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	<title>Gabriel García Márquez &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
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	<title>Gabriel García Márquez &#8211; Marcha</title>
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		<title>Una década de soledad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[César Saravia]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 19 Apr 2024 19:18:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Culturas]]></category>
		<category><![CDATA[De Autor]]></category>
		<category><![CDATA[cultura]]></category>
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					<description><![CDATA[El 17 de abril de 2024 se cumplieron diez años de la partida física de Gabriel García Márquez, es por eso que aprovechamos la fecha como excusa para poder recordarlo compartiendo algunos de los vínculos que lo unieron a nuestro país.]]></description>
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<p><em>El 17 de abril de 2024 se cumplieron diez años de la partida física de Gabriel García Márquez, es por eso que aprovechamos la fecha como excusa para poder recordarlo compartiendo algunos de los vínculos que lo unieron a nuestro país.</em></p>



<p><strong>Por Luis Hessel </strong></p>



<p>Gabriel García Márquez nació el domingo 6 de marzo de 1927 a las nueve de la mañana en la vieja casa de los abuelos de Aracataca, un pueblo anclado al norte del caribe colombiano, en el cual encontró la fuente de materias primas con la que construyó el pueblo mágico de Macondo.</p>



<p>Al igual que para muchos jóvenes de su generación, Buenos Aires fue la ciudad de referencia para quienes se interesaron por el mundo de los libros y las artes en general. Cuando en la navidad de 1949 llegó a Barranquilla comenzó a escribir en el periódico “El Heraldo” y a salida de la redacción se encontraba con sus amigos en la librería “Mundo” para hojear las últimas novedades llegadas desde Buenos Aires. Cuando el barco con los pedidos llegaba al puerto, Gabo y sus amigos ayudaban a los dueños los hermanos Rondón a cargar con las cajas por el solo hecho de tener las primicias publicadas por Sur, Losada y Sudamericana.</p>



<p>Integró un fenómeno sin precedentes en la historia de las letras, como el llamado boom de la novela latinoamericana que compartió con figuras de la talla de Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes. El poeta chileno Pablo Neruda ganador del premio Nobel de 1971 le había dicho con una seguridad casi paternal, que él también se lo tenía que ganar. Y así fue. En 1982 la academia sueca condecoró a Gabriel García Márquez con el nobel de literatura. La noticia fue de una algarabía tal que revolucionó las emisoras y canales de noticias. América Latina toda sintió la distinción como propia.</p>



<p>Transitó con maestría excepcional, diversos géneros literarios como la novela, el cuento, el ensayo, la crónica periodística y el guión cinematográfico. Acumuló en su haber varios volúmenes que reúnen su obra periodística. Escribió libros de cuentos como “Los funerales de la mamá grande” y “12 cuentos peregrinos”. Y de sus novelas vasta con mencionar “El coronel no tiene quien le escriba”, “Crónica de una muerte anunciada”, “El amor en los tiempos del cólera” y “Cien años de soledad”.</p>



<p>Gabriel García Márquez&nbsp; escribió su obra mayor entre 1964 y 1967 en un humilde departamento de alquiler en México. Acosado por las deudas, con Mercedes tuvieron que vender el único bien de lujo que tenían: una procesadora de alimentos que alcanzó para pagar el envío del manuscrito a Buenos Aires, donde se hizo la primera edición y donde alcanzó el éxito inmediato.</p>



<p>Comenzando por la galería de personajes aparece en esta historia el escritor tucumano Tomás Eloy Martinez. Cuando Francisco Porrúa de Sudamericana recibió el manuscrito automáticamente llamó a Tomás Eloy Martinez para que vaya a su casa urgente a leerlo. Llovía en la ciudad y al entrar al apartamento se secó los zapatos con los diarios puestos en hilera sobre el piso, que en realidad no eran otra cosa que el manuscrito original de “Cien años de Soledad”, que por suerte el barro no logró alterar la escritura. Luego de quedar anonadados por la lectura de la novela se pusieron manos a la obra. Primero se lo invitaría a participar del jurado de un concurso de novela y para darle mayor empuje Tomás Eloy Martinez escribió un artículo que fue tapa de la revista Primera Plana titulado “La gran novela de América”.</p>



<p>El 19 de agosto de 1967 a las dos y media de la madrugada, Gabriel García Marquez y su eterna compañera Mercedes Barcha Pardo llegaron al aeropuerto de Ezeiza y fueron a comer asado a un restaurante en la zona de la costanera. Fueron apenas 12 días los que estuvieron en Buenos Aires pero el éxito de la novela fue inmediato. A ese “escritor desconocido” hubo que ponerle en los últimos días una secretaria para que atendiera el teléfono y mudarlo del hotel.</p>



<p>El resto del transcurso de los hechos ya es conocido por todos.</p>



<p>No obstante, la amistad con el autor de “La pasión según Trelew” se extendió durante todas sus vidas. Una de las tantas anécdotas que dan cuenta de esta afirmación está relacionada a un ambicioso proyecto de Tomás Eloy Martinez, escribir una novela sobre el robo, los misterios y el derrotero del cadáver de Evita. Cuando en 1990 Juan Forn entró a trabajar como editor en la editorial Planeta, el primer contrato que firmó fue con Tomás Eloy Martinez para que escriba ese supuesto libro que nadie pensó que alguna vez finalizara. La editorial le dió 25 mil dólares de adelanto y Tomás muy pocas muestras de poder finalizar el trabajo. Cinco años más tarde, cuando accionistas y editores pidieron su cabeza, Tomás Eloy Martinez había empezado a escribir como una locomotora. Fue entonces cuando pidió una reunión con editores y empresarios y puso sobre la mesa una hoja de fax autorizando a que su contenido se use como faja promocional de la novela, la misma decía; “aquí está, por fin, la novela que siempre quise leer”, firmado por Gabriel García Márquez. Meses después “Santa Evita” estuvo en todas las librerías y fue un éxito de lectores. En 2022 la plataforma Star+ estrenó en su pantalla una miniserie basada en la novela bajo dirección de Rodrigo García, hijo de mayor de Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha Pardo.</p>



<p>Como es de público conocimiento, con Julio Cortázar vivieron el boom de la novela latinoamericana y compartieron una larga amistad. El primer libro que leyó en un hotel de Barranquilla fue “Bestiario”. Dijo al respecto, “desde la primera página me di cuenta de que Julio era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande”.</p>



<p>En varios pasajes de su obra periodística está presente Cortázar, pero fundamentalmente en un artículo que habla exclusivamente del autor de Rayuela y que se llamó con justicia: “El argentino que se hizo querer de todos”.</p>



<p>Otras historias son distintas. Cargan con los avatares de la historia misma de la Argentina, el genocidio de los cuerpos y las palabras. Allá por el exilio mexicano en 1978, Miguel Bonasso estaba en un bar y Gabo le dijo: “¿Sabes por qué no me quiero hacer amigo de ustedes? Porque luego los matan”.</p>



<p>Con el escritor Haroldo Conti, autor de “Mascaró, el cazador americano”, tuvo un vínculo generacional. Los unió la amistad, el amor a Hemingway, a la cerveza bien fría y la defensa de la revolución cubana. Cuando el 4 de mayo de 1976 fue secuestrado por un grupo de tareas del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército. García Márquez inició una campaña internacional de denuncia, escribió:</p>



<p>“Haroldo Conti tenía entonces 51 años, había publicado siete libros excelentes y no se avergonzaba de su gran amor a la vida. Su casa urbana tenía un ambiente rural: criaba gatos, criaba palomas, criaba perros, criaba niños y cultivaba en canteros legumbres y flores. Como tantos escritores de nuestra generación, era un lector constante de Hemingway, de quien aprendió además la disciplina de cajero de banco”.</p>



<p>Se comprobó judicialmente que Haroldo Conti estuvo detenido y fue desaparecido en el campo de concentración conocido como El Vesubio, donde según testigos, también estuvo el cineasta Raymundo Gleyzer y el escritor y autor del El Eternauta, Héctor Germán Oesterheld. 15 días después de su secuestro, se reunieron con el dictador Jorge Rafael Videla, Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato quienes no tuvieron más que mutuos elogios. Hace apenas unos días, el gobierno de la crueldad, al mando de Javier Milei, vehemente defensor del genocidio, despidió de su puesto de trabajo en la biblioteca nacional a Marcelo Conti, hijo de Haroldo, con 35 años de servicios y a poco de jubilarse. Dijo a la prensa: “Me echaron solo por ser Conti”.</p>



<p>Sin dudas la relación más significativa de García Márquez fue con Rodolfo Walsh. Dijo;</p>



<p>“Para los lectores de los años 50, cuando el mundo era jóven y menos urgente, Rodolfo Walsh fue el autor de unas novelas policíacas deslumbrantes que yo leía en los lentos guayabos dominicales de una pensión estudiantil de Cartagena”.</p>



<p>Rodolfo Walsh fue un autor cuyos policiales negros y de denuncia social determinaron parte importante de su formación literaria. Trás el triunfo de la revolución cubana ambos participaron de la fundación de la agencia de noticias Prensa Latina, donde anonadado, fue testigo de cómo Rodolfo Walsh desarticuló una invasión a Cuba orquestada por la CIA para abril de 1961. La invasión de Bahía Cochinos. Años más tarde, perseguido por la dictadura cívico-militar y en la más absoluta clandestinidad, fingiendo ser un profesor de inglés jubilado, escribió en su casa del barrio El Fortín, en la localidad rural de San Vicente, la “carta abierta de un escritor a la junta militar”, a la cual García Márquez definió como “una obra maestra del periodismo universal”.</p>



<p>Finalmente, otra de nuestras referencias no podía ser otra que el tango,&nbsp; y ni más ni menos que en la figura de Carlos Gardel. Cosa que no sería desatinada si tenemos en cuenta el éxito que tuvieron sus canciones en Colombia, tierra en la que murió en un fatídico accidente aéreo en 1935. Carlos Gardel, aparece, por ejemplo, en “El amor en los tiempos del cólera”, una de sus más grandes novelas.</p>



<p>Y en su último libro “Memoria de mis putas tristes”, de 2004, le dedicó unas líneas que dicen:</p>



<p>“Cantábamos duetos de amor de Puccini, boleros de Agustín Lara, tangos de Carlos Gardel, y comprobábamos una vez más que quienes no cantan no pueden imaginar siquiera lo que es la felicidad de cantar”.</p>



<p>La pregunta ¿por qué nunca volvió a Argentina?</p>



<p>Para un caribeño supersticioso la respuesta es simple, “si en Buenos Aires el éxito te eligió, en Buenos Aires también puede abandonarte”.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/una-decada-de-soledad/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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		<item>
		<title>Recuerdos de periodista: Gabo, Masetti y Walsh en Cuba</title>
		<link>https://marcha.org.ar/recuerdos-de-periodista-gabo-masetti-y-walsh-en-cuba/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Ignacio Marchini]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 22 Apr 2020 10:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<category><![CDATA[portada]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Masetti]]></category>
		<category><![CDATA[Rodolfo Walsh]]></category>
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					<description><![CDATA[La reflexión de Gabriel García Márquez, a casi 30 años, sobre el periodismo de Rodolfo Walsh y Ricardo Masetti en Cuba.]]></description>
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<p><em>Si bien coincidimos en que respetar fechas para publicar notas puede ser un fetiche, también encontramos cierto regocijo en hacerlo. En la misma semana de aniversario de la partida física de Gabriel García Márquez y de la Epopeya de Playa Girón en Cuba, la reflexión del escritor en torno al periodismo de Walsh y Masetti en Cuba.</em></p>



<p><strong>Por Gabriel García Márquez</strong>*</p>



<p>Uno de mis mejores recuerdos de periodista es la forma en que el Gobierno revolucionario de Cuba se enteró, con varios meses de anticipación, de cómo y dónde se estaban adiestrando las tropas que habían de desembarcar en la bahía de Cochinos. La primera noticia se conoció en la oficina central de Prensa Latina, en La Habana, donde yo trabajaba en diciembre de 1960, y se debió a una casualidad casi inverosímil. Jorge Ricardo Masetti, el director general, cuya obsesión dominante era hacer de Prensa Latina una agencia mejor que todas las demás, tanto capitalistas como comunistas, había instalado una sala especial de teletipos sólo para captar y luego analizar en junta de redacción el material diario de los servicios de Prensa del mundo entero. Dedicaba muchas horas a escudriñar los larguísimos rollos de noticias que se acumulaban sin cesar en su mesa de trabajo, evaluaba el torrente de información tantas veces repetido por tantos criterios e intereses contrapuestos en los despachos de las distintas agencias y, por último, los comparaba con nuestros propios servicios. Una noche, nunca se supo cómo, se encontró con un rollo que no era de noticias sino del tráfico comercial de la Tropical Cable, filial de la All American Cable en Guatemala. En medio de los mensajes personales había uno muy largo y denso, y escrito en una clave intrincada. Rodolfo Walsh, quien además de ser muy buen periodista había publicado varios libros de cuentos policiacos excelentes, se empeñó en descifrar aquel cable con la ayuda de unos manuales de criptografía que compró en alguna librería de viejo de La Habana. Lo consiguió al cabo de muchas noches insomnes, y lo que encontró dentro no sólo fue emocionante como noticia, sino un informe providencial para el Gobierno revolucionario. El cable estaba dirigido a Washington por un funcionario de la CIA adscrito al personal de la Embajada de Estados Unidos en Guatemala, y era un informe minucioso de los preparativos de un desembarco armado en Cuba por cuenta del Gobierno norteamericano. Se revelaba, inclusive, el lugar donde iban a prepararse los reclutas: la hacienda de Retalhuleu, un antiguo cafetal en el norte de Guatemala.<strong>Idea magistral.</strong></p>



<p>Un hombre con el temperamento de Masetti no podía dormir tranquilo si no iba más allá de aquel descubrimiento accidental. Como revolucionario y como periodista congénito se empeñó en infiltrar un enviado especial en la hacienda de Retalhuleu. Durante muchas noches en claro, mientras estábamos reunidos en su oficina, tuve la impresión de que no pensaba en otra cosa. Por fin, y tal vez cuando menos lo pensaba, concibió la idea magistral. La concibió de pronto, viendo a Rodolfo Walsh que se acercaba por el estrecho vestíbulo de las oficinas con su andadura un poco rígida y sus pasos cortos y rápidos. Tenía los ojos claros y risueños detrás de los cristales de miope con monturas gruesas de carey, tenía una calvicie incipiente con mechones flotantes y pálidos y su piel era dura y con viejas grietas solares, como la piel de un cazador en reposo. Aquella noche, como casi siempre en La Habana, llevaba un pantalón de paño muy oscuro y una camisa blanca, sin corbata, con las mangas enrolladas hasta los codos. Masetti me preguntó: &#8220;¿De qué tiene cara Rodolfo?&#8221;. No tuve que pensar la respuesta porque era demasiado evidente. &#8220;De pastor protestante&#8221;, contesté. Masetti replicó radiante: &#8220;Exacto, pero de pastor protestante que vende biblias en Guatemala&#8221;. Había llegado, por fin, al final de sus intensas elucubraciones de los últimos días.</p>



<p>Como descendiente directo de irlandeses, Rodolfo Walsh era además un bilingüe perfecto. De modo que el plan de Masetti tenía muy pocas posibilidades de fracasar. Se trataba de que Rodolfo Walsh viajara al día siguiente a Panamá, y desde allí pasara a Nicaragua y Guatemala con un vestido negro y un cuello blanco volteado, predicando los desastres del apocalipsis que conocía de memoria y vendiendo biblias de puerta en puerta, hasta encontrar el lugar exacto del campo de instrucción. Si lograba hacerse a la confianza de un recluta habría podido escribir un reportaje excepcional. Todo el plan fracasó porque Rodolfo Walsh fue detenido en Panamá por un error de información del Gobierno panameño. Su identidad quedó entonces tan bien establecida que no se atrevió a insistir en su farsa de vendedor de biblias.</p>



<p>Masetti no se resignó nunca a la idea de que las agencias yanquis tuvieran corresponsales propios en Retalhuleu mientras que Prensa Latina debía conformarse con seguir descifrando los cables secretos. Poco antes del desembarco, él y yo viajábamos a Lima desde México y tuvimos que hacer una escala imprevista para cambiar de avión en Guatemala. En el sofocante y sucio aeropuerto de la Aurora, tomando cerveza helada bajo los oxidados ventiladores de aspas de aquellos tiempos, atormentado por el zumbido de las moscas y los efluvios de frituras rancias de la cocina, Masetti no tuvo un instante de sosiego. Estaba empeñado en que alquiláramos un coche, nos escapáramos del aeropuerto y nos fuéramos sin más vueltas a escribir el reportaje grande de Retalhuleu. Ya entonces le conocía bastante para saber que era un hombre de inspiraciones brillantes e impulsos audaces, pero que, al mismo tiempo, era muy sensible a la crítica razonable. Aquella vez, como en algunas otras, logré disuadirle. &#8220;Está bien, che&#8221;, me dijo, convencido a la fuerza. &#8220;Ya me volviste a joder con tu sentido común&#8221;. Y luego, respirando por la herida, me dijo por milésima vez:</p>



<p>-Eres un liberalito tranquilo.</p>



<p>En todo caso, como el avión demoraba, le propuse una aventura de consolación que él aceptó encantado. Escribimos a cuatro manos un relato pormenorizado con base en las tantas verdades que conocíamos por los mensajes cifrados, pero haciendo creer que era una información obtenida por nosotros sobre el terreno al cabo de un viaje clandestino por el país. Masetti escribía muerto de risa, enriqueciendo la realidad con detalles fantásticos que iba inventando al calor de la escritura. Un soldado indio, descalzo y escuálido, pero con un casco alemán y un fusil de la guerra mundial, cabeceaba junto al buzón de correos, sin apartar de nosotros su mirada abismal. Más allá, en un parquecito de palmeras tristes, había un fotógrafo de cámara de cajón y manga negra, de aquellos que sacaban retratos instantáneos con un paisaje idílico de lagos y cisnes en el telón de fondo. Cuando terminamos de escribir el relato agregamos unas cuantas diatribas personales que nos salieron del alma, firmamos con nuestros nombres reales y nuestros títulos de Prensa, y luego nos hicimos tomar unas fotos testimoniales, pero no con el fondo de cisnes, sino frente al volcán acezante e inconfundible que dominaba el horizonte al atardecer. Una copia de esa foto existe: la tiene la viuda de Masetti en La Habana. Al final metimos los papeles y la foto en un sobre dirigido al señor general Miguel Ydígoras Fuentes, presidente de la República de Guatemala, y en una fracción de segundo en que el soldado de guardia se dejó vencer por la modorra de la siesta echamos la carta al buzón. Alguien había dicho en público por esos días que el general Ydígoras Fuentes era un anciano inservible, y él había aparecido en la televisión vestido de atleta a los 69 años, y había hecho maromas en la barra y levantado pesas, y hasta revelado algunas hazañas íntimas de su virilidad para demostrarles a sus televidentes que todavía era un militar entero. En nuestra carta, por supuesto, no faltó una felicitación especial por su ridiculez exquisita.</p>



<p>Masetti estaba radiante. Yo lo estaba menos, y cada vez menos, porque el aire se estaba saturando de un vapor húmedo y helado y unos nubarrones nocturnos habían empezado a concentrarse sobre el volcán. Entonces me pregunté espantado qué sería de nosotros si se desataba una tormenta imprevista y se cancelaba el vuelo hasta el día siguiente, y el general Ydígoras Fuentes recibía la carta con nuestros retratos antes de que nosotros hubiéramos salido de Guatemala. Masetti se indignó con mi imaginación diabólica. Pero dos horas después, volando hacia Panamá, y a salvo ya de los riesgos de aquella travesura pueril, terminó por admitir que los liberalitos tranquilos teníamos a veces una vida más larga, porque tomábamos en cuenta hasta los fenómenos menos previsibles de la naturaleza. Al cabo de veintiún años, lo único que me inquieta de aquel día inolvidable es no haber sabido nunca si el general Ydígoras Fuentes recibió nuestra carta al día siguiente, como lo habíamos previsto durante el éxtasis metafísico.</p>



<p><strong>*Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles de El País, 16 de diciembre de 1981</strong>.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/recuerdos-de-periodista-gabo-masetti-y-walsh-en-cuba/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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