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	<title>gas pimienta &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
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		<title>Superclásico: lo contrario a “vivir por el fútbol”</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 28 May 2020 10:24:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Boca Juniors]]></category>
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					<description><![CDATA[Hace unos días se cumplieron cinco años del Superclásico recordado como &#8220;del gas pimienta&#8221;. Ese mismo día murió Emanuel Ortega, el jugador de San Martín de Burzaco que había chocado contra un muro de la cancha once días atrás. En #Somos Multitud traemos la nota que publicamos aquella noche. Por Nadia Fink Que este partido [...]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><em>Hace unos días se cumplieron cinco años del Superclásico recordado como &#8220;del gas pimienta&#8221;. Ese mismo día murió Emanuel Ortega, el jugador de San Martín de Burzaco que había chocado contra un muro de la cancha once días atrás. En #Somos Multitud traemos la nota que publicamos aquella noche.</em></p>



<p><strong>Por Nadia Fink</strong></p>



<p>Que este partido internacional se jugara en ese contexto, el día del jugador de fútbol, era ya una incomodidad difícil. Estaba el deseo imposible de que surgiera la mirada atinada, el freno que supiera a justicia, al “sentido común” tan mentado por estos días.</p>



<p>Pero no llegó. Y el partido se jugó igual. El tercero de unos superclásicos horribles, trabados, con mucha pierna fuerte y mucha actuación. La última: la amarilla que se ligó Gago por pasarle de largo a un “volador”.</p>



<p>La crónica del partido de hoy hubiera sido un gol de último momento, un partido mediocre, jugadores abocados a la falta fácil y a la caída más fácil aún; en el marco de un pibe que se moría en la cama de un hospital, que había escrito en su muro “vivir por el fútbol” y que sufrió un empujón a destiempo, en una cancha corta, con muros demasiados cercanos al campo de juego. Una cancha de ascenso, pero también una cancha como la de Argentinos Juniors –donde los jugadores deben hacer los laterales en puntas de pie para no pisar la línea–.</p>



<p><strong>El show debe continuar</strong></p>



<p>Pero el show debe continuar y, suspensión de próxima fecha del campeonato argentino mediante, el partido de vuelta por la Copa Libertadores entre Boca y River se jugó igual.</p>



<p>El inicio fue a todas luces, con un sinfín de bengalas desde adentro del estadio. Naturalizado a esta altura de los partidos que las bengalas sean parte del espectáculo deportivo, olvidados los 194 pibes muertos en Cromañón. En la previa, el secretario de Seguridad (y precandidato a gobernador de Buenos Aires), Sergio Berni, daba muestras de una política errante y negadora ante el crecimiento de los barrabravas: esperaba (deseaba, verbos asociados a lo pasivo, al “no se puede hacer nada”) que los reconocidos barras de la 12, Rafa Di Zeo y Mauro Martín, no asistieran al partido. Además, elogió las virtudes del despliegue de su operativo policial: desde la cantidad (1200 policías), y el secuestro previo de bengalas y trapos…</p>



<p>Después de un primer tiempo previsible, un entretiempo que mostró un dron con una tela que simulaba al fantasma de la B volando entre público local (todos socios, recordemos, sin visitantes para prevenir la violencia), los jugadores de River caminaban por el túnel para llegar al campo de juego y, según pudieron tomar las cámaras desde varios ángulos, desde la tribuna de Boca, abrían la manga para tirarles, supuestamente, gas pimienta a los del equipo contrario.</p>



<p>El desconcierto de los jugadores visitantes, el ardor en el cuerpo, en los ojos (ese mismo sentido por tantas y tantos militantes en marchas o en desalojos, ante represiones policiales, y corridas en las mismas tribunas cuando las fuerzas de seguridad acosan y hay un brazo amigo que alcanza una remera mojada para cubrirse la nariz, los ojos; pero esos no se ven, no se filman, no indignan a nadie), y un partido demorado. El agua cortada en los vestuarios, para no dar ventajas deportivas (como en las bailantas en las que el agua del baño sólo era caliente para alentar el consumo de bebida en las barras), los jugadores sacándose camisetas manchadas de naranja (la policía secuestrándolas como pruebas para investigación, como corresponde) tirándose agua en botellas traídas al trote por médico y cuerpo técnico riverplatense… y los jugadores y cuerpo técnico de Boca en la cancha, los primeros moviéndose para no enfriar los músculos, los segundos esperando que la pelota rodara otra vez.</p>



<p><strong>El gas en el ojo ajeno</strong></p>



<p>En el medio, ni un solo gesto (ni uno solo) de solidaridad entre jugadores. Entre el ajetreo y los susurros con mano en la boca (no vaya a ser que una cámara tomara esas palabras dichas pero que no tienen que saberse) de árbitros, jugadores, dirigentes de uno y otro equipo y las autoridades de la Conmebol, los más afectados en River: Kranevitter, Ponzio, Vangioni y Funes Mori penaban en el banco de suplentes sin que alguien se preocupara por una mínima atención. El único que se acercó fue Daniel Osvaldo, que intentó, aunque sea, charlar con Ponzio. “Andá a la puta que te parió”, le dijo Arruabarrena a Gallardo cuando el partido se suspendía y el técnico de Boca sabía que lo perjudicaba, que River llevaba la ventaja de un partido ganado y el empate los dejaba en mejor posición.</p>



<p>A las 23.16 anunciaron la suspensión desde la voz del estadio. Pasada la medianoche, los jugadores de River seguían en el campo de juego. Desde la platea llovían botellas, y la manga desplegada les quedaba lejos. ¿Qué pasaría si los jugadores de Boca fueran un poco solidarios y acompañaran a los otros, sus pares, hacia el vestuario o, al menos, hacia la manga?</p>



<p>Los intereses se cruzan: que la hinchada tomaría represalias contra ellos por ser solidarios con su eterno rival, que todo parece discutirse, pensarse. Nadie quiso hacerse cargo de suspender el partido. Como en otros encuentros en los que jugadores o árbitros eran agredidos antes del inicio de un partido (y el árbitro consultaba si empezar o no según la decisión personal del que había recibido el botellazo/cascotazo u “objeto contundente” a mano), la decisión quedaba a la vera del agredido. Desde la TV Pública se escucha aún: “Un partido suspendido por unos poquitos que arruinan el espectáculo”… y siguen siendo esos “poquitos” el chivo expiatorio de una estructura (el fútbol, las dirigencias, las barrabravas, el poder, el narcotráfico, la policía cómplice, el juego sucio) que no se siente amenazada porque el poder y la impunidad siguen estando de su lado. Un estadio que recibió bengalas, drones y gas pimienta. Una dirigencia que no supo poner paños fríos. Unos jugadores que no quisieron&nbsp;solidarizarse. Autoridades y árbitros que no se animaron a tomar decisiones a tiempo. Y en el medio de todo eso, el pibe Emanuel Ortega dejó escrito en su muro: “A diferencia de los profesionales cuando se me rompen los botines no los cambio, paso noches arreglándolo, pegándolo para poder seguir jugando, porque es lo que amo”. Lástima que nadie le haya hecho honor, hoy en su día, el día del futbolista.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/superclasico-lo-contrario-a-vivir-por-el-futbol-2/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Memorias cercanas de gas pimienta</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 15 May 2017 12:38:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Deportes]]></category>
		<category><![CDATA[Pinceladas]]></category>
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					<description><![CDATA[El Superclásico "picante", dos años después.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Gabriel Casas</strong></p>
<p><em>Ayer hubo un partido, que River ganó por 3 a 1 en la cancha de Boca. Hay un campeonato que queda expectante y que suma suspenso hasta el final. Pero también, hay un aniversario: se cumplieron dos años de aquel superclásico &#8220;picante&#8221;, donde hubo gas pimienta y acusaciones cruzadas de abandono. En estas líneas, un periodista y vecino habla de la &#8220;nueva vida&#8221; del Panadero.</em></p>
<p>Este domingo Boca y River jugaron en La Bombonera, pero ustedes, lectoras y lectores, de lo que menos van a leer en este artículo es de el fútbol que sucedió adentro de la cancha. Para eso, tiene todos los medios a su alcance, e imagino también que habrá visto el partido. La casualidad dio que justo en la misma fecha de este nuevo Superclásico, se cumplieran dos años de aquel inconcluso y tristemente famoso partido por la Copa Libertadores, cuando un hincha llamado Adrián Napolitano arrojó en el entretiempo, desde la tribuna baja,  gas pimienta en la manga de protección de la salida de los vestuarios para amedrentar a los jugadores millonarios. Y se suspendió el partido. Y se habla de “abandono” desde ambas veredas.</p>
<p>El Panadero es vecino mío en Valentín Alsina. Vivo allí desde hace 12 años. Cuando sucedió el hecho, no tenía ni idea de quién se trataba. Ese día, que las cámaras lo habían identificado la noche anterior, me fui a la mañana a dar clases en Eter y cuando pasé por la panadería -propiedad de la familia- estaban todos los móviles y cámaras de televisión. Pensé que se trataba de un robo u otro caso de inseguridad.</p>
<p>Mi esposa me escribió por wassap: “El panadero es vecino nuestro”. Claro, como el carnicero, el almacenero, el verdulero y el kiosquero, pensé por obviedad ante la sorpresa de ese texto.  Cuando le pregunté de qué se trataba ese mensaje, me dijo con ironía: “Pero, ¿vos no sos periodista deportivo? El Panadero es el que tiró el gas pimienta en La Bombonera”.  Ahí me cayó la ficha.</p>
<p>¿Vieron que cuando pasa algo inesperado con un vecino enseguida es la comidilla del chusmerío del barrio? Bueno, ahí me enteré de quién era. Y que su familia, y él mismo, eran muy respetados en Alsina. Familia trabajadora, que progresó poniendo el lomo todos los días de su vida.  Sabían que él era fanático de Boca, pero no que era un fundamentalista.  Es muy loco y muy común desconocer que a un par de cuadras o en la casa de al lado podés tener al Doctor Jekill saludándote y en otro ambiente, la misma persona es Mister Hyde. ¿Cuántas veces vimos en la televisión a gente hablando de lo “es un vecino normal, muy amable”, del que era noticia por algo de cierta gravedad?</p>
<p>Cuando sucedió eso, el club lo expulsó como socio. La barra brava, obvio, se lo quería comer crudo porque si Boca daba vuelta la tortilla en esos 45 minutos que restaban, la facturación para lo que siguiera de la Libertadores (viajes, entradas, negocios paralelos en cada partido) era un manjar para caníbales. El Panadero tenía el apoyo del dirigente político y xeneize, Roberto Digón. Eso lo salvó de la vendetta mafiosa que suelen usar los barrabravas en estos casos. No era un barrabrava, pero tampoco un perejil de tribuna. Se lo vio, en su momento, hablando con orgullo, sobre lo enfermo que “es de Boca” (desde Japón para nuestra tevé) o hay fotos suyas en canchas del continente americano en el mismo campo de juego. Lugares no reservados, ni accesibles para cualquiera.</p>
<p>Mientras tanto, en esos días de furia mediática, desapareció del barrio y nadie sabía adónde estaba. Se tejían rumores de que estaba en tal u otro lado. Cambió su aspecto. Se cortó el pelo largo que le llegaba hasta los hombros.  Incluso a un familiar que comparte su apellido, alguna vez le preguntaron en un negocio de electrodomésticos, cuando leyeron “Napolitano” en la tarjeta de crédito, “si era familiar del Panadero”. Lo negó. Como Judas a Cristo.</p>
<p>Yo creo, que más allá de su error o su locura momentánea, el Panadero hoy sufre su peor condena. No poder ir a la cancha nunca más a ver a disfrutar de su enfermedad y peor todavía, cuando se juega un Boca-River. Quizás vaya igual con otro carnet o con entradas de protocolo, porque en el fútbol argentino puede pasar cualquier cosa con los que protagonizaron hechos de violencia. Sin embargo, para el Panadero no es lo mismo. No puede ser él. Y en los hinchas caracterizados, como también en los jefes de las barras, sólo se sienten protagonistas del espectáculo  deportivo desde su lugar de importancia.</p>
<p>El viernes pasado fui al lavadero a buscar ropa. Queda justo al lado de una de las panaderías de la familia de Napolitano.  Y lo vi salir y subirse a su auto estacionado en el garaje del local. No me animé a hablarle, ni a decirle nada. Le tuve que preguntar a la chica del lavadero si se trataba de él. Me lo confirmó y, de paso, me contó “la anécdota” del día en que los medios les coparon la manzana.  El Panadero parece otra persona. Es otra persona.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/memorias-cercanas-de-gas-pimienta/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Las enseñanzas de Juan Pimienta</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 19 May 2015 03:02:27 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Los coletazos del bochornoso superclásico]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>Por Simón Klemperer</em></strong></p>
<p><em>La noche del jueves 14 de mayo se jugaba en la Bombonera el tercero de una serie de tres clásicos. Las cosas no sucedieron como se esperaba y la noche del mamarracho quedará para la historia. A continuación algunas impresiones.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>La tríada de infierno</strong></p>
<p>El fútbol tocó esa noche fatídica del 14 de mayo hasta la última cuerda del ser argentino contemporáneo. Tocó hasta la última cuerda de un arpa que se venía tocando hace ya mucho tiempo. El arpa de la muerte del fútbol. El fútbol había dejado de existir ya hace varios lustros y desde hace un par de semanas, con el comienzo de la triada de clásicos, habíamos comenzado a vivir la más irritante pantomima de un juego que alguna vez fue. Nadie escapa a esta farsa sin igual, salvo, quizás, aquellos que no sabían que el partido se jugaba y vivían sus vidas sin superclásico. Boca y River son y serán sinónimo del más fino entrelazamiento entre el espectáculo televisivo, el negocio, la política y el fútbol mal jugado. Sobre todo del fútbol mal jugado. Exponentes fanfarrones del peor fútbol de todos: el fútbol tonto. Los llamados superclásicos son y serán paradigma del fútbol convertido en frenético histerismo de machos deseosos de explotar. Machos infelices ansiosos de descargar su insatisfacción. Hombres desesperados que corren sin parar e hinchas que alientan para que sus muchachos corran más. Un público similar al de, digamos, las peleas de gallos.</p>
<p>Los llamados superclásicos se viven actualmente desde el más exacto código político de un tiempo mal vivido: el código de la exaltación. El código político de este tiempo, supuestamente progresista, nos robó la pausa de pensar antes de hablar. Nos robó la calma de crear, de improvisar, y nos volvió a todos reaccionarios, con la respuesta prefabricada a flor de piel. Respuesta reactivas inmediatas para cada situación. Esa pausa le fue sustraída también al fútbol, y los supuestos superclásicos son el mejor ejemplo de esa exasperación y esa aceleración. En otras palabras, estamos todos del marote. Eso sí, muy emocionados.</p>
<p>Son clásicos desesperados donde todos corren y nadie piensa. Ni este Boca ni este River son malos equipos, pero la situación los supera a ellos como equipos y nos supera nosotros como hinchas. Surge entonces un tontismo inigualable, un boludismo atroz.</p>
<p>El día en que se dieron esa serie de resultados en la Copa Libertadores que provocaron que se jugaran tres clásicos seguidos se había firmado la condena del mes más tonto del siglo argentino. Tres clásicos atrofiarían y agigantarían cada átomo del fanatismo tonto y cada segundo de periodismo bobo. Desde ese momento estaba terminantemente prohibido prender la tele para cualquier persona que quisiera mantener a salvo su salud mental. Pero claro, es imposible ser ermitaño en pleno Buenos Aires y el periodismo bobo se nos cuela por los poros. Y claro, todos locos.</p>
<p>Se nos venían tres semanas de fanatismo constante, de discusiones incoherentes, de polémicas absurdas, de notas vacías, de tinta al dope, de expectativas falsas, de asados con amigos, y claro, todo esto acompañado de una carencia total de juego. Aquí ya no se juega. Los clásicos no son juegos, son batallitas. Y nos internamos de lleno en ese tan hermoso y extendido pensamiento argentino cada vez más arraigado que dice, orgulloso de su oficio, que los clásicos y los mundiales no se juegan, se ganan. El epitome del triunfalismo y epitote de la mediocridad. A falta de fútbol, mucho huevo, y como los argentinos somos bien machazos, pues eso, lo dicho. A correr nomás que se acaba el mundo.</p>
<p><strong>Juan Pimienta</strong></p>
<p>El problema, entonces, en cuanto al fútbol, es que el fútbol ya no existe, y en cuanto a lo social, es que nuestras neuronas están en peligro de extinción. Después, lo de aquella noche escandalosa es solo un hecho más de violencia, un hecho lógico dentro de las reglas de una sociedad violenta. El personaje ese que metió un gas medio pimientoso, medio sulfuroso, en la manga del River, y a quien a partir de ahora identificaremos, solo a fines analíticos, como Juan Pimienta, no es más que un tonto más dentro del engranaje de una sociedad que genera violencia día a día, una violencia sostenida, controlada y alimentada por los dirigentes y los políticos que abogan por la paz. Por lo tanto, lo del otro día no fue un exabrupto sino una consecuencia lógica de un sistema.</p>
<p>Lo escandaloso de esa noche no fue, entonces, la estupidez sideral de Juanito Pimienta, ni siquiera la posibilidad de que haya sido un plan de la policía y que Juanito sea un cana. Lo escandaloso fue que nadie tuviera la autoridad de suspender el partido de inmediato cuando cuatro jugadores tenían quemaduras de primer grado, que se veían desde el último escalón de la popular. No había en esa cancha un solo sujeto responsable. No había ni autoridad, ni sentido común, ni seguridad, ni solidaridad. No había nada. Nada de nada. La vida nos regaló esa noche y por el mismo precio dos horas de nosotros mismos. Una muestra gratis del sistema en que vivimos. Dos horas donde se ventilaron todas las falencias de este sistema capitalista. El capitalismo ordenado se fue a la mierda y todos hicieron las cosas tan mal como, lógicamente, tendrían que haberlas hecho. Tanto el Ministerio de Seguridad, la policía, la Conmebol, los árbitros, los dirigentes, los jugadores, los hinchas, la televisión y los periodistas. Todos y cada uno de ellos hicieron su labor todo lo mal que la podían hacer.</p>
<p>Vi los tres partidos y nunca logré decidir quién quería que perdiera. Era todo tan patético que no quería que ganara nadie pero, extrañamente, tampoco sabía que sufrimiento prefería, si el bostero o el gallina. Mis sentimientos fluctuaban por minuto y ya a los 10 minutos del segundo partido sabía que quería que perdieran los dos, pero también creía que eso era imposible, porque claro, no contaba con la astucia de Juanito Pimienta, que apareció muy oportuno y me hizo el favor, quemó a unos cuantos jugadores y se acabó lo que se daba.</p>
<p>Juan Pimienta fue esclarecedor. Esta patética pantomima del fútbol no merecía terminar bien. Merecía terminar así. Así de mal. Nos merecíamos este mamarracho por alentar tan horrible espectáculo y colaborar con el pisoteo de lo que alguna vez fuera un juego. Igual, el lunes haremos borrón y cuenta nueva y seguiremos tal hemos llegado hasta acá.</p>
<p><strong>La cátedra</strong></p>
<p>En principio, y solo en principio, Juanito demostró que cada una de las medidas oficiales contra la violencia son medidas destinadas únicamente a perpetuarla. Prohibición de público visitante y sistemas de vigilancia en las canchas. Sistemas con maquinitas carisimas, con lector de iris y detector de malvados, una más moderna que la otra y que no sirven para nada, no solo porque los malvados entran igual, sino porque, entre otras cosas, no existen. La AFA Plus vendría a ser así como las estaciones del subte B, que se inauguran cinco años antes de que existan. Y todo para qué, para que parezca. Simplemente para que parezca que se hacen cosas. Para la galera. Medidas para la popular. Algo tiene que cambiar para que todo siga igual. Para mantener el monopolio del poder y de la violencia, primero hay que demostrar que se está en contra de ella. Sin la asignatura del Cinismo Ilustrado aprobada, no se puede ejercer. Y para graficar todo esto, para poner negro sobre blanco, tuvo que llegar Juanito y regalarnos esas dos horas tan esclarecedoras.</p>
<p>Juanito nos mostró también que la autoridad dice estar pero no está. Que las instituciones parecen funcionar pero no funcionan, y nos mostró, durante esas dos horas eternas, en las que no se iba nadie de la cancha y donde nadie apagaba la tele, esas dos horas en las que estábamos todos ahí, incrédulos, irritados, quemados, esperando esa llamada misteriosa, proveniente de algún comisario deportivo perteneciente a algún organismo extraterrenal, que decretara el final del partido. Pero no. Esa llamada no podía llegar porque esa autoridad, que debía ser el árbitro, no existía. Y el sentido común se hizo añicos, y fue pisoteado en vivo y en directo ante nuestros incrédulos ojos, durante dos horas seguidas.</p>
<p>Y si la autoridad no existe, o sí existe pero había aprovechado el entretiempo para ir al biorsi y se perdió en el camino, entonces podrían haber sido los jugadores los que, en un acto de mínima solidaridad, decidieran retirarse. Pero este fútbol actual no genera futbolistas solidarios, ni pensantes, sino jóvenes ambiciosos, vanidosos y competitivos, con festejos ridículos, peinados feos y unas enormes ganas de irse a Europa. Y entonces, mientras la autoridad trataba de volver del baño pero se extraviaba, una y otra vez, en los pasillos interiores del estadio, cuatro jugadores de River padecían quemaduras y nadie los llevaba al hospital, y todos, pero todos, se hacían los boludos. Lo que es claro es que nadie tuvo la integridad y el orgullo de irse de la cancha. Los de River no se iban porque querían los puntos y era arriesgado irse sin autorización, y los de Boca porque querían seguir jugando, aunque River jugara con equipo de papi fútbol.</p>
<p>Y aquí sí que se pone graciosa la cosa y hay que reír para no llorar, porque Juanito Pimienta nos hizo dar cuenta de la clase de jugadores que este sistema cría. Cosecharás lo que siembras. Y de yapa nos demostró que Orión es, sin lugar a dudas, la peor persona del mundo, y que debería ser penalizado de por vida por mal tipo. Y Juanito, el grande de Juanito, le hizo al Vasco pisar el palito y así, Arruabarrena, que parecía un tipo sensato, mostró el plumero, y ante todo el país hizo todos los intentos de reanudar el partido mientras sus colegas se echaban agua para calmar el ardor. Yo a Juanito Pimienta le aplaudo por todo esto. Le aplaudo por tantas enseñanzas. Esas dos horas fueron un doctorado en sociología, un master acelerado en sentido común. Juanito es un master total. De cualquier manera no creo que la autoridad haya ido al baño, más bien creo que la autoridad existe para asegurar la existencia del delito y que estaba saltando en el tablón, disimulado entre la multitud.</p>
<p>Juanito y su cátedra gratarola nos mostró también que los jugadores de Boca no tienen un código partido al medio, y que un jugador del equipo contrario puede estar incendiándose que ellos no le van a tirar ni una botellita de agua. Ni un escupitajo siquiera. Salvo Osvaldo, que será muy cheronca pero fue el único que se acercó a solidarizar con los quemados. Osvaldo fue el único que hizo algo bien esa noche. Es cierto que no son los jugadores los que tienen que dar el ejemplo a la sociedad, como nos quieren hacer creer los medios y las buenas costumbres. Es verdad que el ejemplo debería venir de arriba y no de abajo. Que debería venir de alguien a quien la vida le haya dado la posibilidad de dar ejemplo, y no de un pibe de veinte años que nunca salió de su barrio y que estaba en el potrero mientras los viejos trabajaban o se peleaban en la casa. Sin embargo, el ejemplo brilla por su ausencia y gente como Niembro debería estar presa por incitar a que el partido se jugara, porque, según le llegaba por mensajito de texto, esas quemaduras no eran para tanto. Sin embargo, si el ejemplo no lo tienen que dar los jugadores, al menos sí podrían dignarse a ser buenas personas. Pero no. El sistema de competencia que le da vida a estos clásicos exasperados, llenos de acelerada testosterona triunfalista, no permiten jóvenes críticos y solidarios. El sistema nos convierte en esa clase de personas.</p>
<p>Y ahí estaban, unos quemados y los otros calentando. ¿Será que calentaban tanto para quemarse? ¿Habrá sido ese un gesto solidario? Y entonces Orión, el tipo más malo del mundo, ¿habrá sido irónico cuando antes de irse de la cancha, se despidió de su hinchada con aplausos? Lo que hay que ver. Qué hemos hecho para merecer esto.</p>
<p>Y claro, ahora cada argentino se inventa su conspiración. Cada uno agarra lápiz y papel y lo explica todo. Y los afines a la corporación oficial, con su mundo blanco y negro y su década ganada, culparán a Angelici y Macri de todo, y los de la corporación opositora, con su mundo blanco y negro y su década perdida, culparán a Berni. Y Juanito, que es un simple hincha violento, parte o no de un plan, nos confirmará que, lamentablemente, todas esas teorías son ciertas, y que cada una de esas conspiranciositas caseras, sumadas, darán como resultado este desastre total. TN y 678, unidos, jamás serán vencidos.</p>
<p>Menos mal que esa noche todo terminó mal, porque si terminaba bien habríamos sido, una vez más, carne de la hipocresía cotidiana. Gracias Juanito, gracias por esta inolvidable cátedra.</p>
<p>&nbsp;</p>

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