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	<title>Ascenso &#8211; Marcha</title>
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	<description>Periodismo popular, feminista y sin fronteras</description>
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	<title>Ascenso &#8211; Marcha</title>
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		<title>Los Andes: Un kiosco de diarios, un partido y una ilusión</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 16 Apr 2018 12:52:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Pinceladas]]></category>
		<category><![CDATA[#ElPartidoDeMiVida]]></category>
		<category><![CDATA[Andrés Álvarez]]></category>
		<category><![CDATA[Ascenso]]></category>
		<category><![CDATA[Campeonato 99/00]]></category>
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					<description><![CDATA[#ElPartidoDeMiVida]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Andrés Álvarez</strong></p>
<p><em>En 2000, Los Andes, el milrayitas, se jugaba mucho más que un campeonato: se jugaba el ascenso y la posibilidad de jugar en Primera después de 29 años. Este es relato de un hincha, y del sueño que lo trajo hasta aquí.</em></p>
<p>Una buena historia de un club de fútbol podría ser: “Un club del ascenso, del conurbano tiene que jugar un campeonato excelente para no descender. Contra toda expectativa al final lo logra, pero no solo eso, sino que termina ascendiendo a primera división después de 29 años”. Esta historia la conozco, porque la viví.</p>
<p>Los Andes arrancaba muy presionado el campeonato 1999/2000 de la Primera B Nacional, estaba 5to dando vuelta la tabla y rozaba el descenso. Del plantel de la temporada anterior quedaban muy pocos jugadores, también se iba el técnico y los que llegaban eran jugadores que no habían podido explotar en sus equipos. Lo único que nos tranquilizaba, o por lo menos un poco, era que el nuevo técnico pasaba a ser el ex jugador, hincha, vecino y ya prócer del club, el “Gordo” Jorge Ginarte. La premisa era sumar la mayor cantidad de puntos para no bajar de categoría, una consigna sin muchas pretensiones en lo futbolístico. Había que sumar y Los Andes sumó; tanto que nos ilusionamos, en vez de zafar del descenso, con el campeonato.</p>
<p>El trago amargo fue sin dudas el 3-3 con Quilmes en la cancha del cervecero. Los Andes ganaba 3-0 y estábamos confiados en que pasábamos a jugar la final por el ascenso directo contra Huracán, cuando nos empató Quilmes sobre la hora con gol de Quiñonez. Ellos fueron a jugar la final y nosotros, al repechaje. En el repechaje dejamos afuera a San Martín de Mendoza en cuartos, a Banfield en semis y la final era de nuevo con Quilmes que venía de perder con Huracán. El partido de ida fue en el Gallardón, la cancha era un chiquero por las lluvias de toda esa semana, pero igual ganamos bien 2-0. Ahora, otra vez, se definía todo en Quilmes.</p>
<p>Esa semana se hizo interminable, los días parecían de 48 horas y era todo Los Andes. Buscaba lugar en algún auto para ir a la cancha, cortaba la guía de teléfonos para llevar papelitos y leía la revista <em>Ascenso 2000</em>, que solamente la vendía el kiosco del gallego que está en la estación. En ese trayecto de 15 cuadras las paredes metían presión con un “VolverA” pintado por todo Lomas. Lemma, el arquero de Quilmes, decía en esa semana: “Si no le podemos hacer 2 goles a Los Andes en la cancha nuestra no estamos capacitados para estar en primera”.</p>
<p>El partido de ida fue un sábado y el de vuelta un domingo, “para ir acostumbrándonos”, pensaba.</p>
<p><strong>El partido en cuestión</strong></p>
<p>Por lo general si jugábamos de visitante iba con mi viejo o iba en el auto de Alejandrito. Mi viejo ese día no fue, no recuerdo por qué. En el auto de Ale también iban el primo, la madre y el novio de la madre. Arrancamos temprano porque sabíamos que iba a estar lleno, y en el camino nos encontramos con la caravana que salía de Lomas. Eran cuadras y cuadras rojiblancas, la gente viajaba en autos, colgados de los micros y hasta arriba del techo en camiones. Ese día hacía frío así que me había puesto remera, buzo, campera y, arriba de todo eso, la milrayitas.</p>
<p>Llegamos como una hora antes de que empezara el partido y ya había gente en las tribunas. Pasamos el cacheo de la cana, que nos tiró la mitad de los papeles mientras los revisaba, y entramos. Fuimos arriba porque en la tribuna de abajo no se ve nada. Me acomodé en el mejor lugar, contra la baranda casi atrás del arco. No paraba de entrar gente, nadie quería perderse este partido histórico. Recuerdo que en un momento miré para abajo y estaba mi vecino. No sabía que era hincha de Los Andes, nunca lo había visto en la cancha, ni siquiera sabía que le gustaba el fútbol… pero ahí estaba, contra el córner sufriendo igual que cualquiera.</p>
<p>Pasaban los minutos y ya no podía disimular los nervios, las tribunas estaban llenas y con todas las banderas colgadas, los cantos, el duelo de hinchadas. De repente, salió Los Andes a la cancha, y se largó la lluvia de papelitos (que por varios minutos más que lluvia era una cascada que no me dejaba ver nada) y el “No me importa lo que digan, lo que digan los demás…” que nos salía desde el alma. Así empecé el partido: con los nervios de una final, pero lleno de confianza. Algo me decía que la tarde era nuestra.</p>
<p>Quilmes salió apurado a buscar el resultado. Tenía buen equipo: por un lado estaban los rústicos, Baigorria, Ceferino Díaz y Braña, y por otro los habilidosos, el “máquina” Giampietri y el “chori” Dominguez. A los 17 minutos el “pirata” Czornomaz metió de penal el 1-0 para Quilmes. Y lo puteé, lo re puteé, lo puteé de arriba a abajo y no me importaron todos los goles que había hecho en Los Andes en el 98, ni que hubiera salido goleador del campeonato cuando usaba la milrayitas, ni que lo saludaba cuando lo cruzaba por alguna calle de Lomas. Lo puteé de bronca, de impotencia, porque nos estaban dejando afuera de nuevo… ¿Y después quién se aguanta las cargadas? ¿Quién sale a poner la jeta el lunes a la mañana?</p>
<p>El partido era bien de la B: muy trabado en el medio, tanto que en un momento parecía el partido de los rebotes. Incluso Ferrer tuvo el empate, pero cabeceó con el hombro. En la tribuna ya no aguantaba más, no sabía si cantar, llorar o quedarme callado. De los nervios me tapaba la cara con las manos, temblaba, quería que terminara el partido a toda costa. Faltaba como media hora y gritaba con ese espíritu de técnico que tenemos los argentinos, como si los jugadores me escucharan desde 50 metros, como si fuese tan fácil pasar de la palabra al hecho.</p>
<p>Quedaban 10 para el final, con Quilmes no pasaba nada pero cuando decíamos “ya está” aparecía el fantasma del 3 a 3, hasta que en un despeje Levato se la bajó de cabeza a Pieters en mitad de cancha. Pieters se dio vuelta, bajó la cabeza y, sin dudar, encaró; le salió Baigorria, tiró la pelota por un lado y el pasó por el otro; le quedó para la zurda y ahí, en el momento en que le salió el arquero cuando entraba al área grande, en ese momento en que el tiempo se hace más lento, el estadio queda en silencio y dejamos de respirar por unos segundos, Pieters, con la tranquilidad de un jugador de primera, abrió el pie y definió contra el palo izquierdo. ¡Goool! Era el gol del ascenso y lo grité y me abracé con el que tenía al lado, lo grité al cielo levantando las manos medio llorando, lo grité hasta que me quedé disfónico porque se me cayó la garganta.</p>
<p>Terminó el partido, en realidad se suspendió por “incidentes” generados por “los inadaptados de siempre”… Me reencontré con Ale salimos de la cancha, subimos al auto y arrancamos. Fuimos bordeando la vía para volver a Calchaquí mientras volaban piedras desde todos lados. La caravana era gigante y la vuelta por Pasco ya era una fiesta. Llegamos a Lomas y estaba todo el mundo en la calle festejando. Sabíamos que el Gallardón estaba abierto así que dejamos el auto y nos fuimos directo. En la tribuna había familias enteras y adentro del campo muchos que cumplían promesas. Los jugadores llegaron a eso de las diez de la noche arriba del camión de bomberos que los esperaba en la sede social. Esa noche fue la única vez que vi la cancha de Los Andes completamente llena: había más de 35.000 hinchas Milrayitas.</p>
<p>Al otro día me levanté temprano y fui a recorrer kioscos para comprar todos los diarios: <em>Olé</em>, <em>Clarín</em>, <em>Diario Popular</em>, <em>Crónica</em>, <em>La Unión</em> y alguno más. Empecé en el de Paggio y Colombres, y terminé en el del gallego en la estación de Lomas. Todavía los tengo guardados en el placard.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/los-andes-un-kiosco-de-diarios-un-partido-y-una-ilusion/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Quilmes, la maldición y los Vengadores de Alfaro</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 05 Mar 2018 13:09:18 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[El Partido de mi vida]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Darío Cavacini</strong></p>
<p><em>El ascenso de Quilmes tuvo un partido, otro, que se jugó mucho antes de aquel 5 de julio de 2003. Y en esa historia hay malversación de fondos, cábalas, pactos no cumplidos. Y hay una bruja, la bruja de Chascomús. Un hincha rescata el partido pero, sobre todo, la historia donde sigue latiendo el fútbol.</em></p>
<p><strong> </strong><em>“Por el amor de tu santa madre, terminalo Baldassi</em>” gritaba casi sin voz y a punto de romper en llanto, Adrian Di Blasi, histórico relator de Quilmes Atlético Club. Aquel 5 de julio de 2003 el <em>Cervecero</em> volvía a primera división luego de 11 años naufragando por la B Nacional, categoría demasiado chica para la historia del club.</p>
<p>El 0-0 con Argentinos Juniors en cancha de Ferro hacía retornar a Quilmes al lugar que le pertenecía: la primera división. El gol de Agustín Alayes en el partido de ida marcaba la diferencia que sería defendida con el <em>cuchillo entre los dientes</em> y un fútbol <em>bilardista</em> por el equipo dirigido por Gustavo Alfaro<em>. </em>Las 15.ooo personas que llegamos desde el sur en una caravana interminable que paralizaba la ciudad, quedamos petrificadas cuando, a los 37 minutos del primer tiempo, el cabezazo de Leandro Testa, defensor del <em>bicho</em>, reventaba el palo derecho de Marcelo Elizaga y volvimos a sentir el corazón latir cuando Leandro Desábato pinchaba las nubes despejando el rebote.</p>
<p>Esa sería la única situación de un partido <em>chatísimo</em> desde lo futbolístico, con mucha más rusticidad que lírica, y cargado de una tensión que ya era imposible disimular en los viejos tablones <em>Verdolagas. </em>El pitazo final en el minuto 95 generaría un estallido generalizado de la multitud cervecera ansiosa por gritar:<em> “Quilmes es pasión, locura de mi corazón, te sigo adónde vas y cada vez te quiero más. Los técnicos se van, los jugadores pasarán; la banda quedará y nunca te va a abandonar. Vamos cerveceros que tenemos que ganar&#8230; Subamos a primera y no volvamos nunca más”. </em></p>
<p><strong>El otro partido</strong></p>
<p>Sin embargo, aquella final histórica que devolvería a Quilmes a su lugar de origen, no había empezado a jugarse esa fría tarde de julio en Caballito, sino una década atrás.</p>
<p>En 1994 el <em>Cervecero </em>peleaba cabeza a cabeza el ascenso a primera división con Gimnasia de Jujuy. Cuando faltaban tres fechas y seguidos por la superstición que acompaña al mundo futbolero, un grupo de dirigentes se trasladó hasta la Ciudad de Chascomús en busca de Dora, una bruja de renombre en la zona.</p>
<p>El trato fue sencillo: el club le pagaría $4000 dividido en dos cuotas, $2.ooo como adelanto y $2.ooo luego de realizado el trabajo. A cambio, Dora aseguraba que ese fin de semana el <em>Lobo</em> jujeño perdería con Douglas Haigh y Quilmes resultaría vencedor en su encuentro con Deportivo Morón.</p>
<p>En pleno calor jujeño, los de Pergamino daban la sorpresa y goleaban 3-0 al <em>Lobo</em>, mientras que Quilmes le estaba ganando al <em>Gallito</em> por 2-1 cuando una bomba de estruendo cayó cerca del jugador paraguayo Cuenca Zaldívar y el partido tuvo que ser suspendido recién iniciado el segundo tiempo. En ese lapso, hasta que se reprogramó el encuentro, Dora y su hijo llegaron al club para cobrar la segunda parte de su trabajo.</p>
<p>La respuesta fue una soberbia carcajada de los dirigentes, quienes le aseguraron que el trabajo había sido realizado a medias, y que solo pagarían la mitad de lo pactado. Aquella risotada desató la furia de Dora, quien les aseguró que el <em>Cervecero </em>perdería el campeonato y que no volvería a ascender por 13 años.</p>
<p>Será cosa de creer o reventar, lo cierto es que cuando se reanudó el partido con Morón, Quilmes tuvo un penal a favor para liquidar la serie y asegurar el ascenso, pero el <em>Lalo</em> Colombo falló y posteriormente Ferrari y Méndez pondrían el 3-2 final en favor de los del oeste. Dos semanas despúes, Gimnasia de Jujuy ascendería y Quilmes comenzaría su calvario que duraría casi una década en las que tuvo que sufrir siete finales perdidas y una innumerable cantidad de dificultades institucionales.</p>
<p>Ante tamaña situación, desafiando toda lógica, un hincha cervecero viajó hasta Chascomús unos meses antes del ascenso en 2003 con el objetivo de saldar la deuda y romper por fin con aquel maleficio (por ese entonces Quilmes marchaba décimo cuarto en la tabla de posiciones y la primera división no era un horizonte para ese Campeonato).</p>
<p>Sin embargo, la bruja de Chascomús había fallecido hacía algunos años. Entonces se acercó hasta la casa de su hijo y le pagó lo que restaba por el trabajo iniciado en 1994, y frente a la tumba de Dora le prometió que si Quilmes ascendía ese año, él llamaría a su hija como ella. Así llegarían los <em>Vengadores de Alfaro</em> comandados por el gran <em>Chapu</em> Braña, quienes con siete triunfos consecutivos y dos empates lograrían por fin devolver a Quilmes a la primera división del fútbol argentino.</p>
<p>Quizás sea como dijo Alfaro, el artífice de aquel aguerrido equipo, luego del ascenso: “No existe la fórmula del éxito, solo evitar las situaciones que te llevan al fracaso”. En un medio tan cabulero como el de nuestro fútbol criollo, menospreciar el poder de Dora resultó devastador para la historia del club y una carga cada vez más pesada para todo aquel que vistiera la <em>blanquiazul, </em>tanto dentro de la cancha como en las tribunas del Centenario<em>. </em></p>
<p>La historia de la bruja de Chascomús también sirvió para invisibilizar los desastres dirigenciales que sufrió el club en las últimas décadas, que los llevaron a ser gerenciado por el grupo Excel luego de declararse en quiebra en 2000, a no apostar por divisiones inferiores de calidad, a comprar decenas de futbolistas cada inicio de campeonato y a tener deudas millonarias con jugadores y ex jugadores, entre otros de los maleficios que nos han dejado la mala administración y los negocios turbios de algunos dirigentes.</p>
<p>Aquel ascenso de 2003 logrado por Elizaga, Gerlo, Raggio, Desábato, Saavedra, Braña, Aguilar, Benítez, Fernández, Abaurre y Cigogna, generaría el fin de la mítica historia de Dora y ese maleficio iniciado en 1994 que marcó gran parte de la historia reciente del glorioso Quilmes Atlético Club.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/quilmes-la-maldicion-y-los-vengadores-de-alfaro/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Excursionistas y el ascenso: la hazaña de los corazones villeros</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 22 Jan 2018 03:00:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Deportes]]></category>
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					<description><![CDATA[#ElPartidoDeMiVida]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Gonzalo Reartes</strong></p>
<p><em>Inauguramos la sección #ElPartidoDeMiVida con el ascenso de Excursionistas. El relato en primera persona de lo vivido aquel memorable 11 de junio de 2016.</em></p>
<p>Ya temprano en el aire se podía presentir que algo histórico se aproximaba. Que aquellos fieles y leales peregrinos, aquellas almas sufridas que tantas veces pasaron por la esquina de Pampa y Miñones sosteniendo en las manos una frágil ilusión iban a encontrar ese día el tesoro al final del arcoíris, la perla en lo profundo del océano. Los banderines verdes y blancos que colgaban a lo largo de la calle La Pampa, desde la Avenida Libertador, adornaban el Bajo de un sentimiento de esperanza, de revancha contra un destino cruel e injusto. Los corazones villeros, que venían soportando partidos tremendos, batallas increíbles, se preparaban para una hazaña más, la definitiva, la crucial.</p>
<p>Después de 21 años de militar en la primera C, el 11 de junio de 2016, ante ocho mil almas, Excursionistas ganó su partido de local frente a Sacachispas por un tanto contra cero, convertido por una de sus piezas clave a lo largo del torneo: el central Ramiro Montenegro. Aquel día, el recibimiento para el Villero hizo estremecer a quienes se hallaban presentes en el Bajo Belgrano. Fuegos artificiales, miles de papelitos, globos, banderas, un humo verde que todo lo inundaba. Era la gente del Verde que hacía sentir a sus jugadores que estaba ahí, como siempre, como nunca. Sin embargo, cuando el silbato del árbitro Leandro Rey Hilfer sonó, todo fue nervios y expectativa. Hinchas caminando al lado del alambrado, como leones enjaulados, yendo y viniendo, pisando cigarrillos, revisando el celular para ver cómo iba el partido de Italiano (que llegaba a esa última fecha dos puntos debajo de Excursionistas).</p>
<p>El gol de Montenegro fue un grito que estuvo contenido, raspando la garganta, esperando salir, esperando estallar durante 21 años. Un gol de esos que se gritan tres, cuatro minutos, con bronca. Poco importa que por un momento todos los corazones villeros se paralizaron cuando un cabezazo de Ayala terminó en la red y en gol de Sacachispas; esas almas volvieron a respirar al ver que el juez de línea, Diego Romero, levantaba su bandera y cobraba fuera de juego. Italiano ganaba su partido uno a cero a Sportivo Barracas. Pero el Verde hacía los deberes en casa. La ilusión estaba intacta.</p>
<p>El ascenso es una emoción difícil de explicar. El pitazo del final desencadenó lágrimas, risas, abrazos. Emoción que flotaba, que se iba hasta las nubes, para abrazar a los que ya no estaban, que compartieron tantas canchas, tantos palos de la policía; esa que no puede entender, que nunca va a entender, lo que es el amor, el amor sincero por los colores. Los hinchas de Excursio se miraban, sin saber qué decirse, se comunicaban con ojos vidriosos, emocionados, risas, abrazos. Auténticas postales de una tarde villera que en el Bajo nadie nunca olvidará.</p>

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		<title>Garrafa Sánchez: cuando los atorrantes son los héroes</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 13 Jan 2017 12:55:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Deportes]]></category>
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		<category><![CDATA[Matías Izaguirre]]></category>
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					<description><![CDATA[Recuerdo en un nuevo aniversario de su muerte]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Matías Izaguirre</strong></p>
<p><em>Esta es la historia de un jugador que vivió así, muy rápido. Un hombre forjado en el ascenso al que apasionaban tanto las motos como los lujos del fútbol bien jugado. Usaba la número 10. Le decían Garrafa. </em></p>
<p style="text-align: right;"><em>&#8220;Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver&#8221;</em></p>
<p style="text-align: right;">James Dean</p>
<p>Todavía lo recuerdo bien. Un calor agobiante calentaba las calles de Buenos Aires. La sensación térmica superaba los treinta y cinco grados. Viernes 6 de enero de 2006. La noticia cayó como una bomba en medio de las vacaciones. Los medios hablaban de un accidente frente a la puerta de su casa. Agregaban que se había caído mientras realizaba una pirueta con su moto y que no llevaba casco. Su estado, decían, era gravísimo. El domingo, que irónicamente es el día de misas y partidos, falleció luego de agonizar dos días. Una muerte absurda que lloraron hinchas de casi todos los clubes. Porque por sobre todo era un tipo querido, un atorrante que sin haber jugado en los mejores clubes había logrado que todos hablaran de él, de su personalidad, de su forma de sentir el juego.</p>
<p>Todavía lo recuerdo bien. Usaba la número 10. Le decían <em>Garrafa</em>. Un apodo que, si se quiere, parece poco apropiado para un futbolista. No destaca ninguna virtud en particular y menos aún una característica física. Hubo un tiempo en que los apodos de los jugadores cumplían exactamente esa función, individualizar a uno entre muchos. Y a veces, con suerte, lo siguen haciendo. Sin embargo a él, José Luis Sánchez, <em>Garrafa</em> le sentaba bien. Había allí una cuestión de orgullo, una marca de pertenencia. Esa fue una de las pocas que no quiso sacarse de encima. Ése apodo era también el de su padre, Francisco, al que llamaban así por repartir gas comprimido.</p>
<p><em>Garrafa</em>, como muchos jugadores del llamado tercer mundo, nació en un barrio carenciado, en la villa La Jabonera, de las afueras de Buenos Aires. Allí vivió el tiempo necesario para aprender que la vida se trataba de sobrevivir. Sus padres recién lograron mudarse a una modesta casa en Laferrere justo cuando <em>Garrafa</em> ingresaba a la adolescencia. Con el tiempo él creyó que esa mudanza fue en cierta medida providencial, porque muchos de sus amigos de la villa terminaron mal. No todos encontraron la manera de evadirse de los violentos caminos que se tejen en las villas. Si él pudo fue gracias a su familia, pero también al fútbol.</p>
<p>En Laferrere todos sabían que el chico estaba destinado a llegar a la primera de algún club. Era puro talento. Su estilo vistoso, efectivo e incluso a veces sobrador (al menos así lo interpretaban sus rivales cuando no paraba de tirar caños, poco importaba el resultado) lo hicieron sobresalir en esos campeonatos de barrio, en los que se juega fuerte, por plata y donde siempre se sabe cómo se empieza pero nunca cómo se termina. En esos torneos donde los árbitros no logran imponer el reglamento y a veces, saben, mejor es ni intentarlo. Sobran los jugadores borrachos y hasta alguno que puede jugar armado. Alguna vez, el padre de Riquelme contó que su hijo había jugado en este tipo de torneos y que, en más de una oportunidad, lo habían marcado &#8220;jugadores&#8221; que portaban armas en la cintura.</p>
<p>Por eso, cuando debutó con diecinueve años en la primera de Deportivo Laferrere (1993-1997), luego de haber hecho todas las inferiores, estaba curtido como un veterano. De esta época es quizá una de las historias más conocidas y contadas de su vida. En 1996 Boca (dirigido en ese entonces por Bilardo) y Laferrere jugaron dos amistosos en Ezeiza, en el predio donde entrenaba Boca. Y <em>Garrafa</em> que jugaba igual contra cualquier rival, pero mejor aún contra los equipos grandes o en las instancias decisivas de los torneos, se destacó tanto como para que le propusieran entrenar con Boca.</p>
<p>Cuando le tocó volver a Ezeiza para la práctica con Boca no tenía con qué ir, salvo su Honda CBR 600. Y no se lo pensó dos veces. Sabía de la cláusula que en Boca prohibía a los jugadores andar en moto, pero él no tenía otra forma de llegar. No tenía opción. Quizá lo mejor era ir temprano, antes de que llegaran todos, incluso Bilardo, famoso -entre otras cosas- por su obsesión por tener todo supervisado y bajo control. La mala suerte quiso que el DT lo viera por la autopista, andando a toda velocidad, arriba de su moto. Inmediatamente Boca dio por terminada su oportunidad. No se quejó. Ya había aprendido a convivir con situaciones que consideraba injustas.</p>
<p>Luego se fue a El Porvenir (1997-199) donde fue uno de los principales artífices del ascenso al Nacional B. Y además del título logró que los hinchas lo amen, como ya había pasado en Laferrere. En el 1999-2000 jugó para el Bella Vista de Montevideo, donde con su equipo alcanzó incluso a clasificar para la Copa Libertadores. Pero él ya no la jugaría. Por aquellos días volvía cada lunes a Buenos Aires para ver a su padre, enfermo de cáncer en los pulmones. Y un día regresó a la Argentina para quedarse. Decidió que lo verdaderamente importante era otra cosa. Dejó el fútbol para acompañar y cuidar a su padre en sus últimos meses. No pensó en su carrera, ni en las consecuencias. Durante diez meses estuvo ausente de las canchas. Incluso triste sintió la satisfacción personal de haber hecho lo correcto.</p>
<p>Y cuando volvió lo hizo con todo, en Banfield (2000-2005) donde consiguió el ascenso a Primera en 2001, convirtiéndose en ídolo indiscutido y emblema de ese equipo. Era lo que él siempre había querido, jugar en Primera y ser alguien dentro del plantel, un referente. Sabía que tenía calidad y por eso jugaba tranquilo, sin presión. Se divertía y hacía pasar rivales con amagues y pisadas de otras épocas.</p>
<p>Y en 2005 volvió a Laferrere, club del que era hincha y en el que pensaba retirarse cuando cumpliera 35 años. Alguna vez había dicho que ahí hubiera jugado gratis, que esa era su vida, su gente. Ese retorno era seguir alimentando la leyenda. Ahí siempre había sido ídolo, pero ahora era el hijo pródigo que había llegado a la Primera con Banfield y del que todos hablaban maravillas.</p>
<p>El día del entierro los hinchas de Laferrere hicieron que el cortejo fúnebre pasara por el estadio (que ahora lleva su nombre) para despedirse en ese lugar. Era conmovedor ver a la gente llorándolo. Los rostros curtidos, trabajadores, gente pobre echándole flores al ataúd y aplaudiendo. Parecía el entierro de un héroe. Y en verdad lo era. Tenía apenas 31 años.</p>
<p>Todavía lo recuerdo bien. Usaba la número 10. Le decían <em>Garrafa</em>&#8230;</p>

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		<title>La violencia y la (des)información en el fútbol de Ascenso</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 29 Mar 2016 03:02:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Ascenso]]></category>
		<category><![CDATA[fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[Fútbol y violencia]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzalo Reartes]]></category>
		<category><![CDATA[mas noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Medios de comunicación]]></category>
		<category><![CDATA[violencia]]></category>
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					<description><![CDATA[Incidentes y los medios de comunicación]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Gonzalo Reartes</strong></p>
<p><em>Después de los incidentes en el estadio de Talleres de Remedios de Escalada, el cronista hace un paneo de la violencia televisada y las diferencias que se encuentran entre el fútbol de primera y el del ascenso, también, en la manera en que los medios informan al respecto.</em></p>
<p>Es fácil caer en los lugares comunes de la violencia en el fútbol. Casi una tentación el repudiarla por repudiarla, sin más ni análisis. Aunque, quizás, haya matices en el ascenso. El pasado domingo, en Remedios de Escalada, incidentes fuera del estadio de Talleres obligaron al árbitro a suspender el partido del local contra Defensores de Belgrano a los 25 minutos del primer tiempo, por el campeonato de la Primera B Metropolitana. Sin tener mucho detalle a mano, pareciera ser que integrantes de la barra brava de Talleres de Remedios de Escalada se enfrentaron con la policía en las puertas de la cancha de ese club, donde hubo un auto quemado, unas doscientas balas de goma disparadas, y la calle quedó repleta de piedras lanzadas por los hinchas.</p>
<p>Condenar la violencia es la primera respuesta. General, compartida. Tiene el visto bueno masivo. Algún periodista dice: “La violencia es mala”, y uno casi puede oír los aplausos de fondo. De todas maneras, es interesante tomar este caso como disparador de lo que ocurre en las canchas del ascenso. ¿Cuánto acceso real tenemos a los hechos? Lo cierto es que este partido en particular estaba siendo transmitido por la señal TyC Sports, y aun así, el relator, el comentarista y quien se encontraba en el campo de juego poco podían decir respecto de lo que estaba pasando. Algunos vistazos aislados de una cámara mostraban piedras que volaban, de fondo se escuchaban estruendos, algún policía levantando las manos, pidiendo “tranquilidad”. Pero no mucho más.</p>
<p>De pronto, nubes de humo negro, espeso, surgen detrás del arco que defendía en ese primer tiempo el arquero visitante. El viento da un efecto más cruento. El humo se expande por la popular local, la gente comienza a vaciar la tribuna, se especula con que se había prendido fuego un auto, un patrullero, una camioneta. Los cronistas quieren proteger su integridad y se asoman hasta donde el cuerpo les permite. Es lógico. El partido se suspende y a los pocos minutos TyC emite un combate de boxeo. El espectador se queda en el limbo. Sin ser hincha, quizás busca refugio en una radio partidaria pero la información no es mucho más contundente. De ser una pequeña trifulca entre, por ejemplo, Racing y River, horas y días inundarían la televisión de información, opiniones, indignación y pronósticos.</p>
<p><strong>Violencias televisadas</strong></p>
<p>Sin embargo, y teniendo en cuenta que son la mayoría, uno no puede evitar preguntarse: ¿qué hay de todos los partidos que no son televisados? Bueno, comencemos por aclarar que la violencia no es inherente al fútbol. Quien acude asiduamente a la cancha sabe que, en la mayoría de los casos, los partidos transcurren en paz. Claro, con que haya un sólo hecho ya es más que suficiente para repudiar todo tipo de violencia en-sí, además de los negocios entre hinchas caracterizados (falsos hinchas), dirigentes corruptibles (falsos hinchas) y presidentes acomodaticios (falsos hinchas). Nadie va a poner en tela de juicio eso, no se trata de defender “la violencia en el fútbol”, sino del acceso a la información, de la parcialidad y del negocio (sí, negocio) de la violencia del fútbol. También queda demostrado que no se trata de estar a favor o en contra de la presencia en los estadios de los hinchas visitantes: la violencia tiene raíces más profundas y no se erradica con un decreto.</p>
<p>Los medios de comunicación masivos son los grandes héroes: se indignan porque ocurrió un hecho violento, sin denunciar a los culpables. Se quedan en lo general, repudian la violencia abstracta sin atacar la raíz del asunto y se autocondecoran como salvadores de la patria o, peor aún, independientes. <em>“El escenario era imposible para un partido de fútbol. El partido entre Talleres y Defensores de Belgrano se suspendió a los 24 minutos. En otro insólito y triste episodio de violencia del fútbol argentino, barras de Talleres chocaron contra la Policía de Buenos Aires</em>” se puede leer en la publicación online del diario <em>Olé</em> del 27 de marzo de 2015. Pero en ningún medio se puede leer por qué “chocaron” esos barras con la Policía de Buenos Aires. Y en caso de que se arriesgue un “eran barrabravas sin entradas”, no se puede evitar leer el típico “los violentos de siempre, la sociedad no cambia más, este país está perdido”, etcétera. Pero pocos medios se meten en la interna, en la convivencia (y connivencia) triangular entre barra bravas-dirigentes-policía.</p>
<p>Nos dicen que el choque se debe a que la Barra quería entrar al estadio sin entradas, cuando cualquier persona que haya ido más de tres veces a cualquier cancha del fútbol argentino (ni hablar del ascenso) sabe que cualquier Barra siempre entra sin entradas, que las entradas se revenden y que, en permanente diálogo con la policía, la Barra siempre hace entrar a quien quiera sin entradas. Hace no más de 20 días un agente de control apoyaba impunemente una y otra vez su tarjeta sobre el detector de los molinetes (con el cartel de AFA plus al lado) para que sectores de la Barra de Tigre pudieran entrar a la cancha, en Victoria. Las imágenes están ahí, parecen hablar: hacían cola mientras dos o tres de la primera línea daban el visto bueno con la mirada (“este sí, este no”). La popular es su territorio y allí se mueve a sus anchas, haciendo y deshaciendo, mandando y ordenando. No parece ser suficiente esa versión (o por lo menos pareciera haber algo más detrás) y el hincha, el espectador o el simple curioso se encuentra en un mar de incertidumbre del que sabe no saldrá jamás, porque los pasos siguientes son conocidos: suspensión del estadio y a otra cosa.</p>
<p><strong>Para el Ascenso que no lo mira por tevé…</strong></p>
<p>Los clubes de barrio, los equipos de Ascenso, no venden, no garpa gastar tiempo precioso en los medios masivos dedicando algunas líneas o algunos segundos para ellos. Mejor hablar de cuántos penales erra Messi, del boliche de Riquelme, de las novias de Daniel Osvaldo. La Agencia de Prevención de la Violencia en el Deporte (A.Pre.Vi.De) habría comenzado una campaña para que nadie ingrese a los estadios sin entradas. Las pruebas piloto siempre se hacen en el Ascenso. A los incidentes en Remedios de Escalada deben sumársele otros tantos en Morón, en las afueras de la cancha del Gallo. Pero los grupos de barrabravas, como grupos de fuerza de choque, siempre encontraron y encontrarán apoyo político o de los sectores privados o de la burocracia sindical para lograr sus cometidos. En el caso de que alguna de las facciones no pueda ingresar, habrá desmanes, quizás incluso lucha cuerpo a cuerpo, hasta que el intento cese; en el caso de que el hincha común no pueda entrar, habrá algún golpe, alguna corrida, un poquito de la tan conocida represión policial.</p>
<p>Mientras tanto, el hincha sigue pagando la cuota, la entrada, metiendo dos, cinco pesitos en un piluso en el entretiempo cuando le piden una colaboración para los pibes que están privados de su libertad. Sigue tolerando horarios horribles que condicionan su rutina, como que su equipo juegue un martes a las cuatro de la tarde. Sigue sufriendo por ese equipo que no da tres pases seguidos.</p>
<p>Ese es el hincha del Ascenso, alguien que ya no sabe quién es el malo de la película (aparte de la siempre antipopular policía), si los dirigentes maleables, los barrabravas sin colores o los medios de (des)comunicación que siempre cuentan el lado de película que les conviene. Al final del día no importa. A nadie le importa hablar de la violencia comunicacional. Parece ser que los negociados continuarán, al igual que la desinformación.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/la-violencia-la-desinformacion-futbol-ascenso/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>Central Ballester: en su camiseta, los fusilados de ayer y hoy</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Marcha]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 03 Mar 2016 03:01:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Pinceladas]]></category>
		<category><![CDATA[Ascenso]]></category>
		<category><![CDATA[Central Ballester]]></category>
		<category><![CDATA[Dictadura]]></category>
		<category><![CDATA[fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[José León Suárez]]></category>
		<category><![CDATA[Marcelo Massarino]]></category>
		<category><![CDATA[otras]]></category>
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					<description><![CDATA[Fútbol y memoria]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Marcelo Massarino.</strong></p>
<p><em>El Club de Primera D homenajea a los fusilados de José León Suárez en su casaca, a los de 1956, pero también a los pibes que mata la Policía en La Cárcova en la actualidad. Fútbol, memoria y compromiso.</em></p>
<p>“Hay un fusilado que vive” escuchó el periodista Rodolfo Walsh entre los tableros y trebejos del Club de Ajedrez de La Plata. Así nació la investigación periodística que publicó, en partes, el diario <em>Mayoría</em> y que dio origen a <em>Operación Masacre</em>, el libro emblemático de Walsh, detenido-desaparecido en 1977 mientras distribuía su “Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar”. En sus páginas devela la trama de la represión contra los civiles y militares que se alzaron en la noche del 9 de junio de 1956 contra la dictadura de la denominada “Revolución Libertadora”, que había derrocado al presidente constitucional Juan Domingo Perón, en 1955.</p>
<p>“Hay un fusilado que vive” es la frase que retumba en la memoria colectiva de un pueblo que, casi sesenta años después, no olvida ni perdona los fusilamientos en los basurales de José León Suárez, cuando doce civiles corrían en la oscuridad iluminada por los faros de los móviles y los disparos de los máusers de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Cinco murieron y siete sobrevivieron a las descargas.</p>
<p><strong>El barrio, un club, y su memoria </strong></p>
<p>José León Suárez es una localidad ubicada al norte del partido de San Martín, en el conurbano bonaerense, allí donde los límites son difusos entre Villa Ballester, Boulogne y Villa Adelina. En Suárez, el lugar de la tragedia que narró Rodolfo Walsh, nació el club Central Argentino que tras cincuenta años de historia se desafilió de la Asociación del Futbol Argentino. Entonces, en 1974, un grupo de socios decidió fundar el Club Social y Deportivo Central Ballester, con los colores azul y amarillo, inspirados en el viejo Ferrocarril Central Argentino, que pintaba así sus barreras.</p>
<p>Corrido por la pobreza y las necesidades, Central Ballester tuvo sedes siempre en la zona y una cancha en Villa La Cárcova, pero la necesidad de un pedazo de tierra pudo más y el terreno fue invadido por los vecinos. Ahora construye un nuevo predio en Sarratea y Camino del Buen Ayre, donde incluye a los pibes del barrio mediante el deporte.</p>
<p>“Hay un fusilado que vive” es una frase que resuena en José León Suárez cuando se recuerda las muertes de Franco Almirón y Mauricio Arce Ramos a manos de policías bonaerenses durante la represión del 3 de febrero de 2011. También, cuando hablamos de los enfermos por contaminación ambiental, producto de los vertederos de residuos tóxicos y basurales que aún perduran en el siglo veintiuno.</p>
<p>Los dirigentes de Central Ballester pensaron cómo reivindicar la pertenencia al barrio y honrar su memoria histórica. Así surgió la idea de crear una camiseta alternativa que recuerde a los fusilados del ’56, y que el equipo lucirá en el campeonato de Primera D que organiza la AFA. El diseño de la casaca partió del óleo del pintor Francisco de Goya, que ilustra los fusilamientos de las tropas de Napoléon, en España. Esa pintura fue utilizada en una de las ediciones de <em>Operación Masacre</em> y también inspiró la tapa del disco <em>¡Bang¡ ¡Bang¡ Estás liquidado</em>, de Rocambole para los Redonditos de Ricota. Así nació la figura del hombre que extiende sus brazos mientras los ejecutores apuntan sus fusiles desde ambos lados.</p>
<p>Recordar la Masacre de José Léon Suárez es también repudiar a los golpes militares y a la violencia institucional que continúa matando pibes, como los de Villa La Cárcova. Cada vez que los futbolistas de Central Ballester salen a la cancha representan lo más genuino del fútbol: el amor por los colores del club, pero también al juego limpio; a la historia; a los socios e hinchas que día a día ponen en práctica la solidaridad más genuina que es darle una mano al otro; y a un colectivo social que no olvida a sus mártires porque la única forma de construir una sociedad democrática, plural y solidaria es con Memoria, Verdad y Justicia.</p>

<p><a href="https://marcha.org.ar/central-ballester-en-su-camiseta-los-fusilados-de-ayer-y-hoy/">Source</a></p>]]></content:encoded>
					
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