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	<title>Colón &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
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	<title>Colón &#8211; Marcha</title>
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		<title>El ascenso de Colón en el pueblo de mis abuelos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 05 Oct 2020 03:01:08 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<category><![CDATA[Colón]]></category>
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					<description><![CDATA[El sabalero recuerda el ascenso de Colón de 1995. Con 15 años, pasaba las vacaciones de julio en La Criolla, el pueblo santafecino en el que vivía su familia. A pesar de las ofertas, no dudó con quién lo vería: un tiempo con cada abuelo. Acá, la historia, con sabor a triunfo. Por Waldemar Fink [...]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>El sabalero recuerda el ascenso de Colón de 1995. Con 15 años, pasaba las vacaciones de julio en La Criolla, el pueblo santafecino en el que vivía su familia. A pesar de las ofertas, no dudó con quién lo vería: un tiempo con cada abuelo. Acá, la historia, con sabor a triunfo.</em></p>
<p><strong>Por Waldemar Fink |<br />
</strong></p>
<p>Como todas las vacaciones escolares, sea invierno o verano, contaba los días, ansioso, esperando para salir en La Internacional desde Retiro hasta La Criolla, al norte de Santa Fe, pueblo donde vivían mis abuelos y abuelas. Las vacaciones de invierno de 1995 no fueron la excepción.</p>
<p>El partido de ida por la final del Octogonal del Nacional B 1994-1995 contra San Martín de  Tucumán lo había visto en casa, en Buenos Aires. ¡Cómo grité el golazo del “Chupete” Marini en la victoria por 1 a 0 de visitante! Enseguida pensé dónde iba a ver el partido de vuelta, sabiendo que iba a estar en La Criolla. La respuesta llegó al instante: un tiempo con cada abuelo.</p>
<p>Aquel sábado 29 de julio de 1995 el primer tiempo lo vi junto a mi abuelo Moncho, hombre que con 47 kg de peso máximo, poca resistencia tenía a unos vasitos de caña Piragua. Cuando los bebía nunca volvía a la casa en línea recta. Moncho era hincha de Huracán (y de Colón). Disfrutamos de los goles del Pampa Gambier y del Chaqueño Uliambre entre mates y anécdotas de partidos épicos del Club Social y deportivo Huracán de La Criolla, donde jugó (luego, incluso, fue aguatero titular indiscutido durante varios años).</p>
<p>Tenía solo quince minutos para atravesar “todo el pueblo” (unas diez cuadras de esas que se alargan cuando se hacen de tierra y las casas se van separando) y llegar a la casa de mi abuelo Tibi que vivía sobre la ruta 11, en el comienzo del pueblo, luego de la curva de “la YPF”.</p>
<p>Me subí a la bici que me había prestado el abuelo Tibi, que días atrás había puesto en condiciones luego de descolgarla del gancho que la sostenía en el galpón. Era de esas bicis que carecían de armonía alguna. “Puro injerto”, debería haber sido la marca: mezcla de bicicleta de paseo sin guardabarros ni cubrecadena con manubrio de bicicleta de carrera, pero girado 180 grados, con las puntas para arriba… y sin frenos.</p>
<p>En el camino había una parada obligada: el kiosco de doña María Olloco para comprar semillitas de girasol y caramelos. Había que hacerle frente al segundo tiempo para calmar la ansiedad y los nervios. Doña María tenía Parkinson y requería de una gran destreza atajar los caramelos y las monedas de vuelto que salían despedidas de sus dedos en todas las direcciones. Creo que había más monedas en el piso que en la caja.</p>
<p>Superada la primera demora, comencé  a acelerar el pedaleo porque no llegaba al comienzo del segundo tiempo. Cuando doblé en la esquina de la calle paralela a las vías, tuve la mala suerte de casi chocarme a Víctor Balario y su caballo. Alcancé a frenar como pude, arrastré los pies como diez metros, el caballo se le avalanzó y, antes de acomodarse, Víctor me reboleó un rebencazo. Era hombre de armas tomar, don Víctor. Con un reflejo innato, esquivé la agresión y seguí pedaleando. Sólo escuche de su boca un “Chooooooooto” que me gritó con bronca.</p>
<p>Efectivamente, el segundo tiempo había empezado cuando llegué y mi abuelo Tibi me estaba esperando con unos mates. El descuento de San Martín casi que no hizo mella, había dos goles de ventaja en el global. Igual, yo seguía meta semillitas de girasol. Es que con Colón ,si no se sufre no se disfruta.</p>
<p>Tibi rememoró viejos logros de su Racing querido, al único que ubiqué fue al Chango Cárdenas, los demás eran ilustres desconocidos para mis quince años de vida.</p>
<p>Llegando el final del partido, el Pampa Gambier desató la locura con esa hermosa sutileza en la definición del tercer gol y todo fue festejo para mí. Hacía frío esa tarde, pero mi abuelo destapó una Biecker Africana bien fría. “Tomá, hacete hombre y a ver si te afeitás esos pendejos de laucha que tenés”, sentenció con cariño (con “su” cariño).</p>
<p>Salí de la casa de mi abuelo con toda la adrenalina, no lo podía creer. Llegando a la vía vi venir al tren. En ese momento nada ni nadie me podían parar, me sentía indestructible. Todos los músculos de mi cuerpo se pusieron de acuerdo para lograr la hazaña: tenía que atravesar el paso a nivel antes de que pasara el tren. Crucé con cierto margen de tiempo, el problema fue que lo que seguía era una curva en bajada y yo, sin frenos. Lo poco que me quedaba de suela lo gasté en el intento de frenar y casi termino estampado en el edificio del viejo Correo. Aún conservo una cicatriz en mi codo como trofeo de guerra de aquellos raspones.</p>
<p>El jueves siguiente se organizó “La cena de los Campeones” en el Club SyD Huracán. Siempre hay motivos para juntarse en los clubes de pueblo y, de paso, el encargado del buffet se hacía unos mangos extra. El gran “Cuney” Brasca fue el anfitrión ideal. Mi tío Cato me pagó la tarjeta para que fuera. Él no era hincha de Colón, pero era un tipo generoso. La parrilla rebalsaba de amor vacuno y la noche se pasó entre comida, bebida y cánticos sabaleros. Terminando la jornada, se hicieron presentes el “Loro” Minotti y el “Miro” Celino (personaje si los hay), traían un mantel a cuadros rojo y blanco que no paraban de rebolear sobre sus cabezas. Irrumpieron en la escena sabalera, los muy maleducados, saltando y cantando consignas tatengues. Inmediatamente fueron callados a sifonazos (esos que  usaron algunos para “asustar” al  tinto camorrero) y todo terminó entre risas y brindis varios. Tal vez no lo sepan quienes celebran campeonatos a lo pavote, pero ese ascenso fue como haber salido campeón del mundo. En mi pueblo y con mis abuelos.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/el-ascenso-de-colon-en-el-pueblo-de-mis-abuelos/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>El éxodo sabalero: 39.999 y yo</title>
		<link>https://marcha.org.ar/el-exodo-sabalero-39-999-y-yo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Apr 2020 10:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónica]]></category>
		<category><![CDATA[Deportes]]></category>
		<category><![CDATA[Colón]]></category>
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		<category><![CDATA[Paraguay]]></category>
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		<category><![CDATA[Somos Multitud]]></category>
		<category><![CDATA[Waldemar Fink]]></category>
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					<description><![CDATA[Seguimos recordando multitudes. Esta vez, sobre partido más importante que jugó Colón de Santa Fe en Asunción. Una crónica que da cuenta del viaje, las ilusiones, la cancha, la gente&#8230; todo en marcha hacia Paraguay. Por Waldemar Fink Gestando un sueño 3 de diciembre de 1997: Ya hacía bastante tiempo que vivía en Buenos Aires, [...]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong><em>Seguimos recordando multitudes. Esta vez, sobre partido más importante que jugó Colón de Santa Fe en Asunción. Una crónica que da cuenta del viaje, las ilusiones, la cancha, la gente&#8230; todo en marcha hacia Paraguay.</em></strong></p>



<p><strong>Por Waldemar Fink</strong></p>



<p><strong>Gestando un sueño</strong></p>



<p>3 de diciembre de 1997: Ya hacía bastante tiempo que vivía en Buenos Aires, tenía 17 años. Colón le ganaba a Independiente el partido que definía el equipo que, junto a River, jugaría la Copa Libertadores del 98. 9.000 hinchas fuimos a la cancha de Lanús y varios miles terminamos festejando en el Obelisco a la salida del partido.</p>



<p>Tres días tardaba en llegar el diario <em>El Litoral </em>al kiosco de diarios de Retiro. Allí fui a comprarlo, por el sólo hecho de tener ese recuerdo histórico. Ël día que Colon festejó en el Obelisco”, tituló el diario. Yo estuve ahí, fui parte de esa historia, pero nada se compara con lo que viví&nbsp; casi 22 años después…</p>



<p>Todo comenzó el 26 de septiembre de 2019 en la definición por penales de la semifinal contra Atlético Mineiro en Brasil. Terminé abrazado en el piso del living de mi casa con Ricky y Obed, dos amigos hinchas de Boca que me hicieron el aguante. Eso generó Colón, que muchos y muchas hinchas de otros equipos siguieran su campaña. (Y ni hablar después de la banda de gente que llevamos a Paraguay y del himno sabalero de Los Palmeras). En ese momento, antes de levantarme del piso, ya estaba pensando en el viaje a Asunción.</p>



<p>A la mañana siguiente llamé a Santa Fe al “Sejo” (amigo sabalero). Él y la banda de La Píldora de la Vida serían los encargados de la logística y mis compañeros de viaje. Después de un mes de idas y vueltas, en las tantas llamadas, me confirmaron la entrada y los pasajes. Fue un alivio. En el medio cumplo 40 años, y tuve un regalo muy especial de mi familia, un sobre con plata que decía: “Esto no es solo tu regalo, es nuestra forma de ayudarte a cumplir un sueño”.</p>



<p><strong>El éxodo</strong></p>



<p>Partí a Santa Fe el jueves 7 de noviembre. Esa noche terminamos de definir qué llevaria cada uno, fundamental en un viaje que se esperaba que fuera largo: sanguichitos, tartas, bizcochos, facturas y mucha cerveza.</p>



<p>A la mañana siguiente ya estábamos en las afueras de la cancha de Colón mitigando la ansiedad y contemplando el hermoso espectáculo de la salida de cada micro entre aplausos y cerveza. Salimos a las 13 hs y llegamos a la frontera a las 5 de la mañana. Sí 808 km en 16 horas de viaje. ¿El motivo?: la ruta 11 era una caravana roja y negra interminable. Estuvimos 5 horas más esperando en un playón enorme, lleno de colectivos y gente de todas las edades: familias enteras, amigos, amigas, padres e hijos, madres e hijas….</p>



<p>Una vez que cruzamos a Paraguay nos guiaron hasta la costanera y desde allí saldríamos en tandas hasta la cancha. Esa espera con 40 grados y con poca sombra fue áspera. Los “trapos”, uno de ellos de uno de los pibes que ya no estaba y que sus amigos llevaron para tenerlo presente, nos sirvieron de refugio del cruel sol atados a los pocos árboles.</p>



<p>Dos horas después partimos escoltados hasta las afueras del estadio. A lo largo de los kilómetros de ciudad que recorrimos, cientos de banderas sabaleras colgaban de balcones y ventanas de casas. Asunción parecía Santa Fe una tarde de clásico; una hermosa locura.</p>



<p>Con la advertencia de que iba a haber controles de alcoholemia con tolerancia cero fuera del estadio, hacía varias horas que, con gran dolor, habíamos dejado algunas latas sin abrir en las conservadoras (jamás lo hubo, pero quedarse afuera de semejante evento por escabiar un poco demás hubiese sido un precio que nadie estaba dispuesto a pagar).</p>



<p><strong>El Partido</strong></p>



<p>Todo era una fiesta. La sensación una vez que traspasé el control de ingreso a la cancha fue indescriptible. Ya estábamos ahí, nada ni nadie iba a impedir que formara parte de la historia sabalera. Sí, uno de esas y esos 40.000 era yo; 39.999 y yo.</p>



<p>Fue increíble ver ese estadio todo pintado de rojo y negro, y todo tuvo sentido cuando Los Palmeras y 40.000 almas cantaron “Soy Sabalero”: tres generaciones se unieron en una sola voz.</p>



<p>De la fiesta y el calor agobiante a la lluvia y el frío implacables. Los nubarrones, que eran un hermoso contraste, terminaron castigándonos demasiado. La mayoría aguantó estoica, pero muchos de los abuelos y abuelas tuvieron que refugiarse o ser atendidos por el operativo de salud. &nbsp;Tres horas bajo el agua, 3 a 1 abajo.</p>



<p>Salimos de la cancha caminando despacio mientras nuestra sombra por los fuegos artificiales del festejo (que a nuestras espaldas no quisimos ver), se proyectaba ecléctica.</p>



<p>Apenas lloré, era demasiado grande lo que estaba viviendo como para que terminara mal. Lloré muchas veces por Colón, pero este acontecimiento no se merecía un final triste. Toda esa gente que vi durante kilómetros, en cientos de colectivos, autos y combis; a dedo y hasta en bicicleta con 53 años, pedaleando durante 4 días, jamás vamos a olvidar lo que vivimos.&nbsp; Pensé en la cantidad de abuelos y abuelas que vi que no van a llegar a ver a Colón campeón. Sí, sentí pena por ellos y ellas pero yo tengo la esperanza de poder vivirlo…</p>



<p>Antes de llegar al colectivo compramos cerveza, ahora sí tomaríamos sin restricciones.</p>



<p>Y mientras, pensaba que 22 años después no iría a comprar ningún diario. A los minutos de terminado el partido publicaron en las redes sociales de ESPN: “¿Cómo le explicás a estas 40.000 personas lo que consiguieron hoy, más allá de su dolor? Desde ahora cada equipo argentino va a ser medido con la vara de Colón. El 9/11/19 es una efeméride: El éxodo sabalero.”</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/el-exodo-sabalero-39-999-y-yo/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Reencuentro de Serú Girán: Cantando para abrazar</title>
		<link>https://marcha.org.ar/reencuentro-de-seru-giran-cantando-para-abrazar/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 15 Feb 2019 16:55:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Música]]></category>
		<category><![CDATA[Colón]]></category>
		<category><![CDATA[Lila Downs]]></category>
		<category><![CDATA[Pedro Aznar]]></category>
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		<category><![CDATA[reencuentro]]></category>
		<category><![CDATA[Serú Girán]]></category>
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					<description><![CDATA[Por Laura Cabrera @LauCab El miércoles por la noche, el teatro Colón se vistió de rock en lo que fue el primero de los dos recitales (repite el domingo) a modo de cierre de la gira “Resonancia”, donde Pedro Aznar celebró sus 35 años como solista. En un concierto para guardar en el corazón, el [...]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Laura Cabrera @LauCab</strong></p>
<p><em><span style="font-style: inherit; font-weight: inherit;">El miércoles por la noche, el teatro Colón se vistió de rock en lo que fue el primero de los dos recitales (repite el domingo) a modo de cierre de la gira “Resonancia”, donde Pedro Aznar celebró sus 35 años como solista. En un concierto para guardar en el corazón, el músico estuvo acompañado por dos grandes del rock nacional: Charly García y David Lebón.</span></em></p>
<p><span style="font-style: inherit; font-weight: inherit;">Las luces de la sala se apagaron, una luz azul invadió el escenario. En la inmensidad del hermosísimo teatro Colón estaba él. Lejos de inhibirse por tremendo monstruo, Pedro Aznar salió con una encantadora versión de “Because”, de The Beatles, para dar inicio a un show que sin lugar a dudas quedará guardado en la memoria y el corazón de quienes esa noche estuvieron (estuvimos) allí.</span></p>
<p><span style="font-style: inherit; font-weight: inherit;">La velada fue íntima. Solo él y sus instrumentos, ellos y las palmas del público, de a ratos las voces. Y de golpe el ambiente se volvió pequeño, amigable, cálido entre ese viaje por distintas épocas. Sonaron así temas como “Fotos de Tokio”, “Traición”, “Buenos Aires”, “Panteras de polvo”, “Perdón” y tantos otros clásicos que en esta oportunidad se presentaron dentro de una acústica increíble y en un ambiente donde no hubo segundo en el que no se respirara emoción.</span></p>
<p><span style="font-style: inherit; font-weight: inherit;">35 años de música llegaron al Colón entre el rock y otros estilos, pero sobre todo llegaron con la fuerte impronta de la música popular y latinoamericana (que en esta oportunidad incluyó la encantadora voz de Lila Downs en “Por la vuelta”), con un estilo propio que además marca una identidad compartida. En ese sentido, el músico explicó que “la resonancia tiene que ver con sonar en consonancia con otros para aportar lo propio”, haciendo referencia a que a esa celebración de su trabajo se le suma el de quienes lo precedieron y en donde además incluyó al público que siempre acompañó y acompaña. </span></p>
<p><span style="font-style: inherit; font-weight: inherit;">Tal como lo mencionó Aznar ante una silenciosa sala, el Colón puede parecer un lugar que necesita ser “desacartonado”, porque es allí donde el silencio del público reina por una cuestión protocolar y en donde los sonidos salen solo del escenario. Y el rock es otra cosa. “Sé que da cosita”, lanzó el músico desde arriba, sin entender quizá que ese silencio se debía a otro motivo: a las emociones que vivían (vivíamos) quienes estaban (o estábamos) frente a él, frente a todo ese talento y a toda esa música que se metía en el cuerpo y llegaba al corazón, esa que es bueno escuchar. </span></p>
<p><strong><span style="font-style: inherit; font-weight: inherit;">El día que Serú Girán tocó en el Colón</span></strong></p>
<p><span style="font-style: inherit; font-weight: inherit;">El Festival de Conciertos Únicos ofrecía además un amplio abanico de artistas para todos los gustos: Lila Downs, Café Tacvba, Juanes, Luciano Pereyra, Gustavo Santaolalla, La Trova Rosarina, Katherine Jenkins y Tango y Flamenco. Nada se sabía de sorpresas o detalles del show. Pero el simple hecho de saber que Pedro tocaría, entusiasmaba por el lugar, por su música y por un show tan especial como el de cierre de gira por sus 35 años de solista, final de un camino que lo llevó a su ciudad y sin más que él y los instrumentos. </span></p>
<p><span style="font-style: inherit; font-weight: inherit;">Pasado mitad de Show, Aznar se remontó a cuando era un niño y escuchaba la radio, cuando se quedaba hasta muy tarde y al otro día no podía despertarse. Contó que en ese entonces escuchó a un gran músico y que la vida le regaló la posibilidad de compartir con él una banda. Lo contó como si fuese un sueño cumplido, quizá sin saber que le estaba anticipando a su público que le cumpliría un sueño esa noche. Así subió entre aplausos interminables David Lebón, con quien tocó “Dos edificios dorados”, dejando al público con ganas de más.</span></p>
<p><span style="font-style: inherit; font-weight: inherit;">El recital continuó. Pero otro momento de esos para guardar en la memoria llegó. Otro de esos músicos a los que el mismo Pedro seguía desde chico se había convertido en compañero de banda y estaba allí, a segundos de abrir el telón sorpresivamente. Y de entre las telas rojas, sin necesitar presentación, Charly García se llevaba los aplausos y las lágrimas del público. Fue allí cuando el Colón terminó de “desacartonarse”, cuando todos y todas se sintieron en una ronda con guitarra incluida, escuchando a ese  músico que siempre está bien escuchar. Una tierna y por momentos graciosa (por el humor de García) versión de “Confesiones de invierno” dejaba a los presentes una vez más sin aliento.</span></p>
<p><span style="font-style: inherit; font-weight: inherit;">Y así como el joven Pedro un buen día cumplió el sueño de tocar con esos a quienes escuchaba en la radio, el 13 de febrero de 2019 el gigante Aznar nos cumplía un sueño (y me incluyo como espectadora), nos daba la posibilidad de escuchar al trío Aznar-García-Lebón una vez más y revivir la música de Serú Girán con “A cada hombre, a cada mujer”. El sueño llegó de a poco, por partes, y culminó de la mejor manera. Difícil será que alguna de las personas que compartieron esa noche olviden ese mágico momento.</span></p>
<p><strong><span style="font-style: inherit; font-weight: inherit;">Músico todo terreno</span></strong></p>
<p><span style="font-style: inherit; font-weight: inherit;">No es novedad el talento de Pedro Aznar, pero si se puede decir que esa noche aprovechó al máximo todos los recursos, incluido la acústica del teatro Colón, que le permitió cantar “Quebrado” y “Tan alta que está la luna”, esta segunda acompañada por el coro conformado por el público. </span></p>
<p><span style="font-style: inherit; font-weight: inherit;">Fue un show que tuvo todo lo necesario para coronar una gira que abarca 35 años de historia. Calidad musical, cercanía con el público, la ruptura de la estructura, la música popular en el imponente Colón, la música como principio de la vida. </span></p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/reencuentro-de-seru-giran-cantando-para-abrazar/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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