formas de poder social no encuentran a tiempo su propia forma política, es posible que sean cooptadas por movimientos políticos tradicionales, o emergentes. Les propongo un ejemplo histórico. El sindicalismo revolucionario, que se confunde con anarcosindicalismo, fue una tradición muy interesante que movilizó millones de trabajadores en todo el mundo. Fue muy importante en Argentina en la primera mitad del siglo XX. Postulaba al sindicato como una forma que no sólo protegía al trabajador del capital y el Estado, sino también como el espacio sobre la cual se organizaría la sociedad futura. Era contrario a la acción parlamentaria y consideraba que la política dividía a los trabajadores.</p>
<p>Diversos historiadores mostraron que el sindicalismo fue la base de sustentación del peronismo emergente. Perón apareció ante los sindicalistas como un hombre providencial, exterior a la política, que les ofrecía una alianza entre corporaciones (Ejército y sindicatos) donde cada asociación, sin mediación de la política, tendría su lugar establecido y reconocido en el Estado. Fue una forma de insertar a los sindicatos en una política que aparecía como no política, en sintonía con el discurso del sindicalismo. Ya conocemos el final de la historia: la liquidación del Partido Laborista después de las elecciones de febrero de 1946 que le dieron el triunfo a Perón, y una alianza entre peronismo y clase obrera que ya dura, no sin tironeos, 70 años.</p>
<p>En fin, quiero decir que el momento de la hegemonía política es irrenunciable. No desconozco que la construcción política implica otro riesgo: quedar atrapado en el juego de la política, que el nuevo partido se asimile a la lógica de la eficacia y a los tiempos de la política existente, que vaya renunciando insensiblemente a su vocación disruptiva, a su voluntad de anticipación utópica. Ahí está justamente el dilema de construir algo nuevo. Pero creo que vale la pena intentarlo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Nota Relacionada:</strong></p>
<p><a href="http://www.marcha.org.ar/horacio-tarcus-en-la-obra-de-marx-sigue-habiendo-una-promesa-de-emancipacion/" target="_blank">Horacio Tarcus: &#8220;En la obra de Marx sigue habiendo una promesa de emancipación&#8221;</a></p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/tarcus-el-fit-se-convirtio-sin-quererlo-en-un-polo-de-agregacion-de-las-izquierdas/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Horacio Tarcus: “En la obra de Marx sigue habiendo una promesa de emancipación”</title>
		<link>https://marcha.org.ar/horacio-tarcus-en-la-obra-de-marx-sigue-habiendo-una-promesa-de-emancipacion/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 07 May 2015 03:03:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Especiales]]></category>
		<category><![CDATA[cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Intelectuales]]></category>
		<category><![CDATA[Marx]]></category>
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		<guid isPermaLink="false">http://www.marcha.org.ar/?p=12775</guid>

					<description><![CDATA[Ciclo de entrevistas a intelectuales argentinos.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Florencia Puente y Facundo Martín / Foto: Pablo Carrera Oser</strong></p>
<p><em>Primera parte de una larga entrevista con uno de los intelectuales indispensables para abordar la realidad desde una mirada universal, a la vez que profundamente latinoamericana.</em></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Detrás de este hombre de aspecto serio se encuentra una persona con grandes artes para la conversación. Entrar en esta charla con él, es adentrarse en un ida y vuelta en el que su larga trayectoria (doctor en Historia, profesor de la UBA, investigador del Conicet, fundador y director del CEDINCI) se mezcla con ejemplos didácticos e ideas claras. En esta primera entrega, una mirada sobre el regreso de Marx a las huestes teóricas pero también la influencia de su relectura en la actualidad de los movimientos sociales de nuestro país, América Latina y, por qué no, el resto del mundo.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>-¿Por qué creés que asistimos hoy –y en qué medida–, a una vuelta de Marx, o de reactualización del lenguaje marxista?</strong></p>
<p>-Siempre creí en esa vuelta o, mejor dicho, siempre aposté por esa vuelta. En la Argentina, la figura de la “crisis del marxismo” se instaló fuertemente en la década del ochenta, en el contexto de la transición democrática y coincidiendo con el retorno de los exiliados. Las figuras mayores del marxismo argentino de los años 70 nos propusieron a su vuelta paradigmas superadores, de modo que los más jóvenes, los que teníamos una expectativa de <em>aggiornamiento</em>, de actualización de aquel marxismo, nos desencontramos con la vieja generación. Ciertamente, había vertientes agotadas del marxismo, como el leninismo, el maoísmo, el guevarismo, las versiones más anquilosadas del trotskismo, pero también había signos de renovación (pienso en Perry Anderson y el marxismo británico, Toni Negri, John Holloway, Löwy, Bensaïd, Bolívar Echeverría y todo el equipo latinoamericano de <em>Cuadernos Políticos</em>…). Pero a partir de 1989 vino a sumarse el derrumbe de los socialismos reales, y parecía que la del marxismo era una situación sin retorno. Un derrumbe –para decirlo en términos de Gramsci– no solamente intelectual, sino también moral.</p>
<p>Pero el derrumbe del comunismo no comprometía por igual a todas las tradiciones marxistas. Creo que con los años ciertos marxismos lograron pasar el filtro de la crisis,  reposicionarse y revalorizarse. Los marxismos más activos en 1960 y 1970, como el maoísmo, y también los anclados en la tradición leninista, son los que más fuertemente sintieron el impacto de la crisis. Creo que va a pasar mucho tiempo hasta que Lenin vuelva a ser leído, a pesar del esfuerzo de Zizek y cierto forzamiento de Toni Negri por recuperarlo dentro de un pensamiento más autonomista (su libro sobre el Poder constituyente es bien interesante, pero su defensa del leninismo y su crítica de Rosa Luxemburg y de Trotsky son totalmente incongruentes con su núcleo teórico más profundo). La teoría leninista de la vanguardia, del partido, de la revolución, de los intelectuales, en suma: el modo como Lenin piensa la política, es lo más fuertemente cuestionado por la crisis de los últimos 25 años.</p>
<p>Pero hay tradiciones del marxismo que, a contrapelo de esto, no solamente han sobrevivido sino que han encontrado desarrollos, como la frankfurtiana, con el redescubrimiento de Benjamin, con la relectura de la obra de Adorno (Holloway y Jameson, por ejemplo, son, cada uno a su modo, lectores intensos de Adorno). Althusser y su escuela, tan leídos en los 70, han desaparecido, pero la obra de un Rancière o de un Balibar ha explorado nuevos desarrollos. El marxismo anglosajón produjo en estos últimos treinta años obras notables: pienso en Anderson, en Blackburn, en Wallerstein, en Gerald Cohen, en Jameson… André Gorz, precursor del ecosocialismo, pensó hasta sus últimos días con una gran lucidez y dejó un legado extraordinario. La izquierda italiana se derrumbó, es cierto, pero queda la obra de Gramsci, que se sigue editando, leyendo, interpretando en todo el mundo. Pienso en Manuel Sacristán, Fernández Buey, Juan Ramón Capella y Toni Domenech, en toda una línea del marxismo español que en medio de la “crisis del marxismo” se propuso poner en diálogo a Marx, Gramsci, Rosa Luxemburgo con un socialismo actualizado, en sintonía con  el movimiento ecologista, con el movimiento de mujeres y con los movimientos sociales en general.</p>
<p>El trotskismo merecería una consideración aparte, porque si bien ciertos trotskismos más leninistas han quedado muy atrapados en la crisis del marxismo de los años setenta y  ochenta, hay distintas vías de salida de ese trotskismo más dogmático. Pienso en el esfuerzo de Mandel por sacar al trotskismo de cierto anquilosamiento en los análisis económicos, en los desarrollos de figuras como Daniel Bensaïd  Michael Löwy o Enzo Traverso.</p>
<p>Además, sostengo que hay una vuelta a Marx, a la lectura directa de Marx. Nunca como hoy se han ofrecido en el mercado de libros tantas ediciones del <em>Manifiesto comunista</em>. Desde que estalló la crisis capitalista de 2008, varias editoriales compiten con traducciones diversas de <em>El Capital</em>. Es evidente que el éxito de la obra de Piketty se debe en gran medida a su título, que parece decirnos que va actualizar la obra de Marx: <em>El Capital del siglo XXI</em>. Se podrá aducir que las obras de Marx se editan y circulan porque ya se decantan como clásicos del pensamiento, como pueden serlo <em>La República</em> o <em>El Príncipe</em>. Posiblemente. Pero más allá de esto, si se lo lee fuera del canon economicista y determinista, la de Marx sigue siendo hoy una lectura atrayente, inteligente, explosiva, provocativa, que nos sigue hablando de nuestro presente. En muchos aspectos ya no podemos pensar como él, pero tampoco podríamos pensar nuestro presente sin Marx.</p>
<p>&#8211;<strong>Y en el ámbito político, ¿qué síntoma expresa esta vuelta de Marx?</strong></p>
<p>-Estas lecturas ingresaron antes en la izquierda independiente que en los partidos de izquierda. Sus vehículos iniciales fueron las revistas (y de esto podríamos hablar horas, porque desde siempre edité revistas comprometidas con esta renovación: <em>Praxis</em>, <em>El Cielo por Asalto</em>, <em>El Rodaballo</em>…), y sobre todo a partir de la primera década del siglo nutrieron las nuevas formas de militancia. Las viejas culturas políticas (comunista, trotskista o maoísta) funcionan como resistencias dogmáticas a estas nuevas herramientas conceptuales.</p>
<p>Los partidos de la izquierda tradicional no participan de una búsqueda teórica. Ya tienen un “marxismo” en uso y entienden que no necesitan más. Son conservadores: desconfían de toda renovación teórica, rápidamente tachada de revisionista. El marxismo es una articulación entre un método, una perspectiva para leer la realidad y una promesa de emancipación humana. Las versiones más simplificadoras reducen la dimensión analítico-crítica y enfatizan la dimensión de la promesa. Las visiones teoricistas dicen: “La promesa es la dimensión utópica de Marx, pero lo importante es que nos permite pensar”. El gran desafío es volver a articular estas dos dimensiones. Es casi una utopía: imaginar una organización no anquilosada en su doctrina, abierta a la renovación teórica, a repensar incluso sus propios fundamentos.</p>
<p>La tradición leninista no es útil para pensar este tipo de renovaciones. Creo que va a pasar mucho tiempo hasta que se vuelva a decantar una lectura del leninismo. Es posible que después del momento autonomista y movimientista, la izquierda independiente que se vuelca a la acción política más tradicional experimente una necesidad, una demanda de organización, de partido, de vanguardia. Aquí la lectura de Lenin es inevitable, sin el momento leninista la teoría del partido revolucionario de vanguardia es incomprensible. Pero una cosa es Lenin y otra el leninismo, una cosa es un revolucionario respondiendo a situaciones concretas en Rusia en 1898 o en 1903, y otra una codificación y modelización construida años después. Quiero decir: hay que considerar que lo que se universalizó como “leninismo” a partir de la Tercera Internacional es una proyección de un tipo de organización pensada en una situación de clandestinidad en un país en el que los revolucionarios no tenían que luchar contra un Estado capitalista y con una sociedad civil moderna. Estaban frente a un Estado absolutista, con una sociedad civil apenas desarrollada. Desde esa perspectiva histórica, uno puede entender por qué Lenin pensó el partido de esa manera tan centralista, tan jerárquica, tan jacobina: era una situación de clandestinidad. ¿Por qué teorizó la exterioridad del partido de vanguardia respecto de la clase obrera? Porque efectivamente se encontró con un pequeños núcleos de vanguardia provenientes de la pequeñoburguesía ilustrada, externos a la clase obrera rusa.</p>
<p>Ahora bien, esa teorización está acotada a una experiencia concreta, datada entre 1898 y 1904. En el contexto de la revolución rusa de 1905, ya Lenin plantea algo bien distinto. Ahora bien, es una locura convertir el partido leninista de 1903 en el modelo del partido revolucionario para cualquier momento y para cualquier lugar. Aunque se inscribieran bajo el rótulo de “la teoría leninista del partido”, las experiencias políticas más exitosas del siglo XX —el PC chino de 1949, o el PC italiano de la posguerra, etc, etc.— no tenían nada que ver con ella. En realidad, operaban con otros modelos, a pesar de que apelaran a la teoría leninista de la construcción del partido.</p>
<p>La propuesta de Lenin es ultra vanguardista: hay una teoría científica que precede al movimiento obrero, que le es incluso exterior; una ciencia que una vanguardia de burgueses o pequeñoburgueses ya conoce. Esa vanguardia construye el partido sobre la base de un programa científico y penetra, desde afuera, en el movimiento social. Lo digo así y parece una caricatura, pero Lenin es muy tajante en cómo plantea esta teoría de la exterioridad de la conciencia obrera. La teoría leninista no puede responder a la objeción de que el sujeto revolucionario que ella misma designa, el proletariado, es un sujeto sin conciencia, es un proletariado sin cabeza (como decía José Revueltas). Su conciencia la trae desde afuera la pequeñoburguesía organizada en partido de vanguardia.</p>
<p>Para la sensibilidad posmoderna contemporánea, este ultravanguardismo es inconcebible. Pero también lo es para el pensamiento de izquierda del último medio siglo, y mucho más para el pensamiento político nacido con los nuevos movimientos sociales. Sin embargo, a pesar de todo, seguimos hablando de leninismo&#8230; Es que esta teoría expresa una voluntad de construcción, de organización, de intervención, de análisis y de agitación que es extraordinaria: es una teoría ultra voluntarista de la política. Pero uno de sus problemas es que esta acción tan intensa está animada por una certeza absoluta, “científica”, en la teoría y los análisis previos. En verdad, funcionan con una fe, por momentos casi ciega. El partido leninista deviene una maquinaria incontrolable: cuando Lenin quiere cambiar la estrategia, en abril de 1917, todo el partido se le pone en contra. Es en Trotsky, un extrapartidario detestado por los bolcheviques, en quien encuentra un aliado. Cuando Lenin quiere torcer nuevamente el rumbo en 1920, ya el partido no le responde. Quedó su Testamento como un documento extraordinario de esa impotencia, del tipo que había creado una máquina extraordinaria que lo pasaba a él mismo por encima. No sólo la burguesía, también el proletariado podía semejarse al mago incapaz de controlar los efectos de sus propios conjuros.</p>
<p>El principal problema es su instrumentalidad. El razonamiento de Lenin es de una extraordinaria eficacia para pensar la política; él dice: que si queremos destruir efectivamente un Estado centralizado, jerarquizado, efectivo y eficiente, tenemos que generar un Partido con esas mismas cualidades. Un partido que sea una suerte de Estado Mayor Revolucionario, un contra-Estado igualmente jerarquizado, centralizado, ejecutivo. Tiene que ser una máquina de destrucción tan eficiente como lo es el Estado. El problema es que la organización no es una cuestión técnica, ni neutra. Es una cuestión política. O como diríamos hoy, compromete nuestra subjetividad, es una construcción subjetiva, de determinadas subjetividades políticas. Esta estructura centralizada y jerárquica produce un tipo de subjetividad que va a contrapelo de la orientación revolucionaria. Toda estructura, cuanto más jerarquizada y más centralizada y burocratizada, más opaca se vuelve a su propia construcción, su propio manejo, su propia ideología.</p>
<p>El partido leninista fue una herramienta indispensable para la toma del poder en Octubre de 1917. Ciertamente. Pero también fue una maquinaria que se volvió cada vez más opaca y opresiva, que escapó al control del propio Lenin y de la vieja dirigencia bolchevique. Aquello que decía Marx de que el Estado aprisiona como una boa a la sociedad civil y le tapa todos los poros, esa imagen parasitaria del Estado, de algún modo es como operó el Partido-estado sobre el movimiento de los soviets, incluso en los primeros años de la Revolución. Después de la represión de Kronstadt, los soviets ya no existen, no funcionan, sólo queda el nombre de “Estado soviético”, pero es el Partido-Estado el que domina. Justamente, es el riesgo sobre el que Rosa Luxemburgo les advirtió a los bolcheviques con total lucidez, poco antes de ser asesinada.</p>
<p>&#8211;<strong>¿Creés que existe el marxismo latinoamericano o que simplemente hay una corriente en América Latina de pensamiento marxista? </strong></p>
<p>-Como marxista, como alguien que piensa en términos de movimientos globales, de ideologías universales, uno tiende a descreer de que existan cosas tales como una filosofía latinoamericana o argentina, así como una sociología uruguaya, o una ciencia política brasileña, salvo como etiquetas descriptivas. Ahora, ¿qué es lo que definiría un marxismo latinoamericano distinto de un marxismo en América Latina? Creo que la operación que hace José Aricó de relectura de Mariátegui y el propio Marx en relación con América Latina instituye una tradición, en la que él mismo se inscribe. ¿Qué sería un marxismo latinoamericano? Un marxismo que logra deconstruir el europeísta y poner a América Latina como la anomalía de lo que el marxismo eurocentrista no podía pensar. Mariátegui, erróneamente considerado “indigenista”, hace esta operación con fuentes europeas, como Georges Sorel. A pesar de que la visión de Sorel es necesariamente eurocentrista, el <em>sorelismo</em> de Mariátegui le sirve para salir del canon marxista evolucionista de la Segunda internacional y de la Tercera internacional y le permite pensar el Perú, y de algún modo América Latina en su especificidad, en su propia temporalidad, con sus sujetos, su historia, sus tradiciones, no tan fácilmente asimilables al canon del marxismo europeo. Pero la “realidad peruana” para Codovilla, arquetipo del marxismo comunista ortodoxo, era motivo de risa.</p>
<p>Silvio Frondizi, el primero en hablar de “nueva izquierda” en la Argentina, y quizás en América Latina, también habla siempre de la “realidad argentina”, y no tenía ni un ápice de nacionalista. Tampoco Mariátegui es nacionalista, desde luego. La idea es que hay una especificidad, una densidad en las historias nacionales, que necesita ser repuesta y estudiada en su especificidad. No se trata de una realidad incomprensible, que no pueda ser aprehendida desde categorías de pensamiento, universales: se trata de que el marxismo fue construido inicialmente en Europa a partir de determinadas experiencias nacionales. Para la dogmática, el marxismo es una teoría acabada que debe ser aplicada correctamente en cada rincón del globo; para la visión crítica, el marxismo es un paradigma teórico siempre abierto y en construcción, atento a las “anomalías”, a los acontecimientos que lo desafían y lo obligan a constantes reformulaciones. Mariátegui o Aricó no sólo pensaron América Latina gracias al marxismo, sino que reformularon el marxismo mismo desde América Latina.</p>

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