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	<title>#ElPartidoDeMiVida &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
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	<title>#ElPartidoDeMiVida &#8211; Marcha</title>
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		<title>Cuando Diego, Lionel y yo no pudimos cambiar el mundo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 17 Sep 2018 03:10:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Pinceladas]]></category>
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					<description><![CDATA[#ElPartidoDeMiVida]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Silvana Melo</strong></p>
<p><em>Hay partidos que nos duran un rato y otros que nos cambian la vida. La cronista cuenta una de derrota: el día en que Diego y Lionel pasaron a ser, para siempre, sólo Maradona y Messi. Pero no siempre las derrotas se quedan en el corazón cuando la primavera sigue asomando.</em></p>
<p>Mi pasión por el fútbol empezó a languidecer ese día. Y junto con ella, en las deshilachadas maletas de lo simbólico, unos cuantos sueños.</p>
<p>Cuando Diego (que ahora es Maradona) se convirtió en técnico de la Selección, sentí que era el momento de que algo mágico sucediera. Él en el banco, Lionel en la cancha. El resto, de palo. El resto, alfajores. Como el Chino Garcé. El Diego campeón del mundo dos veces con esta camiseta, en tiempos en que los gobiernos populares la remaban en América Latina, en los 200 años de un mayo que nos vendieron revolucionario, pero que fue más o menos, cuando los monstruos rondaban amenazando las yugulares del populismo, era posible que fuéramos felices. Porque estaba Diego en el banco y Lionel en la cancha. Y no hacía falta más.</p>
<p>Yo estaba en las periferias de lo feliz. En los suburbios de una primavera lejanísima. Julio en Olavarría es cruel. Aplasta lo verde a golpes de escarcha. Y amanece con siete grados bajo cero como si nada. Se había muerto mi vieja hacía unos meses, única ancla que me sostenía en la ciudad que me hizo periodista de dientes apretados y encaprichada en abrir grietas en el cemento.</p>
<p>Fui xeneixe por sangre, herencia y linaje. Hasta que Macri me asqueó. Angelici y Tévez me asquearon. Hoy los veo pasar por mi costado. Y no les creo. Nada les creo. Sólo me conmueve Rocío, cuando con gambeta y sombrero la clava a la izquierda en la canchita de Pelota de Trapo.</p>
<p>Fui hincha emocionada y desesperante de la Selección con la misma intensidad con la que desprecio los nacionalismos. El oxímoron ya dejó de funcionar: Messi (que en 2010 era Lionel) terminó de desactivar este año la pasión, con esa mezcla de amor y padecimiento que la constituye.</p>
<p>Diego (que ahora es Maradona) fue para mí durante décadas un emblema de la insurgencia, la nave insignia de los barrios hundidos que se levantan para noquear al poder, el negrito insolente que se puso una estola de piel blanca y salió al mundo desde Fiorito sin darle la mano a nadie ni rasparse las rodillas ante ningún payaso con humos de autoridad. Le perdoné todo. Hasta su menemismo ocasional. Cerré los ojos y lo negué. Lloré tres días seguidos y creí que el sentido de la vida se iba por las cloacas cuando le cortaron las piernas en 1994.</p>
<p>Por eso Sudáfrica era una revancha. La de él y también la mía.</p>
<p>Había escrito tanto periodismo ficcional sobre la vecindad del fútbol con la política, con la marea de felicidad e infelicidad de los pueblos, que empezaba a creerme que esta vez Diego, Lionel y yo podíamos cambiar el mundo.</p>
<p>En mi caso, abrir la puerta a un colibrí en la casa vacía. Esperar la primavera con los membrilleros en flor. Recortar la esperanza y hacerla factible, viable, como para colgármela al cuello y salir a la vida. En pie.</p>
<p>Ese julio de 2010 el dólar cotizó a 3,95. Y la Argentina se convertía en el primer país en reconocer el derecho al matrimonio de personas del mismo género. Había un germen de cambio retorciéndose desde el pecho al estómago (míos, por supuesto) cuando me senté el 3 de julio a eso de las tres de la tarde a mirar el partido. Eran los cuartos de final y a mi lado había un par de amigos pero yo estaba sola. Era yo y Diego. En ese orden. Y Lionel en la cancha.</p>
<p>Antes había opinado Toti Pasman –él y sus secuaces, los mismos que hacen el mismo periodismo deportivo basura hoy, ocho años después– y la respuesta de Diego, “la tenés adentro” y “sigan chupando” viralizada en remeras y con un sexismo horroroso que hoy no estamos dispuestas a bancar a nadie.</p>
<p>Así me senté ese sábado a mirar el partido. Pensando en Codesal y en Diego con el tobillo hecho una pelota morada, los italianos abucheando y él llorando en aquel julio del 90, cuando el país entraba en un túnel de desamparo y perversidad, donde más de la mitad se quedaría fuera de todos los sueños. Y el subcampeonato era un des-consuelo, con las hilachas de lo que fue.</p>
<p>Así me senté.</p>
<p>Pensando en la revancha.</p>
<p>Cuando Arne Friedrich puso el tercero en el arco de Chiquito Romero me desarmé como un rompecabezas de papel. Apagué el televisor y me fui al patio. Me senté en el escaloncito que daba a los pinos y a las rosas dormidas. El pasto era marrón de tanta helada. El cielo estaba encapotado de frío. Y yo fumaba un cigarrillo abrazándome en una decisión que se volvió inapelable en un instante. En el mismo instante en que Friedrich ponía el tercero a los 74 minutos y sin enterarme de que Klose humillaba en el minuto 89. En ese minuto helado supe que me iba. Que dejaba la ciudad donde había vivido casi 49 años y no iba a regalarle 50.</p>
<p>En ese minuto supe que la vida podía cambiar de ruta y sentido. Que había un paquete de sueños que quedaría entre los membrilleros cuando me fuera. Diego, por ejemplo. Que había empezado, despacito, a ser Maradona. La ilusión de un sueño americano, de una patria grande –los gobiernos populares fueron también un espejismo que duró el tiempo que duran los espejismos en la sed de los desiertos–, la esperanza de una tierra igualitaria, de un mundo donde quepan todos los mundos.</p>
<p>Ese día me fui. Aunque me iría físicamente cinco meses después.</p>
<p>Nada volvió a ser igual. Miré Brasil 2014 desapasionadamente. Rusia me sorprendió incrédula y a la Selección, desangelada. Lionel ya es Messi para siempre. Y Diego, Maradona desde hace rato, pasea entre Dubai y Sinaloa.</p>
<p>Los sueños están detenidos en el freezer. Pero las calles están calientes. Y la primavera, magullada y terca, empieza a asomar por ahí. Con la rabona que nos anda faltando.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/cuando-diego-lionel-y-yo-no-pudimos-cambiar-el-mundo/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>El partido de mi vida o la tempestad en Saavedra</title>
		<link>https://marcha.org.ar/el-partido-de-mi-vida-o-la-tempestad-en-saavedra/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 30 Apr 2018 03:00:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<category><![CDATA[#ElPartidoDeMiVida]]></category>
		<category><![CDATA[Diego Abu Arab]]></category>
		<category><![CDATA[fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[Kurt Lutman]]></category>
		<category><![CDATA[Newell’s]]></category>
		<category><![CDATA[otras]]></category>
		<category><![CDATA[Platense]]></category>
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					<description><![CDATA[#ElPartidoDeMiVida]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Kurt Lutman / Ilustración: Diego Abu Arab</strong></p>
<p><em>El relato del ex jugador habla de las derrotas. De las resistencias. Pero, sobre todo, de los equipos en las derrotas. ¿Cómo seguimos siendo compañeras y compañeros cuando el triunfo es esquivo? Tal vez la respuesta nos sirva para la cancha pero, más que nada, para la vida&#8230;</em></p>
<p>No puedo olvidármelo, no debo.</p>
<p>El mejor partido de mi vida fue contra Platense en quinta división. 16 años teníamos, y empezamos ganando uno a cero.</p>
<p>No parábamos de tirar paredes y tocar de primera. Éramos una máquina y llegó el segundo gol. En medio del festejo, reparé en algo que me llamó la atención. Los pibes de Platense no discutían entre ellos. Se mantenían firmes. El aquero, sin encanar a nadie, fue a buscar la pelota al fondo de la red.</p>
<p>Llegó el tercer gol y ahí sí, los miré sabiendo que empezarían a quebrarse. Entre el segundo y el tercer gol en este deporte los equipos se quiebran anímicamente y empiezan los reproches. Es la forma que tiene el cuerpo de liberar el estrés y las responsabilidades. Ellos no.</p>
<p>Llegó el cuarto y el aliento entre el equipo enemigo se intensificó. Palabras sagradas para ellos iban y venían de boca en boca.</p>
<p>Le metimos 5 esa tarde, y yo estuve frente a un equipo tremendo.</p>
<p>Al término nos saludamos y envidié no haber perdido con ellos. Con 16 años no entendí que pasó, solo me recorrían unas ganas enormes de haber estado del otro lado.</p>
<p>No entendí que pasó en ese partido hasta 16 años más tarde.</p>
<p>En el hospital de niños de Rosario acababa de entrar mi hija por una neumonía fulera que la tuvo ahí  25 días.  Mi hija Francisca dio una batalla física, emocional y mental enorme hasta que salió.</p>
<p>Hoy tiene 12 hermosos años.</p>
<p>Como equipo, ella, su mamá y su hermano Juan dimos una batalla tremenda y la atravesamos.</p>
<p>Ahí entendí la enorme ingeniería de resistir.</p>
<p>Un equipo, mis amigos, no son once vestidos con la misma camiseta.</p>
<p>Resistir en la mala.</p>
<p>Resistir sin chistar.</p>
<p>Resistir.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/el-partido-de-mi-vida-o-la-tempestad-en-saavedra/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Los Andes: Un kiosco de diarios, un partido y una ilusión</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 16 Apr 2018 12:52:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Pinceladas]]></category>
		<category><![CDATA[#ElPartidoDeMiVida]]></category>
		<category><![CDATA[Andrés Álvarez]]></category>
		<category><![CDATA[Ascenso]]></category>
		<category><![CDATA[Campeonato 99/00]]></category>
		<category><![CDATA[Los Andes]]></category>
		<category><![CDATA[milrayitas]]></category>
		<category><![CDATA[otras]]></category>
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					<description><![CDATA[#ElPartidoDeMiVida]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Andrés Álvarez</strong></p>
<p><em>En 2000, Los Andes, el milrayitas, se jugaba mucho más que un campeonato: se jugaba el ascenso y la posibilidad de jugar en Primera después de 29 años. Este es relato de un hincha, y del sueño que lo trajo hasta aquí.</em></p>
<p>Una buena historia de un club de fútbol podría ser: “Un club del ascenso, del conurbano tiene que jugar un campeonato excelente para no descender. Contra toda expectativa al final lo logra, pero no solo eso, sino que termina ascendiendo a primera división después de 29 años”. Esta historia la conozco, porque la viví.</p>
<p>Los Andes arrancaba muy presionado el campeonato 1999/2000 de la Primera B Nacional, estaba 5to dando vuelta la tabla y rozaba el descenso. Del plantel de la temporada anterior quedaban muy pocos jugadores, también se iba el técnico y los que llegaban eran jugadores que no habían podido explotar en sus equipos. Lo único que nos tranquilizaba, o por lo menos un poco, era que el nuevo técnico pasaba a ser el ex jugador, hincha, vecino y ya prócer del club, el “Gordo” Jorge Ginarte. La premisa era sumar la mayor cantidad de puntos para no bajar de categoría, una consigna sin muchas pretensiones en lo futbolístico. Había que sumar y Los Andes sumó; tanto que nos ilusionamos, en vez de zafar del descenso, con el campeonato.</p>
<p>El trago amargo fue sin dudas el 3-3 con Quilmes en la cancha del cervecero. Los Andes ganaba 3-0 y estábamos confiados en que pasábamos a jugar la final por el ascenso directo contra Huracán, cuando nos empató Quilmes sobre la hora con gol de Quiñonez. Ellos fueron a jugar la final y nosotros, al repechaje. En el repechaje dejamos afuera a San Martín de Mendoza en cuartos, a Banfield en semis y la final era de nuevo con Quilmes que venía de perder con Huracán. El partido de ida fue en el Gallardón, la cancha era un chiquero por las lluvias de toda esa semana, pero igual ganamos bien 2-0. Ahora, otra vez, se definía todo en Quilmes.</p>
<p>Esa semana se hizo interminable, los días parecían de 48 horas y era todo Los Andes. Buscaba lugar en algún auto para ir a la cancha, cortaba la guía de teléfonos para llevar papelitos y leía la revista <em>Ascenso 2000</em>, que solamente la vendía el kiosco del gallego que está en la estación. En ese trayecto de 15 cuadras las paredes metían presión con un “VolverA” pintado por todo Lomas. Lemma, el arquero de Quilmes, decía en esa semana: “Si no le podemos hacer 2 goles a Los Andes en la cancha nuestra no estamos capacitados para estar en primera”.</p>
<p>El partido de ida fue un sábado y el de vuelta un domingo, “para ir acostumbrándonos”, pensaba.</p>
<p><strong>El partido en cuestión</strong></p>
<p>Por lo general si jugábamos de visitante iba con mi viejo o iba en el auto de Alejandrito. Mi viejo ese día no fue, no recuerdo por qué. En el auto de Ale también iban el primo, la madre y el novio de la madre. Arrancamos temprano porque sabíamos que iba a estar lleno, y en el camino nos encontramos con la caravana que salía de Lomas. Eran cuadras y cuadras rojiblancas, la gente viajaba en autos, colgados de los micros y hasta arriba del techo en camiones. Ese día hacía frío así que me había puesto remera, buzo, campera y, arriba de todo eso, la milrayitas.</p>
<p>Llegamos como una hora antes de que empezara el partido y ya había gente en las tribunas. Pasamos el cacheo de la cana, que nos tiró la mitad de los papeles mientras los revisaba, y entramos. Fuimos arriba porque en la tribuna de abajo no se ve nada. Me acomodé en el mejor lugar, contra la baranda casi atrás del arco. No paraba de entrar gente, nadie quería perderse este partido histórico. Recuerdo que en un momento miré para abajo y estaba mi vecino. No sabía que era hincha de Los Andes, nunca lo había visto en la cancha, ni siquiera sabía que le gustaba el fútbol… pero ahí estaba, contra el córner sufriendo igual que cualquiera.</p>
<p>Pasaban los minutos y ya no podía disimular los nervios, las tribunas estaban llenas y con todas las banderas colgadas, los cantos, el duelo de hinchadas. De repente, salió Los Andes a la cancha, y se largó la lluvia de papelitos (que por varios minutos más que lluvia era una cascada que no me dejaba ver nada) y el “No me importa lo que digan, lo que digan los demás…” que nos salía desde el alma. Así empecé el partido: con los nervios de una final, pero lleno de confianza. Algo me decía que la tarde era nuestra.</p>
<p>Quilmes salió apurado a buscar el resultado. Tenía buen equipo: por un lado estaban los rústicos, Baigorria, Ceferino Díaz y Braña, y por otro los habilidosos, el “máquina” Giampietri y el “chori” Dominguez. A los 17 minutos el “pirata” Czornomaz metió de penal el 1-0 para Quilmes. Y lo puteé, lo re puteé, lo puteé de arriba a abajo y no me importaron todos los goles que había hecho en Los Andes en el 98, ni que hubiera salido goleador del campeonato cuando usaba la milrayitas, ni que lo saludaba cuando lo cruzaba por alguna calle de Lomas. Lo puteé de bronca, de impotencia, porque nos estaban dejando afuera de nuevo… ¿Y después quién se aguanta las cargadas? ¿Quién sale a poner la jeta el lunes a la mañana?</p>
<p>El partido era bien de la B: muy trabado en el medio, tanto que en un momento parecía el partido de los rebotes. Incluso Ferrer tuvo el empate, pero cabeceó con el hombro. En la tribuna ya no aguantaba más, no sabía si cantar, llorar o quedarme callado. De los nervios me tapaba la cara con las manos, temblaba, quería que terminara el partido a toda costa. Faltaba como media hora y gritaba con ese espíritu de técnico que tenemos los argentinos, como si los jugadores me escucharan desde 50 metros, como si fuese tan fácil pasar de la palabra al hecho.</p>
<p>Quedaban 10 para el final, con Quilmes no pasaba nada pero cuando decíamos “ya está” aparecía el fantasma del 3 a 3, hasta que en un despeje Levato se la bajó de cabeza a Pieters en mitad de cancha. Pieters se dio vuelta, bajó la cabeza y, sin dudar, encaró; le salió Baigorria, tiró la pelota por un lado y el pasó por el otro; le quedó para la zurda y ahí, en el momento en que le salió el arquero cuando entraba al área grande, en ese momento en que el tiempo se hace más lento, el estadio queda en silencio y dejamos de respirar por unos segundos, Pieters, con la tranquilidad de un jugador de primera, abrió el pie y definió contra el palo izquierdo. ¡Goool! Era el gol del ascenso y lo grité y me abracé con el que tenía al lado, lo grité al cielo levantando las manos medio llorando, lo grité hasta que me quedé disfónico porque se me cayó la garganta.</p>
<p>Terminó el partido, en realidad se suspendió por “incidentes” generados por “los inadaptados de siempre”… Me reencontré con Ale salimos de la cancha, subimos al auto y arrancamos. Fuimos bordeando la vía para volver a Calchaquí mientras volaban piedras desde todos lados. La caravana era gigante y la vuelta por Pasco ya era una fiesta. Llegamos a Lomas y estaba todo el mundo en la calle festejando. Sabíamos que el Gallardón estaba abierto así que dejamos el auto y nos fuimos directo. En la tribuna había familias enteras y adentro del campo muchos que cumplían promesas. Los jugadores llegaron a eso de las diez de la noche arriba del camión de bomberos que los esperaba en la sede social. Esa noche fue la única vez que vi la cancha de Los Andes completamente llena: había más de 35.000 hinchas Milrayitas.</p>
<p>Al otro día me levanté temprano y fui a recorrer kioscos para comprar todos los diarios: <em>Olé</em>, <em>Clarín</em>, <em>Diario Popular</em>, <em>Crónica</em>, <em>La Unión</em> y alguno más. Empecé en el de Paggio y Colombres, y terminé en el del gallego en la estación de Lomas. Todavía los tengo guardados en el placard.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/los-andes-un-kiosco-de-diarios-un-partido-y-una-ilusion/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Central y sus victorias: usted lo vio, usted lo vio</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 27 Mar 2018 03:01:08 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Santiago Ernesto Garat]]></category>
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					<description><![CDATA[#ElPartidoDeMiVida]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Santiago Ernesto Garat</strong></p>
<p><em>El 19 de diciembre de 1971, Rosario Central, dirigido técnicamente por Angelito Labruna, venció a su clásico rival en las semifinales del Campeonato Nacional de aquel año, con la legendaria Palomita de Poy, y tres días mas tarde conquistó el primer título de su historia. Y otro 19 de diciembre, pero de 1995, escribió su página más gloriosa en el plano internacional. </em></p>
<p>Después de perder por un aplastante 4 a 0 la final de ida de la Copa Conmebol ante el Mineiro, en tierras brasileñas, la cosa se definía en el Gigante de Arroyito. En los días previos, ni el más optimista de los fanas Canayas vislumbraba un desenlace como el que iba a ocurrir en la noche de aquel miércoles mágico. Sin embargo, el orgullo hizo que el estadio luciera repleto como en sus mejores épocas. La celebración del vuelo inmortal de don Aldo Pedro, que andaba por la edición 24 (este año será la 47), se realizó excepcionalmente el martes 18, aunque la recreación del gol más festejado del mundo, y que abrió las puertas al primer campeonato de un equipo que no fuera de Buenos Aires, se llevó a cabo después de las 12 de la noche, para cumplir a rajatabla con el calendario conmemorativo.</p>
<p>Una vez finalizado el ritual, la mayoría de los presentes (y cientos de hinchas que se sumaron en el camino), enfiló para el hotel en el que estaba alojado el plantel del Mineiro, con el objetivo de no dejarlos descansar como debían. Se hicieron sonar las bocinas, y algunas bombas de estruendo, y pese al esfuerzo de las fuerzas de seguridad por impedirlo, la situación se repitió varias veces a lo largo de aquella madrugada.</p>
<p>Y llegó el miércoles. Con varios amigos, con los que compartíamos las idas a la cancha, decidimos hacer la previa en Funes, localidad situada a unos 20 kilómetros de Rosario, como para estar alejados del nerviosismo general que seguramente se iba a apropiar de toda la ciudad. Sí, de toda.</p>
<p>La cosa es que encaramos para Arroyito más cerca de la hora del inicio, aunque con un buen margen porque sabíamos que el ingreso iba a ser complicado. Apenas entramos a la popular local, no  pude aguantar las lagrimas: el Gigante hervía y no entraba un alfiler, pese a que faltaba más de una hora para que arranque la final y, sobre todo, a que habíamos perdido por goleada el primer chico y era casi una utopía que pudiéramos revertir la historia.</p>
<p>La salida del Nuestro fue atronadora y a los brazucas les debe haber temblado hasta la pera porque en el primer tiempo no existieron. A los 22 minutos el uruguayo Rubén Fernando Da Silva, uno de los mejores refuerzos que llegaron a Arroyito desde que tengo uso de razón, abrió el marcador. Cuando el reloj marcaba 37, el <em>Petaco </em>Horacio Carbonari le agujereó el arco a Tafarel, arquero de la visita y del seleccionado de su país, con una de sus especialidades: los tiros libres. Y antes de irse al descanso, el <em>Chapulín</em> Martín Cardetti metió el tercero. El Gigante era una fiesta y el pueblo auriazul se frotaba las manos en el entretiempo esperando una catarata similar de goles en la segunda mitad que le permitiera levantar el trofeo continental.</p>
<p>Pero, caprichos del fútbol, que por eso lo convierten en el deporte más lindo del planeta, el complemento fue trabado y los de camiseta negra y blanca salieron decididos a vender cara su derrota. Muy cara.</p>
<p>Cuando apenas quedaban 2 minutos de juego, y el corazón de los hinchas  pendía de un hilo, el eterno <em>Negro</em> Omar Arnaldo Palma le puso la pelota en la cabeza a Carbonari para que, con otra de sus especialidades, la pusiera lejos del esfuerzo del Uno rival y obligara a la definición desde los 12 pasos.</p>
<p>Si ya de por sí los penales son una lotería, con todo lo que había pasado y todo lo que había en juego, el estadio de Arroyito era una verdadera caldera. Y el desenlace no hizo más que confirmar que ese partido no era apto para cardíacos. Mineiro desperdició las dos primeras ejecuciones (Doriva la tiró a las nubes y Leandro la estrelló en un poste) y Central aprovechó las suyas (Palma la cruzó y el Flaco Mario Pobersnik, cuando todo el mundo esperaba que fusilara al arquero, la tocó suave y a un costado). La ilusión, entonces, se encendió y resplandeció más que el sol que a esa hora brillaba por su ausencia. Pero faltaba mucho. Convirtió Ronaldo (que no era ni el Gordo ni Cristiano ni Dinho). Convirtió Carbonari, que se dio el lujo de abrazar al arquero rival al que acababa de vencer por tercera vez en la noche. Y el propio Tafarel se tomó revancha haciendo estéril el vuelo de Roberto <em>Tito</em> Bonano. El sufrimiento volvió a apoderarse de los más de 40 mil hinchas rosarinos cuando Cristian Colusso, el <em>Chiri</em> (o <em>Cachete</em>, para quienes lo conocemos de pibito), remató débil y a las manos de Tafarel, y acto seguido Euller la mandó a la red.</p>
<p>Pero el pueblo canaya se merecía un final feliz. El Polillita Da Silva, entonces, tomó la pelota con las manos y, con toda su paciencia oriental, la acomodó en el punto penal y se alejó unos metros hacia atrás. Después emprendió una carrera que, luego de estampar el balón en la red y sellar la suerte, terminaría recién en lo más alto del alambrado donde un afortunado y pertinaz hincha, que lo había imitado trepando la valla pero del lado de afuera, se quedaría con el trofeo más preciado: la camiseta a rayas verticales con el 9 tatuado en la espalda.</p>
<p>Después de saltar al campo de juego del Gigante para dar la vuelta olímpica, de darnos un chapuzón en la pileta olímpica y de quedar afónicos de gritar “Dale campeón, dale campeón” en el túnel que da al Caribe Canaya, decidimos que había que ir al centro o al Monumento para seguir con los festejos. Cuando subíamos la escalera del playón de estacionamiento, justo venía bajando un viejito con cara de bueno y con una parsimonia envidiable. Era don Ángel Tulio Zof, el hombre que acababa de liderar aquella gesta. Le saltamos encima, lo abrazamos fuertemente y llorando. El viejo nos calmó, se dejó apretujar y hasta devolvió algunos mimos. Nos dijo que celebremos en paz y que lo disfrutemos. Le preguntamos adónde iba, solo, mientras la ciudad se prendía fuego. Ese hombre bonachón y rápidamente querible que nos hizo dar la vuelta en el 80, en el ex Chateau Carreras cordobés; con el que volvimos a ser campeones en Temperley, cuando apenas habíamos vuelto a Primera (algo que ningún club del mundo había podido realizar); y que nos estaba haciendo realidad el sueño que se había vuelto casi imposible tras la goleada sufrida en tierras brasileñas, nos miró tranquilamente y respondió: “Me voy a casa, me espera Norma con las milanesas”.</p>

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		<title>Zapatistas: La pelota en los pies y la revolución en el pecho</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 14 Mar 2018 14:31:47 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[En el marco del Primer encuentro internacional deportivo, cultural y político de mujeres que luchan se jugó al fútbol. Esta es la crónica de un partido único entre dos caracoles zapatistas, con las montañas de marco.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Nadia Fink desde Chiapas / Fotos: Carolina Luna, Bondi Fotográfico.</strong></p>
<p><em>En el marco del Primer encuentro internacional deportivo, cultural y político de mujeres que luchan se jugó al fútbol. Esta es la crónica de un partido único entre dos caracoles zapatistas, con las montañas de marco.</em></p>
<p>Este debería ser un relato en primera persona. Lo es. Pero es una primera persona colectiva. Un nosotras inclusivo que porta la mirada y los sentires de miles más. Que lleva una pelota bajo el brazo y una revolución en el pecho. El 8 de marzo fue el inicio del Encuentro que duró tres días. El 8 de marzo las mujeres del mundo paraban y marchaban para mostrar la fuerza de un movimiento imparable. Y las zapatistas nos recibían en Morelia, Chiapas, para pedir unidad a las mujeres luchadoras.</p>
<p>Ese primer día nos hablaron, nos dijeron: &#8220;Saben que cuando nos organizamos y luchamos como mujeres, hacemos temblar la tierra con nuestros pasos&#8221;.Y nos mostraron cómo la hacen temblar ellas cada día. Y en ese contexto, el fútbol no podía estar ausente. Por eso, el partido inaugural fue el del equipo Arcoiris rebelde, del caracol 1 de La realidad contra el de las Jóvenas rebeldes del caracol 2 de Oventic.</p>
<p>Unas con atuendo típico de polleras, las otras con equipo de fútbol celeste. Con relatora al micrófono y las juradas atentas al devenir, el partido arrancó. Las reglas: veinte minutos de cada lado y ante un gol, anotar una frase relacionada con el Encuentro en un pizarrón.</p>
<p>Desde el inicio, era notoria la superioridad de &#8220;Arcoiris rebelde&#8221;. Con un juego colectivo y vistoso y una volante de creación que se destacaba por el buen juego y mejor pegada. La número 8 era el alma del equipo. Y ya una gran jugada llevó al primer gol del partido. &#8220;Esto no se ve ni en las mejores jugadas de Las Champions&#8221;, gritaba eufórica la relatora.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignnone size-medium wp-image-38630" src="http://www.marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/03/zapa-1-630x354.jpg" alt="" width="630" height="354" srcset="https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/03/zapa-1-630x354.jpg 630w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/03/zapa-1-1024x576.jpg 1024w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/03/zapa-1-810x456.jpg 810w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/03/zapa-1.jpg 1280w" sizes="(max-width: 630px) 100vw, 630px" /></p>
<p>Uno a cero y a correr hacia el pizarrón, donde quedó registrado: &#8220;Bienvenidas compañeras de diferentes ciudades&#8221;. Al costado de la cancha, nos convertimos en una hinchada gritona y vendida: todas alentábamos a los dos equipos. Mientras, la relatora seguía contando sobre el vibrante partido, nombrándolas por el número de sus camisetas (después supimos que no debían revelar sus identidades. Algunas nos transmitían de apuro nombres de fantasía o de guerra).</p>
<p>Bajo el sol abrasador (abrazador) de la siesta chapaneca, el 2 a 0 no se hizo esperar y la frase quedó estampada: &#8220;Este gol fue para ustedes&#8221;. Una jugada peligrosa llegó por parte de las Jóvenas rebeldes, pero el rechazo potente atravesó toda la cancha. &#8220;Cuidado con esas mujeres que han tomado mucho posol. Esa es la fuerza del maíz&#8221;, festejó la relatora rápida de reflejos.</p>
<p>Pero más allá de un par de jugadas, Arcoiris rebelde siguió yendo al frente y metiendo goles: cuatro más. El pizarrón desbordada ya de dedicatorias y arengas: &#8220;Siempre las llevaremos en el corazon&#8221;; &#8220;Este gol fue para la vocera Marichuy&#8221;; &#8220;Que muera el capitalismo y que vivan las mujeres&#8221;; &#8220;Arriba las mujeres del mundo&#8221;.<br />
El clima seguía siendo el mismo: el sol intenso de la siesta que quemaba con fuerza, la pelota rodando y la hinchada intacta. Y la relatora reforzaba lo que estaba pasando: &#8220;Recuerden compañeras que esto no se trata de ganar o de perder, sino de la participación de las mujeres&#8221;.</p>
<p>En ese mismo sentido nos había hablado la compañera Flor, del caracol 2 de Oventic un rato antes, por la mañana: &#8220;Aprendimos que entre nosotras no tiene que haber competencia porque la competencia destruye y desanima&#8221;.<br />
Dicen que el fútbol es el reflejo de la vida; también que es el lugar donde se juegan un sinfín de sentimientos: el compañerismo, la amistad, los códigos, el barrio o la zona en la que se vive, siempre de la mano del jugar. El pitazo final selló el 6 a 0. El saludo amoroso entre los dos equipos y la foto final sellaron un acuerdo que va más allá de los cuarenta minutos. Mujeres jugando, corriendo; mujeres parandola de pecho y clavandola en el ángulo; mujeres haciendo goles después de una jugada colectiva o con pelota parada; y mientras tanto, mujeres haciendo la revolución.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-38631" src="http://www.marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/03/zapa-2-630x354.jpg" alt="" width="630" height="354" srcset="https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/03/zapa-2-630x354.jpg 630w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/03/zapa-2-1024x576.jpg 1024w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/03/zapa-2-810x456.jpg 810w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2018/03/zapa-2.jpg 1280w" sizes="(max-width: 630px) 100vw, 630px" /></p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/zapatistas-la-pelota-en-los-pies-y-la-revolucion-en-el-pecho/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Río Pico, un grito del Interior profundo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 12 Mar 2018 03:15:30 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Francisco Caputo]]></category>
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		<category><![CDATA[Patagonia]]></category>
		<category><![CDATA[río negro]]></category>
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					<description><![CDATA[El Partido de mi vida]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Francisco Caputo (Desde Trelew)</strong></p>
<p><em>La hazaña del “Depo”, el club del pueblo de las 1.300 personas, trasciende a un campo de juego. Mística, honor, coraje y dedicación se conjugaron para darle al cuento de hadas real, un final feliz. En junio pasado la “Máquina azul y blanca” disputaba por primera vez un torneo de AFA y un cronista registró partido y ascenso con el corazón latiendo fuerte.</em></p>
<p>Ignorados y condenados a perder, a no existir. Ese es lugar que la historia le destina al pequeño, donde el más fuerte impone su ley a gusto y placer. Y el fútbol, como creación humana, no puede escapar a ese destino. Los denominados puntos perdidos en el mapa, registrados únicamente por la Santísima Trinidad, no tienen lugar en el banquete.</p>
<p>Pero en una conducta tan humana como la desigualdad, está el pequeño que se anima a desafiar al orden establecido. Y ocasionalmente, triunfa. Ese es Río Pico, el pueblo de 1.300 habitantes del Interior profundo de la Patagonia que conquistó su sueño y avanzó a la futura fase previa del Federal B. Un debutante absoluto en el fútbol oficial, afiliado hace ocho meses a la Liga del Oeste, clasificó a un torneo organizado por la AFA. La nota inicial de Jornada el 10 de mayo pasado sobre el club, “Pueblo pequeño, ilusión gigante”, resultó ser una profecía.</p>
<p><strong>La utopía concretada</strong></p>
<p>Río Pico es un soplo de aire fresco. Es un regreso a las fuentes de este deporte, es un grito de rebeldía ante la mugre. El “Depo” encarna los mejores valores de este juego. La transa y la prostitución, como diría Alejandro Lerner, resultan cansadoras. Río Pico representa lo contrario. El futbolero está hastiado de la rosca y de manejos sombríos. Por eso, la “Máquina Azul y Blanca” enamora y se convirtió en un fenómeno social que trascendió a un campo de juego. Es el triunfo de la utopía ante la realidad.</p>
<p>Juego pulcro al margen, Río Pico es sinónimo de pureza, mística, coraje y dedicación. Pero también de inclusión. El arquero Maximiliano Recalde es un símbolo de ello. Se radicó en el pueblo, según sus palabras, para cambiar la “mala vida” que llevaba en Buenos Aires.</p>
<p>En el último tramo del partido del domingo, Recalde atajó tres mano a mano a Independiente, mientras el “Depo” buscaba la igualdad que logró sobre la hora.</p>
<p>Posteriormente, detuvo el primer penal de la serie, aquel que abrió el último paso hacia la gloria. Recalde se consagró como heredero del abuelo riopiquense de Sergio Romero, quien militó en el club hace décadas. Por ello mismo, Recalde, al igual que todo el plantel, cuerpo técnico y dirigentes, se ganó a futuro el nombre de una calle, de una escuela o de un hospital.</p>
<p><strong>El subsuelo de la Patria sublevado </strong></p>
<p>Al igual que en Juventud Unida de Gobernador Costa o Río Mayo, por citar dos ejemplos, la identificación entre pueblo y club es total. Alrededor de 700 riopiquenses (según estimaciones que bien podrían quedar cortas) abarrotaron el Dante Aristeo Brozzi, sede de la vuelta del partido del domingo. Literalmente, más la mitad del pueblo se trasladó al recinto esquelense e invirtió la localía birlada por una maniobra de escritorio. Otros tantos viajaron desde la costa chubutense y de otros rincones de la cordillera. La otra porción de la comunidad siguió las acciones a la distancia, en diversos puntos de la Argentina.</p>
<p>Por ende, no extraña la magnitud de los festejos, que se prolongaron hasta la madrugada del lunes. El inicio fue el regreso de la caravana que acompañó al equipo y el plantel mismo, que iluminó las Rutas 40 y 19 de regreso a casa. Se trató de una luz similar a la ocurrida el anterior fin de semana. En ese momento, la comunidad agotó neumáticos y cajones de madera para hacer fuego, con el afán de evitar el congelamiento de su cancha y poder jugar allí la final de vuelta. Dicho esfuerzo, tuvo su recompensa el domingo. El subsuelo de la Patria sublevado, los ignorados, los sometidos, de vez en cuando, osan desafiar el <em>statu quo</em> y dar un grito estridente. ¿La misión? Decir que existen, que viven, que laten, que rugen, que sueñan. Río Pico hizo eso. Gritó bien fuerte para recordarle a quien debe, que está lejos de ser un punto perdido en el mapa. Y que la pureza y las utopías están bien vivas.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/rio-pico-un-grito-del-interior-profundo/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Quilmes, la maldición y los Vengadores de Alfaro</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 05 Mar 2018 13:09:18 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[#ElPartidoDeMiVida]]></category>
		<category><![CDATA[Alfaro]]></category>
		<category><![CDATA[Ascenso]]></category>
		<category><![CDATA[bruja]]></category>
		<category><![CDATA[Darío Cavacini]]></category>
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					<description><![CDATA[El Partido de mi vida]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Darío Cavacini</strong></p>
<p><em>El ascenso de Quilmes tuvo un partido, otro, que se jugó mucho antes de aquel 5 de julio de 2003. Y en esa historia hay malversación de fondos, cábalas, pactos no cumplidos. Y hay una bruja, la bruja de Chascomús. Un hincha rescata el partido pero, sobre todo, la historia donde sigue latiendo el fútbol.</em></p>
<p><strong> </strong><em>“Por el amor de tu santa madre, terminalo Baldassi</em>” gritaba casi sin voz y a punto de romper en llanto, Adrian Di Blasi, histórico relator de Quilmes Atlético Club. Aquel 5 de julio de 2003 el <em>Cervecero</em> volvía a primera división luego de 11 años naufragando por la B Nacional, categoría demasiado chica para la historia del club.</p>
<p>El 0-0 con Argentinos Juniors en cancha de Ferro hacía retornar a Quilmes al lugar que le pertenecía: la primera división. El gol de Agustín Alayes en el partido de ida marcaba la diferencia que sería defendida con el <em>cuchillo entre los dientes</em> y un fútbol <em>bilardista</em> por el equipo dirigido por Gustavo Alfaro<em>. </em>Las 15.ooo personas que llegamos desde el sur en una caravana interminable que paralizaba la ciudad, quedamos petrificadas cuando, a los 37 minutos del primer tiempo, el cabezazo de Leandro Testa, defensor del <em>bicho</em>, reventaba el palo derecho de Marcelo Elizaga y volvimos a sentir el corazón latir cuando Leandro Desábato pinchaba las nubes despejando el rebote.</p>
<p>Esa sería la única situación de un partido <em>chatísimo</em> desde lo futbolístico, con mucha más rusticidad que lírica, y cargado de una tensión que ya era imposible disimular en los viejos tablones <em>Verdolagas. </em>El pitazo final en el minuto 95 generaría un estallido generalizado de la multitud cervecera ansiosa por gritar:<em> “Quilmes es pasión, locura de mi corazón, te sigo adónde vas y cada vez te quiero más. Los técnicos se van, los jugadores pasarán; la banda quedará y nunca te va a abandonar. Vamos cerveceros que tenemos que ganar&#8230; Subamos a primera y no volvamos nunca más”. </em></p>
<p><strong>El otro partido</strong></p>
<p>Sin embargo, aquella final histórica que devolvería a Quilmes a su lugar de origen, no había empezado a jugarse esa fría tarde de julio en Caballito, sino una década atrás.</p>
<p>En 1994 el <em>Cervecero </em>peleaba cabeza a cabeza el ascenso a primera división con Gimnasia de Jujuy. Cuando faltaban tres fechas y seguidos por la superstición que acompaña al mundo futbolero, un grupo de dirigentes se trasladó hasta la Ciudad de Chascomús en busca de Dora, una bruja de renombre en la zona.</p>
<p>El trato fue sencillo: el club le pagaría $4000 dividido en dos cuotas, $2.ooo como adelanto y $2.ooo luego de realizado el trabajo. A cambio, Dora aseguraba que ese fin de semana el <em>Lobo</em> jujeño perdería con Douglas Haigh y Quilmes resultaría vencedor en su encuentro con Deportivo Morón.</p>
<p>En pleno calor jujeño, los de Pergamino daban la sorpresa y goleaban 3-0 al <em>Lobo</em>, mientras que Quilmes le estaba ganando al <em>Gallito</em> por 2-1 cuando una bomba de estruendo cayó cerca del jugador paraguayo Cuenca Zaldívar y el partido tuvo que ser suspendido recién iniciado el segundo tiempo. En ese lapso, hasta que se reprogramó el encuentro, Dora y su hijo llegaron al club para cobrar la segunda parte de su trabajo.</p>
<p>La respuesta fue una soberbia carcajada de los dirigentes, quienes le aseguraron que el trabajo había sido realizado a medias, y que solo pagarían la mitad de lo pactado. Aquella risotada desató la furia de Dora, quien les aseguró que el <em>Cervecero </em>perdería el campeonato y que no volvería a ascender por 13 años.</p>
<p>Será cosa de creer o reventar, lo cierto es que cuando se reanudó el partido con Morón, Quilmes tuvo un penal a favor para liquidar la serie y asegurar el ascenso, pero el <em>Lalo</em> Colombo falló y posteriormente Ferrari y Méndez pondrían el 3-2 final en favor de los del oeste. Dos semanas despúes, Gimnasia de Jujuy ascendería y Quilmes comenzaría su calvario que duraría casi una década en las que tuvo que sufrir siete finales perdidas y una innumerable cantidad de dificultades institucionales.</p>
<p>Ante tamaña situación, desafiando toda lógica, un hincha cervecero viajó hasta Chascomús unos meses antes del ascenso en 2003 con el objetivo de saldar la deuda y romper por fin con aquel maleficio (por ese entonces Quilmes marchaba décimo cuarto en la tabla de posiciones y la primera división no era un horizonte para ese Campeonato).</p>
<p>Sin embargo, la bruja de Chascomús había fallecido hacía algunos años. Entonces se acercó hasta la casa de su hijo y le pagó lo que restaba por el trabajo iniciado en 1994, y frente a la tumba de Dora le prometió que si Quilmes ascendía ese año, él llamaría a su hija como ella. Así llegarían los <em>Vengadores de Alfaro</em> comandados por el gran <em>Chapu</em> Braña, quienes con siete triunfos consecutivos y dos empates lograrían por fin devolver a Quilmes a la primera división del fútbol argentino.</p>
<p>Quizás sea como dijo Alfaro, el artífice de aquel aguerrido equipo, luego del ascenso: “No existe la fórmula del éxito, solo evitar las situaciones que te llevan al fracaso”. En un medio tan cabulero como el de nuestro fútbol criollo, menospreciar el poder de Dora resultó devastador para la historia del club y una carga cada vez más pesada para todo aquel que vistiera la <em>blanquiazul, </em>tanto dentro de la cancha como en las tribunas del Centenario<em>. </em></p>
<p>La historia de la bruja de Chascomús también sirvió para invisibilizar los desastres dirigenciales que sufrió el club en las últimas décadas, que los llevaron a ser gerenciado por el grupo Excel luego de declararse en quiebra en 2000, a no apostar por divisiones inferiores de calidad, a comprar decenas de futbolistas cada inicio de campeonato y a tener deudas millonarias con jugadores y ex jugadores, entre otros de los maleficios que nos han dejado la mala administración y los negocios turbios de algunos dirigentes.</p>
<p>Aquel ascenso de 2003 logrado por Elizaga, Gerlo, Raggio, Desábato, Saavedra, Braña, Aguilar, Benítez, Fernández, Abaurre y Cigogna, generaría el fin de la mítica historia de Dora y ese maleficio iniciado en 1994 que marcó gran parte de la historia reciente del glorioso Quilmes Atlético Club.</p>

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		<title>Lanús y el día en el que descubrí el amor “porque sí”</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 26 Feb 2018 11:42:17 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[#ElPartidoDeMiVida]]></category>
		<category><![CDATA[Flandria]]></category>
		<category><![CDATA[Lanús]]></category>
		<category><![CDATA[Miguel Mazzeo]]></category>
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		<category><![CDATA[Primera C]]></category>
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					<description><![CDATA[#ElPartidoDeMiVida]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Miguel Mazzeo</strong></p>
<p><em>Lanús juega con Flandria en 1980. Además, juega en la “C”. Lo que podría ser un partido intrascendente se convierte, para nuestro cronista, en una lección de vida, en un estigma imborrable. Pasen y lean, y alienten.</em></p>
<p>Se supone que, como hincha del Club Atlético Lanús, debería elegir como el partido de mi vida alguno muy importante. Esos partidos donde Lanús ganó un título local o internacional. Por ejemplo, el partido en el que se consagró campeón de primera división por primera vez en la historia. ¿Cuantos contemporáneos y cuantas contemporáneas pueden decir que vieron a su equipo salir campeón por primera vez?</p>
<p>También podría recodar un partido épico, en el que el equipo dio vuelta un resultado adverso y desbarató una condena. O una goleada pantagruélica.</p>
<p>Incluso no sería para nada descabellado elegir un partido aciago, como el del desempate por el descenso contra Platense, en 1977, en el Viejo Gasómetro de Avenida La Plata, donde se consumó una de las injusticias más grandes del fútbol argentino.</p>
<p>Pero no. Yo me acuerdo de un partido de Lanús en la “C”, del año 1980, más precisamente del 22 de marzo de 1980, contra Flandria. En apariencia un partido intrascendente. Ahora pienso que las situaciones intrascendentes pueden ser las más aleccionadoras. Eso es bueno, porque su índice de ocurrencia es alto. Sólo se trata de estar atentos y atentas a algunos detalles.</p>
<p>Se jugaba una de las primeras fechas del campeonato de Primera C. Lanús venía de perder dos categorías consecutivas y de no ascender después de pasar una temporada completa en esa divisional. Además, el club estaba quebrado, casi en vías en extinción, dicho esto sin un ápice de dramatismo.</p>
<p>Fuimos a Jaúregui, partido de Luján, en un camión. Un Bedford destartalado de la década del 50. Tardamos una eternidad en llegar. Cruzamos varios paisajes y varios olores. Éramos como 20. Ruidosos pero comedidos. Todos hombres, todos vecinos del barrio y de un amplio espectro etario. Veteranos, jóvenes y pibes. Yo tenía, a la sazón, 13 años: transicionales, incandescentes, absorbentes, críticos.</p>
<p>Entrar a la cancha de Flandria fue como un shock. Tierra por todos lados. Muy poco pasto y seco. Tribunas insignificantes y, en tramos de extensión considerable, ausencia lisa y llana de las mismas. Cancha pobre y minimalista. Pero con un nombre pretencioso, bien a la usanza argenta: “Estadio Carlos V”. Ténganse en cuenta que la cancha de Lanús, por esos años, no era precisamente un palacio. Todavía predominaba el tablón y la estepa. No daba ni para llamarla “estadio”. En casi todas las canchas del ascenso predominaba el paisaje lunar.</p>
<p>Ese día Flandria le ganó a Lanús por 3 a 2.</p>
<p>Cuando el árbitro pitó el final, uno de los del grupo del camión, un joven veinteañero, flaco, de bluyins y pelolargo, lanzó al viento una pregunta crucial:</p>
<p>– ¿Por qué somos hinchas de este equipo después de todo esto? “Todo esto”, remitía a una sucesión de fracasos estridentes y que, en esas circunstancias, parecía interminable. En verdad, el término “descenso” se presentó ese día con una rigurosidad insoportable. Se mostró en su dimensión estrictamente dantesca.</p>
<p>Otro hincha, del mismo grupo, uno veterano, y que yo conocía bien porque era el electricista del barrio y vivía muy cerca de mi casa, giró la cabeza, y desde unos pocos escalones más abajo (no había muchos escalones), le respondió con sequedad pero sin desprecio:</p>
<p>–Porque esto es sagrado, nene. Porque es la parte nuestra que no se compra ni se vende. Esto no es un espectáculo, nene. Es una ceremonia, un rito. Ganar o perder importa un carajo. El amor es porque sí. El amor es sin fe. ¿Me entendés, nene? No le busqués explicaciones. Esto va a seguir. Ya vas a ver.</p>
<p>Eso dijo el electricista. Y sobrevino el silencio.</p>
<p>Yo tenía bien internalizada la condición de hincha de Lanús, no tenía dudas de que era y seguiría siendo un componente básico de mi identidad, pasara lo que pasara. Pero sentí esa respuesta como un sacramento que, como tal, nos imprimió carácter a todos los que estábamos allí. Fue como un bautismo colectivo, la cancha de Flandria nuestro Jordán y el electricista nuestro Juan el Bautista.</p>
<p>Ese día constaté que el amor a un cuadro de fútbol, como todo amor, “es porque sí”, carece de motivos, es tan rotundo que no tiene que dar cuenta de entornos, significados externos y proyectos; que puede desentenderse hasta de la fe y que puede devenir insoportable. También aprendí que existen, por lo menos, dos modos de ver las cosas, los seres, el mundo, la vida: como un espectáculo o como algo sagrado.</p>
<p>En el camión, de regreso al barrio, todos me miraban extrañados. Acabábamos de perder con Flandria 3 a 2,  ¡en la C!, y yo estaba contento como un idiota.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/lanus-y-el-dia-en-el-que-descubri-el-amor-porque-si/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Ser feliz era esto: Peñarol y el sueño de nuestras vidas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 20 Feb 2018 03:10:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Deportes]]></category>
		<category><![CDATA[Pinceladas]]></category>
		<category><![CDATA[#ElPartidoDeMiVida]]></category>
		<category><![CDATA[Copa Libertadores]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Aldecoa]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[penal]]></category>
		<category><![CDATA[Peñarol]]></category>
		<category><![CDATA[Silva]]></category>
		<category><![CDATA[Vélez Sarsfield]]></category>
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					<description><![CDATA[#ElPartidoDeMiVida]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Juan Aldecoa*</strong></p>
<p><em>Una semifinal, un penal sobre la hora y un insulto. Además de un viaje imposible desde Uruguay para ver a Peñarol contra Vélez Sarsfield en Liniers. El club del Maestro Tabárez y el relato en primera persona del periodista deportivo uruguayo.</em></p>
<p>– “Erralo, Santi”.</p>
<p>– “La concha de tu madre, Juan. La concha de tu madre”.</p>
<p>El diálogo retumba en nuestras cabezas hasta hoy. Casi siete años pasaron de esa noche del jueves 2 de junio de 2011. El lugar, Liniers. El rival, Vélez Sarsfield. Las sensaciones, únicas. El estadio José Amalfitani estaba repleto, pero a nosotros no nos importaba nada, porque éramos muchos más que ellos –porque <em>esto es Pe</em><em>ñ</em><em>arol</em>–. La caravana mágica que salió desde todos los rincones de Uruguay y se unió en Buenos Aires ya parecía presentir, sentir, que algo inmenso podía suceder esa noche. Y emprendimos viaje nomás hacia la ciudad que no duerme; éramos Mauro, Cristian, Pulla, Paulo, yo y una banda de gente desconocida en un ómnibus que de sano solo tenía la estructura.</p>
<p>El partido fue terrible. No les miento, había 10.000 personas en la tribuna visitante de la cancha de Vélez. Muchos, como nosotros, habían llegado con entada, pero tantos otros se rescataron ahí mismo, durante el día, de noche, o vaya a saber cómo. Creo que fueron los 90 minutos más sufridos de mi vida, aunque seguramente exagere: la vida junto a vos es un cúmulo de alegrías y sufrimientos que se renuevan todas las semanas. Toda la vida.</p>
<p>Les decía que el partido fue terrible, y no me dejarán mentir. Matías Mier puso el 1-0 para Peñarol y el cielo estaba más cerca. Pero faltaba muchísimo. Como en la ida Peñarol también había ganado 1-0 con un cabezazo hermoso de Darío Rodríguez, la final de la Libertadores estaba a un pasito. Pero nunca te podés confiar con estos equipos. En la última jugada del primer tiempo lo empató Fernando Tobio, ¡uf! Era evidente que nada iba a ser fácil. En el segundo tiempo se nos vinieron y apareció Santiago Silva para el 2-1. Quedaban a un gol de la clasificación y había que apretar los dientes; aparte, empezaron a cantar y se venía abajo el estadio. Quedaba más: Martínez, uno de los habilidosos de ellos, nos estaba enloqueciendo. Darío quiso hacer la de Darío, la perdió, Guillermo se tiró pero la pierna de Darío le hizo penal al Burrito Martínez. No se puede creer. Estaban a un gol de meterse en la final y tenían el penal a favor del Tanque Silva. Estábamos afuera, ya fue.</p>
<p>–“Erralo, Santi”.</p>
<p>–“La concha de tu madre, Juan. La concha de tu madre”.</p>
<p>Y ahí el diálogo del cielo. Andá a saber por qué a Juan Manuel Olivera, nuestro matador del área, se le ocurrió decirle eso a Santiago Silva. Después sabríamos que la relación era extra futbolística y que entre ellos son padrinos de sus hijos. ¿Por qué se le ocurriría al Flaco Olivera decirle eso a su compadre? Desesperación, le llaman. Y ahí fue el pelado. Y el resbalón. Y la pelota afuera. Y la locura y las lágrimas. Seguíamos con vida y quedaban todavía poco menos de quince minutos, los más largos de la historia del fútbol mundial. Y terminó y estábamos en la final de la Libertadores, algo que soñábamos de niños. Unos días después el Santos de Neymar nos robaría la ilusión, pero quién te quita lo bailado y las imágenes del final, todos juntos, de visitante.</p>
<p>Y Alejandro González, y el Chiche Corujo, y el Tony, que no jugó pero era capitán en el banco y después lo echaron y lo trajeron los mismos dirigentes que lo habían echado de su casa, y el Lolo, y Seba Sosa, y Aguiar, y Freitas y Albín  y los chiquilines Pastorini y Mac Eachen, y Carlitos Valdez, que se las comió todas unos años después, y Diego Aguirre, la Fiera, que otra vez, como en el 87 volvía a rugir contra el alambrado y el “buena, carajo” que salió por Fox y retumbó en todo el país, en toda América y en el mundo –porque para nosotros vos sos el mundo–, y todos nosotros, y el llanto eterno y el sueño de toda la vida, de todos los niños y las niñas que nacen en Uruguay y se les pone una pelota abajo del brazo y una camiseta de Peñarol y la obsesión de ganar la Copa que nosotros no pudimos ver y nuestros padres, madres, abuelos, abuelas –mi abuela– sí gozaron. Y estábamos ahí, acariciando la gloria. Como en las viejas épocas. Como nos habían contado que era nuestro Peñarol, el de Spencer, Joya, el Tito, el Indio Olivera, el de los gurises de 1987 con el Maestro Tabárez a la cabeza. El Peñarol de los milagros.</p>
<p>*Periodista de <em>La Diaria</em>, Uruguay.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/ser-feliz-era-esto-penarol-y-el-sueno-de-nuestras-vidas/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>El sueño del hincha</title>
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		<dc:creator><![CDATA[abontempo]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 29 Jan 2018 03:00:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Pinceladas]]></category>
		<category><![CDATA[#ElPartidoDeMiVida]]></category>
		<category><![CDATA[Chacarita]]></category>
		<category><![CDATA[Hernán Alvaredo]]></category>
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					<description><![CDATA[Pasión funebrera]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><b>Por Hernán Alvaredo</b></p>
<p><i>En esta tercera entrega de #ElPartidoDeMiVida, recordamos aquel 26 de marzo de 1994 que sería un día histórico para el Club Atlético Chacarita: animador del torneo de la Primera B Metropolitana de aquel año, que acabaría por ganar, ese día jugaría con las camisetas de sus propios hinchas y daría nacimiento a lo que hasta hoy se celebra todos los años como el día del hincha funebrero.</i></p>
<p>Aquel sábado 26 de marzo de 1994 pintaba como un día más para los hinchas de Chaca. El fixture señalaba partido en Villa Maipú, frente a Almagro y por la fecha 11º del campeonato de la B metro de la temporada 93-94 que tenía al <i>Funebrero</i> como gran animador. De hecho, un par de meses después, aquel equipo del Viejo Guerra y el Gato Leeb daría la vuelta olímpica en el Monumental tras ganarle las dos finales al Tigre de Mario Rizzi. Pero esa es otra historia. Decía que aquel 26 de marzo pintaba para un día más… pero no lo sería: maldición, fue un día hermoso. Es que aquello de pedirle a nuestros representantes en el verde césped que jugasen como hinchas, esa tarde se cumpliría como nunca. Tan irrepetible fue aquel momento que, con el correr de los años, el 26 de marzo se instauraría como el Día del hincha de Chacarita.</p>
<p>Cuenta la historia que esa tarde de marzo, Chacarita y Almagro estrenaban la misma marca de ropa, la firma brasilera Penalty. Pero sólo habían entregado las camisetas alternativas y ambas se confundían: no olvidar el detalle que ambos equipos usan camisetas tricolores y comparten el blanco y el negro. Razón por la cual el árbitro Gustavo De Gennaro resolvió postergar el inicio del partido mientras se solucionaba el problema. Entonces, mientras los jugadores de Chaca volvían a los vestuarios, desde la voz del estadio y a través de allegados empezaría la recolección de camisetas en las tribunas. Una tarea nada fácil teniendo en cuenta que por aquel entonces se iba menos con la casaca a la cancha y no todas tenían su número impreso en la espalda.</p>
<p>Había que juntar 14 camisetas: 10 titulares y 4 suplentes de campo. En los primeros minutos se consiguieron la mayoría de los números, pero sobraban las 10 y las 9, por ejemplo. Y costaba encontrar la 13 y la 16: no sólo porque eran casacas menos buscadas; es que algunos, lógicamente, dudaban en entregar la camiseta sabiendo lo difícil que iba a ser recuperarla después. No, no te daban un ticket. Y sí, a la salida había 200 tipos pidiendo “sus remeras”. Sin embargo, unos 20 minutos más tarde terminaron de aparecer todas y, cosa de locos, el equipo del Viejo Guerra salió al campo del Templo vistiendo nuestras camisetas. Y qué mejor que aquellos jugadores que jugaban como hinchas para usarlas: Arrabal, De Bonis, Nicastro, Pagés, Trucido, De Lucca, Checchia, Bonomi, Gnoffo, Leani y el Gato Leeb, entre otros.</p>
<p>Como no podía ser de otra manera, aquella demostración de amor y segundeo a los colores se vería recompensada con una victoria por 3 a 2, con el festejo loco del Pueblo Funebrero en su viejo estadio de tablones. Y para rematar una tarde redonda y de locos, al finalizar el cotejo las autoridades de la firma Penalty le dieron la copa al fin al vencedor: vencedor que no lucía la casaca Penalty, sino la Taiyo, que era la empresa anterior. De aquella tarde pasaron ya 23 años. Y desde entonces, fieles a nuestra historia real, despareja y descontrolada, tuvimos buenas y malas. Ascensos y descensos. Polvos y palos. Lo que no cambió es lo que demostramos en ese día y cada día: somos un público respetable. Que está en todas y nunca dejó caminar solo al equipo. Amos de resacas, surfeamos avalanchas y sabemos que la vida es corta como para no estar al lado de nuestro Funebrero querido.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/el-sueno-del-hincha/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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