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	<title>Eduardo Grüner &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
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	<title>Eduardo Grüner &#8211; Marcha</title>
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		<title>“A partir de hoy somos todos negros”</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 08 Jul 2016 03:01:51 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Especiales]]></category>
		<category><![CDATA[Dossier Bicentario Independencia]]></category>
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		<category><![CDATA[Revolución Haitiana]]></category>
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					<description><![CDATA[Dossier “Bicentenario: la Independencia en debate”, ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Eduardo Grüner*</strong></p>
<p>Me permitiré comenzar citando muy abruptamente una frase que se ha hecho justamente célebre en ciertos círculos restringidos, aunque debería serlo mucho más, por sus enormes alcances para una teoría crítica de la identidad. La frase dice así: “Todos los ciudadanos, de aquí en adelante, serán conocidos por la denominación genérica de <em>negros”</em>.</p>
<p>Bien. Esta frase no es una ocurrencia caprichosa, ni un exabrupto provocativo, ni mucho menos un delirio surrealista. Es el artículo 14 de la Constitución Haitiana de 1805, promulgada por Jean-Jacques Dessalines sobre los borradores redactados por Toussaint Louverture en 1801, pero cuya institucionalización tuvo que esperar a la Declaración de Independencia de 1804, con Toussaint ya muerto en las cárceles napoleónicas. Sirva de paso, esta referencia, para interrogar la extraña idea “continental” de festejar el llamado “Bicentenario” de las revoluciones independentistas americanas en el 2010, cuando la primera, la más radical y la más inesperada de esas revoluciones se llevó a cabo en 1804 y no en 1810. La más radical, digo, puesto que allí son directamente los ex esclavos africanos –es decir, la clase dominada por excelencia, y no las nuevas élites “burguesas” de composición europea blanca- las que toman el poder para fundar una república llamada, justamente, <em>negra</em>.</p>
<p>Pero, volvamos a nuestra frasecita (nuestra frase – <em>cita</em><em> </em>). ¿Qué se está jugando en su extraña formulación? Recordemos algunos mínimos antecedentes. Haití –que antes de 1804 se llama Saint Domingue- era por muy lejos la más rica colonia francesa en el Caribe, y hay quien afirma que era la más rica colonia en <em>cualquier parte</em> . En 1789, cuando estalla la revolución <em>llamada </em><em> </em>“Francesa”, había en esa sociedad plantadora y esclavista productora de azúcar y café unos 500 000 esclavos de origen africano, unos 27 000 colonos blancos y unos 34 000 “mulatos”. Ya desde principios del siglo XVIII los muy cartesianos ocupantes franceses, con su racionalista pasión taxonómica, habían creído poder detectar y clasificar <em>126</em> tonalidades diferentes de “negritud”, cada una con su respectiva denominación y “caracterología”. Estallada la revolución en la metrópolis, los esclavos reciben alborozados las noticias sobre su máximo documento político, la Declaración de los Derechos <em>Universales</em><em> </em> del Hombre y del Ciudadano,  sólo para enterarse rápidamente de que ellos <em>no son</em>  miembros de ese “universal”: son la <em>parte</em><em> </em> sin la cual el <em>Todo</em><em> </em> no podría funcionar (algo más de la tercera parte de los ingresos franceses provienen solamente del trabajo esclavo de Saint-Domingue), y por lo tanto deben quedar como <em>particularidad</em><em> </em> excluida del “Universal” para que el nuevo “Todo” pueda ser sostenido por la economía. Y que por lo tanto tendrán que iniciar –en 1791- un largo y violento proceso revolucionario <em>propio</em> , con la paradójica finalidad de que se cumpla integralmente esa postulación de “universalidad” que les es <em>ajena</em> o mejor dicho <em>enajenada</em> , lo cual costará a los ex esclavos la friolera de 200 mil vidas. La verdadera paradoja –casi nos atreveríamos a decir el <em>escándalo</em> – es que la revolución haitiana es, en este sentido, <em>más “francesa” que la francesa</em>  -puesto que sólo esa parte excluida de lo Universal puede llevar a cabo el principio de “universalidad”-, pero sólo puede ser “más francesa que la francesa” <em>porque es haitiana</em>  -porque es la particularidad  que por definición le <em>falta</em><em> </em> a la “Totalidad”-.</p>
<p>El artículo 14 es pues, como se suele decir, una <em>reparación</em> , jurídico-política en primer lugar, pero también, y sobre todo, “filosófica”, y de una <em>radicalidad</em>  filosófica auténticamente <em>inédita</em> . En lo que respecta al tema que nos convoca hoy y aquí, su dinámica interroga críticamente, de hecho, todas las aporías de cualquier principio de “identidad” universal. Con la declaración de independencia de 1804 nace, como decíamos, una república “negra”, pero con nombre <em>indígena</em>  (“Hayti”, en efecto, es el antiguo nombre <em>taíno</em><em> </em> de la isla). Primera manifestación de pluralidades “identitarias” cruzadas.</p>
<p>Pero si se quisieran más pruebas de la <em>densidad filosófica</em>  del contenido político de la revolución, bastaría citar el primer párrafo del Preámbulo de la nueva constitución, que Dessalines promulga el 20 de mayo de 1805:</p>
<p>“En presencia del Ser Supremo, ante quien todos los mortales son <em>iguales</em><em> </em>, y que ha diseminado tantas clases de seres <em>diferentes</em><em> </em> sobre la superficie del globo con el solo propósito de manifestar su gloria y poder mediante la <em>diversidad</em>  de sus obras…”</p>
<p>Ya no se trata, se ve, de la simple <em>homogeneidad abstracta</em><em> </em> de la igualdad antela Ley (humana o divina). Se empieza por afirmar una <em>igualdad universal</em><em> </em> para, en el mismo movimiento, aseverar la <em>diferencia</em>  y la <em>diversidad</em> . Se apela a la retórica ilustrada de la revolución francesa (el “Ser Supremo”) para inmediatamente dotar al Ser de determinaciones <em>particular-concretas</em> . La siguiente frase avanza un paso más en este camino:</p>
<p>“… Ante la creación <em>entera</em><em> </em>, cuyos <em>hijos desposeídos</em><em> </em> hemos tan injustamente y durante tanto tiempo sido considerados…”</p>
<p>Otra vez, la <em>totalidad</em><em> </em> de la “creación” es <em>especificada</em><em> </em> por su parte excluída, “desposeída” –por esa <em>parte-que-no-tiene-parte</em> , como diría Jacques Rancière: para nuestro caso, los antiguos <em>esclavos negros</em>  (“etnia” y clase son nuevamente convocados para definir un <em>no-lugar</em> en la totalidad). Todo concurre a la arquitectura textual de una complicada dialéctica en la cual universalismo y particularismo son confrontados. Universalismo y particularismo, en efecto, se referencian mutuamente, aunque sin operar una “síntesis superadora”, como quisiera cierta vulgata hegeliana: la <em>igualdad</em><em> </em> <em>universal</em> no podría ser alcanzada sin la <em>demanda particular</em><em> </em> de los esclavos negros que han sido “expulsados” de la universalidad; al revés, esa demanda particular no tiene sentido sino por su referencia a la universalidad. Pero particularidad y universalidad no se recubren ni se identifican plenamente: la primera <em>desborda</em>  a la segunda, y la segunda le queda <em>chica</em>  a la primera. La parte es <em>más</em><em> </em> que el “Todo” al cual la parte le hace <em>falta</em> .</p>
<p>Esta estructura se manifiesta más aún cuando confrontamos aquellos artículos del cuerpo constitucional que abordan especialmente las cuestiones “raciales” y “clasistas”. El artículo 12 nos advierte que “Ninguna persona <em>blanca</em> , de cualquier nacionalidad, podrá poner pie en este territorio en calidad de <em>amo o propietario</em> , ni en el futuro adquirir aquí propiedad alguna”; el siguiente artículo, sin embargo, aclara que “el artículo precedente no tendrá efecto ninguno sobre las <em>mujeres blancas</em>  que hayan sido naturalizadas por el gobierno (…) Incluidos en la presente disposición están también los <em>alemanes y polacos</em>  (¿?) naturalizados por el gobierno”. Y así llegamos a nuestro famoso artículo 14, que ahora citamos completo: “Todas las distinciones de color necesariamente desaparecerán entre los hijos de <em>una y la misma familia</em> , donde el Jefe del Estado es el <em>padre</em> ; todos los ciudadanos haitianos, de aquí en adelante, serán conocidos por la denominación genérica de <em>negros</em><em> </em>“.</p>
<p>No sabemos por qué se hace la extraña especificación sobre los “alemanes y polacos” naturalizados. Pero sin duda su mención es el <em>colmo</em>  del “ironismo” particularista, más subrayado aún por el hecho de que también alemanes y polacos –que uno suele asociar con la piel blanquísima y los cabellos rubios de sajones y eslavos- son, ahora, <em>negros</em>. Esta generalización a primera vista<em>absurda</em>  tiene el enorme valor de producir una <em>disrupción</em><em> </em> del “racialismo” biologicista o “naturalista”, que entre fines del siglo XVIII y principios del XIX ha comenzado a imponerse: si hasta los polacos y alemanes pueden ser decretados “negros”, entonces está claro que <em>negro</em>  es una denominación <em>política</em>  (o político-cultural, si se quiere), es decir <em>arbitraria</em><em> </em> (en un sentido más o menos “saussuriano” de la arbitrariedad del signo) y no <em>natural</em> ni <em>necesaria</em><em> </em>. Y que por lo tanto <em>lo fue siempre</em> : con el mismo gesto se “de-construye” la falacia racista que atribuye rasgos diferenciales a las 126 distintas “especies” de negritud.</p>
<p>Hay que insistir, entonces: mediante este “acto de habla” –este verdadero y poderoso <em>performativo</em>– se produce una inquietante aporía filosófica, la de que el <em>universal</em><em> </em> es derivado de una generalización de uno de sus <em>particulares</em>. Y no de uno cualquiera, sino, nuevamente, del que hasta entonces había sido “materialmente” <em>excluido</em>. Es una aporía casi “benjaminiana”: es el polo <em>extremo</em>, aquel que se <em>contrapone</em><em> </em> a la pretensión de universalidad, el que pone de manifiesto la constelación en su totalidad. Como dice no sin discreto sarcasmo Sybille Fischer, “llamar a todos los haitianos, más allá del color de su piel,<em>negros</em>, es un gesto similar al de llamar a todo el mundo, más allá de su sexo,<em>mujeres</em>”. De cualquier manera, y para volver a ello, está clara la intención<em>político-cultural</em>  de la cláusula. Finalmente, ¿para qué es necesario <em>legalmente</em> introducirla, si ya ha empezado por aclararse que en Haití no será permitida ninguna clase de distinciones por el color de la piel? El sentido no es, pues, meramente <em>jurídico</em><em> </em>: se trata, todavía, de no ocultar ni disfrazar, en la historia que ahora puede llamarse “haitiana”, el lugar determinante que en ella ha tenido el conflicto <em>político</em><em> </em> entre las “razas”. El artículo 14 (y toda la constitución a la cual pertenece) hace <em>de facto</em>  la crítica, incluso anticipada, de una <em>(ideo)lógica</em>  constitucional que imagina el estado-nación “moderno” como una <em>unidad </em>homogénea, sin distinciones de clases, “razas”, género, etcétera. Y también, hay que decirlo, hace la crítica –<em>mucho</em>  más “anticipada”- de ciertas (ingenuas o no) celebraciones “multiculturalistas” que suelen pasar por alto hasta qué punto la emergencia de las “diferencias” son una función de las <em>desigualdades</em><em> </em> producidas por el poder.</p>
<p>Al mismo tiempo, sin embargo, <em>hay</em><em> </em> en la constitución de 1805, y en el propio artículo 14, una concepción <em>unitaria</em><em> </em> de la nación. Pero véase con cuál criterio: “Todas las distinciones de color necesariamente desaparecerán entre los hijos de<em>una y la misma familia</em> , donde el Jefe del Estado es el <em>padre</em> ”. “Paternalismo”, decíamos antes –y por supuesto, podríamos agregar “patriarcalismo”-; la nación es pensada como una <em>gran familia unida e indivisible</em><em> </em> (donde, ya sabemos, todos los miembros son “negros”), dirigida –como corresponde a la metáfora- por el “padre” en tanto Jefe del Estado (aunque <em>no solamente</em> : ya hemos visto que, alegóricamente, hay a la vez un retorno de la <em>Mater(ia)</em>  implícita en esa carne<em>negra</em> , sin la cual no puede pensarse la <em>ciudadanía</em>  haitiana). Es justamente contra esta analogía entre el estado y la familia (una oposición que en la tradición política europea puede ya detectarse en la antigua Grecia y su distinción entre<em>polis</em><em> </em> y <em>oikos</em> , central incluso como motivo de conflicto trágico, tal como se encuentra en la <em>Antígona</em><em> </em> de Sófocles), es contra esta analogía, decíamos, que luchan los primeros grandes teorizadores del Estado “europeo-moderno” (el debate puede leerse en Maquiavelo, en Hobbes, en Locke). Obviamente, se trata ante todo de un combate contra el “paternalismo” feudal. Pero es <em>también</em><em> </em> un argumento tendiente a la separación entre “sociedad política” y “sociedad civil” –o más genéricamente, entre <em>Estado</em><em> </em> y <em>sociedad</em><em> </em>-, separación necesaria para la autonomía de la ascendente clase “burguesa”. Pero sea como sea, esa es una cuestión <em>europea</em> , “occidental”. El artículo 14 nada tiene que ver con esa polémica, y por otra parte, al considerarla <em>de facto</em>  ajena, refuta asimismo su “naturalidad”: la <em>unidad “política”</em>  que levanta como programa es la de la estructura social no “tradicional” o “pre-moderna”, sino, sencillamente, <em>africana</em><em> </em>, es decir <em>otra</em><em> </em>, en la cual la lógica del poder “político” es indistinguible de lo que los antropólogos han estudiado como <em>estructuras del parentesco</em> , que, al decir por ejemplo del mismo Lévi-Strauss, transforman la <em>consanguinidad biológica</em>  en <em>alianza social y política (1)</em> . Otra muestra, pues, de <em>politización</em><em> </em> -es decir, de <em>materialización</em> , en el sentido estricto- de una “naturaleza” abstracta.</p>
<p>Todo lo anterior hace a lo que podríamos llamar una <em>identidad dividida</em> –o, si se quiere, <em>bifurcada</em> &#8211; haitiana. Tenemos una <em>nación nueva</em>, fundada “desde cero”: al contrario de lo que sucederá con las otras independencias americanas, hay una radical dis-continuidad  (jurídica, sin duda, pero también, y sobre todo, <em>étnico-cultural</em>: es una nación <em>“negra”</em> ) respecto de la situación colonial. Pero su “novedad” consiste, ante todo, en un reconocimiento y una <em>puesta en acto</em>  de los insolubles conflictos heredados de la situación colonial y de la lógica <em>étnica, social y económica</em>  de la plantación: el ideario de la Revolución Francesa es, al mismo tiempo que conservado, llevado <em>más allá</em>  de ella misma, un “más allá” donde se encuentra con el <em>color negro</em> ; y ese “color local”, por así llamarlo, obliga a un <em>retroceso</em><em> </em> -para las concepciones “evolucionistas” y “progresistas” euro-céntricas- hacia las tradiciones sociales y míticas africanas. Su <em>modernidad</em><em> </em> -plenamente asumida bajo el ideario de la Revolución Francesa- sólo puede ser “realizada” mediante un recurso a la <em>“tradición”</em>. Como reza esa extraordinaria primera frase de la biografía de Zapata por John Womack: “Esta es la historia de unos campesinos que no querían cambiar, y que por eso mismo… hicieron una revolución”.</p>
<p>Podrían citarse varias otras instancias paradójicas (o tal vez habría que decir: “dialécticas”) para ilustrar esta <em>bifurcación</em><em> </em> de los tiempos históricos que, lejos de ser “extra-moderna”, <em>pertenece</em><em> </em> a una modernidad que sólo cuando se aborda desde lo que Benjamin llamaría la <em>historia de los vencidos</em>  se muestra, ella también, como teniendo una identidad <em>dividida</em> . En Haití, sería el caso de la religión <em>vudú</em><em> </em> o de la lengua <em>créole</em>, que no tenemos tiempo de discutir ahora. Esta podría ser una vía para pensar la sintomática y casi total <em>ausencia</em>, en la denominada Teoría Post-colonial, de referencias a un fenómeno como el haitiano, que parecería deber ser un ejemplo paradigmático para sus categorías. ¿No ilustra en efecto <em>ejemplarmente</em><em> </em> el artículo 14 eso que Gayatri Spivak ha denominado <em>esencialismo estratégico</em>? Sin embargo, parece que las cosas no fueran tan fáciles.</p>
<p>Doris Garraway introduce una hipótesis para explicar esta “impotencia” de la teoría post-colonial ante el fenómeno Haití: la de la no-pertinencia de las categorías de <em>nacionalismo</em><em> </em> con las cuales los académicos intentan caracterizar los movimientos anti-coloniales modernos, categorías que <em>no pueden</em>  dar cuenta del fenómeno de la revolución haitiana. Uno de los textos más influyentes sobre este tema, el de Benedict Anderson (que, no hace falta decirlo, <em>nunca </em><em> </em>menciona a Haití) (2), avanza la sugestiva hipótesis de que el nacionalismo no es un producto europeo post-Revolución Francesa –como convencionalmente se da por sentado- sino un “invento” del <em>mundo colonial</em>  en su lucha por romper con las potencias imperiales. Haití, sin embargo, no encaja en <em>ninguno</em><em> </em> de los paradigmas que Anderson expone detalladamente. No es un típico nacionalismo “criollo” como los habituales en las independencias de América Latina, donde las minorías mayoritariamente <em>blancas</em><em> </em> propulsaron lo que se puede llamar un <em>nativismo fronterizo</em> , aunque conservando los valores culturales europeos y un orden social con supremacía blanca. Tampoco es Haití exactamente el caso de los movimientos anti-coloniales de la India o de Africa, que insuflaron en sus demandas de soberanía un deseo de <em>diferencia absoluta</em>  con Europa, basada en la <em>pureza</em><em> </em> de sus orígenes étnico-culturales. La revolución haitiana supuso una <em>transculturación conflictiva</em>  (o <em>catastrófica</em> , como la hemos denominado en otro lugar) marcada por una <em>tensión no-resuelta</em><em> </em> entre esas referencias culturales: una tensión en buena medida vinculada con el hecho de que, en el momento de producirse el movimiento emancipatorio, una muy importante porción de los esclavos insurgentes (algo más de un tercio del total) <em>no eran </em><em> </em>“africanos” originarios, sino que sus antepasados <em>provenían</em>  (una proveniencia <em>forzada</em> , por supuesto) de Africa, pero ya podían considerarse “antillanos” o “caribeños”.</p>
<p>Hay pues en este caso una suerte de <em>triángulo</em><em> </em> <em>“tensional”</em> que es algo así como simétricamente inverso al <em>triángulo atlántico</em>  del que tanto se ha hablado para calificar al comercio esclavista, y que como tal supone <em>tres</em><em> </em> vértices (Africa / Europa / América), y no una menos compleja oposición lineal como en los otros casos que hemos mencionado (Africa / Europa, India / Europa, etcétera), o una<em>continuidad cultural</em>  con discontinuidad jurídica como en el caso de los otros movimientos independentistas latinoamericanos. El vértice “Africa” es aquí, por supuesto, el <em>tercero excluido</em>  que se <em>incluye</em>  rompiendo toda posibilidad de un equilibrio (aunque fuera conflictivo) entre dos polos (Europa / las colonias), al introducir, por un lado, la noción de un <em>retorno mítico</em>  a “Guinea” (como denominaban los esclavos a Africa) y su propia tensión interna con una <em>creolité</em> “afro-americana”, por el otro la cuestión de la <em>negritud</em> , y todo ello al mismo tiempo adhiriendo (no hace falta repetir con qué <em>mayores </em><em> </em>y “heterotópicos” alcances) al ideario de la Revolución Francesa y la “modernidad”.</p>
<p>Ni las teorías clásicas del nacionalismo –que, como hemos dicho, tienden a considerarlo un fenómeno de la modernidad <em>europea</em><em> </em>-, ni la teoría de Benedict Anderson –que si bien busca sortear esa impronta eurocéntrica, construye una serie de modelos en ninguno de los cuales encaja el caso haitiano-, ni el<em>mainstream </em><em> </em>de la teoría post-colonial –que, con todos sus “rizomas”, “hibrideces”, “in-betweens” y demás sigue pensando, paradójicamente, de manera <em>binaria</em>  la relación metrópolis / colonia- pueden por lo tanto dar cuenta acabadamente de lo que llamaremos –siguiendo a nuestro modo a Lévi-Strauss- la <em>bifurcación tri-partita</em>  con la que tuvo que confrontarse la revolución haitiana. Con “bifurcación tri-partita” estamos acuñando, para mayor claridad, lo que en verdad es un pleonasmo: pese al equívoco de la raíz “bi”, <em>toda </em><em> </em>bifurcación abre <em>tres</em>  direcciones, como es fácil apreciar en lo que se llama una <em>bifurcación del camino</em>, ante la cual se puede avanzar por la izquierda, por la derecha o hacia <em>atrás</em><em> </em> (de vuelta a “Guinea”, por así decir). La bifurcación, es sabido, es una figura central en la llamada <em>teoría de las catástrofes</em>  de René Thom y otros. Y en otro registro teórico y literario, es el lugar en el cual Edipo se encuentra con su destino: ese cruce de tres caminos (que los latinos llaman <em>Trivium</em> , del cual deriva nuestro adjetivo “tri-vial”) donde, justamente por no querer retroceder, asesina a su padre Layo y se precipita en la tragedia.</p>
<p>Ahora bien: en un párrafo anterior especulábamos con la idea de que los esclavos –revirtiendo la lógica de “universalización” de la particularidad operada por el euro-centrismo colonial- se asumen como la <em>parte</em><em> </em> que se proyecta hacia el <em>todo</em> señalándole su “universalidad” como <em>falsa</em><em> </em>, puesto que <em>trunca</em> .  A eso puede llamárselo  <em>universalismo particular</em> , en tanto opuesto al <em>particularismo “universal”</em>  europeo, y en tanto cumple la premisa de un auténtico pensamiento crítico: la de –para decirlo con Adorno- una “dialéctica negativa” que <em>re-instala</em>  en el centro del “universal” el conflicto irresoluble con el particular excluído, desnudando la violencia de la negación del <em>“otro” interno</em>  , y rechazando las tentaciones del pensamiento <em>“identitario”</em> . Este es el significado profundo del artículo 14, con su irónica –y <em>politizada</em> – universalización del color <em>negro</em> . Pero tal lógica lo que hace es construir y constituir a ese color como el <em>significante privilegiado</em><em> </em>–o, si se quiere decir así, el <em>operador semiótico</em><em> </em> fundamental- de una <em>materialidad crítica</em> , una <em>bifurcación catastrófica</em> , que va a atravesar de una u otra manera la productividad discursiva (filosófica, ensayística, ficcional, narrativa, poética y estética) de la cultura antillana. Desde ya, el <em>cruce conflictivo</em> y la <em>inter-textualidad trágica</em>  son un proceso presente en toda  la cultura latinoamericana (y en toda cultura neo- o post-colonial), y en ese contexto debe ser pensado “el color negro”. Pero en el Caribe la cuestión de la <em>negritud</em>  introduce una especificidad, incluso una <em>extremidad</em>, que le da toda su peculiar singularidad. Y esa “extremidad”, esa especificidad que también –bajo la lógica del “artículo 14”- es críticamente <em>universalizable</em> , en tanto muestra las aporías irresueltas y probablemente irresolubles de una relación <em>otra</em><em> </em> con una “modernidad” presuntamente homogeneizada por la cultura occidental.</p>
<p>Esta última conclusión podría llegar a ser importante. Personalmente, siempre me ha sorprendido la excesiva facilidad con la que el pensamiento “post” se somete –aunque sea para oponérsele- a la versión dominante de la Modernidad presentada como lo que ese mismo pensamiento denominó un <em>gran relato</em>  homogéneo y lineal. Pero <em>no hay</em>  una sola “modernidad”: la modernidad es <em>tanto</em><em> </em> el <em>particularismo universal</em>  del “Todos somos iguales menos algunos” de la Revolución Francesa <em>como</em>  el <em>universalismo particular</em>  del “todos somos negros aunque no todos lo seamos” de la Revolución Haitiana. El concepto de una identidad intencionalmente <em>bifurcada</em>, mostrando como decíamos que hay <em>otra </em>modernidad, o incluso una <em>contra-modernidad</em><em> </em> “periférica”, quizá permitiría sortear la oposición binaria “modernidad / post-modernidad” en la que permanece encerrado el academicismo “post”, incluyendo a los estudios culturales y la teoría post-colonial. Desde ya, es una vía siempre incompleta y en proceso de <em>des-totalización</em><em> </em> y <em>re-totalización</em>, como diría un Sartre. Es decir: la vía misma de lo que solemos llamar <em>“identidad”</em>. La relación de desconexión / reconexión <em>bifurcante</em>  de las identidades  resguarda, al fin y al cabo, sus propios enigmas, que tal vez sería conveniente custodiar.</p>
<p>* Sociólogo y crítico cultural. Profesor de Antropología del Arte y de Teoría Política (UBA).</p>
<p>1. Lévi-Strauss, Claude:  <em>Las Estructuras Elementales del Parentesco</em> , Barcelona, Paidós, 1975.</p>
<p>2. Anderson, Benedict: <em>Comunidades Imaginadas</em> , Mexico, FCE, 1998.</p>

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