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	<title>boxeo &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
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		<title>Muhammad Ali: hoy el cielo es un cuadrilátero</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 03 Jun 2016 17:00:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Deportes]]></category>
		<category><![CDATA[boxeo]]></category>
		<category><![CDATA[Cassius Clay]]></category>
		<category><![CDATA[Muhammad Alí]]></category>
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					<description><![CDATA[ Irreverente y solidario con los de abajo, su partida deja una estela de dolor]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Leandro Albani</strong></p>
<p><em>Se nos fue Muhammad Ali, uno de los boxeadores más reconocidos del mundo pero además un referente del pueblo afrodescendiente no sólo de Estados Unidos. Irreverente y solidario con los de abajo, Ali deja una estela de dolor con su partida hacia nuevos combates.</em></p>
<p>Creo que el boxeo me gusta porque lo leí en los cuentos de Julio Cortázar, Roberto Arlt, Abelardo Castillo y por ese boxeador derrotado pero siempre de pie que Osvaldo Soriano construyó en su novela <em>Cuarteles de invierno</em>.</p>
<p>Cuando puedo veo boxeo, aunque no soy muy disciplinado a la hora de seguir el día a día de los deportes. Tan es así que no tengo ni idea quién es el número cinco de Independiente, el club que mi abuelo Emilio me regaló para toda la vida.</p>
<p>En el boxeo -más allá de disfrutar la peleas de Nicolino Loche que se rastrean por internet y que me dejan pasmado por su rapidez de cintura y su defensa siempre abajo-, presto atención a la historia de los púgiles. Historias duras, de derrotas permanentes, de crueldades y vicios destructivos. La lista de boxeadores argentinos que llegaron a la cumbre de la gloria y en apenas un segundo cayeron en el abismo es extensa: Carlos Monzón, Ubi Sacco, César “La Bestia” Romero y tantos otros.</p>
<p>Conocí la historia de Muhammad Ali leyendo los discursos y hurgando en la historia de Malcolm X, ese revolucionario integral y radical que dio Estados Unidos. La relación de ambos se cimentó cuando Ali ingresó a la Nación del Islam, organización con un profundo desarrollo en Norteamérica y que, en un principio, se convirtió en refugio de la comunidad negra segregada y reprimida.</p>
<p>Las fotos de Muhammad Ali y Malcolm X son muchas. Sonríen, conversan, se hacen chistes. La relación entre ellos fue sincera y de hermandad. Pero cuando Malcolm X rompió con la Nación del Islam y con su líder Elijah Muhammad (un personaje controvertido y que no deseaba que la radicalización de sus seguidores se le fuera de las manos), ese vínculo se resquebró. Desde ese momento, Ali no escatimó palabras para golpear a su antiguo compinche. La historia de Malcolm X ya estaba echada: su camino político, la toma de consciencia urgente hacia posiciones de izquierda y la puesta en práctica de las autodefensas armadas para contrarrestar la represión policial marcarían los últimos meses de <em>Red</em>, como le decía de pequeño.</p>
<p>Alguien podrá decir que Muhammad Ali fue parte del espectáculo patético del negocio del boxeo. O que fue una simple pieza más en el engranaje que deja al descubierto las peores perversiones del capitalismo, porque el boxeo es eso, un espejo en el cual se reflejan las más crudas bajezas en que un sistema inhumano expone a las personas.</p>
<p>Pero Ali fue mucho más. El grandote y prepotente, nacido en la profunda Louisville en enero de 1942, también vivió el proceso de radicalización en Estados Unidos en la década de 1960. Su negativa a combatir en Vietnam, sus críticas al poder de los hombres blancos y su irreverencia constante lo transformaron en alguien molesto para el sistema. Por eso, pienso en Alí como una anomalía del sistema o, para decirlo en criollo, como “el hecho maldito” dentro del <em>show bussines</em>. Pero esa anomalía en que se convirtió Ali no es una hecho aislado, sino que es una de las puntas del iceberg que contiene la sostenida lucha del pueblo afrodescendiente de Estados Unidos.</p>
<p>“¿Por qué me piden ponerme un uniforme e ir a 10.000 millas de casa y arrojar bombas y tirar balas a gente de piel oscura mientras los negros de Louisville son tratados como perros y se les niegan los derechos humanos más simples? No voy a ir a 10.000 millas de aquí y dar la cara para ayudar a asesinar y quemar a otra pobre nación simplemente para continuar la dominación de los esclavistas blancos”, declaró con respecto a la invasión estadounidense en Vietnam.</p>
<p>Tampoco escatimó palabras para describir el mundo por el cual caminaba a diario: “El boxeo es un grupo numeroso de hombres blancos viendo cómo se pegan dos hombres negros”.</p>
<p>Y mucho menos se guardó palabras sobre sus contrincantes en el cuadrilátero: “He visto boxear a George Foreman contra su sombra. La sombra ganó” o “Joe Frazier es tan feo que cuando llora, las lágrimas corren a refugiarse en su nuca”.</p>
<p>El mismo hombre que decía ser “tan rápido que la noche pasada apagué la luz de la lámpara y ya estaba en la cama antes de que se desvaneciera”, también lanzaba denuncias que siguen vigente: “La palabra Islam significa paz. La palabra musulmán significa ‘aquel que se somete a Dios’. Pero la prensa nos hace ver como extremistas”.</p>
<p>Con 74 años, Muhammad Ali dejó el mundo de los mortales y en el lugar que haya elegido para transitar su nueva vida, ese niño inmenso que afirmaba poder “encerrar en la cárcel a los truenos”, seguramente estará flotando como una mariposa y picando como una abeja.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/28154-2/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>El día de La Bestia: réquiem para César Romero</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 01 Oct 2015 03:02:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Pinceladas]]></category>
		<category><![CDATA[boxeo]]></category>
		<category><![CDATA[deportes]]></category>
		<category><![CDATA[La Bestia Romero]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
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					<description><![CDATA[Luces y sombras del boxeador de los ochenta]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Leandro Albani</strong></p>
<p><em>En los años ochenta, con una pelea internacional encima y un futuro promisorio, el boxeador César &#8220;La Bestia&#8221; Romero caía abatido por las balas policiales tras un tiroteo. Una historia de sacrificio y técnica, y también de cárceles tempranas y lealtades irrefutables.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>A Mauricio Polchi</em></p>
<p>En ese instante donde la mente está a punto de borrar todo lo imaginado, cuando nada importa y sólo se respira la posibilidad de la muerte, pensó en los mellizos. También observó, en una fracción de segundo, por dónde venía la policía. Después, el sonido de los disparos se enredó con sus puteadas y el olor a pólvora que le colgaba de una mano. Las balas zumbaban y la pistola martillaba frente a sus ojos. Pero, por última vez, en lo único que pensó fue en su familia. Y en ese instante entendió que cuando las balas rozan la vida nadie puede pensar en nada. Ahí agazapado, calculando los movimientos de los uniformados, César “La Bestia” Romero cumplió como pocos sus códigos de lealtad y amistad.</p>
<p>Ocho días atrás había rozado la gloria con los puños. Llegó a Montecarlo clasificado sexto en el ranking mundial de los mediopesados del Consejo Mundial de Boxeo y con 21 peleas como profesional, de las cuales ganó 15 (12 por nocaut), igualó 3 y perdió 3. Si triunfaba ante el venezolano Fulgencio Obelmejías, estaría a un paso de competir por el título mundial contra el estadounidense Michael Spinks. Otro argentino viajó para realizar las peleas de semi fondo: Juan Domingo Martillo Roldán chocaría con André Mongelema.</p>
<p>En la historia de Romero quedaba una infancia humilde de familia obrera con siete hermanos. De niño, imaginaba un futuro como abogado. “Yo me hacía la idea de que iba a ser un tipo así, medio paladín. Paladín en el sentido de ser el que sacaba la cara por los amigos”. Romero, o como le decían sus amigos, Che Grandote, todavía no fantaseaba con una carrera boxística. Las necesidades cotidianas lo llevaban a “changear” en la puerta de un club de golf y entre los ocho y doce años, a trabajar en una fábrica textil.</p>
<p>A los once dejó marcado en su cuerpo el primer tatuaje que luego se multiplicaría en casi treinta figuras diseminadas por toda la piel. Un águila en el pecho fue la marca registrada cuando su vida se definía en los cuadriláteros. La Bestia abría los brazos, los extendía debajo de las luces y el águila se inflaba en el pecho. Las alas de tinta escapaban del cuerpo y parecía que se enroscaban en su espalda, atrapándolo.</p>
<p>A esa edad también fue su primera entrada a una comisaría. Desde los 15 a los 17, sus entradas y salidas en comisarías se alternaron con trabajos ocasionales: repartidor de soda y vino, chapista, bañero, obrero en una fábrica de peines y constructor de caños de cemento. Luego de seis meses preso por robar un depósito de quesos en Liniers, la policía se cruzó nuevamente en su vida. “No había pruebas pero un chabón tiró mi nombre y terminé pagando las cosas que había hecho y que no había hecho”, afirmó. El peregrinaje lo llevó por los penales de Olmos, Mercedes y Villa Devoto. Detrás de esas rejas comenzó los entrenamientos.</p>
<p><strong>De las tumbas a la familia</strong></p>
<p>En marzo de 1978, en medio de la noche, las puertas se abrieron y Romero se reencontró con la libertad. &#8220;Viajé como pude a mi casa y cuando llegué, a las cuatro de la mañana, a la primera que encontré fue a mi vieja. Lloré por primera vez y juré: nunca más, nunca más&#8230;”. Había estado encarcelado cinco años y seis meses Al poco tiempo fue al Chaco con sus padres y a los tres meses debutó en el boxeo amateur. Después se trasladó a Pergamino y su carrera tomó forma.</p>
<p>El Canga Bonet fue su entrenador en esa ciudad. Junto al boxeador José María Flores Burlón, La Bestia inició sus primeras armas de forma seria y responsable. Bonet lo recuerda como “un chico con un corazón como una mesa”, que al llegar logró lo que pocas personas al salir de la prisión: “Era un tipo formidable, se metió de novia con la que después fue su mujer, Alejandra, y tuvo mellizos. Lo único que me acuerdo que me decía era que para los hijos quería lo mejor”. Mientras entrenaba, retomó su trabajo de chapista y, periódicamente, era visitado por una asistente social.</p>
<p>“Se entrenaba de amateur tres veces por semana –explica Bonet–. Era muy duro, muy torpe, pero era un tipo fortísimo, lo tenías que sacar del gimnasio. Se cuidaba, no tomaba, si le decías que tenía que correr cuatro kilómetros, corría siete. En Pergamino lo querían toneladas”.</p>
<p>La carrera de La Bestia comenzó a escalar y en poco tiempo se hablaba de él en Buenos Aires, y en especial en el Luna Park. En Pergamino, Romero le diría a sus allegados que no quería volver a Buenos Aires. Tal vez para cuidar a su familia, o para que la tentación no se le cruzara a la vuelta de la esquina.</p>
<p><strong>De Europa a Isidro Casanova </strong></p>
<p>El 6 de julio de 1984 comenzó su último viaje. Partió hacia la pelea más soñada por los boxeadores: la que abre la posibilidad de combatir por la corona máxima.</p>
<p>La pelea fue difícil. La experiencia, dicen algunos, pesó demasiado. Obelmejías lo doblaba en combates y las crónicas de la derrota por puntos le achacaron su falta de reacción y no poder descifrar los planteos de “un boxeador con inteligencia y recursos”.</p>
<p>Al otro día, quien dio su opinión fue Horacio Accavallo: “En cuanto a Romero, yo sigo creyendo en él. Me gusta su base de peleador. Ayer pagó el tributo a su inexperiencia internacional frente a un rival ducho”. Dolorido por su actuación, La Bestia relató “que nunca lo pude agarrar con una derecha neta. Le tiré como veinte y las amortiguó bien”.</p>
<p>La vuelta al país fue silenciosa y rodeada por la incertidumbre del futuro. El lunes 16 de julio, a las nueve de la mañana, el avión carreteó la pista. Ocho días después, César Romero sería nuevamente tapa de los diarios.</p>
<p>Los titulares llevaban letras catástrofes: “Boxeador y asaltante: abatieron a César Romero en Isidro Casanova”.</p>
<p>El lunes 23 a la mañana, La Bestia y su hermano Saúl llegaron a la casa de Rodríguez. Tomaron mates, dijeron que iban a arreglar un auto y salieron. Una hora y media después, en la comisaría de Ramos Mejía, denunciaron el robo de un auto que se dirigió hacia la administración de la empresa de transportes La Plata. Pertrechados con armas cortas y largas, bajaron los hermanos Romero, Rodríguez y Carlos María Centurión. El botín fue de 2.500.000 pesos argentinos. En pocos minutos llegaron a la compañía de transportes Almafuerte en Isidro Casanova, pero la policía estaba avisada. El tiroteo duró 40 minutos y el barrio se estremeció. A los hermanos Romero las balas policiales los alcanzaron al igual que a Rodríguez y Centurión.</p>
<p>Bonet, su primer entrenador, también recrea sus ideas: “Cuando se fue a Buenos Aires, medio que no me gustó: estuvo durante cuatro o cinco años en Pergamino boxeando y nunca tocó ni un dedo. Estaba en su mejor momento de la carrera deportiva porque venía de pelear con Obelmejías, iba a estar metido en el ranking del mundo, era un tipo que iba a gustar en Estados Unidos, no tenía ningún sentido que fuera a robar. Estoy seguro de que fue por acompañar a sus amigos, no me cabe ni la menor duda”.</p>
<p>Romero había declarado a la prensa que su vida era otra y si llegaba a hacer una “macana, prefiero la boleta antes que volver”. Su principal objetivo era que sus hijos estudiaran y alejarlos de los golpes como salida para abrirse camino. Todos coinciden en que lo que más disfrutaba era estar en familia y contarles a los mellizos historias sobre sus tatuajes. César Romero había nacido el 25 de enero de 1955 en Merlo, provincia de Buenos Aires. Cuando la policía lo mató sólo tenía 29 años.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/el-dia-de-la-bestia-requiem-para-cesar-romero/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Ganó Mayweather: otra más, y van…</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 04 May 2015 03:01:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónica]]></category>
		<category><![CDATA[boxeo]]></category>
		<category><![CDATA[cronica]]></category>
		<category><![CDATA[deportes]]></category>
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		<category><![CDATA[Mayweather]]></category>
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					<description><![CDATA[Una crónica sobre la pelea donde danzaron los millones]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Diego Piedrabuena</strong></p>
<p><em>Como se preveía, bajo el mar de purpurina verde dólar con puesta en escena y show, Mayweather se impuso sobre Pacquiao por puntos. ¿El boxeo? Bien, pero en otro lado.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No era algo secreto, oscuro. A diferencia de la vida, donde como bien dice el pensador porteño Cristian Gabriel Álvarez Congui “nunca llego donde quiero llegar&#8230;”, si se siguen los escritos de la prensa especializada, estaba claro que el que llevaba las de ganar en un pelea entre Floyd Mayweather y Manny Pacquiao era el norteamericano, con una pelea larga, con tono monocorde. Y no por una leve ventaja: su superioridad era clara. Distinto hubiera sido si esta pelea sucedía hace más de tres años atrás, pero hoy su sentido no es el deportivo: es la culminación de la carrera erigida y pulida del norteamericano, donde cuidó dónde y cuándo escoger a sus rivales, los pesos –en este caso, welter–, y no pactar nunca combates complicados, como pudo ser enfrentar al filipino anteriormente, o a Maravilla Martínez en su <em>prime time</em>.</p>
<p>Frente a él, Manny Pacquiao, con un estilo de peleador depurado técnicamente, que disimulaba su baja estatura con una velocidad envidiable, tanto en desplazamientos como en combinaciones. A diferencia del norteamericano, en el que la merma de su rendimiento hace que luzca menos que hace unos años pero gane sin discusiones, en el filipino se aprecia una significativa baja, a juzgar por sus últimas peleas.</p>
<p>Con este panorama, se anunció el combate en febrero, extemporáneo, potencialmente interesante, pero que no fue la bomba deportiva que se recreó para el show. Salvo para una pequeña fracción de analistas, la gran mayoría planteaba un combate en que la lógica decía que Mayweather se impondría por puntos, con su defensa extraordinaria como bastión, con el asiático dando ventaja en altura, intentando atacar en la corta con sus combinaciones y su velocidad. Y esto fue lo que sucedió ayer. Salvo pasajes fugaces, y especialmente en el 4to round, el norteamericano nunca se vio sentido.</p>
<p>El boxeo es el arte de no dejarse pegar, y de poder hacerlo a la vez. El <em>yankee</em> cumple a rajatabla, como pocos, lo primero. Y se olvida bastante, tanto que parece que cachetea y no golpea, de lo segundo. Y aquí, quizás, reside la mayor crítica que se le puede formular. Por más que perdiera algún asalto, siempre llevó el control del combate. Y, sin una ventaja abrumadora, se impuso categóricamente (en nuestra tarjeta, 115-113) de forma gris. ¿Fue malo el combate? No. ¿Fue bueno? Tampoco.</p>
<p>Hasta aquí lo deportivo. Que fue acotado, opuesto a un deporte que se destaca por la contingencia, por tratar de anticipar y contener, de manera racional, las infinitas variables que pueden darse. Tan acotado, que queda aplastado frente a las cifras: más que le pelea del siglo, como se tituló para venderla, fue la pelea de los números. Mayweather cobró 120 millones de dólares y Pacquiao, 80 millones. Sumado a un 50% por ciento más por el <em>pay per view</em> (&#8220;pago por ver&#8221;) para ambos, que superó las 3 millones de ventas a 100 dólares cada una. Casi 6 milllones por la publicidad de cerveza en el ring, más de 4 millones para el filipino por la publicidad en sus pantalones. Y así. Millones.</p>
<p>Vi la pelea en una sociedad de fomento. Con un billar de fondo cuyo ruido de bolas y tacos nos daba un colchón sonoro sublime. Con vasos rellenos de soda en sifones y vino. Con tabaco. Con un sesentón genial que me hablaba de sus peleas de juventud, de por qué el boxeo es el deporte por excelencia, extremo, que nos obliga a actuar con otros, que nos recuerda que ni en la lucha más individual estamos solos y que nunca sabemos qué puede suceder. Luego, al terminar, un flaco que me observó llevar la tarjeta se me acercó, me contó que pelea, y surgió el diálogo cómplice de los que nos hemos puesto guantes, un bucal –aunque sea en un gimnasio de barrio–, las experiencias similares: el entrenar, el hacer por el solo hecho de hacerlo.</p>
<p>Miro a Mayweather en la tele, su cinturón verde del CMB, pienso en los millones. En Pacquiao. Las tácticas y las estrategias. En las charlas que sostuve recién. En el bar. En los borrachos sempiternos atornillados a la mesa. En los que siguen entrenando por el solo hecho de hacerlo, porque entrenando con otros se hace uno. Quizás, como canta el Pity, “todo sigue igual de bien…”.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/gano-mayweather-otra-mas-y-van/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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