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	<title>Avellaneda &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
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	<title>Avellaneda &#8211; Marcha</title>
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		<title>Multitud de abrazos: recuerdos del último clásico de Avellaneda</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 27 Apr 2020 10:15:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónica]]></category>
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					<description><![CDATA[En momentos de aislamiento, las multitudes son más que un recuerdo, son una necesidad. Aquí un repaso del último Clásico de Avellaneda, el mejor de la historia. Por Agustín Bontempo / Foto Nacho Yuchark Ser hincha de Racing es un privilegio cuando uno se sienta a escribir sobre multitudes. Y no hablo de la chicana [...]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><em>En momentos de aislamiento, las multitudes son más que un recuerdo, son una necesidad. Aquí un repaso del último Clásico de Avellaneda, el mejor de la historia.</em></p>



<p><strong>Por Agustín Bontempo</strong> / <strong>Foto Nacho Yuchark</strong></p>



<p>Ser hincha de Racing es un privilegio cuando uno se sienta a escribir sobre multitudes. Y no hablo de la chicana irracional de más gente o “más aguante”, sino de una constatación empírica de un club que fue el primer campeón del mundo, pero también el de la sequía de 35 años sin títulos locales. Años en los que se forjó la cultura de la pasión por sobre la razón. “Esta campaña volveremos a estar contigo”. En las buenas, “y en las malas mucho más”. Canciones de cabecera para las y los hinchas sedientos de títulos pero llenos de amor inclaudicable.</p>



<p>Siempre recuerdo cuando la sucesión de delincuentes al frente del club lo quebraron y lo pusieron al borde de su desaparición. Recuerdo una canción de los rivales: “la hinchada de Racing no tiene carnet, tiene recibo de sueldo cuando llega fin de mes”. Cómo me enojaba. Y, posteriormente, la razón en alianza con la pasión nos devolvía el orgullo. Racing no quebró ni fue gerenciado por decisión de las y los hinchas. Pero, ¿saben qué sí fue una decisión de la hinchada? Ocupar la sede social para evitar el remate. Llenar la cancha cuando estaba prohibido jugar, porque “Racing dejó de existir”. Y pusimos en pie al club y en 2001, con Merlo, otra vez campeón.</p>



<p>Pero esto mejora. Balnquiceleste S.A, que dirigía el procesado De Tomasso y el macrista Fernando Marín, llevaron nuevamente a la quiebra al club. Eso no lo hizo el hincha. ¿Saben qué sí hizo? Movilizar a miles todas las semanas, impulsar medidas en la puerta de la AFA, tribunales y el Congreso.</p>



<p>¿Vieron cuando se canta “si la nuestra es un hinchada diferente”? La gente de Racing enfrentó los embates del menemismo liberal y el sistema de privatización macrista en sus expresiones futboleras. Y esa gente apasionada, nosotros y nosotras, vencimos todas esas peleas y hoy tenemos el club que ya saben: el que gana campeonatos, juega todas las copas y al que no le pesa la historia de los clásicos porque los gana hasta con 9.</p>



<p><strong>El mejor clásico de todos los tiempos</strong></p>



<p>Una mala pasada personal fue el privilegio que tuve para formar parte de un selecto grupo que vivió el clásico con un plus y, para explicar esto, debo remontarme al 12 de diciembre de 2019. Ahí empezó mi Clásico de Avellaneda.</p>



<p>Me sitúo en esa fecha porque aquel jueves de casi verano pero en una noche muy fresca, &nbsp;disputaba, junto a mi equipo de amigos, la semifinal de un torneo de fútbol amateur. Estaba muy entusiasmado con llegar a esa instancia y jugábamos contra el último campeón, con quienes perdimos en la fase regular pero en el que había jugado uno de mis mejores partidos (en un torneo donde jugué mal la mayoría de ellos).</p>



<p>Íbamos ganando y cómodamente. Yo, volviendo a mi rutina de jugar muy mal. Y de repente, podía reivindicarme: recibo la pelota, gambeteo al último hombre, llego mano a mano con el arquero y ni bien punteo la pelota, recibo un empujón del defensor que me seguía y choco fuerte con el guardameta. Lo bueno, la pelota ingresó al arco en un gol épicamente palermiano. Lo malo, fractura expuesta de tibia y peroné. Sí, me salió el hueso afuera de la piel y el tobillo y el pie pedían independencia del resto de la pierna.</p>



<p>Viernes 13 de diciembre me operaron y salió muy bien. Sábado 14 de diciembre, en la noche solitaria de la internación, vi a Racing Campeón de la Superfinal del “Trofeo de Campeones”.</p>



<p>Este tipo de golpes demanda de recuperaciones largas, pacientes, sinuosas. Y en eso aún estoy. Aunque desde ya, no me voy a detener en detalles.</p>



<p>Y en ese contexto llegó el 9 de febrero de 2020. Clásico de Avellaneda. En los días previos estuve interactuando mucho con mis amigos y amigas de cancha sobre qué hacer. Cuando el campeonato se había reanimado unas semanas antes, me puse esa fecha como objetivo. Pero, de verdad, estaba asustado. Asustado porque días antes había superado una inoportuna infección en la pierna lesionada y porque hacía una semana había dejado las muletas definitivamente.</p>



<p>Amanecí con muchas ganas de ir, pero con el mismo nivel de dudas. Y, no les miento, me decidí tres o cuatro horas antes del partido. Mi entorno afirmaba que si no iba, me arrepentiría, y que ellos y ellas me cuidarían. Que harían un círculo para que yo estuviera en el medio. Así que juntamos coraje y después de dos meses de reposo y en el último tiempo de salir solo para trabajar y alguna que otra reunión o actividad, volvía a las multitudes, a la mejor de ellas.</p>



<p>Y ahí, lo de siempre: previa en las inmediaciones de la cancha, charlas, entusiasmo. Entramos al cilindro. Fuimos a nuestro lugar habitual dentro de la popular. Amigos y amigas, mis escudos por las dudas. Miré hacia mi costado y un muchacho tenía una muleta. Ahí lamenté no haber traído las mías, también por las dudas.</p>



<p>Empezó el partido. Racing jugaba mejor, atacando, complicando. Crecía la confianza. Cualquier hincha lo entiende: empieza un clásico y estructuramos nuestra convicción sobre la base del contagio desde el césped. Y venía todo bien, pero pasaron cosas. Cosas que auguraban una noche para el olvido y que, sin embargo, estructuraron la jornada más épica y soñada.</p>



<p>Cerca del final del primer tiempo el &nbsp;buen arquero de Racing, Arias, fue expulsado por una mano afuera del área y se aplicó el último recurso. Tuvo que salir un jugador para que entrara, en su lugar, el ícono de la noche: Javier García y sus joggins. Todo continuó igual y el primer tiempo terminó con la convicción de que se podía ganar.</p>



<p>Arrancó el segundo tiempo. Iban 50 segundos nomás cuando fue expulsado Sigali, el mejor marcador central del fútbol argentino para este cronista. Racing se quedaba con 9, en un clásico, de local. Se venía negativa la cosa. Y el partido tomó otra dinámica, donde en la tribuna empezamos a jugar el rol clave, como hacíamos cuando teníamos que derrotar al neoliberalismo y las privatizadas que querían entrar a nuestro club. Cantamos, cantamos y cantamos. Adentro de la cancha, García y sus joggins tapaban más que cualquier arquero en cualquier momento de la historia de cualquier club. Atajaba todo. La defensa se ordenaba, el Chelo Díaz comía banana y ordenaba el medio. Licha aguantaba y, cuando salió, lo hizo Cvitanich.</p>



<p>Y nosotros y nosotras alentábamos más fuerte. Logramos que los jugadores de nuestros hermanos del rojo erren mucho: pases afuera de la cancha, tiros desviados. También hacíamos que los nuestros corrieran más y sean más precisos que los de ellos.</p>



<p>Y sobre el final llegó el momento esperado. Promediando el segundo tiempo, un amigo nos dijo al grupo: “tranqui che, vamos a tener una”. 41 minutos, y ya parecía no haber oportunidades. Y fue Cvitanich a pelearse con los centrales de Independiente. Perdió y la pelota le quedó a Montoya que le pegó al montón y, gracias a un rebote y una pequeña mano sin intención, sirvió de frente nuevamente a Cvita que dio un pase atrás a Lolo Miranda (un ex rojo que allá conoció el infierno y acá el cielo), quien abrió las piernas para que el balón llegara a los pies del Chelo Díaz que, con una claridad propia de su jerarquía, definió tranquilamente con un pase a la red. Gol.</p>



<p>La tribuna fue una locura. Mis amigos y amigas medio que se olvidaron de mí y mi pierna quebrada, pero me salvó la multitud. Un desconocido de cuerpo robusto me miró, me abrazó y me levantó, y así me tuvo unos 10 segundos. Sí, un montón. Lagrimeamos un poco. De felicidad, y yo también porque me acordé de mi viejo, que falleció en 2013. Y recordé, también, el día glorioso que viví con él en 2008 cuando superamos la promoción. Él no vivió el descenso del Rojo ni estos años de buenos tiempos. Aunque sí estuvo en el mejor Racing de todos los tiempos y se hizo presente en la última batalla de la tempestad académica, victoria que abrió las grandes alamedas de hoy. Cada vez que pasa algo así como los campeonatos, la eliminación en la pre-libertadores a Independiente, el 3 a 1 que no fue lateral o este, el más épico de todos. No puedo obviar su recuerdo ni extrañar sus abrazos. &nbsp;Y entonces el hombre me bajó y mis amistades se percataron, por lo que me sumé a ese abrazo colectivo.</p>



<p>Cantamos los minutos que quedaban mientras Independiente empezaba a recibir expulsiones producto de su propia locura. Y de este lado, desbordaba la alegría. Terminó el partido y seguimos cantando. Nos fuimos de la cancha y seguimos cantando. Llegamos a nuestras casas y seguimos cantando. Y todo el mundo me repetía: “menos mal que fuiste, porque te ibas a arrepentir”. Y sí, fui, y la alegría fue infinita. Y me sentí parte de esos cantos y esa hinchada que, una vez más, no se dio por vencida. Porque, en definitiva, si la luchamos en los 90 y los 2000, una quebradura no podía ser una limitación para ir a ganar el Clásico de todos los tiempos.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/multitud-de-abrazos-recuerdos-del-ultimo-clasico-de-avellaneda/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Avellaneda: Maradona, Darío y Maxi, y el primer campeonato de mi hija</title>
		<link>https://marcha.org.ar/avellaneda-maradona-dario-y-maxi-y-el-primer-campeonato-de-mi-hija/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 14 Apr 2020 03:10:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónica]]></category>
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					<description><![CDATA[Una crónica de los recorridos por Avellaneda. Estación, cancha de Independiente y recuerdos que aparecen en medio de la cuarentena. Y como siempre, la excusa del fútbol para hablar de los temas importantes de la vida. Por Nadia Fink  1993. El 10 de octubre de 1993 tomé por primera vez el Roca para ir hasta [...]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong><em>Una crónica de los recorridos por Avellaneda. Estación, cancha de Independiente y recuerdos que aparecen en medio de la cuarentena. Y como siempre, la excusa del fútbol para hablar de los temas importantes de la vida.</em></strong></p>



<p><strong>Por Nadia Fink</strong> </p>



<p><strong>1993.</strong> El 10 de octubre de 1993 tomé por primera vez el Roca para ir hasta Avellaneda. Tenía 16 años y la ilusión de ver el debut oficial de Diego Armando Maradona con la camiseta de Newell’s. El Diego volvía al fútbol argentino después de casi 9 años y con el repechaje para el Mundial 1994 por delante. Era la quinta fecha del Apertura 1993 y una tarde de sol que prometía. En ese entonces contaba con una sola camiseta, que me habían regalado mi vieja y mi viejo cuando cumplí los 15. Eran caras y no era tan común vestirse así para andar por la calle. Y estaban los cuidados: ostentar camiseta de cuadro ajeno era una “provocación”. Así que me calcé la camiseta (la que nos dio tantas alegrías con el Loco Bielsa como DT) y una remera negra arriba, y me fui.</p>



<p>La estación era aún “Avellaneda” y las cuadras que la separaban de la cancha eran varias. Todavía había una amistad que parecía inquebrantable con las y los hinchas de Independiente, así que todo parecía ser una fiesta. El partido fue malísimo para la lepra, perdimos 3 a 1 y entendimos que el Diablo, como tantos años después, era especialista en intentar aguarnos la fiesta. Pero no nos importó. Ya en la tribuna, con amigos rosarinos, cantamos hasta quedarnos sin voz. Sentíamos que Dios jugaba para nuestro equipo y entonamos mil veces una canción que no volvimos a cantar con el paso del tiempo: “Yo te daré, te daré, niña hermosa, te daré una cosa, una cosa que empieza con ‘D’, Diegó” (así, con acento en la “o”).</p>



<p>El partido tuvo a Independiente dominando desde el arranque. Y no cambió nada durante todo el encuentro. La Lepra venía de una pretemporada floja y de un inicio de campeonato poco prometedor. Lo sabemos, Dios no hace milagros colectivos. Y así fue. Pero no nos importó. Cantamos todo el partido y vimos algunos destellos maradonianos, como cuando eludió a Cagna y a Rotchen para asistir a Morales Santos en el único gol leproso a los 37 minutos del segundo tiempo. Y la foto indeleble: una rabona en el área, que no fue gol porque el arquero Islas mandó la pelota al córner. Esos son los recuerdos de aquella tarde. Y las lágrimas. Y nuestra felicidad.</p>



<p>A la vuelta sumé un par de nuevos amigos que se volvían a Capital, y una cerveza con un mendocino que insistió en que prolongáramos alegría y festejos.</p>



<p><strong>2004. </strong>Era 12 de diciembre. Lara había cumplido diez años cuatro días antes y nos subíamos al tren para ir a la (todavía) estación Avellaneda. No era la primera vez que Lara iba a la cancha, pero sí podía verlo campeón al equipo del que era desde el nacimiento. El apertura 2004 podía ser de Newell´s.</p>



<p>Era difícil conseguir entradas y se preveía una caravana increíble de hinchas desde Rosario. Un amigo de allá traía las entradas. Nadie tenía teléfono móvil (al menos, ningunx de nosotrxs), así que ya no recuerdo cómo pudimos encontrarnos con tres directivas que habíamos coordinado unos días antes por teléfono fijo y el mar de gente que eran las inmediaciones del estadio. Pero eso fue un rato después.</p>



<p><strong>2002. </strong>El 26 de junio de 2002 atravesó la realidad como un rayo. O al menos la de las personas que sufríamos las injusticias, militáramos o no. Darío Santillán y Maximiliano Kosteki eran fusilados por policías en la estación Avellaneda y, a pesar de que intentaron mostrarlo como un “se mataron entre ellos” (según las palabras de Aníbal Fernández, entonces secretario de la presidencia), las fotos de Pepe Mateos o el Ruso Sergio Kowalewski contaron la verdad. También generaron un sacudón a los medios hegemónicos, que intentaron ocultar los hechos y soslayar las responsabilidades de los entonces Presidente y Gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde y Felipe Solá. Darío y Maxi fueron muertos de todas y de todos. Esos pibes nos marcaron. Porque se coordinó una cacería con fuerzas de seguridad nacional y provincial, porque se atacó directamente a gente que reclamaba comida y vivir con dignidad (eran apenas unos meses después de diciembre de 2001, y los sectores más postergados la estaban pasando fiero), porque se atacó a los jóvenes, blanco fácil, blanco buscado, de oficiales y gendarmes, y porque se fusiló por la espalda a quien se agachó para asistir a un compañero. Nos quisieron, también, matar los sueños de un mundo mejor y más solidario.</p>



<p>La memoria insiste y esa estación hoy se llama “Darío y Maxi”, y los autores materiales están presos. Y volvimos a esa estación cada 26 de junio a recordarlos vivos y a pedir, todavía, que se juzgue a los autores intelectuales, a los políticos que dieron la orden de disparar.  Pero eso fue un poco después, porque aún se llamaba estación “Avellaneda”.</p>



<p><strong>Otra vez 2004. </strong>Le pregunté a Lara sobre los recuerdos que le quedaron de ese día. “Tengo algunos”, me cuenta. “En principio, que sólo iba a ver a Newell’s campeón, pero me tocó unas cuadras reponerme de la sensación y de lo que me contaste en la estación Avellaneda”. Ese día mi hija salió campeona, pero, también, conoció la injusticia con su mirada más fuerte. Había pintadas, flores, intervenciones, placas con los nombres de los pibes en los lugares en los que habían sido asesinados. Y charlamos sobre eso. Tal vez era la primera vez que oía sobre asesinatos por fuera de una peli, o al menos que estuviera tan a la vista el abuso por parte de las fuerzas policiales. A ella también la atravesó esa historia, y los nombres y las vidas de Darío y Maxi. También volvió tantas veces conmigo o con otra gente, y también viajó a otros lados donde la injusticia se hacía bala contra los más pibes, los más pobres.</p>



<p>“Me acuerdo de que era la primera vez que veía tanta gente con la camiseta de Newell´s. Miles de personas en las calles, cantando. Lo recuerdo como un mar de gente y que entramos por una especie de túnel”. Ese mar de gente eran 40.000 hinchas que no paraban de moverse. Elegimos el codo de la tribuna, donde se veía medio chanfleado pero había menos amontonamiento y se podía estar bien.</p>



<p>No parecía haber tribuna local porque todo era una marea rojinegra por donde se mirara. Una vez más, el rojo casi nos amarga la fiesta; en cierta medida, otro full del infierno. Un Newell’s con jugadores como Justo Villar, Fernando Belluschi, Guillermo Marino, “El Burrito” Ortega y un Nacho Sccoco que venía pidiendo pista no pudo dar vuelta el resultado.  Pero a pesar de la derrota por dos a cero había que esperar el final del partido que jugaba Vélez.</p>



<p>“¿Puede ser que recuerdo a un viejo con una radiecita atrás nuestra? Tengo la imagen de que todas y todos decían ‘shhhh’ porque él nos avisaba cómo iba Vélez”. Así era. Vélez Sarsfield estaba  segundo a tres puntos, jugaba contra Arsenal y la derrota propia nos dejaba en manos de resultados ajenos. Nuestra tristeza o nuestra felicidad dependían de esa radiecito, de que esas dos pilas chiquitas fueran medio nuevas, de que el “vejo” (que no lo debe haber sido tanto, pero eran ojos de niña de 10 años) escuchara bien para así poder avisarnos enseguida. Se nos jugaba el festejo o la derrota en esos segundos.</p>



<p>“¡Terminó! ¡Empató Vélez!”, gritó “el viejo” con todos sus pulmones y las lágrimas salieron solas. Las lágrimas, los gritos, nuestro abrazo. Abrazadas, y sin importar lo que pasaba en la cancha ya, lloramos y nos reímos. Todavía hoy nos dura ese abrazo, el del primer campeonato de ella. (Cuando escuchamos esa canción que dice “Soy leproso de pendejo… lo que me enseñó mi viejo…”, nos preguntamos cuándo cantaremos canciones donde estas historias tengan lugar).</p>



<p>La mayoría de los ecos de Avellaneda resuenan en nuestras vidas hasta hoy. Mi hija sigue pensando que Diego es el mejor jugador del mundo aunque no lo haya visto jugar; Darío y Maxi siguen siendo esos pibes a los que vamos a homenajear cada junio, con antorchas, con música y con el abrazo a la familia. A la cancha vamos, claro, ahora a Rosario porque Lara me invitó a sumarme a esas combis que son fraternidad, alegría y cantos. Campeonato también festejamos algunos años después, cuando ella era más grande y ya pudimos tomar una cerveza para prolongar, esta vez madre e hija, alegría y festejos.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/avellaneda-maradona-dario-y-maxi-y-el-primer-campeonato-de-mi-hija/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
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		<title>Una esquina reivindica una vida de militancia</title>
		<link>https://marcha.org.ar/una-esquina-reivindica-una-vida-de-militancia/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 17 Aug 2016 03:02:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Adriana Pascielli]]></category>
		<category><![CDATA[Avellaneda]]></category>
		<category><![CDATA[Derechos Humanos]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
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					<description><![CDATA[El 12 de agosto se inauguró la esquina Juan Carlos Anzorena, en la intersección de las calles Pavón y Galicia en Avellaneda]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Adriana Pascielli*</strong></p>
<p><em>El pasado 12 de agosto 2016, con la presencia de compañeros y compañeras de Juan Carlos Anzorena, se inauguró la esquina que lleva su nombre, en la intersección de las calles Pavón y Galicia en el barrio de Avellaneda.</em></p>
<p>En estos tiempos de nuevos intentos de consagrar la impunidad a los represores, a los juicios y condenas a los genocidas y sus cómplices, planificadores y ejecutores del terrorismo de Estado en Argentina durante la última dictadura militar, que una ordenanza de la Municipalidad de Avellaneda establezca una esquina como parte de la reconstrucción de la memoria histórica en esa ciudad, ejerce un acto de justicia. En primer lugar para los militantes revolucionarios y revolucionarias que fueron víctimas de la represión, pero también para sus familiares y el conjunto del pueblo que recoge sus banderas y sigue luchando por un país sin explotadores ni explotados.</p>
<p><img class="aligncenter wp-image-30587 size-medium" src="http://www.marcha.org.ar/wp-content/uploads/2016/08/ANZORENA-1-630x354.jpg" alt="ANZORENA 1" width="630" height="354" srcset="https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2016/08/ANZORENA-1-630x354.jpg 630w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2016/08/ANZORENA-1-810x456.jpg 810w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2016/08/ANZORENA-1.jpg 960w" sizes="(max-width: 630px) 100vw, 630px" /></p>
<p><strong>Una vida de militancia y compromiso con el pueblo</strong></p>
<p>Juan Carlos Anzorena fue secuestrado por un grupo de Tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el 12 de agosto de 1979 en el Bar Galicia –ubicado en la intersección de la calle del mismo nombre y Pavón (hoy Hipólito Yrigoyen) de Avellaneda–. En la ESMA permaneció como detenido-desaparecido, incluyendo un período en la Isla El silencio, en Tigre, hasta marzo de 1980 cuando fue trasladado en un “Vuelo de la Muerte” junto a otros y otras, y definitivamente desaparecidos.</p>
<p>La vida y la historia de Juan Carlos Anzorena, su compromiso militante con la lucha por la emancipación de los y las trabajadores y el pueblo no es diferente a la de tantos otros y otras jóvenes como él. Nacido el 29 de enero de 1951 en Lomas de Zamora, hijo de un padre pediatra y una madre con convicciones cristianas, se sumó a un grupo promovido por la Iglesia de La Piedad de Temperley para realizar trabajos sociales en barrios obreros de Lanús y entre los años 1968 y 1970 se suma a los “Campamentos de Trabajo” conviviendo con pequeños productores del tabaco y del algodón en Chaco y Corrientes con apoyo de Monseñor Devoto, integrante del Movimiento de Curas del tercer Mundo. Compartió la vida cotidiana de los campesinos que por entonces se organizaban en las Ligas Agrarias, luchando contra las condiciones de vida y trabajo que imponían los terratenientes y los monopolios. Los años del <em>Cordobazo</em> y de la Declaración del 1ro de mayo de 1968 de la CGT de los Argentinos, redobló su decisión militante incorporándose a las Fuerzas Armadas Peronistas. Por esto abandona sus estudios de Sociología e integra el Bloque Sur de la CGT de los Argentinos como miembro de la columna sindical de las FAP que apoyaba diferentes conflictos fabriles de la zona desde su trinchera de Dirección de esta organización.</p>
<p><img loading="lazy" class="aligncenter wp-image-30590 size-large" src="http://www.marcha.org.ar/wp-content/uploads/2016/08/20160812_181841-1024x768.jpg" alt="20160812_181841" width="680" height="510" srcset="https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2016/08/20160812_181841-1024x768.jpg 1024w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2016/08/20160812_181841-547x410.jpg 547w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2016/08/20160812_181841-810x607.jpg 810w" sizes="(max-width: 680px) 100vw, 680px" /></p>
<p>En 1971 se casa con Susana, su compañera de vida y militancia con quien tuvo dos hijos: Juan nacido en 1976 y Carlos a quien no pudo conocer porque nació en 1980 durante su cautiverio en la ESMA. Es durante el año 1975 que ingresa como operario en la fábrica Nestlé y ya durante la dictadura continua en ese lugar, resistiendo a los recortes de derechos que la patronal imponía al conjunto de los trabajadores y trabajadoras. Nunca abandonó su lugar de trabajo, su militancia, ni la sistematización teórica y crítica de las prácticas de las FAP y del Peronismo de Base (PB) –promoviendo el necesario reagrupamiento para organizar la resistencia a la dictadura–. Su concepción política y revolucionaria concebía al movimiento obrero como motor del proceso revolucionario, y se abocó a la construcción de una alternativa independiente de los trabajadores y el pueblo. El domingo 12 de agosto de 1979 cuando lo secuestró la patota de la ESMA, Juan Carlos Anzorena no estaba de paseo en el bar Galicia de Avellaneda, sino en un <em>“cita” </em>donde debía encontrarse con otros compañeros de militancia.</p>
<p>Desde agosto de 1979 fueron secuestrados y permanecen detenidos desaparecidos por el Grupo de Tareas de la ESMA y como integrantes de las FAP-PB: Josefina Villaflor (La Negrita), José Luis Hazan (Pepe), María Elsa Garreiro Martínez (la Petisa Luisa), Raimundo Aníbal Villaflor (El negro), Enrique Néstor Ardeti (el gordo), Nora Wolfson (Mariana), Ida Adad (tía Irene), Juan Carlos Anzorena (Pepe), Rubén Amadeo Palazzesi (Pocho).</p>
<p><img loading="lazy" class="aligncenter wp-image-30588 size-medium" src="http://www.marcha.org.ar/wp-content/uploads/2016/08/ANZORENA-2-630x354.jpg" alt="ANZORENA 2" width="630" height="354" srcset="https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2016/08/ANZORENA-2-630x354.jpg 630w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2016/08/ANZORENA-2-810x456.jpg 810w, https://marcha.org.ar/wp-content/uploads/2016/08/ANZORENA-2.jpg 960w" sizes="(max-width: 630px) 100vw, 630px" /></p>
<p><strong>El homenaje</strong></p>
<p>Este 12 de agosto de 2016 compañeros y compañeras de Juan se amucharon en la intersección de las calles Pavón y Galicia, en el barrio de Avellaneda del conurbano sur. Algunos del PB-FAP y otros de cautiverio, pero también muchos y muchas compañeros y compañeros que “reivindicamos su lucha, exigimos justicia y tomamos sus banderas”. Entre tantos otros y otras, dijeron presente Carlos “El Sueco” Lordkipandise y Osvaldo Barros de la Asociación de ex detenidos-desparecidos, Susana Ancarola (compañera de Anzorena) y Juan, su hijo. Frente a los tiempos de impunidades, se sigue gritando: “NO OLVIDAMOS, NO PERDONAMOS, NO NOS RECONCILIAMOS”. El reclamo de apertura de todos los archivos de las diferentes fuerzas armadas y represivas, así como de la iglesia, sigue siendo una de las tantas deudas de los tiempos de gobiernos constitucionales.</p>
<p>En la cita del viernes se notó la ausencia de Cachito Fukman que hace unos días partió para otros mundos donde seguro está planeando nuevas y viejas luchas con Anzorena y los 30001. Ese 1 es Julio López, el doblemente desaparecido.</p>
<p>*Militante del Frente Popular Darío Santillán</p>

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